Con el fasto que les es habitual, una oscura serie de
televisión china establece la más errónea referencia histórica; se trata de un
enfrentamiento sistemático, entre la escuela mohista y el gran reformador Shang
Yang, en la fundación de Qin. No es extraño el comportamiento sectario de los
mohistas, que recuerda la ambigüedad política de los pitagóricos; sino la
invención absoluta del enfrentamiento, que resalta como un hongo gratuito en ese
lujo televisivo.
Enfrentamientos reales no faltaron al gran Shang Yang,
aunque con la aristocracia local, no la escuela rival de Mozi; pero ahí hay que
tener en cuenta la historiografía de referencia, que es la de Sima Qian, no el
materialismo dialéctico. Está diferencia es sutil, por la reducción ideológica de
la Dialéctica materialista, con su determinismo económico; mientras que la
historiografía clásica china —más sutil— se pliega a la determinación
existencial de la cultura, como trialéctica.
En verdad, la perspectiva comunista en que deriva la
cultura imperial china, distorsionaría la oposición al legalismo; que es una
síntesis de todo el período ilustrado moderno en Occidente, de Hobes a
Jefferson, con todo y revolución. Sólo que sería la revolución lo que acabaría
con esta suerte de humanismo chino, adecuándolo con la tradición taoísta; con
lo que revela la complejidad en que se superponen las cien escuelas, más
activas en China que el fisiologismo en Occidente.
El problema para la dramaturgia china, sería la
naturaleza popular del taoísmo como tradición, que impide su enfrentamiento; ya
que aunque elevado también a nivel escolástico, sirve más bien como fondo de
sentido, en lo popular. De ahí que el taoísmo se mantuviera latente, sin penetrar
efectivamente los rangos del funcionariado hasta la dinastía Han; legitimando una
estructura reconstruida sobre los excesos legalistas, por un pillo de siete
suelas como el emperador Gaozu.
En realidad, el error sintetiza con gran eficacia la
dialéctica peculiar de ese desarrollo ilustrado de la historia china; por la
que el Mohismo encarna los cuestionamientos prácticos y teóricos al legalismo,
sin el condicionamiento de clase. De hecho es una jugada magistral, que explica
la implosión de la dinastía Qin, haciendo predecible la del Occidente moderno;
incluso si es dudoso que unos guionistas tengan esa proyección filosófica,
porque —de Nuevo— se trata en Sima Qian, no de Carlos Marx.
Aquí, Sima Qian no se aparta del reordenamiento
cosmológico en Occidente, como los de Hesíodo y Homero; que aportan el cuerpo
epistemológico con que se organiza el fisiologismo, y con este toda la
filosofía occidental. El dato exacto es irrelevante, porque es propio del
pasado, de suyo inaccesible como experiencia no ideológica; pero no así la
perspectiva de lo que enfrentaba el legalismo, en términos de la cultura como
función ontológica de lo real.

Es precisamente esta peculiaridad dramática o que permite
la recurrencia de la historia china como objeto de control; al revelar la
naturaleza morfodinámica de la expresión política en que se realiza la cultura,
como historiografía. Sima Qian, en la base de los dramaturgos chinos, no
permite la manipulación de la historia, e impone un canon; no importa si los
presupuestos obligan a esas imágenes de campesinos arcádicos, todavía masacrados
por la aristocracia feudal; porque esta crueldad queda relegada a su
eventualidad, como no determinante para lo que importa, que es lo real.

Obsérvese la variación, en que lo que importa es o real como
actualidad, y no la historia como su potencia necesaria; que es el error del
substancialismo en Occidente, no importa si enmascarado luego en su
epistemología por el materialismo. No hay absurdo mayor que esa postulación conceptual
y abstracta del materialismo, como dialéctico en lo histórico; cuando la
historia es inconsecuente, por la irracionalidad de sus determinaciones en lo
formal como morfodinámicas; al punto de postularse por un concepto absoluto, y
en ello convencional y negativo, como lo que existe fuera de la mente.
Frente a ese a absurdo, la positividad progresiva de lo
físico como materialidad suficiente, justo por su forma; que es la base de todo
realismo, como probabilista, e el determinismo suave o indirecto de la física, no
la moral. Nada de eso es ajeno a Occidente, sino substraído a su lógica
estructural, y reluciente en china como historia de control; compensando su
banalidad dramática en lo reflexivo, que se atreve al forcejeo ficticio del
gran Mozi contra Chang Yan, bajo el arbitrio de Sima Qian.