Tuesday, April 21, 2026

El exceso de Pitágoras - I

En general, se tiene al fisiologismo griego como racionalización de la cultura, dando lugar al pensamiento científico; pero esa evolución es demasiado directa para ser real, incluso si efectivamente diera lugar a la tradición científica. Como principio, el fisiologismo puede haber sido justo una primera intuición sobre la función axial de la religión; que en tanto reflexiva, codifica las determinaciones sociales, con su disociación de las de la realidad, como morfodinámicas.

Eso originaría la cultura en la realidad misma, con lo humano como una agencia suya para resolverse a sí misma; esta vez con la disociación de esas determinaciones originales de la naturaleza en la física, como termodinámicas. El fisiologismo se habría tratado entonces de esa misma disociación, pero ahora de la función religiosa; que dada en su reflexividad, se resolvería ya sin esa codificación en la representación simbólica del mito.

En ese sentido, el fisiologismo habría sido la búsqueda y establecimiento de los primeros principios, en el Arjé; desde el Ápeiron de Anaximandro a la tensión ontológica de Heráclito y Parménides, como de la morfodinámica. El problema habría estado con la contracción de este desarrollo, en el espiritualismo que trae Pitágoras de Oriente; separando a lo real entre su determinación y su resolución formal, con el matematicismo, entre otras prácticas.

Eso escindiría la comprensión de lo real, excluyendo el atomismo de Demócrito del condicionamiento morfodinámico; de modo que evoluciona al Materialismo, en la contradicción directa —y artificial— de ese formalismo espiritual. Desde ahí, Aristóteles estabilizaría la contradicción, con el hilemorfismo como necesidad propia de la substancia; que no obstante, se da en la contradicción platónica, de ascendencia parmenídeo-pitagórica, y en ello formalista; como más tarde Hegel pretendiera el absoluto, pero desde el formalismo del Espíritu y no la estructura misma de lo real.

Bajo esa lógica, el fisiologismo no se habría planteado un conocimiento científico, de sentido experimental moderno; sino la identificación de las fuerzas que sostienen la estructura formal sobre el caos primordial, como naturaleza. Si se observa bien, el Ápeiron es un principio de la física pero no físico, explicando por qué se le busca en la observación; como la deducción especulativa que caracteriza al fisiologismo temprano, hasta permitir la apoteosis pitagórica; cuyo matematicismo es de hecho consecuente con esta búsqueda, aunque termine distorsionándola en el formalismo.

Todavía puede verse, por ejemplo, que la identificación del Arjé en el fuego por Heráclito, coincide con la religiosa; como en el caso de las abstracciones absolutas del mito bantú (Kalunga), por su valor simbólico, como forma. La propuesta del Ápeiron por Anaximandro no sería una ingenuidad cosmológica, sino una ley de organización; y la tensión entre Heráclito y Parménides resumiría el problema de la morfodinámica, hacia su culminación.

Como culminación del período, Heráclito plantea la dinámica del flujo y la transformación constante, en el motor; mientras Parménides plantea la necesidad de una fijeza formal, para que la estructura sea consistente y orgánica. Al introducir el matematicismo, Pitágoras opera una secesión de la forma, que se desprende de la determinación material; convirtiendo a la estructura en algo espiritual o incorpóreo, que rompe la mecánica original de forma y materia.

Esta separación sería la que permite la bifurcación del pensamiento dialéctico, que dirige a Occidente al formalismo; desconociendo ya a la morfodinámica como su objeto original, relegado al espíritu como determinación. Esto es importante, pues el espíritu ya subordina al espectro natural como propio de lo real, en el antropocentrismo; con el atomismo desarrollándose de forma paralela y diacrónica, como el residuo de esa realidad fracturada.

Esto sugiere que la ciencia no es la culminación lógica de la racionalidad griega, sino esa disociación en un idealismo; que pierde la perspectiva de la integralidad de los procesos físicos, separando un espíritu de la materia. El error, que estaría en Pitágoras, sería esa descontextualización del misticismo oriental, en el espiritualismo; pues en su contexto propio, los desarrollos que fascinaron a Pitágoras eran parte de la operación axial de la cultura.

Monday, April 6, 2026

Otra vez el pacto

La beligerancia del Pacto Digital firmado por llamados intelectuales cubanos, es suficiente para dudar de su eficacia; pero esto no hace sino mostrar sus inconsistencias, desconociendo en su retórica su carácter epistemológico. Esa contradicción lo hace sin embargo incólume a toda respuesta mesurada inteligente, acudiendo a su supremacía moral; como ante el caso de Julio Lorente, que opone al problema una perspectiva antropológica de la historia, que nuca se observa.

Desgraciadamente, desde esa supremacía moral de la razón, la política es sólo una ficción idealista, por naturaleza; y estos intentos se explican en su vaciedad, como obstinación de una clase que no percibe su inconsistencia. El liberalismo, como naturaleza, expresa en sus contradicciones este carácter ficcional, idealista e inoperante; por eso apela siempre a un trascendentalismo histórico, que no es si no repetir los errores de base, también históricos.

Sin embargo, está claro que mientras las fórmulas respondían a ese determinismo política, conducirán a lo mismo; e incluso su contradicción conservadora, como en este mismo caso de Lorente, está determinada por esa misma función. Esto se debe a que accede a resolverse como ideología, cuando su naturaleza es práctica, como función de la cultura; como conservación de recursos políticos y existenciales, pero negada en esa supremacía moral del humanismo.

Reducir el problema al constitucionalismo norteamericano (agramontino) y la contractualidad rousiana, es otra ficción; desconociendo el socavamiento de ese constitucionalismo, con la profesionalización de la clase política en su seudo intelectualidad. De hecho, ni Cuba ni Haití son singularidades escandalosas, de esa racionalidad del humanismo occidental; sino que son sólo los aspectos más débiles de esa proyección, que así canaliza sus incongruencias estructurales.

A esa ficción responde la potenciación digital de la ciudadanía, sin otro respaldo que esa supremacía moral de la razón; pues la única fuerza capaz de potenciar al ciudadano es la economía, como orden interno (oiko nomós) de la estructura social. Ese fue el valor del calvinismo, funcionando como ideología mínima, al organizar un fenómeno el norteamericano; pero esto ni siquiera como principio, sino en la especificidad del mercantilismo holandés, y su horror de la maquinaria esclavista.

De ahí la legitimidad moral del liberalismo norteamericano, desplazando a la burguesía por la clase media profesional; que en su elitismo simbiótico político-intelectual, proyecta sus intereses de clase sobre el proletariado. Sin embargo es insuficiente, porque es el principio intelectual mismo de lo político lo que es disfuncional; que en su dependencia presupuestaria, carece de esa consistencia inicial de la otra simbiosis, burgués-popular.

Nada de esto será comprensible o siquiera moralmente aceptable, para una clase que se niega a desaparecer; acudiendo a esa simbiosis original que torciera el sistema, en la alianza perversa del elitismo intelectual y la clase media. Eso es de todas formas irrelevante, pues la realidad impone su dinámica de vida y muerte, no la pretensión política; y estos gestos de patetismo sólo muestran su debilidad creciente, ante el gesto helado de la indiferencia popular


Sunday, April 5, 2026

Sobre el Nuevo Pacto de los intelectuales cubanos

Como todos los graves problemas políticos de la humanidad, el de la insolución de Cuba muere en la retórica; y al escepticismo practico de Julio Lorente, sobre la intelectualidad del Pacto Político, responde la retórica de Faciel Iglesias. No es que la diferencia entre Pacto y contrato no exista, sino que esta es meramente retórica y no efectiva; como la sutileza litúrgica entre la latería y la dulía, que solo es comprensible para el teólogo, no el practicante.

Como principio, incluso la violencia a que apela Lorente sería inútil, porque no hay con qué construir de nuevo; pero al menos apunta a esa imposibilidad primera con el fatalismo dialéctico de la violencia, que es política. Lo que sí es imperdonable es esa insistencia intelectualoide, como de vampiros que se niegan a la muerte definitiva; apelando a esa retórica que los hace tan desconfiables, sin que puedan percibir esa desconfianza ni su causa.

Los intelectuales cubanos son jóvenes eternos, intentando dirigir un país envejecido en la experiencia, que ya sabe; por eso es reluctante y sólo quiere que lo dejen en paz, si en definitiva sólo participa del menú y no de la cena. Que el señor Faciel Iglesias persista en su retórica es comprensible, porque al fin y al cabo es un político; que de intelectual sólo tiene la naturaleza y no los instrumentos lógicos, y por eso apela a tradiciones vetustas. Pero que esos dichos intelectuales le sigan es por lo menos asombroso, a menos que tampoco sean tan intelectuales; sino que sólo exhiban el mismo pretensionismo del político, mostrado la vaciedad de ese pretencioso intelectualismo.

Desgraciadamente, en Cuba ni la violencia ofrece ya salida, porque el daño es estructural, es el moho de sus edificios; que se ha acumulado desde los horrores y errores de su republicanismo, sobre la base falsa de su identidad nacional. La brutalidad de Quintín Banderas está cruzada de brazos sobre toda posibilidad, mirándolos desdeñosos a todos; porque mientras el país no reconozca su crimen e hipocresía, no importa si inevitables en 1912, no habrá solución.

La diferencia retórica pretende la contracción del contrato al pacto, como de Rosseau a Thomas Hobbes y Von Pufendorf; pero no puede sobrepasar su naturaleza retórica, porque perpetúa las manipulaciones de siempre, sin ir a lo real. Se necesitaría una que compense efectivamente los errores de base, como un despeldañamiento de José Martí; en una modesta vindicación al pragmatismo de Doña Carmen Zayas-Bazán e Hidalgo, como primera dama de esta historia.

Si no pasa por ahí, en un feminismo profundo y consistente, tampoco podrá ser políticamente armónico; que es lo que permite desgracias perpetuas, como esa del racismo, solapado en la retórica folclorista del mestizaje. Esto no es para corregir nada, sino el por qué todo ese embrollo es incorregible, explicando la terquedad lorentina; ante cuya seriedad vale la pena detenerse un poco, siquiera por esa naturaleza sospechosa del político Faisel.

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