Wednesday, May 27, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental II

La idea de que las dimensiones extra solo añaden perspectiva, se conoce como como la Dualidad T o Dualidad S; que alude a la confluencia de dos teorías matemáticas, con propiedades particulares, sobre un mismo fenómeno físico. Un ejemplo sería el Principio Holográfico, por el que un objeto de cinco dimensiones puede ser descrito como de cuatro[1]; siendo el mismo objeto, sólo que percibido con otras referencias, como las diferencias de resolución óptica.

Bajo este enfoque, el electrón que se detecta en el laboratorio no es un objeto pura o exactamente tridimensional; es ya un objeto multidimensional, que nuestra perspectiva macroestructural solo puede registrar como tridimensional. Queda incluso la paradoja de que para detectar un objeto tridimensional, ha sido necesaria una perspectiva cuatridimensional; de modo que la misma interacción a nivel macroestructural de la realidad es ya multidimensional de hecho.

Esto quiere decir que la teoría de cuerdas puede de hecho conciliar la física cuántica con la relatividad general; si el problema sólo aparece desde la perspectiva del comportamiento de las partículas, no del de las ondas. Todavía, la partícula podría ser un simple colapso (alteración) de la realidad por su percepción, que es fotónica; por lo que en realidad podría tratarse originalmente de un complejo de cuerdas, así compatible con la relatividad general.

Cuando la Relatividad calcula la gravedad entre partículas a una distancia de cero, las ecuaciones se dividen por cero; que es lo que produce infinitos absurdos, como singularidades, y significa que el tejido espacio-temporal se rompe. La teoría de cuerdas reconciliaría ambas perspectivas, precisamente eliminando el punto dado que es la partícula; pues al sustituir ese punto por una cuerda unidimensional, la interacción ya no ocurre en un punto de dimensión cero; sino que las cuerdas interactúan esparciéndose, en una región del espacio-tiempo, que elimina los infinitos de las ecuaciones. Esto permite que la gravedad —que es el problema de la Relatividad— funcione perfectamente a escala cuántica; la onda —el patrón de vibración de la cuerda— es lo primario, la partícula es solo su apariencia macroscópica.

En física cuántica, esto se conoce como la decoherencia cuántica, y su medida como el problema de la percepción; pues no se puede percibir una función de onda sin interactuar con ella, sin arrojarle un fotón, o cualquier otra partícula de prueba. En el estado fundamental, lo que existe es el complejo de cuerdas, en su estado puro de vibración ondulatoria; extendido e interconectado con la geometría del espacio-tiempo, en un continuo de posibilidades formales[2].

La percepción es así una interacción efectiva, en la que ese fotón enviado para medir altera todo ese complejo; forzando a la cuerda a transferir una cantidad fija de energía, en un punto y momento específicos. Ese intercambio de energía, localizado y puntual, es lo que los instrumentos registran y se entiende como partícula; que no es por tanto un objeto rígido, que está ahí y es susceptible de ser visto, sino que es esa interacción física.

En esta perspectiva, de lo real como tejido de cuerdas percibidas como partículas, la Relatividad se vuelve natural[3]; y de hecho, uno de los mayores triunfos de la teoría de cuerdas es que los físicos no forzaran la gravedad en sus ecuaciones. Esto resalta la naturaleza epistemológica del problema, ya que la historia es una secuencia infinita de probabilidades; que en tanto formales se realizan o no, según el conjunto específico de determinaciones puntuales a las que responden.



[1] . El ejemplo se refiere a un agujero negro de cinco dimensiones, que puede ser percibido en una zona fronteriza de cuatro; por lo que el modelo es más complejo que una simple ilustración, y aún se mantiene en el ámbito de la teoría matemática.

[2] . Esta es la base del probabilismo realista

[3] . Alude al descubrimiento del gravitón de Einstein, en los cálculos matemáticos de Joël Scherk, John H. Schwarz y Tamiaki Yoneya; cuando en forma parcialmente independiente tropezaron con problemas en el cálculo de la energía nuclear fuerte. El problema eventualmente los llevó a replantearse la ecuación desde otra perspectiva, revelando su naturaleza epistemológica y no efectiva. Cf: Dual Models for Nonhadrons, J. SCHERK and JOHN H. SCHWARZ California Institute of Technology, Pasadena, 1974.

Tuesday, May 26, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental I

La teoría de cuerdas requiere entre once y veintiséis dimensiones adicionales, por estricta necesidad matemática; en lo que es entonces una necesidad formal —y en ello aparente—, para evitar que la teoría colapse en su irracionalidad. Como principio, si se restringe esta teoría en la realidad cuatri dimensional, las ecuaciones arrojan resultados irracionales; pero la irracionalidad es una condición propia de lo real, en tanto sobrepuesto a su comprensión o incomprensión total.

En la física, estas contradicciones matemáticas ocurren cuando una de la física clásica se rompe al nivel cuántico; y en teoría de cuerdas, estas anomalías se traducen en la aparición de probabilidades infinitas o negativas. Es en eso que no tienen sentido físico, ya que la probabilidad máxima de que algo ocurra debe ser del 100%; y para cancelar estas anomalías, su generación se reduce a cero sólo añadiendo dimensiones extra a la ecuación.

Para explicar por qué solo percibimos cuatro dimensiones, los físicos recurren al mecanismo de la compactación; según la cual, las tres dimensiones espaciales —alto, ancho y profundidad— se harían expandido masivamente tras el Big Bang; mientras, las restantes seis o siete se habrían quedado plegadas en sí mismas, en escalas infinitamente pequeñas. Esas dimensiones no serían visibles, porque nuestra longitud de onda es demasiado grande para esos niveles formales; pero también puede tratarse de un error de expectativa, al esperar que una dimensión se comporte como la suma de las otras perceptibles.

De hecho, ninguna de las cuatro dimensiones convencionales puede ser conocida por separado, fuera de su interacción; de modo que no hay por qué esperar que otras dimensiones existentes sea reconocida en sí misma, objetivamente. Eso es un sesgo de aditividad, como esa expectativa de que una dimensión sea una extensión de las que ya conocidas; operando bajo las mismas reglas y con la misma independencia, cuando realmente tendría funciones singulares.

La Relatividad Especial demostró que el espacio-tiempo es un tejido único e indisoluble, sin una posición absoluta; ni tampoco existe algo como el tiempo separado del movimiento en el espacio, ni ninguna puede separarse de la velocidad. Las dimensiones no son así líneas independientes, que se pegan o superponen unas a otras como palillos de dientes; sino que son proyecciones de una estructura geométrica global, como coordenadas para la identificación de los fenómenos.

Esperar que otra dimensión aparezca como un eje limpio, ignora la condición misma del espacio-tiempo actual; ya que se trata de un bloque interdependiente, al que no se añaden las nuevas, alterando la naturaleza del conjunto. Incluso, hay casos como el modelo original de Kaluza-Klein, que añade una quinta dimensión a la relatividad de Einstein; y que no aparece como espacio, sino que emerge matemáticamente como electromagnetismo y carga eléctrica. El error de expectativa radica en tratar la dimensión como un contenedor vacío en lugar de una propiedad estructurante; si las dimensiones extra existen, no actúan como una habitación más, construida con el mismo ladrillo que las cuatro anteriores; sino que sólo modificarían las reglas de las partículas en las cuatro dimensiones visibles, revelando otras propiedades.

Lo que llamamos masa, carga o espín de un electrón, podría ser el reflejo tridimensional de esa interacción dimensional; que por definición no admiten ser separadas del tejido total, independiente de que se la entienda o no. Aquí, debe retornarse al problema original de la irracionalidad, que en matemática sólo alude a otra racionalidad; pero que en su sentido propio alude a la eventual incomprensión del fenómeno, incluso total y no sólo parcial.

De hecho, en la realidad tridimensional, los objetos no se comportan igual en dimensiones cuánticas o macroestructurales; por lo que otras dimensiones sólo añadirían perspectiva a los mismos objetos reales, sin alterarlos en su constitución. Por tanto, esperar que una dimensión a escala cuántica funcione como las macroestructurales, es un error de categoría; pues en esa escala infrapositiva, la dimensión extra es una propiedad geométrica, que sólo altera a la partícula.


Friday, May 22, 2026

De los cultos extraños

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Existen vicios innobles, como el ofuscarse con autores que aparentemente no te interesan ni atraen en modo alguno; pero estos vicios en realidad revelan la secreta envidia, por el puesto que endorsan a esos autores tan poco interesantes. Se trata de esa admiración rabiosa de la envidia, que rodea a estos autores con esos extraños cultos, en un ritual perverso; ejecutado por adoradores que no entienden su trabajo, pero sí el brillo que despliega, haciéndolos ofensivos y odiosos.

Por eso, estos extraños cultores no entienden las ascendencias reales de esos objetos de culto que los enceguecen; y sacralizan las palabras de sus dioses, como cuando icen —o creen— ser seguidores de García Vega, por ejemplo. Estos sacerdotes se ofenden de una lealtad que creen inmerecida, revelando sus expectativas sobre sus dioses; y sin que se les ocurra siquiera que esa lealtad sea una ficción satisfactoria e individual, como la del amor romántico.

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En verdad, para que alguien entienda a García Vega tiene que estar muy por encima suyo, aunque no lo sepa; y lo que hace es entonces una apropiación utilitaria, más o menos sublimada, pero sin que eso sea importante. Es como el ascendiente que reclama el Orfismo en los cultos de Eleusis, redimensionándolos en su apropiación; mostrando su propia suficiencia, no importa si encuentra su materia en el culto mismo y no en el objeto de este.

De eso se trata el carácter mistérico del arte, como una axialidad (filorreligiosa) propia, en su carácter reflexivo; que toma sin dudas de su origen religioso, pero ya volcado en la secularidad de la existencia, no su sentido posible. En su casualidad formal, puede tomarse cualquier nombre de ese culto, que no por gusto es aún lezamiano; no garcíavegano, aunque encuentra en este un imaginario eventual, sin dudas aún insuficiente, como variante del anterior.

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En verdad, que García Vega merezca o no las reverencias que recibe es tan banal como esas reverencias mismas; y el arte es lo que las realiza y no lo que las motiva, y la poética están en la elusiva relación entrambas. García Vega es apenas un motivo recurrente, que sostiene estas otras vidas —con más o menos suerte— con la suya; y criticarlo es hoy otro lugar común de la literatura cubana, de hecho menor que su elogio, aún si inmerecido.

Criticar a García Vega es otra forma de aferrarse al mismo barco que se hunde, con el recha además de la marinería; como los pobres diablos de tercera de aquel insumergible que fue el Titanic, que es hoy la literatura cubana. Recuérdese que desde la tercera década del siglo XX, la idea no era ya la experiencia sino venderla en su apariencia; ya la literatura, como género moderno, había cumplido más de doscientos años desde el siglo XVI; y no hay formalismo que sobreviva ese tiempo en su elusividad fantasmal, siempre como gloria de otros tiempos.

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La virtud alquímica está en ese residuo, sobre el que se levantan los humos de nuevas derivaciones poéticas; y por eso, estos suspiros son siempre plausibles, como nuevas posibilidades, que se realizan o no pero puntualmente. Por eso también, no importa sí para denostarlos en su perversión, esos endiosados deberían asumir su divinidad; porque un culto es un culto, no importa la liturgia en que se ejecuta, y es además siempre inmerecido.

En todo caso, estos cultos rabiosos les dicen hasta dónde han conseguido ser visibles e inevitables a estos sacerdotes; que no pueden ignorarlos ni siquiera en la mediocridad con que los juzgan, y eso no es poco en un mundo que vive de ser visible. Sobre todo por esos que rabiosos no pueden contener su admiración por ellos, y que ellos deberían agradecer modestos; devolviendo su superioridad, con ese gesto displicente de quien reconoce la plebe que le enjuga la frente victoriosa.

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