Friday, May 15, 2026

De lo negro en Cuba

Hay un error en el acercamiento a lo negro en Cuba, que lo reduce pernicioso al pernicioso resentimiento político; lo que es apenas natural, ya que es el resentimiento lo que lo distancia y le da valor objetivo, pero en lo histórico. Esto no significa por tanto que este resentimiento sea subjetivo, sino que es la materia que le da contorno; y surge por su contracción, también lógica, ante la provocación racial con que Marcus Garvey desembarca en Cuba.

El problema es que ya no se maneja ese dato del desembarco de Garvey en Cuba, apenas cinco años tras 1912; explicando la rispidez de una integración, ya estancada como una fatalidad política, en esa categoría falaz del mestizaje. Más allá de todo eso, lo negro existe en Cuba como una singularidad existencial, aunque no exactamente étnica; lo que no le quita la dimensión étnica, sino que la reconoce en su función referencial y no determinante.

Lo negro en Cuba se distingue por la precariedad, no tanto económica como política, que es decir en su cultura; bullendo en su vitalidad —que no es inconformidad— bajo esa fijeza categorial de lo mestizo, como una tensión. Esta precariedad es lo que emana de solares y casas de vecindad, ennegreciendo a una sociedad que aspira a lo blanco; y que ante la imposibilidad de conseguirlo consiente en su mestización, pero aterrada no más allá de esta seguridad.

Es esta precariedad la que da consistencia entonces a lo negro, atravesando los más disímiles tonos de piel en Cuba; condicionando con ello toda expresión en el comportamiento, como más o menos negro, no más o menos blanco. Lo negro es así el punto de referencia, que guía la convencionalidad de lo blanco en la cultura a lo largo de la isla; incluso si se resuelve de modo distinto en cada una de sus zonas culturales, evadiendo en todas lo taíno.

Esta precariedad es lo que hace precioso y único al arte negro, pero en tanto negro y no convencional, en su existencia; porque es en ella que emula la de la realidad misma, en un caso excepcional de axialidad de la cultura en lo político. Lo blanco carece de esa densidad, en lo convencional de su formalismo puro, que vacía sus ditirambos experimentales; aunque —habrá que reconocerlo— autores hay que ascienden a esa falacia martiana del universalismo, en la gracia.

Este es el caso, por ejemplo, de Pablo de Cuba Soria, que asciende fatigado los escalones de la falacia martiana; bien que por defecto, como decantación crítica, y no cumplimiento positivo de la postulación, lo que es importante. El caso de Soria es relevante por lo probablemente único, en esa gratuidad con que no requiere sentido; porque como lo negro él es el sentido, aunque más allá del color, como la poética de Lezama más allá de la razón.

Pero su caso esplende por la soledad, que probablemente él ignore —pero a quién le importa?— en su gratuidad; que es la extraña razón por la que no requiere otro sentido que el suyo mismo, en un caso de hedonismo brutal. Incluso los dioses a los que él pone ofrendas han de devolverle la ofrenda han de devolverle la ofrenda avergonzados; aunque esa no es la materia sino sólo el ejemplo, de este torcido acercamiento a lo negro en Cuba, como categoría especial.

Eso negro es así una fuerza especializada, no natural sino políticamente, que alcanza madurez política en lo estético; por eso su belleza es intrínseca, puede que incomprendida pero innegable, como la de los mendigos silenciosos. No todo negro es lo suficientemente negro para exhibir esa categoría, pero —como principio— ningún blanco lo es; a lo más que puede aspirar el cara pálida, o el mulato que investiga su ascendencia, es a esa difícil universalidad de Soria; que como la poética de Lezama Lima, está más acá —no más allá— de la razón, escondida en los pies descalzos.

No hay secreto, la reflexividad de lo negro reside en el ritmo, que es más elusivo que la rotunda ligereza de una rumba; porque se refiere a superposición de estados, que no es inexplicable sino sólo el colapso de lo real en su flujo. Por eso, la reducción de lo negro al folklore es ofensiva, como triquiñuela de blanco en la categorización del mestizo; cuando esa ficción de lo político se resuelve en Cuba con la tensión dialéctica del comportamiento, como lo uno o lo otro.

La excepcionalidad cubana

Hay un prejuicio persistente contra la excepcionalidad, que provendría sin dudas del universalismo cristiano; pero cuando este es una ficción filosófica —ni siquiera religiosa—, incorporada con el falso helenismo apostólico. El problema es que toda realidad es puntual, y por ello extremadamente singular y única, hasta lo excepcional; pues los universales son abstracciones convencionales, tomando consistencia de esa convencionalidad, no otra cosa.

De ahí la aversión enfermiza del socialismo contra lo individual, a lo que acusa de individualista por la mera existencia; como si el colectivismo no fuera esa coerción odiosa de la persona —que siempre es concreta— a la estructura política. En ese sentido, Cuba —como Estados Unidos y todo otro país— sería una realidad única, con todo y su multiplicidad; porque en esa superposición de estados —que ni siquiera dualidad— es que se constituye lo real, en su estructura.

Lo que sí será sin dudas excesivo, es atribuir algún sentido trascendente a esa excepcionalidad, que sería casual; porque como estructurado, lo real sólo alcanza una estabilidad temporal, en la sincronía de sus determinaciones. Esto es —ni tan paradójicamente— una suerte de permanencia, en esa precariedad del equilibrio perpetuo; pero es como se resuelve también esa excepcionalidad, trascendente incluso, aunque —de nuevo la paradoja— por su inmanencia.

Descreer de la excepcionalidad cubana es así otro lugar común, como el prejuicio contra el destino manifiesto; que es la manera en que la realidad se resuelve a sí misma como morfodinámica, pero desde la axialidad de la cultura. Sin embargo, ni la axialidad ni la morfodinámica —como la trialéctica— son términos de lectura fácil en su obviedad; porque aluden a las funciones relacionales en que se estructura lo real, en una compresión ontológica de sus fenómenos.

Pero otra vez, relativo a la naturaleza del Ser (Ente), la ontología no se refiere a la mera identidad de lo político; que es la expresión en que se realiza, no esta serie de determinaciones complejas que resuelven esa expresión. Sin dudas, en Cuba hay ontología, pero no es la miríada de fracasos existenciales de sus intelectuales pretenciosos; sino que está en la serie de condiciones materiales e históricas que sedimentan lo cubano, más allá de estas ansiedades.

Por eso la ontología cubana permanece en sus prácticas religiosas, que retienen la materia reflexiva sobre el cosmos; pero aún no es su pretensión etnográfica, que no pasa de ser otra triquiñuela, en un equilibrio más precario que el de la realidad. Tampoco es literaria esta otología, que es la pretensión mayor y más absurda, por intelectualista, mostrado su decadencia; y menos aún —hasta lo irrisorio— en su literatura política, que es la peor de sus indeterminaciones existenciales.

Lenta, como el mulo de la rapsodia, la ontología cubana es reflexionada en su literatura, aunque no por literaria; sino por la fusión sutil de una literatura en específico, que logra la refundación epistemológica de Occidente. De hecho, es otra una tradición alterna, que surge en la tensión entre Morúa Delgado y Cirilo Villaverde; como la de Occidente entre Heráclito y Parménides, en ora suerte de fisiología, esta vez referida a la de la existencia.

La solución, imperfecta en su platonismo fatal, es la síntesis lezamiana, que se apega a Villaverde en la incomprensión; pues no rechaza la de Morúa Delgado —como no rechaza Platón a Heráclito—, sino que la subordina en el dualismo. La virtud de Lezama Lima, como la de Platón sobre los fisiólogos, es que fija una hermenéutica, con su orden epistemológico; que aunque aún inconvencional, prepara las vías del Realismo Trascendental, a usurpar por un oscuro monje agustino.

No importa lo que todo esto parezca, la turbulencia es como la que rodeara a Hegel, rebajándolo al hegelianismo; como el intelectualismo cubano —esa fatalidad ontológica— rebaja al patriarca al Lezamismo, bajo el seno agustino del vitierismo. Fuera de todos ellos e ignorándolos por entero, el Ser nacional pasea su ambigüedad, como el río herácliteo; que no es inaprehensible, en esa continuidad que escapa incluso a lo parmenídeo.

El detalle es que es en esta excepcionalidad que resulta inaprehensible, pues la aprehensión es en lo universal; y sólo la estética consigue retraerse lo suficiente para ello, en la función de su capacidad reflexiva como existencial. De ahí que la genealogía nazca en la madurez distinta de Villaverde y Morúa Delgado, resolviéndose en Lezama; como síntesis que en lo formal es de morfodinámica, incluso si —no hay que olvidarlo— todavía imperfecta.

Tuesday, May 12, 2026

Manifiesto

Un fantasma recurre el intelectualismo, el fantasma del Neobarroco, y las inteligencias se apresuran a reconocerlo; pareciera una santa alianza, presta a legitimarse a sí misma en ese fantasma, que es tenue en su inmaterialidad. ¿Quién no ha sido calificado de neobarroco por sus adláteres? ¿quién no ha calificado a su vez a los suyos de neobarroco?; pues el Neobarroco es apenas una estrategia de mercadeo, con menos substancia formal que la de Realismo Mágico.

El Realismo Mágico exhibía al menos cierta unidad efectiva atravesando autores, en la sensibilidad común de su tiempo; el Neobarroco en cambio alinea figuras dispares, restringidas a las reconocidas por la crítica convencional del periodismo. El Realismo Mágico acoge en cambio a escritores sin suerte, porque no legitima ni mercadea, sino que sólo reconoce; no importa si surge como otra etiqueta de mercadeo, que trasciende sin embargo esa condición espuria, en lo espontáneo.

De entrada, para que un fenómeno sea nuevo tiene que refundar el estilo originario, en una nueva función formal; pero nada de eso se cumple en el Neobarroco, menos aún en el patriarca al que se acude en busca de esa legitimidad. A diferencia del Barrroco, Lezama es chapucero y descuidado en su sintaxis, como no lo fue ni por asomo el estilo; como no lo fue tampoco el Severo Sarduy que acude desesperado a poner velas al santo, por la desolación del mercado.

Eso es comprensible, y más literario en lo trágico que el aceite de serpiente que se insiste en vender como literatura; porque Sarduy fue un hombre extrapolado de su circunstancia, y su misma formación era parte de esa decadencia. Por eso Sarduy es complejo pero cuidado, como rosetón que culmina el tránsito desde el gótico, en la Italia del XVIII; pero es extemporáneo y no nuevo en su barroquismo, o hasta clasicista —aún no neoclásico— en esa excelencia estudiada.

Carpentier es también barroco, más lento que una rapsodia sobre un burro, porque es el desiderátum de un milenio; pero nada de eso es Lezama, demasiado apurado tras los elusivos conceptos que transmuta en imágenes. Lezama plantea una síntesis más radical aún que el Neoclásico estirado desde el Barroco, y por eso no atiende a detalles; quien busque orden en esa profusión, sólo recibirá un pagaré que reza enfebrecido “más allá de la razón”.

Esa salvación sin embargo, como la del Cristo, exige más fe de la que proveen los turbulentos tiempos que la reclaman; recuérdese, esa generación no quiso hacer literatura —como los escritores de antes— sino triunfar vendiéndola; sólo que tan topes en su mercadeo, que la vendieron como de su genio, no como probabilidad propia de la forma. Esto es lo que hace espurio a ese mercadeo, a diferencia de la pureza virginal de los románticos, trágicos en su aspiración; porque ellos no eran afectados, en la falsa gitanería —esa bohemia— de los simbolistas, sino mártires de su trascendencia.

Pero Villón no es crístico sino irresponsable, y el simbolismo sólo aprovecha el residuo de sublimidad de los románticos; y sin dios que lo substancie, no hay culto que sostenga el hieratismo funcional de su liturgia, diluyéndose en el patetismo. Por eso los destinos de la literatura no se discuten en las calles como entonces, sino en los institutos, con sus proliferaciones; y esta participa de esa turbulencia, como un espacio en el que puede emerger otra cosa, pero ella sólo puede morir.

Pero los literatos viven de esa muerte, no mueren en ella, como nuevos cristianos de un cristo que es verdadero; que viene del pasionario de sus experiencias y no de sus experimentos formales, como trucos de vendedores. Los literatos no tienen nada que perder sino las cadenas de librerías, ya derrumbadas en el anacronismo económico; tienen en cambio mucho que ganar, en la fluidez horizontal de los nuevos medios, que niegan sin embargo los laureles

 

  ©Template by Dicas Blogger.

TOPO