Del problema de Dios II
De ese modo, la contradicción no obliga a eliminar una posibilidad del
campo divino, como los problemas lógicos; según los cuales Dios lo puede todo excepto
no existir, que se entiende como una restricción misma de su posibilidad. Vale
destacar que este concepto clásico es consistente, pues la condición de Poder
requiere la previa de existencia; pero es aún contradictorio en su
planteamiento, que es lo que adecúa su comprensión como conjunto de
posibilidades.
Esto replantea la contradicción de las escuelas menores, sobre la
indiferencia necesaria de los dioses o lo divino; que sólo representaría una
falta de voluntad, en que estas posibilidades se restringen más o menos unas a
otras. Eso explicaría el movimiento como dinámica, en tanto efecto de la
tensión en que estas posibilidades se relacionan entre sí; en lo que esa indiferencia
deja de significar falta de relación, para significar falta de voluntad
selectiva o intención.
Por tanto, ese campo de posibilidades no sería un inventario inmóvil, sino
una totalidad relacional, por su diferencia; en que la dinámica —como el
movimiento aristotélico— sería un efecto de esa tensión, en vez de una causa
motriz externa. El movimiento aparece así, cuando las posibilidades modifican
sus condiciones de realización, al restringirse mutuamente; generando otra
modificación continua de estas condiciones de realización, en su lógica de
realización continua.
Eso hace que clinamen —contingencia, encuentro, desviación,
emergencia, etc.—, no sea una excepción del orden; sino la forma siempre local
de esa redistribución de posibilidades, como eventualidad, sin una determinación
puntual. Esto hace que la indiferencia de los dioses deje de ser un problema
teológico, para ser una intuición ontológica; en que lo divino no mueve las
cosas, sino que es la tensa relación entre sus probabilidades lo que las mueve
a su realización.
Esto resolvería el problema aristotélico de la substancia, como el campo de
determinaciones propio del fenómeno; explicando la falta de necesidad de un primer
motor inmóvil, que comunique el movimiento —como voluntad— a las cosas; ya que
este sería la propiedad —como dinámica— en que estas se organizan
fenoménicamente, en su realización. Resolviendo también el de la naturaleza de
Dios como propiamente física en vez de metafísica, sólo que extrapositiva; que
es además irrelevante a la inmediatez del fenómeno concreto, que lo actualiza
con su realización singular.










