Thursday, May 28, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental IV (Final)

Ya se habría establecido el carácter epistemológico de la cuestión, como de la capacidad para entender a lo real; en el acercamiento de Newton al problema físico de la gravedad desde la matemática, y no desde su naturaleza física. Eso retrae la cuestión a su origen en Pitágoras, y su percepción de las recurrencias matemáticas como determinaciones; ya que en tanto formal —al darse en la organización de funciones relacionales—, la realidad sí estaría llena de estas recurrencias; pero cuyo valor —y función de hecho— es entonces referencial, no efectivamente determinantes.

Con ese sentido referencial habrían sido formulados los principios matemáticos en su origen religioso, en Babilonia; tal y como en Egipto, donde —al igual que en Babilonia— extendían este valor a la construcción y la función política. Sin embargo, la descontextualización pitagórica, al desarrollarlos como ciencia y seudo religiosidad, los distorsiona; atribuyéndoles una consistencia que originalmente provenía de lo divino, y no de alguna propiedad singular.

La física, al momento copernicano, imponía ya la flexibilidad de la observación sobre la pureza del principio abstracto; desde el giro de galileo al heliocentrismo, que es también el primer paso hacia la potestad de lo real sobre lo humano; tal y como antes la cuestión arriana fue el primer paso al humanismo, como derivación del teo al androcentrismo. Hay un paralelismo funcional en esta oposición teológico-física, entre San Agustín y Copérnico, apoteósica en Galileo; como base epistemológica de la emergencia post-postmoderna del Realismo, en la político-religiosa del Idealismo.

Eso requiere sin embargo una adecuación, porque la absolutización de las matemáticas por Pitágoras era necesaria; explicando su descontextualización primera, por una necesidad de referentes fijos, en el entorno caótico del Egeo. En este sentido, la tensión Galileo-Newtoniana es apenas una actualización de la otológica Heráclito-Parmenídea; sólo que ya en el ámbito puro de la fisiología misma como ciencia, y no de su contradicción política con la religión.

Desde ah además, el dogmatismo newtoniano provee salidas de control, para la adecuación necesaria del desarrollo; de modo que no habría sido una apoteosis real, sino una suerte de fotón, con el que medir la evolución, de Galileo —y en últimas Copérnico— a Einstein. Esto resolvería el problema de la adecuación epistemológica bajo el Realismo Trascendental, por tres razones fundamentales; la primera d las cuales, es la naturaleza tridimensional —en realidad cuatridimensional— de la mente humana; que necesita de estos referentes, existenciales y relativos pero fijos, para poder operar de forma organizada.

Es imposible percibir una función de onda sin arrojarle un fotón de prueba, e igual ocurriría en la historia de la cultura; en la que no es posible transitar de Copérnico a Einstein en el vacío absoluto, sin una estructura de control. Habría sido necesaria una interacción efectiva, que forzara a ese continuo de probabilidades formales a decantarse; de modo que se obtuviera una estructura fija y manejable, como de hecho es la partícula en la física cuántica

Ese impacto localizado y puntual es entonces la mecánica de Newton, como el fotón que permite medir a la ciencia; que en el estado puro abriría un tejido continuo y fluido de relaciones en sus probabilidades formales, con Copérnico y Galileo. Pero esto es como una función de onda conceptual, llena de esas posibilidades, pero difícil de asir para la lógica; como ejemplo, todavía Einstein —el sumun de esa inteligencia—, no comprende la dualidad de esta indeterminación primera.

Al introducir su cálculo y sus absolutos matemáticos, Newton actúa como el fotón que bombardea esta función; que al interactuar con el continuo galileano, lo colapsa en un punto y momento específicos, que es la física clásica. Esta partícula resultante, que es la mecánica newtoniana como particularidad, es una salida cerrada de la evolución; que en su rigidez ofrece la estadística, estableciendo las comparaciones con el desarrollo general de la ciencia.

 

Principios físicos del Realismo Trascendental IIII

Al trasladar el problema desde el mecanicismo ingenuo a la epistemología, se aclara la armazón de la física teórica; y por la que la realidad física, no es una colección de esencias materiales, sino un sistema formal de posibilidades y restricciones. En ese sentido, una partícula —o el complejo de cuerdas— no se desarrolla en un sentido, sino en todos las posibles; lo que determina que uno de esos infinitos desarrollos se realice o no, es la interferencia mutua de todas esas probabilidades; al chocar con las determinaciones puntuales, como el campo de fuerzas, la geometría del espacio o el propio acto de medición.


Al final, la trayectoria clásica que se observa en el macrocosmos, es sólo el orden en que se alinearon esas probabilidades; cancelando en esto todas las otras proyecciones, sin que accedan a realidad alguna, al carecer de estas determinaciones[1]
Aquí se observa que el problema básico es que aún estamos en estadio final de la transición desde la física clásica; que es en definitiva la que provee los referentes epistemológicos, con los que se puede comprender o no lo real. En ese sentido, cuando Newton lleva la física clásica a su apoteosis, ya Galileo la había socavado, con su relatividad; ese habría sido el comienzo de esta transición cosmo-epistemológica, que aún no habría concluido históricamente.

El verdadero origen de la fractura se sitúa entonces en Copérnico, al desmontar la narrativa lineal de la ciencia; pues si la tierra se mueve, el reposo absoluto desaparece, y un objeto que cae de una torre arrastra el movimiento de la tierra. En ese instante rudimentario nacería el principio de relatividad, que luego sería formalizado por Galileo y Einstein; y respecto al cual, Newton —salvar su majestuosa mecánica y mantener las ecuaciones legibles—, introduce un parche metafísico; postulando que el espacio y el tiempo eran absolutos, fijos e inmóviles, como un teatro en el que ocurre las cosas.

La física del siglo XX y XXI ha demolido los pilares de la ciencia moderna, sin embargo la transición no ha concluido; porque nuestro lenguaje y nuestra lógica siguen siendo newtonianos, y carece de referentes experienciales para otra cosa. Esto es importante, porque explica el valor de la deformación primera de la prácticas de conocimiento en Occidente[2]; al comprender la teoría de cuerdas, la mente —configurada tridimensionalmente y macroestructural— necesita la referencia formal; sólo que esta necesidad no es existencial, y la experiencia sólo ofrece referentes existenciales, no puramente formales.

El verdadero salto epistemológico, de alcances copernicanos, aceptar que la realidad no está hecha de cosas; sino que es un tejido —que replica el del espacio-tiempo— de estructuras formales, organizadas en funciones relacionales. En este sentido, el error estaría en el exceso de Pitágoras, pero es también operativo y lógico a su propio contexto; no sólo porque responde a las necesidades referenciales propia del Egeo, sino por la condición misma de lo real.

El problema es que, en tanto formal —por sus funciones—, la realidad sí estaría llena de recurrencias matemáticas; y el error habría estado en tomar esas recurrencias por determinaciones efectivas, y no en como valor referencial. La resistencia a aceptar esto, se debe a que seguimos en el estadio de transición final, como una turbulencia permanente; sólo superable con una adecuación epistemológica suficiente, que reconozca en el Realismo la potestad de lo real.

Esto es grave en sus implicaciones filosóficas, resolviendo por ejemplo la insuficiencia del materialismo histórico; al plantearse como alternativa al idealismo, al que sin embargo sólo adecúa, por su propia dependencia epistemológica. Eso también explica la actualidad del problema como epistemológico, en esa potestad que se atribuye a las matemáticas; cuyas contradicciones responden también necesariamente a la perspectiva, pues se trata siempre de una comprensión parcial. De no ser así —por ejemplo—, no se habría podido hallar ninguna solución matemática nueva desde Pitágoras; sí de hecho se poseería una exactitud absoluta y no relativa en su objetividad, no sujeta a desarrollo posterior.

Aquí, el materialismo histórico funciona como una perspectiva para explicar ciertos condicionamientos políticos; pero fracasa cuando se postula como una verdad metafísica última, distorsionando incluso la comprensión de la historia. Por su parte, si la materia misma no es algo unívoco, la infraestructura social tampoco puede ser un determinante; sino un sistema formal de relaciones y probabilidades, que colapsa también ante la determinación puntual.


[1] . Esto elimina la imagen popular de los mundos paralelos, en que los mismos fenómenos tienen desarrollos alteros; primero, al integrar las dimensiones como aspectos imperceptibles de lo real mismo, y luego cancelar las alternativas.  

[2] . Cf: CogiNganga, Ensayo de Occidente, etc.


Wednesday, May 27, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental II

La idea de que las dimensiones extra solo añaden perspectiva, se conoce como como la Dualidad T o Dualidad S; que alude a la confluencia de dos teorías matemáticas, con propiedades particulares, sobre un mismo fenómeno físico. Un ejemplo sería el Principio Holográfico, por el que un objeto de cinco dimensiones puede ser descrito como de cuatro[1]; siendo el mismo objeto, sólo que percibido con otras referencias, como las diferencias de resolución óptica.

Bajo este enfoque, el electrón que se detecta en el laboratorio no es un objeto pura o exactamente tridimensional; es ya un objeto multidimensional, que nuestra perspectiva macroestructural solo puede registrar como tridimensional. Queda incluso la paradoja de que para detectar un objeto tridimensional, ha sido necesaria una perspectiva cuatridimensional; de modo que la misma interacción a nivel macroestructural de la realidad es ya multidimensional de hecho.

Esto quiere decir que la teoría de cuerdas puede de hecho conciliar la física cuántica con la relatividad general; si el problema sólo aparece desde la perspectiva del comportamiento de las partículas, no del de las ondas. Todavía, la partícula podría ser un simple colapso (alteración) de la realidad por su percepción, que es fotónica; por lo que en realidad podría tratarse originalmente de un complejo de cuerdas, así compatible con la relatividad general.

Cuando la Relatividad calcula la gravedad entre partículas a una distancia de cero, las ecuaciones se dividen por cero; que es lo que produce infinitos absurdos, como singularidades, y significa que el tejido espacio-temporal se rompe. La teoría de cuerdas reconciliaría ambas perspectivas, precisamente eliminando el punto dado que es la partícula; pues al sustituir ese punto por una cuerda unidimensional, la interacción ya no ocurre en un punto de dimensión cero; sino que las cuerdas interactúan esparciéndose, en una región del espacio-tiempo, que elimina los infinitos de las ecuaciones. Esto permite que la gravedad —que es el problema de la Relatividad— funcione perfectamente a escala cuántica; la onda —el patrón de vibración de la cuerda— es lo primario, la partícula es solo su apariencia macroscópica.

En física cuántica, esto se conoce como la decoherencia cuántica, y su medida como el problema de la percepción; pues no se puede percibir una función de onda sin interactuar con ella, sin arrojarle un fotón, o cualquier otra partícula de prueba. En el estado fundamental, lo que existe es el complejo de cuerdas, en su estado puro de vibración ondulatoria; extendido e interconectado con la geometría del espacio-tiempo, en un continuo de posibilidades formales[2].

La percepción es así una interacción efectiva, en la que ese fotón enviado para medir altera todo ese complejo; forzando a la cuerda a transferir una cantidad fija de energía, en un punto y momento específicos. Ese intercambio de energía, localizado y puntual, es lo que los instrumentos registran y se entiende como partícula; que no es por tanto un objeto rígido, que está ahí y es susceptible de ser visto, sino que es esa interacción física.

En esta perspectiva, de lo real como tejido de cuerdas percibidas como partículas, la Relatividad se vuelve natural[3]; y de hecho, uno de los mayores triunfos de la teoría de cuerdas es que los físicos no forzaran la gravedad en sus ecuaciones. Esto resalta la naturaleza epistemológica del problema, ya que la historia es una secuencia infinita de probabilidades; que en tanto formales se realizan o no, según el conjunto específico de determinaciones puntuales a las que responden.



[1] . El ejemplo se refiere a un agujero negro de cinco dimensiones, que puede ser percibido en una zona fronteriza de cuatro; por lo que el modelo es más complejo que una simple ilustración, y aún se mantiene en el ámbito de la teoría matemática.

[2] . Esta es la base del probabilismo realista

[3] . Alude al descubrimiento del gravitón de Einstein, en los cálculos matemáticos de Joël Scherk, John H. Schwarz y Tamiaki Yoneya; cuando en forma parcialmente independiente tropezaron con problemas en el cálculo de la energía nuclear fuerte. El problema eventualmente los llevó a replantearse la ecuación desde otra perspectiva, revelando su naturaleza epistemológica y no efectiva. Cf: Dual Models for Nonhadrons, J. SCHERK and JOHN H. SCHWARZ California Institute of Technology, Pasadena, 1974.

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