Monday, April 6, 2026

Otra vez el pacto

La beligerancia del Pacto Digital firmado por llamados intelectuales cubanos, es suficiente para dudar de su eficacia; pero esto no hace sino mostrar sus inconsistencias, desconociendo en su retórica su carácter epistemológico. Esa contradicción lo hace sin embargo incólume a toda respuesta mesurada inteligente, acudiendo a su supremacía moral; como ante el caso de Julio Lorente, que opone al problema una perspectiva antropológica de la historia, que nuca se observa.

Desgraciadamente, desde esa supremacía moral de la razón, la política es sólo una ficción idealista, por naturaleza; y estos intentos se explican en su vaciedad, como obstinación de una clase que no percibe su inconsistencia. El liberalismo, como naturaleza, expresa en sus contradicciones este carácter ficcional, idealista e inoperante; por eso apela siempre a un trascendentalismo histórico, que no es si no repetir los errores de base, también históricos.

Sin embargo, está claro que mientras las fórmulas respondían a ese determinismo política, conducirán a lo mismo; e incluso su contradicción conservadora, como en este mismo caso de Lorente, está determinada por esa misma función. Esto se debe a que accede a resolverse como ideología, cuando su naturaleza es práctica, como función de la cultura; como conservación de recursos políticos y existenciales, pero negada en esa supremacía moral del humanismo.

Reducir el problema al constitucionalismo norteamericano (agramontino) y la contractualidad rousiana, es otra ficción; desconociendo el socavamiento de ese constitucionalismo, con la profesionalización de la clase política en su seudo intelectualidad. De hecho, ni Cuba ni Haití son singularidades escandalosas, de esa racionalidad del humanismo occidental; sino que son sólo los aspectos más débiles de esa proyección, que así canaliza sus incongruencias estructurales.

A esa ficción responde la potenciación digital de la ciudadanía, sin otro respaldo que esa supremacía moral de la razón; pues la única fuerza capaz de potenciar al ciudadano es la economía, como orden interno (oiko nomós) de la estructura social. Ese fue el valor del calvinismo, funcionando como ideología mínima, al organizar un fenómeno el norteamericano; pero esto ni siquiera como principio, sino en la especificidad del mercantilismo holandés, y su horror de la maquinaria esclavista.

De ahí la legitimidad moral del liberalismo norteamericano, desplazando a la burguesía por la clase media profesional; que en su elitismo simbiótico político-intelectual, proyecta sus intereses de clase sobre el proletariado. Sin embargo es insuficiente, porque es el principio intelectual mismo de lo político lo que es disfuncional; que en su dependencia presupuestaria, carece de esa consistencia inicial de la otra simbiosis, burgués-popular.

Nada de esto será comprensible o siquiera moralmente aceptable, para una clase que se niega a desaparecer; acudiendo a esa simbiosis original que torciera el sistema, en la alianza perversa del elitismo intelectual y la clase media. Eso es de todas formas irrelevante, pues la realidad impone su dinámica de vida y muerte, no la pretensión política; y estos gestos de patetismo sólo muestran su debilidad creciente, ante el gesto helado de la indiferencia popular


Sunday, April 5, 2026

Sobre el Nuevo Pacto de los intelectuales cubanos

Como todos los graves problemas políticos de la humanidad, el de la insolución de Cuba muere en la retórica; y al escepticismo practico de Julio Lorente, sobre la intelectualidad del Pacto Político, responde la retórica de Faciel Iglesias. No es que la diferencia entre Pacto y contrato no exista, sino que esta es meramente retórica y no efectiva; como la sutileza litúrgica entre la latería y la dulía, que solo es comprensible para el teólogo, no el practicante.

Como principio, incluso la violencia a que apela Lorente sería inútil, porque no hay con qué construir de nuevo; pero al menos apunta a esa imposibilidad primera con el fatalismo dialéctico de la violencia, que es política. Lo que sí es imperdonable es esa insistencia intelectualoide, como de vampiros que se niegan a la muerte definitiva; apelando a esa retórica que los hace tan desconfiables, sin que puedan percibir esa desconfianza ni su causa.

Los intelectuales cubanos son jóvenes eternos, intentando dirigir un país envejecido en la experiencia, que ya sabe; por eso es reluctante y sólo quiere que lo dejen en paz, si en definitiva sólo participa del menú y no de la cena. Que el señor Faciel Iglesias persista en su retórica es comprensible, porque al fin y al cabo es un político; que de intelectual sólo tiene la naturaleza y no los instrumentos lógicos, y por eso apela a tradiciones vetustas. Pero que esos dichos intelectuales le sigan es por lo menos asombroso, a menos que tampoco sean tan intelectuales; sino que sólo exhiban el mismo pretensionismo del político, mostrado la vaciedad de ese pretencioso intelectualismo.

Desgraciadamente, en Cuba ni la violencia ofrece ya salida, porque el daño es estructural, es el moho de sus edificios; que se ha acumulado desde los horrores y errores de su republicanismo, sobre la base falsa de su identidad nacional. La brutalidad de Quintín Banderas está cruzada de brazos sobre toda posibilidad, mirándolos desdeñosos a todos; porque mientras el país no reconozca su crimen e hipocresía, no importa si inevitables en 1912, no habrá solución.

La diferencia retórica pretende la contracción del contrato al pacto, como de Rosseau a Thomas Hobbes y Von Pufendorf; pero no puede sobrepasar su naturaleza retórica, porque perpetúa las manipulaciones de siempre, sin ir a lo real. Se necesitaría una que compense efectivamente los errores de base, como un despeldañamiento de José Martí; en una modesta vindicación al pragmatismo de Doña Carmen Zayas-Bazán e Hidalgo, como primera dama de esta historia.

Si no pasa por ahí, en un feminismo profundo y consistente, tampoco podrá ser políticamente armónico; que es lo que permite desgracias perpetuas, como esa del racismo, solapado en la retórica folclorista del mestizaje. Esto no es para corregir nada, sino el por qué todo ese embrollo es incorregible, explicando la terquedad lorentina; ante cuya seriedad vale la pena detenerse un poco, siquiera por esa naturaleza sospechosa del político Faisel.

Thursday, April 2, 2026

La historia como tecnología de lo real II, la función morfodinámica del calvimismo en Estados Unidos

Hay de detalle capital en el calvinismo específicamente holandés, que le da el alcance político cultural del catolicismo; sólo que no se impone como cosmología en su dogmática, sino como ideología mínima, en su pragmatismo. Esto es lo que le da el valor existencial de la cultura, pero no desde el determinismo político en que nace el cristianismo; sino en la función axial misma de la cultura, sólo que ahora en la economía y no en la religión, pero igualmente funcional.

La equivalencia parte de la única crisis verdaderamente teológica y no política del calvinismo, que es la de Holanda; y que tiene incluso el mismo carácter ecuménico del Concilio e Nicea, donde el catolicismo debatió el Arrianismo. Eso fue central a la cultura católica de Occidente, comenzando la transición del teo al androcentrismo, en la cristología; como lo que se conoce como la Controversia de los Remonstrantes (s. XVII) definiría la lógica de la predestinación.

El núcleo de este problema no es político o económico, sino una fractura profunda en la lógica misma de la predestinación; y que comenzara precisamente por su contradicción, en el relativismo humanista de un teólogo, con su intelectualización. Este carácter intelectual, propio del humanismo de la época, hace al conflicto tan insoluble como el de los universales; ya que su valor es precisamente epistemológico, en la redeterminación política de la cultura, con su distorsión.

La vertiente vencedora fue la rigidez dogmática, por la que la voluntad de Dios predetermina el destino humano; equiparándose a la función contraria de la gracia irresistible del catolicismo, en la resolución política de la cultura. Desde ese punto, el calvinismo funciona entonces con la plasticidad del catolicismo, en su alcance existencial; superado en esto a la contradicción luterana, que queda atada al determinismo político del Sacro Imperio Germano Romano.

Aún más interesante que eso, es en estos conflictos que la cultura occidental desarrolla su propia tensión interna; que es entre el idealismo intrínseco a su proyección intelectual, en el humanismo resultante de la cristología de Nicea; y el pragmatismo resultante de la apropiación de la axialidad de la cultura por la economía, desplazando a la religión. Eso es importante, porque Descartes seculariza el problema religioso, mientras Calvino hace religioso el problema secular; con la contracción, desde el determinismo católico al pragmatismo protestante, como base real de la cultura.

Ahí nacería entonces la disociación política de la cultura moderna, entre la praxis popular y el elitismo intelectual; que se expresa pero no se determina en la crisis francesa, justo donde el calvinismo sufriría su peor represión. Sin embargo, y como logro primero y fundamental, el calvinismo introduce la operación política morfodinámica; partiendo la Ley Natural —en términos humanistas—, como recodificación formal de las determinaciones naturales.

En definitiva, en eso habría consistido la función axial de la cultura, atribuyendo sentido humano a esas determinaciones; que provenientes de la realización de lo real en la naturaleza, como física, se organiza en sus funciones relacionales. Con la predestinación, Calvino intuye una morfodinámica que lo opone a Descartes, haciendo religioso el problema secular; en una captura religiosa de la estructura misma de la realidad, contraria en su unificiencia al dualismo cartesiano.

Calvino, con la predestinación, intuye que el observador está entrelazado en la estructura de lo real como natural; no hay objetividad absoluta sino relativa, y el destino no es una decisión libérrima, sostenida en convenciones morales. Esto es lo que es interesante, como proceso paralelo (diacrónico) a la secularización del problema religioso en Descartes; porque va a confluir, convergiendo por su superposición en esa contradicción, que se expresa como tensión política.

Esa apropiación de la axialidad de la cultura por la economía, sería la base del pragmatismo inglés en Norteamérica; a donde llega desde la trasfusión con la dinastía de Orange, a enfrentar al liberalismo, que es francés y no inglés. La tensión es así el resultado de gestionar una sociedad que se cree libre en el idealismo, con una lógica de eficiencia práctica; impuesta desde la praxis social como política, contra esa pretensión determinista de su elitismo intelectual.


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