Thursday, May 28, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental IIII

Al trasladar el problema desde el mecanicismo ingenuo a la epistemología, se aclara la armazón de la física teórica; y por la que la realidad física, no es una colección de esencias materiales, sino un sistema formal de posibilidades y restricciones. En ese sentido, una partícula —o el complejo de cuerdas— no se desarrolla en un sentido, sino en todos las posibles; lo que determina que uno de esos infinitos desarrollos se realice o no, es la interferencia mutua de todas esas probabilidades; al chocar con las determinaciones puntuales, como el campo de fuerzas, la geometría del espacio o el propio acto de medición.


Al final, la trayectoria clásica que se observa en el macrocosmos, es sólo el orden en que se alinearon esas probabilidades; cancelando en esto todas las otras proyecciones, sin que accedan a realidad alguna, al carecer de estas determinaciones[1]
Aquí se observa que el problema básico es que aún estamos en estadio final de la transición desde la física clásica; que es en definitiva la que provee los referentes epistemológicos, con los que se puede comprender o no lo real. En ese sentido, cuando Newton lleva la física clásica a su apoteosis, ya Galileo la había socavado, con su relatividad; ese habría sido el comienzo de esta transición cosmo-epistemológica, que aún no habría concluido históricamente.

El verdadero origen de la fractura se sitúa entonces en Copérnico, al desmontar la narrativa lineal de la ciencia; pues si la tierra se mueve, el reposo absoluto desaparece, y un objeto que cae de una torre arrastra el movimiento de la tierra. En ese instante rudimentario nacería el principio de relatividad, que luego sería formalizado por Galileo y Einstein; y respecto al cual, Newton —salvar su majestuosa mecánica y mantener las ecuaciones legibles—, introduce un parche metafísico; postulando que el espacio y el tiempo eran absolutos, fijos e inmóviles, como un teatro en el que ocurre las cosas.

La física del siglo XX y XXI ha demolido los pilares de la ciencia moderna, sin embargo la transición no ha concluido; porque nuestro lenguaje y nuestra lógica siguen siendo newtonianos, y carece de referentes experienciales para otra cosa. Esto es importante, porque explica el valor de la deformación primera de la prácticas de conocimiento en Occidente[2]; al comprender la teoría de cuerdas, la mente —configurada tridimensionalmente y macroestructural— necesita la referencia formal; sólo que esta necesidad no es existencial, y la experiencia sólo ofrece referentes existenciales, no puramente formales.

El verdadero salto epistemológico, de alcances copernicanos, aceptar que la realidad no está hecha de cosas; sino que es un tejido —que replica el del espacio-tiempo— de estructuras formales, organizadas en funciones relacionales. En este sentido, el error estaría en el exceso de Pitágoras, pero es también operativo y lógico a su propio contexto; no sólo porque responde a las necesidades referenciales propia del Egeo, sino por la condición misma de lo real.

El problema es que, en tanto formal —por sus funciones—, la realidad sí estaría llena de recurrencias matemáticas; y el error habría estado en tomar esas recurrencias por determinaciones efectivas, y no en como valor referencial. La resistencia a aceptar esto, se debe a que seguimos en el estadio de transición final, como una turbulencia permanente; sólo superable con una adecuación epistemológica suficiente, que reconozca en el Realismo la potestad de lo real.

Esto es grave en sus implicaciones filosóficas, resolviendo por ejemplo la insuficiencia del materialismo histórico; al plantearse como alternativa al idealismo, al que sin embargo sólo adecúa, por su propia dependencia epistemológica. Eso también explica la actualidad del problema como epistemológico, en esa potestad que se atribuye a las matemáticas; cuyas contradicciones responden también necesariamente a la perspectiva, pues se trata siempre de una comprensión parcial. De no ser así —por ejemplo—, no se habría podido hallar ninguna solución matemática nueva desde Pitágoras; sí de hecho se poseería una exactitud absoluta y no relativa en su objetividad, no sujeta a desarrollo posterior.

Aquí, el materialismo histórico funciona como una perspectiva para explicar ciertos condicionamientos políticos; pero fracasa cuando se postula como una verdad metafísica última, distorsionando incluso la comprensión de la historia. Por su parte, si la materia misma no es algo unívoco, la infraestructura social tampoco puede ser un determinante; sino un sistema formal de relaciones y probabilidades, que colapsa también ante la determinación puntual.


[1] . Esto elimina la imagen popular de los mundos paralelos, en que los mismos fenómenos tienen desarrollos alteros; primero, al integrar las dimensiones como aspectos imperceptibles de lo real mismo, y luego cancelar las alternativas.  

[2] . Cf: CogiNganga, Ensayo de Occidente, etc.


Wednesday, May 27, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental II

La idea de que las dimensiones extra solo añaden perspectiva, se conoce como como la Dualidad T o Dualidad S; que alude a la confluencia de dos teorías matemáticas, con propiedades particulares, sobre un mismo fenómeno físico. Un ejemplo sería el Principio Holográfico, por el que un objeto de cinco dimensiones puede ser descrito como de cuatro[1]; siendo el mismo objeto, sólo que percibido con otras referencias, como las diferencias de resolución óptica.

Bajo este enfoque, el electrón que se detecta en el laboratorio no es un objeto pura o exactamente tridimensional; es ya un objeto multidimensional, que nuestra perspectiva macroestructural solo puede registrar como tridimensional. Queda incluso la paradoja de que para detectar un objeto tridimensional, ha sido necesaria una perspectiva cuatridimensional; de modo que la misma interacción a nivel macroestructural de la realidad es ya multidimensional de hecho.

Esto quiere decir que la teoría de cuerdas puede de hecho conciliar la física cuántica con la relatividad general; si el problema sólo aparece desde la perspectiva del comportamiento de las partículas, no del de las ondas. Todavía, la partícula podría ser un simple colapso (alteración) de la realidad por su percepción, que es fotónica; por lo que en realidad podría tratarse originalmente de un complejo de cuerdas, así compatible con la relatividad general.

Cuando la Relatividad calcula la gravedad entre partículas a una distancia de cero, las ecuaciones se dividen por cero; que es lo que produce infinitos absurdos, como singularidades, y significa que el tejido espacio-temporal se rompe. La teoría de cuerdas reconciliaría ambas perspectivas, precisamente eliminando el punto dado que es la partícula; pues al sustituir ese punto por una cuerda unidimensional, la interacción ya no ocurre en un punto de dimensión cero; sino que las cuerdas interactúan esparciéndose, en una región del espacio-tiempo, que elimina los infinitos de las ecuaciones. Esto permite que la gravedad —que es el problema de la Relatividad— funcione perfectamente a escala cuántica; la onda —el patrón de vibración de la cuerda— es lo primario, la partícula es solo su apariencia macroscópica.

En física cuántica, esto se conoce como la decoherencia cuántica, y su medida como el problema de la percepción; pues no se puede percibir una función de onda sin interactuar con ella, sin arrojarle un fotón, o cualquier otra partícula de prueba. En el estado fundamental, lo que existe es el complejo de cuerdas, en su estado puro de vibración ondulatoria; extendido e interconectado con la geometría del espacio-tiempo, en un continuo de posibilidades formales[2].

La percepción es así una interacción efectiva, en la que ese fotón enviado para medir altera todo ese complejo; forzando a la cuerda a transferir una cantidad fija de energía, en un punto y momento específicos. Ese intercambio de energía, localizado y puntual, es lo que los instrumentos registran y se entiende como partícula; que no es por tanto un objeto rígido, que está ahí y es susceptible de ser visto, sino que es esa interacción física.

En esta perspectiva, de lo real como tejido de cuerdas percibidas como partículas, la Relatividad se vuelve natural[3]; y de hecho, uno de los mayores triunfos de la teoría de cuerdas es que los físicos no forzaran la gravedad en sus ecuaciones. Esto resalta la naturaleza epistemológica del problema, ya que la historia es una secuencia infinita de probabilidades; que en tanto formales se realizan o no, según el conjunto específico de determinaciones puntuales a las que responden.



[1] . El ejemplo se refiere a un agujero negro de cinco dimensiones, que puede ser percibido en una zona fronteriza de cuatro; por lo que el modelo es más complejo que una simple ilustración, y aún se mantiene en el ámbito de la teoría matemática.

[2] . Esta es la base del probabilismo realista

[3] . Alude al descubrimiento del gravitón de Einstein, en los cálculos matemáticos de Joël Scherk, John H. Schwarz y Tamiaki Yoneya; cuando en forma parcialmente independiente tropezaron con problemas en el cálculo de la energía nuclear fuerte. El problema eventualmente los llevó a replantearse la ecuación desde otra perspectiva, revelando su naturaleza epistemológica y no efectiva. Cf: Dual Models for Nonhadrons, J. SCHERK and JOHN H. SCHWARZ California Institute of Technology, Pasadena, 1974.

Tuesday, May 26, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental I

La teoría de cuerdas requiere entre once y veintiséis dimensiones adicionales, por estricta necesidad matemática; en lo que es entonces una necesidad formal —y en ello aparente—, para evitar que la teoría colapse en su irracionalidad. Como principio, si se restringe esta teoría en la realidad cuatri dimensional, las ecuaciones arrojan resultados irracionales; pero la irracionalidad es una condición propia de lo real, en tanto sobrepuesto a su comprensión o incomprensión total.

En la física, estas contradicciones matemáticas ocurren cuando una de la física clásica se rompe al nivel cuántico; y en teoría de cuerdas, estas anomalías se traducen en la aparición de probabilidades infinitas o negativas. Es en eso que no tienen sentido físico, ya que la probabilidad máxima de que algo ocurra debe ser del 100%; y para cancelar estas anomalías, su generación se reduce a cero sólo añadiendo dimensiones extra a la ecuación.

Para explicar por qué solo percibimos cuatro dimensiones, los físicos recurren al mecanismo de la compactación; según la cual, las tres dimensiones espaciales —alto, ancho y profundidad— se harían expandido masivamente tras el Big Bang; mientras, las restantes seis o siete se habrían quedado plegadas en sí mismas, en escalas infinitamente pequeñas. Esas dimensiones no serían visibles, porque nuestra longitud de onda es demasiado grande para esos niveles formales; pero también puede tratarse de un error de expectativa, al esperar que una dimensión se comporte como la suma de las otras perceptibles.

De hecho, ninguna de las cuatro dimensiones convencionales puede ser conocida por separado, fuera de su interacción; de modo que no hay por qué esperar que otras dimensiones existentes sea reconocida en sí misma, objetivamente. Eso es un sesgo de aditividad, como esa expectativa de que una dimensión sea una extensión de las que ya conocidas; operando bajo las mismas reglas y con la misma independencia, cuando realmente tendría funciones singulares.

La Relatividad Especial demostró que el espacio-tiempo es un tejido único e indisoluble, sin una posición absoluta; ni tampoco existe algo como el tiempo separado del movimiento en el espacio, ni ninguna puede separarse de la velocidad. Las dimensiones no son así líneas independientes, que se pegan o superponen unas a otras como palillos de dientes; sino que son proyecciones de una estructura geométrica global, como coordenadas para la identificación de los fenómenos.

Esperar que otra dimensión aparezca como un eje limpio, ignora la condición misma del espacio-tiempo actual; ya que se trata de un bloque interdependiente, al que no se añaden las nuevas, alterando la naturaleza del conjunto. Incluso, hay casos como el modelo original de Kaluza-Klein, que añade una quinta dimensión a la relatividad de Einstein; y que no aparece como espacio, sino que emerge matemáticamente como electromagnetismo y carga eléctrica. El error de expectativa radica en tratar la dimensión como un contenedor vacío en lugar de una propiedad estructurante; si las dimensiones extra existen, no actúan como una habitación más, construida con el mismo ladrillo que las cuatro anteriores; sino que sólo modificarían las reglas de las partículas en las cuatro dimensiones visibles, revelando otras propiedades.

Lo que llamamos masa, carga o espín de un electrón, podría ser el reflejo tridimensional de esa interacción dimensional; que por definición no admiten ser separadas del tejido total, independiente de que se la entienda o no. Aquí, debe retornarse al problema original de la irracionalidad, que en matemática sólo alude a otra racionalidad; pero que en su sentido propio alude a la eventual incomprensión del fenómeno, incluso total y no sólo parcial.

De hecho, en la realidad tridimensional, los objetos no se comportan igual en dimensiones cuánticas o macroestructurales; por lo que otras dimensiones sólo añadirían perspectiva a los mismos objetos reales, sin alterarlos en su constitución. Por tanto, esperar que una dimensión a escala cuántica funcione como las macroestructurales, es un error de categoría; pues en esa escala infrapositiva, la dimensión extra es una propiedad geométrica, que sólo altera a la partícula.


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