Platón entonces hereda ese juguete roto de Pitágoras, e intenta
reconstruirlo desde las piezas separadas que recibe; pero solo puede hacerlo mediante
la fuerza del Filósofo-Rey), y la rigidez del estructuralismo parmenídeo. Lo
trágico y fascinante es que esa ruptura es la que permite la aceleración
técnica, tratando a la naturaleza objetivamente; como algo exterior y hasta
ajeno a la forma, en el materialismo residual de Demócrito, con la materia como
un objeto inerte.
El problema es que en eso es que se pierde la comprensión de la morfodinámica,
el juguete vivo y en movimiento; ganando en cambio la capacidad de fabricar
prótesis técnicas, cada vez más sofisticadas, con los fragmentos. En esta
perspectiva de la disociación formal, este momento histórico no sería una
simple evolución del pensamiento; sería un accidente de laboratorio, donde el
investigador se intoxica con su propio reactivo y altera el curso del
experimento; pero cuando ese experimento es la cultura occidental, y en su
función misma de estructura ontológica de lo real.

Esto impondría incluso otras lecturas sobre el eros platónico, con aquellas
parejas separadas que se buscan perpetuamente; que es obviamente una metáfora,
con la artificialidad ideológica del mito intelectual como conceptos ilustrados.
Se trataría entonces de una intuición sobre lo real, no el sexo sino la función
estructural, reducido a alegoría del deseo; porque bien es sabido que él y Sócrates
eran sátiros medio pornográficos, no católicos eremitas del desierto.
El mito de los andróginos en El Banquete, ya no es así una
cursilería romántica, como alegoría de la fractura ontológica; en que Platón
describe —forma inconsciente o intuitiva— esa escisión de la realidad que deja
el accidente pitagórico. Aquí, la resolución formal (alma/número) ha sido
separada de su determinación natural en el cuerpo y la materia; el Eros es el
vector que intenta reintegrarlos, porque el placer es el indicador de
satisfacción de toda necesidad real.
La posteridad se queda con la anécdota del sátiro, porque es más sencillo que
una crisis de objetividad integral; y reduciendo el mito a lo alegoría carnal,
se desconoce que la realidad occidental está operando con una mitad de lo real.
De ahí que Aristóteles sea más eficiente con su Hilemorfismo, conceptualizando lo
que el mito solo ilustra como deseo; pero su epistemología ya es formalista,
por lo que sólo consigue una jerarquía, en que la forma sigue primando.
La fractura pitagórica habría dejado entonces un residuo también formal, en
el atomismo fisiológico, de Demócrito; que no desaparece, sino que permanece en
tensión latente, hasta reintegrarse ya deformado, en el deseo epicúreo. Esa
tensión diacrónica es por la que, siglos después, el materialismo no resurge como
una opción filosófica; sino sólo derivar como necesidad, cuando el formalismo
ya no es suficiente para la complejidad del fenómeno.
Hay cierta fatalidad, que se impulsaría en la historia
del pensamiento occidental desde este exceso de Pitágoras; como una
determinación primaria, sobre la que el fenómeno se realiza con la fractalidad
condicional de lo real. Sería en este momento que el pensamiento adquiera una
naturaleza artificial y representacional, no efectiva; desligándose de la
experiencia, y perdiendo en ello su cualidad experiencial, para desarrollarse
sólo reflexivamente.
No se trata de la función axial de la práctica
religiosa, pues no ocurre en la determinación de lo real como humano; sino en
la axialidad artificial —ya formal en sí misma— de lo político, como expresión
culminante de lo natural. Es aquí por tanto donde se invierte la función de la
cultura, como estructura que organiza lo real como humano; en la pretensión política
sobre está determinación, que desplaza a lo religioso en la seudo religiosidad
de la ideología.
Sea la caverna o el eros, hay una deformación universalista
en su abstracción, que desconoce la puntualidad del culto; por el que los
conceptos —como símbolos de valor
existencial— se adecuaban, especializados
por su localidad. No es que no se tratara de la alienación feuerbachiana, sino
que está alienación no era política sino existencial; con una función así
referencial antes que determinante, que no afectaba a la praxis, sino que la
comprendía.