De la belleza del arte negro
El problema con Senghor —por ejemplo— es que su defensa del arte no es e
cuanto arte, sino en cuanto contemporáneo; que es por lo que su antología no es
de la tradición poética del África de lengua francesa, sino su poesía
postmoderna. Es un arte conceptual, que se legitima intelectual y no formalmente,
con los mismos problemas del arte contemporáneo; que son los del intelectualismo,
presentes incluso en la conflagración de parnasianos y simbolistas, no africano.
La intuición acierta, porque el arte es el que cumple la función ontológica
de la cultura, en su reflexión de lo real; pero no estableciendo esa reflectividad
como objeto aparte, consistencia propia, sino su propiedad funcional. El
acercamiento al mismo es así trágico en su circularidad, como un bovarismo del antibovariano
de Prince-Mars; que es la doble consciencia de la doble consciencia de Du Bois,
pero no la contemplación reflexiva de Georgina Herrera.
Se trata entonces de una propiedad del arte, en esa facultad reflexiva de
su naturaleza formal, no de la inteligencia; por lo que nunca es conceptual
sino experiencial, en ese misterio renuente al intelectualismo que lo persigue.
Ese es de hecho el valor de la poesía de Herrera, pero del conceptualismo del
mismo Senghor o de Cesaire; que son maravillosos —como cualquier francés— pero
en su contemporaneidad, no como trascendencia de lo africano.
Eso sí, sólo como intuición, sobre la que podrá asomarse el negro asombrado
a su ontología, no a la del belga; comprendiendo que su valor es esa
experiencia y no la organización convencional de esta, a la que determina. Por
eso el arte negro es bello, pero no en su otra especialización —ya intelectual—
de clase media, que es política; sino en la naturaleza popular a que lo confina
su precariedad política, tan grande como el griego y el indio, no más.




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