Wednesday, May 6, 2026

Lorente y la evolución del pensamiento filosófico

El caso del pensamiento de Julio Lorente es singular, más allá de la crítica o el elogio, en todo caso igual eventuales; incluso si es obviamente difícil de mapear, pues hunde sus raíces en sabe Dios qué experiencia y tiene sabe Dios qué objeto. Lo que se ve aquí es el cuerpo orgánico, que va de su libro con Antonio Correa Iglesias a sus exposiciones públicas en Facebook; y que como marco general pasa por alto otras publicaciones suyas, porque usa estas como ejes de desarrollo.

En ese sentido, el libro con Correa tiene múltiples problemas, ya debidamente expuestos en trabajos anteriores; pero marca también un propósito de sistematización, que no se circunscribe a las autoridades habituales. En ese mismo sentido, y por la misma razón, puede considerarse que su base es errónea, como ya se ha resaltado; pero permitiéndole una organización, susceptible de adecuación de esos errores, con su perspectiva personal.

Por la formación de su coautor, es probable que los errores iniciales sean de perspectiva e influencia, no propios; lo que es lógico, en un ambiente de dispersión inevitable como el entorno político cubano, que no admite la individualidad. Su propia formación es a todas luces autodidacta, y es también lógico que se acerque a autoridades establecidas; pero como un margen experiencial, desde el que establecer sus propias referencias, como de interés objetivo.

No hay dudas tampoco de que estos intereses son tan peculiares como él mismo, y no tienen que ser compartidos; y para muchos pueden suscitar cierta desconfianza hermenéutica, por la primacía del objeto político, por ejemplo. Eso es también natural y lógico, y en eso consiste la naturaleza anti escolástica del pensamiento, como práctica existencial; no importa si en afán de protagonismo, la mediocridad ambiente reproduce las mismas cortapisas que critica.

Incluso en ese extraño sentido, la evolución de Lorente es singular, como adecuación definitiva del objeto político; al que no se puede negar la naturaleza sino la prioridad, pero es bueno que alguien la fije, dándole esa prioridad. Es aquí donde el ascendiente católico de Lorente se hace llamativo, como emergencia del conservadurismo cubano; disuelto con las escuelas religiosas al triunfo de la revolución, pero sin dudas importante al pensamiento nacional.

Conviene por supuesto volver sobre ese conservadurismo relativo de la identidad católica en Cuba, que es funcional; porque no es doctrinario, sino relativo a la axialidad religiosa, como función ontológica de la cultura. Esto es de naturaleza entonces cultural antes que política, aunque su expresión natural sea política, en tanto histórica; como susceptibilidad, en que esa expresión política desplaza a la determinación cultural, en su función ontológica.

Este es uno de los conceptos desarrollados por Lorente, y que apuntan a la emergencia de un realismo post-postmoderno; ya organizado de forma paralela en los fundamentos del Realismo Trascendental, pero aún original en su perspectiva. Esto se debe a que él parte del mismo determinismo político, aunque como desarrollo negativo (crítico) y no positivo; de modo que no se trata de un tribalismo hermenéutico, sino del simple marcador cultural de una emergencia.

Lo interesante es que él llegue a esta emergencia por la vía negativa, en la crítica de ese determinismo político; y que es en lo que ese conservadurismo funcional de la identidad católica, le sirve como base hermenéutica. De nuevo sobre este conservadurismo, se refiere a la recuperación de su función cultural y no de carácter ideológico; al que habría sido reducida por la tensión en que nace el liberalismo moderno, con la supremacía moral de la razón.

Se trata por tanto de una evolución orgánica, que sirve de laboratorio incluso sobre la de la cultura nacional; y todo en el simple hecho de aislarse en un pensamiento autónomo, como parte de su propia madurez existencial. En esta singularidad, sin dudas funcional, se hace llamativo e interesante, por su alta entropía como nivel de posibilidad; frente al estancamiento que lo rodea, de una cultura presta a la precipitación, por su acercamiento al cero absoluto.

Tercer elogio de JL


 Buh, te mangué!

Monday, May 4, 2026

El exceso de Pitágoras IV

Esta relación entre la tradición idealista y el orfismo, a través de Pitágoras, es sin dudas analógica pero no metafórica; pues responde a la naturaleza común de todos estos fenómenos, por la que convergen en una misma determinación. En este sentido la apelación del Orfismo a su ascendiente sobre los misterios eleusinos es de legitimidad y no de origen; ya que este se desarrolla en el área de la Magna Grecia, mientras que los de Eleusis responden a la centralidad micénica.

Se trata por tanto de una tensión política, entre el crecimiento comercial de Atenas y la estructura de Micenas; cuando esta es el remanente que proviene de la era arcaica, de la que emerge Atenas con su insubordinación de Creta. Por tanto, los ritos de Eleusis tienen un carácter popular, incluso si regulado por una clase especializada en el sacerdocio; que no puede detener la potenciación económica del individuo en el mercantilismo ateniense, proyectado hacia la Magna Grecia.

En esto sin embargo, esa misma potenciación individualista segrega una necesidad experiencial de lo trascendente; contraria ya al racionalismo funcional de ese desarrollo, como el romanticismo moderno al racionalismo ya clásico. No se olvide que desde su inicio, el desarrollo paralelo del fisiologismo surge en la clase comercial, con sus recursos; mientras, en una simetría recurrente, la clase popular se identifica con la aristocracia clásica, frente a esa racionalización.

El Orfismo es así una amalgama, que de hecho reorganiza el mito de Dionisio Zagreo con elementos egipcios; frente a los más directamente babilonios del pitagorismo, pero compartiendo ese origen y naturaleza orientales; más orgánicos aún en el orfismo, ya que no descontextualiza esos elementos, como la seudo religiosidad pitagórica. Entre esos elementos egipcios, destacaría el despedazamiento de Dionisios por los titanes, como el de Osiris por Set; que de hecho recuerda el del mismo Orfeo por las ménades, indicando que el mito no proviene necesariamente de Egipto; pero aprovecha esta convergencia de elementos comunes, viabilizando el sentido salvífico que sí es egipcio.

Está amalgama es posible además, al darse como residuo cultural en la Magna Grecia y no en la misma Atenas; donde la preeminencia de Eleusis todavía centra la práctica religiosa en su institucionalidad, generando ese margen. Sería en la carencia de esta dificultad, al darse fuera de Atenas, que esos residuos pueden reorganizarse, como autopoiesis; alrededor esta vez de ese sentido salvífico, como marcador ético, que es como se entiende esa influencia oriental.

La convergencia de desarrollos diacrónicos, como el orfismo y el pitagorismo, ilustraría esta determinación común; diferenciados en sus respectivos elitismo y seudo elitismo, que en ambos casos termina en una especialización religiosa. No obstante, sí habría destacar el origen popular del orfismo, como reacción al pragmatismo mercantilista ateniense; en una suerte de cultura revolucionaria, a la que respondía también Pitágoras en su propio determinismo político.

Esto explica la otra emergencia del partido aristocrático en Atenas, aunque ya no basado en la areté como en Micenas; que en Platón incorpora la filosofía a la fuerza guerrera de la tradición arcaica, y en el Orfismo es ya espiritual. Esta última coincide precisamente con la virtud pitagórica, como una condición de armonía total con el cosmos; que se encuentra en todos los sistemas mistéricos, incluido el Dikenga, pero como categoría ontológica.

Esto probaría incluso que Pitágoras apuntaba a una intuición sobre la estructuralidad del cosmos, sólo que descontextualizada; que igual descaracteriza aún la función ontológica de las categorías mistéricas, en un sentido moral y político. En este sentido, por ejemplo, el concepto de Ubuntu en el cosmograma congo, suele reducirse a su aspecto político; en la subordinación total del individuo a la comunidad, tal y como la armonía pitagórica, sin su carácter potestativo.

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