La visibilidad de Luis Manuel Otero Alcántara ha servido
para revivir viejas contradicciones, al margen de lo político; sobre todo por
sus referencias al supuesto arte naif (naïve) como ingenuo, emulando el
expresionismo infantil. Pero esta identidad proviene de la economía formal, que
es de todo menos ingenua, y difícil de aplicar al arte; al menos luego de la aproximación
del surrealismo temprano, que diluyó su legitimidad en la ferocidad del
mercado.
De hecho, la categoría es más propia del mercado del
arte que del arte mismo, en esa ambigüedad de los curadores; cuyo trabajo es
vender arte y no comprenderlo, para lo que usan su arsenal de conceptos, como
gitanos vendiendo ensalmos. Lo que se vende como naíf es todo menos naíf,
porque sus productores saben muy bien lo que hacen, y cómo lo hacen; podrá
serlo en segundo grado, por esas gimnasias teóricas de curador bien formado,
pero sin valor propio, sólo atribuido.
En ese sentido, como se dijo, nada hay menos naíf que
un propósito de minimalismo de esa economía formal; que no es lo mismo que el
desconocimiento de la complejidad intelectual, que lo haría gratuito y sin
sentido. Ese nivel de abstracción in extremis —de la forma sobre la forma—, es un
puro ejercicio de complejidad intelectual; no importa si de suyo excesivo, y tampoco
precisamente el puro experiencialismo del infantilismo romantizado.
Sobre el ejemplo que cita Alcántara, no hay nada naif en
Basquiat, ni él es el Purvis Young que mejor lo representaría; el primero porque
integró perfectamente los círculos del elitismo más convencional, bajo la
batuta de Warol; cuya industria era la del cinismo capitalista, no la alegre
sensibilidad infantil que (¡cuánta soberbia!) se atribuyó a los primitivos. El
mismo Purvis Young puede haber sido genuinamente ingenuo un tiempo, pero
difícilmente pudo ignorar la maquinaria; no importa lo que digan los curadores,
salivando ante la obscenidad de la riqueza ajena, dada su propia
improductividad.

Volviendo sobre Basquiat, cualquiera puede reconocer en
sus cuadros el ánimo compositivo del veve haitiano; que no es ingenuo en su
instrumentación del significante, que funde Nsibidi y con elementos petrográficos
taínos. Habrá que recordar que su ascendiente referencial es haitiano, donde
esa figuración carece de toda inocencia; por más que su gravedad epistemológica
aflorara luego de que el mercado se apoderara del arte, con su redeterminación.
Otra vez sobre Purvis Young, su riqueza residía en la compensación
de la pobreza formal con la violencia del color; lo que no desfice de una ingenuidad
conceptual, pero tampoco le da sentido ni trascendencia, en su formalismo.
Puede resultar paradójico, pero el ánimo compositivo es el mismo del
significante religioso, sólo que sin su sentido; y eso no es infantil ni
reproduce la sensibilidad ni la intención infantil, respondiendo al estímulo
del mercado.
Esto es importante, porque la simplificación cromática es
un elemento de descompensación formal en Alcántara; sin que ese efecto tenga
sentido en sí mismo, porque detrás de él no está esa complejidad instrumental
de los otros casos. Si el veve es haitiano, por ejemplo, tras él no está ni la anaforuana
ni la firma mayombe, sino el mero figurativismo; sin que este se atenga tampoco
al mero experiencialismo infantil, sino la burda pretensión de expresionismo.

No es extraño que se venda bien, porque su nombre
sobrepone al arte el valor añadido de la experiencia política; pero eso no lo
hace un artista popular, no importa su ascendencia ni lo que diga su curaduría,
sino otro vendedor más. Esto es importante, porque trascendiéndolo a él revela
el gran fraude del mercado del arte, en su carácter inflacionario; porque un
arte que no se dirige al pueblo que dice representar como experiencia, es de
todo menos popular; es si acaso obsceno, como esa fijación en el dinero de los
coleccionistas, para los que accede a su minstrell.