El error de Gramsci
La actual crisis política de Occidente no se originaría en el populismo marxista, sino en su corrección por Gramsci; que observando las deficiencias del determinismo económico de Marx, reconoció el de su propia determinación cultural. Eso no es poco, el marxismo se limitaba a reconocer la función super estructural de la religión, tomado de Feuerbach; pero Gramsci identificaba su simple instrumentalidad, reconociendo la superestructura en la cultura misma.
En realidad, Gramsci también erraba por exceso, atribuyendo valor
sustantivo a la función superestructural de la cultura; cuya determinación no
provenía del poder económico del capitalismo, sino de esta función suya como
ontológica. Este es el problema con la dialéctica de la historia, partiendo de
la historia misma como realidad total y no expresión; que se determinaría en la
transhistoricidad de la cultura, como función de lo real en su especialización
como humano.
Por eso, el problema político no es exactamente ideológico sino
epistemológico, y dado en esta reducción ideológica; que proviene del
determinismo político, como hermenéutica —en función epistemológica— ya dada de
lo real. En este sentido, por ejemplo, el obrero no vota en contra de sus
intereses, que están en la realización capitalista; sino contra los de la clase
media intelectual, que es la que está en conflicto con la burguesía, por su improductividad.
Eso último se entiende en la naturaleza antropológica misma de la cultura,
cuya expresión última es l política; que se organiza en una estructura social,
en que las relaciones son capitalistas, como potencia de su realización. La
cuestión es antropológica, porque reside en la codificación del capital como
conjunto de recursos, que son existenciales; y que sólo por esta función
existencial —en su potenciación de la cultura— deviene en política, no a la
inversa.
Es en esto que los intereses obreros —en tanto humanos— están en la
realización social, que es así capitalista; igual que la de la clase media y de
la burguesía misma, como clases sólo por su especialización política, no ética.
La contradicción siempre es entonces entre intereses opuestos y no continuos,
como los del proceso productivos; sino de la concepción del capital como
económico o político, respectivamente por la burguesía o la élite intelectual.
No obstante, y dado su propio determinismo político antes que
existencialismo cultural, el marxismo no lo entiende; asumiendo su
capitalización de la cultura como legitima, en el marco del trascendentalismo
categórico kantiano. No es entonces que la cultura cumpla esa función
superestructural, sin que no es una super estructura dada; ni que esta no se
resuelva en la religión, como ya lo había intuido Feuerbach desde el mismo
negativismo kantiano; sino que todo eso sería la forma en que lo real se
organiza a sí mismo como humano, en relaciones capitalistas.
La prueba estaría en esta misma reducción ideológica del materialismo
dialéctico, como capitalización de lo político; que es un ordenamiento
económico, aunque ahora —gracias a la inversión de Feuerbach— en contra de eso
real mismo. Esto se debería a este determinismo, que atentaría contra esa
especialización de lo real como humano, en lo político; que desplazando a la
cultura en su determinación de la sociedad, la distorsiona en sus relaciones
económicas.
Aquí, la inversión de Feuerbach no superaría el problema epistemológico de la filosofía alemana, como ideología; sino que lo desplazaría hacia la representación religiosa, igual que Marx conservaría su estructura hermenéutica. La ideología alemana no trataría por tanto de una continuidad doctrinal, sino de una organización epistemológica común; que desde ese idealismo, tiende a reducir lo real reduciéndolo a su representación, dándola como sustantiva. En este sentido, la crítica de la ideología no sería única o principalmente política, sino sobre todo epistemológica; en su conversión de determinaciones particulares del conocimiento, en principios universales de interpretación de lo real.
Este es el valor del Realismo Trascendental, en su observación de la
cultura como función ontológica propia de lo real; que por ello se sobrepone a
la expresión política en que se realiza como histórica, en su
transhistoricidad. En definitiva, es esa transhistoricidad la que le da valor
superestructural, en las funciones concretas en que se realiza; resuelta
tradicionalmente en la religiosidad, por la propiedad axial de la función
cultural, en su reflexividad.






