En tanto interno del catolicismo, se puede mirar con
indiferencia al conflicto del Vaticano con la Sociedad San Pío X (SSPX); pero
se estaría perdiendo la repercusión transhistórica, en la superficialidad de su
más estricta historicidad. Esta es una tensión latente en el origen mismo, en
que el cristianismo se desprende del determinismo político judío; desde que
este se apropiara de la axialidad de la religión, como la expresión política en
que se realiza.
No es que esa tensión no existiera en Moisés, en el
arquetipo de su realidad como cultura, explicando su actualidad; revelando una recurrencia
más mecánica —dirigida con la misma fatalidad de su propiedad axial— que
viciosa. Después de todo, cuando la Iglesia se justifica en la Biblia y la Tradición,
es a estas y no a otras a las que alude; incluso en su irresolución perpetua, que
promete su superación —no su negación— en una trascendencia metafísica.
Este quizás sea el término conflictivo, en tanto
propone una oposición binaria entre espiritualidad e historia; pero sólo como
un error epistemológico, convencional y no efectivo, en la continuidad no
convencional de la realidad, que es unificiente. En ese sentido, el concepto de
metafísica suele ser reducido a un recurso filológico de Andrónico de Rodas;
cuando puede haber sido un recurso semántico del mismo Aristóteles, para
resolver intuiciones sobre la física.
Esto se refiere a la noción de física como distinta de
positividad, pero todavía indistinguible para el de Estagira; que sólo podría haber
reducido lo físico a la materia macroestructural de lo real, en su estado de
máxima positividad. La realidad en cambio poseería distintos grados de positividad,
desde el nivel cuántico a ese macroestructural; todos físicos, pero con los
primeros como micro o extra positivos, aludiendo a otras propiedades formales.
Por su parte, el cisma lefebvriano es reducido a la
insubordinación, ante las reformas de un concilio legítimo; reduciendo también el
conflicto a mera disputa disciplinaria o ideológica, ocultando la mutación estructural
que señala. Esto no sería un simple cisma, como fractura del tejido
institucional, sino una contracción ontológica del catolicismo; que agota su
impulso imperial, forzado a desmantelar la estructura política que construyó durante
dos milenios.
Con esta reducción a la función básica de su axialidad
religiosa, habría rastrear esta contracción hasta su origen; cuando lo político se apropia de esta función, con la distorsión
paulina del cristianismo primitivo con su disciplina. San Pablo tradujo la
mística de las primeras comunidades a las categorías del imperium y la civitas
romanos; con él el cristianismo abandonó su modelo inicial, funcionalmente
análogo al tribalismo Igbo o Efik en Africa.
Esto es lo que ocurre con la conversión de la doctrina en
una maquinaria universalista, de orden con rigor dogmático; dando base a
tradición legal propia, como el minucioso derecho canónigo, que hoy la rige por
sobre la doctrina misma. Aquí, la figura de Pedro, como eje ontológico y
sacramental, fue absorbida por ese determinismo político de San Pablo; erigiendo
a Roma en la cúspide de un estado, que proveyó el andamiaje ideológico de la
Civitas Dei agustiniana.
Es de esta codificación que sale el pastoralismo luterano,
el rigorismo calvinista y la eficiencia moral del capitalismo; y aquí, el
conflicto lefebvriano es el esfuerzo trágico por preservar esa estructura, justo
en el instante de su colapso. En esa desesperación, la Fraternidad San Pío X
intenta retener la estética y la dogmática de esa Cristiandad imperial; sin
embargo, al hacerlo en ruptura —vierta pero legal y no doctrinal— con la sede
romana, provocan una ironía epistemológica perfecta; pues defendiendo el orden
cosmológico del Imperio católico, sólo aceleró su repliegue a una isla de
densidad ontológica.

Lejos de constituir un fallo en la historia de la fe,
esta contracción desencadena una emancipación inesperada; cuando el mundo
secular retira al catolicismo el suelo político, este pierde la capacidad de
administrar la polis. Al vaciarse la cáscara del determinismo paulino, el
cristianismo no se destruye, sino que sufre una transición de fase; volviendo,
por necesidad mecánica al núcleo políticamente peligroso de la potestad y la
soberanía individual.
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