Hay de detalle capital en el calvinismo específicamente holandés, que le da
el alcance político cultural del catolicismo; sólo que no se impone como cosmología
en su dogmática, sino como ideología mínima, en su pragmatismo. Esto es lo que le
da el valor existencial de la cultura, pero no desde el determinismo político
en que nace el cristianismo; sino en la función axial misma de la cultura, sólo
que ahora en la economía y no en la religión, pero igualmente funcional.
La equivalencia parte de la única crisis verdaderamente teológica y no
política del calvinismo, que es la de Holanda; y que tiene incluso el mismo carácter
ecuménico del Concilio e Nicea, donde el catolicismo debatió el Arrianismo. Eso
fue central a la cultura católica de Occidente, comenzando la transición del
teo al androcentrismo, en la cristología; como lo que se conoce como la Controversia
de los Remonstrantes (s. XVII) definiría la lógica de la predestinación.
El núcleo de este problema no es político o económico, sino una fractura
profunda en la lógica misma de la predestinación; y que comenzara precisamente
por su contradicción, en el relativismo humanista de un teólogo, con su
intelectualización. Este carácter intelectual, propio del humanismo de la
época, hace al conflicto tan insoluble como el de los universales; ya que su
valor es precisamente epistemológico, en la redeterminación política de la
cultura, con su distorsión.
La vertiente vencedora fue la rigidez dogmática, por la que la voluntad de
Dios predetermina el destino humano; equiparándose a la función contraria de la
gracia irresistible del catolicismo, en la resolución política de la cultura. Desde
ese punto, el calvinismo funciona entonces con la plasticidad del catolicismo,
en su alcance existencial; superado en esto a la contradicción luterana, que
queda atada al determinismo político del Sacro Imperio Germano Romano.

Aún más interesante que eso, es en estos conflictos que la cultura
occidental desarrolla su propia tensión interna; que es entre el idealismo
intrínseco a su proyección intelectual, en el humanismo resultante de la
cristología de Nicea; y el pragmatismo resultante de la apropiación de la
axialidad de la cultura por la economía, desplazando a la religión. Eso es
importante, porque Descartes seculariza el problema religioso, mientras Calvino
hace religioso el problema secular; con la contracción, desde el determinismo católico
al pragmatismo protestante, como base real de la cultura.
Ahí nacería entonces la disociación política de la cultura moderna, entre
la praxis popular y el elitismo intelectual; que se expresa pero no se
determina en la crisis francesa, justo donde el calvinismo sufriría su peor
represión. Sin embargo, y como logro primero y fundamental, el calvinismo introduce
la operación política morfodinámica; partiendo la Ley Natural —en términos humanistas—,
como recodificación formal de las determinaciones naturales.
En definitiva, en eso habría consistido la función axial de la cultura, atribuyendo
sentido humano a esas determinaciones; que provenientes de la realización de lo
real en la naturaleza, como física, se organiza en sus funciones relacionales. Con
la predestinación, Calvino intuye una morfodinámica que lo opone a Descartes,
haciendo religioso el problema secular; en una captura religiosa de la
estructura misma de la realidad, contraria en su unificiencia al dualismo
cartesiano.
Calvino, con la predestinación, intuye que el observador está entrelazado
en la estructura de lo real como natural; no hay objetividad absoluta sino
relativa, y el destino no es una decisión libérrima, sostenida en convenciones
morales. Esto es lo que es interesante, como proceso paralelo (diacrónico) a la
secularización del problema religioso en Descartes; porque va a confluir,
convergiendo por su superposición en esa contradicción, que se expresa como tensión
política.
Esa apropiación de la axialidad de la cultura por la economía, sería la
base del pragmatismo inglés en Norteamérica; a donde llega desde la trasfusión con
la dinastía de Orange, a enfrentar al liberalismo, que es francés y no inglés.
La tensión es así el resultado de gestionar una sociedad que se cree libre en
el idealismo, con una lógica de eficiencia práctica; impuesta desde la praxis
social como política, contra esa pretensión determinista de su elitismo
intelectual.