Racismo y antirracismo, por Víctor Fowler
A esa exigencia responde este trabajo monumental de Víctor Fowler, en que
se adivina la impronta de su maestro; pues esa paciencia —confiada en la
suficiencia del documento— es la marca de Tomás Fernández Robaina, a quien está
dedicado. El trabajo es tan minucioso que atemoriza en el acercamiento, y es en
eso que resulta impresionante en sus alcances; porque no es posible comprender
una contradicción desde dentro de ella, excluyendo sus determinaciones.
Robaina, desde su magisterio en la Biblioteca Nacional, supo que el
cimarronaje no es un enfrentamiento directo; porque el heroísmo no es sobre la
dignidad —propia de lo real en tanto real— sino supervivencia, de puro persistir.
Es ahí que se hace instrumental el extrañamiento, impidiendo toda distorsión en
las manipulaciones del sentido; exigiendo esta mano amplia de la tensión
epistemológica, en que el sentido puede brotar en su propia suficiencia.
Todo esto es necesario, porque el racismo en Cuba es subrepticio, y se
enmascara en falsas categorías históricas; como la del mestizaje, cuya
insuficiencia resalta en la reducción birracial, dejando claro que es política
y no cultural. Eso también es importante, porque es lo que exige una tensión
que organice una nueva comprensión de lo real; no dialéctica —como de lo
histórico— sino trialéctica, de la determinación trascendente de ese objeto
histórico; que es la expresión en que se realiza como político, pero no la
naturaleza en que se determina, como cultural.
Si de algo sirvió aquel furor del último cuarto de siglo XX, fue para esta
reorganización epistemológica de Fowler; el más improbable —en su piel— de
todos los discípulos, pero también por ello el más promisorio en el alcance. En
definitiva, como Brecht sobre el teatro, se trata aquí de la cultura como
objeto, y su reflexividad como comprensión; que es donde se deposita el
heroísmo necesario para sobrevivir a la subrepticiedad del racismo, con
destreza.









