Hay un prejuicio persistente contra la excepcionalidad, que provendría sin
dudas del universalismo cristiano; pero cuando este es una ficción filosófica —ni
siquiera religiosa—, incorporada con el falso helenismo apostólico. El problema
es que toda realidad es puntual, y por ello extremadamente singular y única,
hasta lo excepcional; pues los universales son abstracciones convencionales, tomando
consistencia de esa convencionalidad, no otra cosa.
De ahí la aversión enfermiza del socialismo contra lo individual, a lo que
acusa de individualista por la mera existencia; como si el colectivismo no
fuera esa coerción odiosa de la persona —que siempre es concreta— a la
estructura política. En ese sentido, Cuba —como Estados Unidos y todo otro país—
sería una realidad única, con todo y su multiplicidad; porque en esa
superposición de estados —que ni siquiera dualidad— es que se constituye lo
real, en su estructura.
Lo que sí será sin dudas excesivo, es atribuir algún sentido trascendente a
esa excepcionalidad, que sería casual; porque como estructurado, lo real sólo
alcanza una estabilidad temporal, en la sincronía de sus determinaciones. Esto
es —ni tan paradójicamente— una suerte de permanencia, en esa precariedad del
equilibrio perpetuo; pero es como se resuelve también esa excepcionalidad,
trascendente incluso, aunque —de nuevo la paradoja— por su inmanencia.
Descreer de la excepcionalidad cubana es así otro lugar común, como el
prejuicio contra el destino manifiesto; que es la manera en que la realidad se
resuelve a sí misma como morfodinámica, pero desde la axialidad de la cultura.
Sin embargo, ni la axialidad ni la morfodinámica —como la trialéctica— son términos
de lectura fácil en su obviedad; porque aluden a las funciones relacionales en
que se estructura lo real, en una compresión ontológica de sus fenómenos.
Pero otra vez, relativo a la naturaleza del Ser (Ente), la ontología no se
refiere a la mera identidad de lo político; que es la expresión en que se
realiza, no esta serie de determinaciones complejas que resuelven esa expresión.
Sin dudas, en Cuba hay ontología, pero no es la miríada de fracasos
existenciales de sus intelectuales pretenciosos; sino que está en la serie de
condiciones materiales e históricas que sedimentan lo cubano, más allá de estas
ansiedades.
Por eso la ontología cubana permanece en sus prácticas religiosas, que retienen
la materia reflexiva sobre el cosmos; pero aún no es su pretensión etnográfica,
que no pasa de ser otra triquiñuela, en un equilibrio más precario que el de la
realidad. Tampoco es literaria esta otología, que es la pretensión mayor y más
absurda, por intelectualista, mostrado su decadencia; y menos aún —hasta lo
irrisorio— en su literatura política, que es la peor de sus indeterminaciones
existenciales.
Lenta, como el mulo de la rapsodia, la ontología cubana es reflexionada en
su literatura, aunque no por literaria; sino por la fusión sutil de una
literatura en específico, que logra la refundación epistemológica de Occidente.
De hecho, es otra una tradición alterna, que surge en la tensión entre Morúa
Delgado y Cirilo Villaverde; como la de Occidente entre Heráclito y Parménides,
en ora suerte de fisiología, esta vez referida a la de la existencia.
La solución, imperfecta en su platonismo fatal, es la síntesis lezamiana,
que se apega a Villaverde en la incomprensión; pues no rechaza la de Morúa
Delgado —como no rechaza Platón a Heráclito—, sino que la subordina en el
dualismo. La virtud de Lezama Lima, como la de Platón sobre los fisiólogos, es
que fija una hermenéutica, con su orden epistemológico; que aunque aún inconvencional,
prepara las vías del Realismo Trascendental, a usurpar por un oscuro monje agustino.
No importa lo que todo esto parezca, la turbulencia es como la que rodeara
a Hegel, rebajándolo al hegelianismo; como el intelectualismo cubano —esa
fatalidad ontológica— rebaja al patriarca al Lezamismo, bajo el seno agustino
del vitierismo. Fuera de todos ellos e ignorándolos por entero, el Ser nacional
pasea su ambigüedad, como el río herácliteo; que no es inaprehensible, en esa
continuidad que escapa incluso a lo parmenídeo.
El detalle es que es en esta excepcionalidad que resulta inaprehensible,
pues la aprehensión es en lo universal; y sólo la estética consigue retraerse
lo suficiente para ello, en la función de su capacidad reflexiva como
existencial. De ahí que la genealogía nazca en la madurez distinta de
Villaverde y Morúa Delgado, resolviéndose en Lezama; como síntesis que en lo
formal es de morfodinámica, incluso si —no hay que olvidarlo— todavía imperfecta.