El exceso de Pitágoras III
El problema es que en eso es que se pierde la comprensión de la morfodinámica,
el juguete vivo y en movimiento; ganando en cambio la capacidad de fabricar
prótesis técnicas, cada vez más sofisticadas, con los fragmentos. En esta
perspectiva de la disociación formal, este momento histórico no sería una
simple evolución del pensamiento; sería un accidente de laboratorio, donde el
investigador se intoxica con su propio reactivo y altera el curso del
experimento; pero cuando ese experimento es la cultura occidental, y en su
función misma de estructura ontológica de lo real.
El mito de los andróginos en El Banquete, ya no es así una
cursilería romántica, como alegoría de la fractura ontológica; en que Platón
describe —forma inconsciente o intuitiva— esa escisión de la realidad que deja
el accidente pitagórico. Aquí, la resolución formal (alma/número) ha sido
separada de su determinación natural en el cuerpo y la materia; el Eros es el
vector que intenta reintegrarlos, porque el placer es el indicador de
satisfacción de toda necesidad real.
La fractura pitagórica habría dejado entonces un residuo también formal, en
el atomismo fisiológico, de Demócrito; que no desaparece, sino que permanece en
tensión latente, hasta reintegrarse ya deformado, en el deseo epicúreo. Esa
tensión diacrónica es por la que, siglos después, el materialismo no resurge como
una opción filosófica; sino sólo derivar como necesidad, cuando el formalismo
ya no es suficiente para la complejidad del fenómeno.
No se trata de la función axial de la práctica
religiosa, pues no ocurre en la determinación de lo real como humano; sino en
la axialidad artificial —ya formal en sí misma— de lo político, como expresión
culminante de lo natural. Es aquí por tanto donde se invierte la función de la
cultura, como estructura que organiza lo real como humano; en la pretensión política
sobre está determinación, que desplaza a lo religioso en la seudo religiosidad
de la ideología.
Sea la caverna o el eros, hay una deformación universalista
en su abstracción, que desconoce la puntualidad del culto; por el que los
conceptos —como símbolos de valor
existencial— se adecuaban, especializados
por su localidad. No es que no se tratara de la alienación feuerbachiana, sino
que está alienación no era política sino existencial; con una función así
referencial antes que determinante, que no afectaba a la praxis, sino que la
comprendía.


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