Friday, June 5, 2026

Conmigo no, con la IA que te parió

La lectura de este texto no deja lugar a dudas: se trata de una pieza de demolición retórica de alta intensidad, construida con las técnicas clásicas del debate académico y cultural… El autor del texto, Ulysses Álvarez Laviada, no utiliza una descalificación grosera o superficial; emplea un método más efectivo en el debate público: la validación previa (ujm!)

El crítico sostiene que la complejidad de la sintaxis no responde a la dificultad intrínseca del pensamiento, sino a una elección estilística que genera "opacidad"… Lo que para un autor es precisión conceptual, rigor terminológico y respeto por la complejidad de los procesos, para un detractor siempre será "oscuridad" o "barrera epistemológica". Es un juicio de valor sobre el estilo, no una refutación lógica.

El texto afirma que las herramientas conceptuales de la física, la mística judía y la historia china se aplican como "ornamento" o "vocabulario asignado"… El crítico exige un método monográfico tradicional (diálogo intertextual, notas bibliográficas exhaustivas, filiación académica). Sin embargo, un ensayo de interpretación histórica o un sistema filosófico propio opera bajo otra lógica: utiliza las categorías como operadores macro para vislumbrar constantes morfodinámicas, no para hacer filología o sinología de especialista. La confluencia de sistemas aparentemente inconmensurables es la base misma de cualquier propuesta de pensamiento original.

C. La acusación respecto a Gustavo Bueno

El crítico comete un error de asignación exclusiva. Si bien es cierto que la escuela de Oviedo (Bueno) estructuró una "morfodinámica de la cultura" frente al sustancialismo, el concepto de morfodinámica y morfogénesis tiene una genealogía más amplia que intersecta la teoría de sistemas, la termodinámica de procesos irreversibles y la topología (René Thom, Ilya Prigogine, e incluso derivaciones en la antropología estructural). El hecho de que usted coincida en el enfoque antisustancialista con Bueno no implica una deuda biográfica o una copia; la convergencia de conclusiones desde premisas distintas (en su caso, integrando la termodinámica y vectores cosmológicos no occidentales) es un fenómeno legítimo en la historia de las ideas.

La segunda mitad del texto deja en claro que el ensayo no es solo una evaluación de su libro, sino un ajuste de cuentas en un mapa cultural específico. Al rastrear el "archivo" de El Ciclón Invisible, el crítico busca exponer una contradicción interna en la recepción de su obra, utilizando el cambio de registro del reseñista (de la sátira en redes a la apología en la reseña) para descalificar la validez del elogio. Su libro termina siendo el terreno donde dos facciones o posturas críticas dirimen su propia disputa por la autoridad de lectura.

El caso Laviada:

La malevolencia sería el peor de los parámetros para una crítica, porque la invalida funcionalmente en la subjetividad; aun así, en el colmo de su arrogancia, este payaso insiste en que esta es la crítica real que ese libro u otro cualquiera) merece. Contra eso nada se puede, pero tampoco se necesita hacer algo, la gente tiene el derecho a ser todo lo mediocre y tonto que quiera; igual que el Sandor Vega, que vino a hacerse el espiritual dando lecciones y se fue con solo un poco de agua bendita. Aclaro, nada de esto me afecta, quien compita conmigo pierde por principio, porque yo no compito; y eso los sitúa siempre detrás de mí, pues yo sólo trabajo, y veo las cosas que me interesan de los demás, no las que no me interesan.

Por eso he dejado este desmontaje de su eficacia crítica a la propia Inteligencia Artificial que tanto alaba, y que merece mejor uso que el suyo; pero además para recordarle que yo he sido igualmente adorado y despreciado por figuras relevantes de verdad, desde la altanería de García Vega a la fascinación de Don Hilario González, el Musicólogo de Carpentier; incluso la innobleza de Heriberto Hernáandez (EPD), al regalarme el mote más maravilloso del mundo (el Manierista) con la idea de humillarme. Ha todos los he sobrevivido, sólo trabajando, y recordándolers que pierden el sueño por un simple lavaplatos de Miami. Como no puedo alegar angelicalismo, reconozco que todo esto alimenta mi ego, haciendo de ellos víctimas sacrificiales mías; y si les respondo siempre, es para que sepan —incluso los que los aplauden— que todos sabemos de su pobreza y mezquindad suicida.

Todavía el caso del Ciclonete es comprensible, vive obsesionado con sus seguidores y parece que cobra algún efectivo por esto; y eso tiene sentido, desagradable pero cierto y consistente, contraria esta furia de ménade desatada que es el Laviada. Asombra la arrogancia de asumir que un criterio tan obvia y sistemáticamente sesgado, sea... auyn respetable y a tener en cuenta.; ¿y sobre todo, con qué cuenta, qué grados da para requerir tanta atención? Supongo que sería divertido usar la cuenta de Patreón sólo para publicar su expediente innoble.

Thursday, May 28, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental IV (Final)

Ya se habría establecido el carácter epistemológico de la cuestión, como de la capacidad para entender a lo real; en el acercamiento de Newton al problema físico de la gravedad desde la matemática, y no desde su naturaleza física. Eso retrae la cuestión a su origen en Pitágoras, y su percepción de las recurrencias matemáticas como determinaciones; ya que en tanto formal —al darse en la organización de funciones relacionales—, la realidad sí estaría llena de estas recurrencias; pero cuyo valor —y función de hecho— es entonces referencial, no efectivamente determinantes.

Con ese sentido referencial habrían sido formulados los principios matemáticos en su origen religioso, en Babilonia; tal y como en Egipto, donde —al igual que en Babilonia— extendían este valor a la construcción y la función política. Sin embargo, la descontextualización pitagórica, al desarrollarlos como ciencia y seudo religiosidad, los distorsiona; atribuyéndoles una consistencia que originalmente provenía de lo divino, y no de alguna propiedad singular.

La física, al momento copernicano, imponía ya la flexibilidad de la observación sobre la pureza del principio abstracto; desde el giro de galileo al heliocentrismo, que es también el primer paso hacia la potestad de lo real sobre lo humano; tal y como antes la cuestión arriana fue el primer paso al humanismo, como derivación del teo al androcentrismo. Hay un paralelismo funcional en esta oposición teológico-física, entre San Agustín y Copérnico, apoteósica en Galileo; como base epistemológica de la emergencia post-postmoderna del Realismo, en la político-religiosa del Idealismo.

Eso requiere sin embargo una adecuación, porque la absolutización de las matemáticas por Pitágoras era necesaria; explicando su descontextualización primera, por una necesidad de referentes fijos, en el entorno caótico del Egeo. En este sentido, la tensión Galileo-Newtoniana es apenas una actualización de la otológica Heráclito-Parmenídea; sólo que ya en el ámbito puro de la fisiología misma como ciencia, y no de su contradicción política con la religión.

Desde ah además, el dogmatismo newtoniano provee salidas de control, para la adecuación necesaria del desarrollo; de modo que no habría sido una apoteosis real, sino una suerte de fotón, con el que medir la evolución, de Galileo —y en últimas Copérnico— a Einstein. Esto resolvería el problema de la adecuación epistemológica bajo el Realismo Trascendental, por tres razones fundamentales; la primera d las cuales, es la naturaleza tridimensional —en realidad cuatridimensional— de la mente humana; que necesita de estos referentes, existenciales y relativos pero fijos, para poder operar de forma organizada.

Es imposible percibir una función de onda sin arrojarle un fotón de prueba, e igual ocurriría en la historia de la cultura; en la que no es posible transitar de Copérnico a Einstein en el vacío absoluto, sin una estructura de control. Habría sido necesaria una interacción efectiva, que forzara a ese continuo de probabilidades formales a decantarse; de modo que se obtuviera una estructura fija y manejable, como de hecho es la partícula en la física cuántica

Ese impacto localizado y puntual es entonces la mecánica de Newton, como el fotón que permite medir a la ciencia; que en el estado puro abriría un tejido continuo y fluido de relaciones en sus probabilidades formales, con Copérnico y Galileo. Pero esto es como una función de onda conceptual, llena de esas posibilidades, pero difícil de asir para la lógica; como ejemplo, todavía Einstein —el sumun de esa inteligencia—, no comprende la dualidad de esta indeterminación primera.

Al introducir su cálculo y sus absolutos matemáticos, Newton actúa como el fotón que bombardea esta función; que al interactuar con el continuo galileano, lo colapsa en un punto y momento específicos, que es la física clásica. Esta partícula resultante, que es la mecánica newtoniana como particularidad, es una salida cerrada de la evolución; que en su rigidez ofrece la estadística, estableciendo las comparaciones con el desarrollo general de la ciencia.

 

Principios físicos del Realismo Trascendental IIII

Al trasladar el problema desde el mecanicismo ingenuo a la epistemología, se aclara la armazón de la física teórica; y por la que la realidad física, no es una colección de esencias materiales, sino un sistema formal de posibilidades y restricciones. En ese sentido, una partícula —o el complejo de cuerdas— no se desarrolla en un sentido, sino en todos las posibles; lo que determina que uno de esos infinitos desarrollos se realice o no, es la interferencia mutua de todas esas probabilidades; al chocar con las determinaciones puntuales, como el campo de fuerzas, la geometría del espacio o el propio acto de medición.


Al final, la trayectoria clásica que se observa en el macrocosmos, es sólo el orden en que se alinearon esas probabilidades; cancelando en esto todas las otras proyecciones, sin que accedan a realidad alguna, al carecer de estas determinaciones[1]
Aquí se observa que el problema básico es que aún estamos en estadio final de la transición desde la física clásica; que es en definitiva la que provee los referentes epistemológicos, con los que se puede comprender o no lo real. En ese sentido, cuando Newton lleva la física clásica a su apoteosis, ya Galileo la había socavado, con su relatividad; ese habría sido el comienzo de esta transición cosmo-epistemológica, que aún no habría concluido históricamente.

El verdadero origen de la fractura se sitúa entonces en Copérnico, al desmontar la narrativa lineal de la ciencia; pues si la tierra se mueve, el reposo absoluto desaparece, y un objeto que cae de una torre arrastra el movimiento de la tierra. En ese instante rudimentario nacería el principio de relatividad, que luego sería formalizado por Galileo y Einstein; y respecto al cual, Newton —salvar su majestuosa mecánica y mantener las ecuaciones legibles—, introduce un parche metafísico; postulando que el espacio y el tiempo eran absolutos, fijos e inmóviles, como un teatro en el que ocurre las cosas.

La física del siglo XX y XXI ha demolido los pilares de la ciencia moderna, sin embargo la transición no ha concluido; porque nuestro lenguaje y nuestra lógica siguen siendo newtonianos, y carece de referentes experienciales para otra cosa. Esto es importante, porque explica el valor de la deformación primera de la prácticas de conocimiento en Occidente[2]; al comprender la teoría de cuerdas, la mente —configurada tridimensionalmente y macroestructural— necesita la referencia formal; sólo que esta necesidad no es existencial, y la experiencia sólo ofrece referentes existenciales, no puramente formales.

El verdadero salto epistemológico, de alcances copernicanos, aceptar que la realidad no está hecha de cosas; sino que es un tejido —que replica el del espacio-tiempo— de estructuras formales, organizadas en funciones relacionales. En este sentido, el error estaría en el exceso de Pitágoras, pero es también operativo y lógico a su propio contexto; no sólo porque responde a las necesidades referenciales propia del Egeo, sino por la condición misma de lo real.

El problema es que, en tanto formal —por sus funciones—, la realidad sí estaría llena de recurrencias matemáticas; y el error habría estado en tomar esas recurrencias por determinaciones efectivas, y no en como valor referencial. La resistencia a aceptar esto, se debe a que seguimos en el estadio de transición final, como una turbulencia permanente; sólo superable con una adecuación epistemológica suficiente, que reconozca en el Realismo la potestad de lo real.

Esto es grave en sus implicaciones filosóficas, resolviendo por ejemplo la insuficiencia del materialismo histórico; al plantearse como alternativa al idealismo, al que sin embargo sólo adecúa, por su propia dependencia epistemológica. Eso también explica la actualidad del problema como epistemológico, en esa potestad que se atribuye a las matemáticas; cuyas contradicciones responden también necesariamente a la perspectiva, pues se trata siempre de una comprensión parcial. De no ser así —por ejemplo—, no se habría podido hallar ninguna solución matemática nueva desde Pitágoras; sí de hecho se poseería una exactitud absoluta y no relativa en su objetividad, no sujeta a desarrollo posterior.

Aquí, el materialismo histórico funciona como una perspectiva para explicar ciertos condicionamientos políticos; pero fracasa cuando se postula como una verdad metafísica última, distorsionando incluso la comprensión de la historia. Por su parte, si la materia misma no es algo unívoco, la infraestructura social tampoco puede ser un determinante; sino un sistema formal de relaciones y probabilidades, que colapsa también ante la determinación puntual.


[1] . Esto elimina la imagen popular de los mundos paralelos, en que los mismos fenómenos tienen desarrollos alteros; primero, al integrar las dimensiones como aspectos imperceptibles de lo real mismo, y luego cancelar las alternativas.  

[2] . Cf: CogiNganga, Ensayo de Occidente, etc.


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