Este es un filme extraño, que deja
experiencias mixtas, de la exaltación estética a una dramaturgia eficiente; lo
que es ya raro, pues como adaptación de una novela (1929), debería tener esta
dramaturgia resuelta. No ocurre así precisamente por el exceso estilístico, que
la lengua inglesa no permite en su sintaxis norteamericana; pero que el cine sí
estimula, por las posibilidades esteticistas con que la fotografía afecta al
drama.
Passing habla de dos amigas negras, que se
reencuentran en una Nueva York sujeta por las leyes de segregación; y una de
las cuales pasa por blanca, en uno de los dramas existenciales más recurrentes
de la cultura norteamericana. Eso puede resultar un poco artificioso para otras
culturas fuera de la norteamericana, más laxas en su racismo; pues en verdad,
el racismo norteamericano es virulento y reforzado por el rigorismo político,
en una mezcla extraña y explosiva; que une la simplificación racional a la
ferocidad de una clase depauperada, como la temprana migración irlandesa, en
competencia con los negros emancipados.

De ahí el minucioso código de la
gota de sangre negra, que desalienta y castiga cualquier esfuerzo de
integración; dando lugar a dramas como este de Passing, ya tan temprano en
el cine como en 1934, con Imitación de vida. Lo cierto es que el dilema
tampoco es comprensible, por la perniciosa reducción del negro a su clase más económicamente
depauperada; en la que no existe esa franja de ambigüedad política y económica,
en que las personas se relacionan más allá de su raza.
La película no resuelve ese
contexto, desbalanceando su dramaturgia, recreándose en su suprematismo moral; aunque
sí consigue romper el estereotipo del negro indigente, con una burguesía
relativamente próspera y snob. La novela original desarrolla el impacto existencial
de la contradicción, cuando la persona miente sobre sí misma; pero la película
falla en resolver eso, con una simple superposición indiscriminada de elementos
no directamente relacionados entre sí.
Ejemplo de esto, la reticencia de
la protagonista a enfrentar familiarmente el dilema en su dimensión política;
tratándose como se trata de una activista social, envuelta en una organización
que recuerda a la NAACP. Puede que el objeto sea una crítica al snobismo y las
limitaciones de la burguesía liberal negra, por su falta de compromiso; que no
sólo no volcó sus recursos —tampoco es que tuviera muchos— en su propia
comunidad, concentrada en su propio elitismo.
Tampoco ayuda el casting de las
protagonistas, con dos actrices que difícilmente pasen nunca por blancas; algo
irrelevante en el teatro o la televisión, pero no en el mayor realismo del
cine, por las convenciones a que responde. Eso y la histérica volatilidad del
contexto político actual, atenta contra una percepción serena del filme; que de
otro modo habría podido canalizar un drama poderoso en su dramatismo, con solo
dedicarse a ser cine.
El filme sí descuella en la
deslumbrante fotografía, sacando lo mejor del blanco y negro, y la recreación
epocal; aunque eso redunde en la mayor lentitud de una dramaturgia mal
resuelta, que da la sensación de vacuidad. Ese puede ser el problema de la
excesiva estetización del drama, cuya violencia original no requiere poética; como
un falso estilismo del cine negro, que se resuelve en su propia inconsistencia
existencial, tratando pasar por (blanco) intelectual. Es el mismo exceso que
adensa innecesariamente experimentos interesantes, como el de Hijas del polvo (1991);
y que en ello ponen en duda esa consistencia que reclaman, en el desdén por sus
propios elementos dramáticos; que no son intelectuales sino existenciales, reproduciendo
la contradicción que afecta al intelectualismo norteamericano, en su artificiosidad.

En definitiva, no es casual que
sólo en la alta clase media —y las que pretenden integrarla— florezca esa
ensoñación idealista; pues es la que tiene recursos que malgastar en ello, o
para distorsionar su percepción de lo real, con la falsa prioridad del no menos
falso humanismo. La soslayada referencia a la NAACP en esta película puede recordarlo,
justo por la ambigüedad política de su origen; como esta falsa burguesía de
Harlem, que falla una y otra vez en comprender sus propias contradicciones.