No hay dudas de que Mallarmé no inventó el verso libre, pero sí que
estabilizó su uso con su justificación teórica; que de hecho organizaba el
experiencialismo intelectual de Baudelaire, por poner sólo uno entre los muchos
ejemplos. Hay un detalle no menor, hasta los románticos la literatura era de
factura popular, garantizando su objetividad existencial; bien que en tensión —al
menos en Occidente— con esfuerzos institucionales, como el de Virgilio y La
Eneida; pero también como un carácter más excepcional que convencional, ante
ese carácter popular de la tradición.

No es gratuito que el convencionalismo de Virgilio acudiera a la tradición
homérica, que sí era claramente popular; pues hasta entonces no habría habido
esfuerzos institucionales, fuera del también excepcional epinikion clásico.
Fuera de ahí, no habría otro fenómeno equivalente hasta La Divina Comedia de
Dante, que justo acude a Virgilio; ya no a la tradición que lo antecede y
explica, cuando la misma jornada del Dante es político existencial y no épica.
De ese modo, Dante sienta las bases en general de la literatura moderna, al
margen —por supuesto— de sus pares; ignorando el restablecimiento de la epopeya
clásica en la tradición medieval, con ese carácter popular de los trovadores.
No hay que equivocarse, la trova medieval —que ya apuntaba al renacimiento— no
era intelectualmente especializada; apelaba a la sensibilidad, como una base
alternativa a la razón, que ya defendía la escolástica medieval con su
filosofía.
Este es el conflicto que arriba a la modernidad, y al que los románticos
dan forma intelectual, como razón alternativa; organizando ya definitivamente
todas las tradiciones populares, en una convención estética compleja y
sistemática. Ese es el trabajo —titánico sin dudas— de gente como los Grim,
Nodier, o Perrault, entre los muchos otros; que es donde comienza a
establecerse el objeto poético, como una especialidad ya distinta de la poesía
misma.
Es aquí entonces donde surge el dilema —aparente como todo dilema en su
formalismo— de simbolistas y parnasianos; ignorando la tradición que despedazan
en su respectivo egocentrismo, sumiendo al arte en la subjetividad. Hasta
entonces, la utilidad del arte residía en su sentido práctico —siempre el
sentido— y no su valor formal; no porque la forma no fuera importante, sino
porque su importancia radicaba en la función que la invisibilizaba; pero que
desde entonces cobra protagonismo, haciendo del estilo y el sentido el objeto
mismo de su reflectividad.

Es Mallarmé quien desmonta esa arquitectura con su teoría particular, sustituyéndola
por la flexibilidad del genio; y no le falta razón, la capacidad reflexiva
excede en el punto del individualismo moderno la de la convención tradicional.
El problema es que él cuenta con esos referentes, a los que añade la
experiencia también estética de transgredirlos; son sus epígonos los que no
cuentan con esa referencia, partiendo de la convención de su inconvencionalidad.
El problema entonces es que ahí el objeto —más allá de Mallarmé— ya no es
el verso, sino su justificación por Mallarmé; basta una comprensión legítima
pero distinta —como la Dadá o surrealista— para ir a la desestructura conceptual.
Esto sí es un problema, porque con la pérdida de su naturaleza formal, el arte
ya no cumple una función reflexiva; por la que, aparte de esa contradicción obvia
hasta el oxímoron —una forma no formal—, incumple su función como cultura.
Esto sería lo que ha resuelto la recomposición de la cultura digital, regresando
la producción de arte a lo popular; no por legitimidad política, sino de
eficacia funcional, retornando la reflexión al pragmatismo existencial. Eso es lo
que se ve en la producción frenética con que la gente trata de monetizar en las
redes, con su arte banal; que no es más prescindible que el especializado en
esa banalidad, pero ahora recrea objetos existenciales y propios.
De todas formas, la pretensión de inconvencionalidad mallarmeleana era
absurda, si el arte parte es en sí convencional; sobre todo el arte literario,
que se resuelve en el sumun de toda convencionalidad, que es el lenguaje
escrito. Eso es lo que hace problemático al experiencialismo de Mallarmé, agotando
para los posteriores esa posibilidad; por la que ya la poesía se disuelve, esperando
otra emergencia en esta post-postmodernidad turbulenta.
Post a Comment