Sunday, April 2, 2017

Passengers Vs Arrival, the clash!

They came almost at the same time, and in cinema time lapse that means exactly at the same time; so it’s like a festival of Science Fiction, and in a big way, form the obvious effects to the less obvious scripts. But the results are way too different for any average Sci-Fi consumer, from the deepest of linguistic theories to the lightness of a fake love drama. That’s why it’s unfair to compare one to the other, with what looks like a clear advantage for Arrival, unless you talk about special effects; and not because that deep plot of Arrival doesn’t’ have great effects, but because they’re just the average and functional, not spectaculars.

That’s the big advantage of Passengers, a show of almost magic and beauty at its best; with the only problem of a weak plot —a real weak one—, build with improbabilities one after another. The film is so weak that becomes a parody of itself, and display its beauty like a dystopia to corrupt any hope on humanity; from the egotism on the main character —which lure us with a drama in perspective— to the series of technical failures that lead to the conflict. The problem is not the start, with that meteor shower so improbable in reality, because that’s where the fiction starts; the problem begins with the whiteness of the cast, not matter the presence of Laurence Fishburne, so small and secondary that looks like a utility, even behind the android.

It could be a twisted interest of the plot, as a tangent to alert about our hope in a technological singularity without a parallel grow on our minds; and a big irony lays on the class disparity that echoes our own societal actuality. But that approach is so subtle that could be sustained only for the best intellectual will, and that’s not the Hollywood’s strength; also, everybody repeats along the film that the company has a history of security, and flaws never occur… unless accidental. What it’s more proper of the industry is the exuberance of the show, about all when it sets the suddenly loss of gravity; and from that point, the film goes down the path to mediocrity through and adventure episode like Indiana Jones; to end with the most fake resuscitation drama, and the cliché of a forest improper but compulsively build inside the spaceship.

Differently, Arrival advances a theory based on linguistics, and develops a very real drama of humanity; with contradictions that appeal to our most rooted concepts about moral, sensibility and culture. Even —and from the beginning— the film is less offensively withe, with a strong —and not as a mere utility— counterpart on the great Forest Whitaker; but also contrast the projection of sciences like theoretical physic and linguistic, that end collaborating one with the other, making a statement with so little jokes. The script is so serious that probes a theory about precognition in a very solid manner, anchored in the anthropologic means of linguistic; and its adventure episodes are absolutely credible, even at the surprising end, that explain —as on the old films from other times— all the questions it dramatically opened.

As a secondary gift on Arrival, the morphologic solution of the aliens is never on the middle of the plot; even if it’s mentioned in this scope, advising to don’t expect triviality from the director, a French Canadian who knows how to draw a drama. On the technical aspects, both films are above average, with the says difference on their respective script and main interest; and also with the performance of the actors, from the mains to even the uneven roles of Fishburne and Whitaker.

Tuesday, March 28, 2017

Día internacional del teatro

Ha pasado otro año, y con este otro día internacional del teatro, n el que se han sucedido mensajes y discursos; una ritualidad curiosa, marcada por esa institucionalidad del arte contemporáneo, que marca precisamente su decadencia. Eso es apenas natural, la institucionalidad es una naturaleza convencional, cuya apoteosis va en detrimento de la creatividad; y el teatro no es distinto de las otras artes en esta decadencia, aunque sí puede que más patético en su mayor visibilidad. Después de todo, las otras artes otorgan status a cambio del patrocinio, y en el caso de la pintura y el libro hasta pueden camuflar su comercialismo perverso; pero el teatro tiene una dependencia mayor de la expresión cultural, y en eso es menos elitista si es consistente. De ahí que como en una malhadada paradoja, el teatro exponga más vergonzosamente las pretensiones y la vanidad de los teatristas; más aún que la literatura la de los literatos o las artes plásticas la de los plásticos, que no es menor sino más disimulada.

Esa es la falsedad que hace patéticos los discursos de esa pretensión institucionalista, que trata de lidiar con la extemporaneidad del arte; porque lo que determinaría la crisis contemporánea es la falta de contexto, que serías la que lo haga disfuncional fuera del apogeo moderno. Han pasado al menos tres siglos desde el apogeo moderno, y es tiempo por tanto para los nuevos paradigmas; que relucen tras el decadentismo de estos discursos de falsa trascendencia, pero como el elefante en la sala que nadie quiere ver. Ese es el problema, y es abiertamente económico, porque esa revolución afecta al estilo de vida de los artistas; que formados en esos paradigmas del apogeo moderno y su cultura libresca, están preparados para todo menos para sobrevivir a la Modernidad. La primera señal debió haber sido la institución misma de este día por un organismo como la ONU, y su brazo armado y guerrillero que es la UNESCO; pero como siempre, como los aristócratas obtusos al momento de la revolución francesa —a los que de hecho imitan en sus manierismos— los artistas se han negado a todo pragmatismo.

Ahora se suceden celebraciones absurdas, que nos sonrojarían si alcanzáramos la venerable edad de los que nos antecedieron; el próximo año, si tenemos suerte, estaremos más viejos y luciremos más ridículos todavía balbuceando promesas de amor adolescente. Por supuesto, siempre hay una manera digna de morir, pero esta no pasa por culpar a alguien de lo que es inevitable y natural; sino que más bien consiste en una asunción madura de la decrepitud y un goce auténtico de las libertades que eso otorga, junto a sus responsabilidades; pero con gozos definitivos como ese de hacer teatro porque es simplemente maravilloso hacerlo, pensando —como Eliseo Diego de un libro de poesía— que habrá razones más serias, pero ninguna más importante.

Monday, March 27, 2017

Georgina Herrera: Estos ojos de mirarlo todo

Dentro de las facultades reflexivas del arte, la poesía tendría un especial valor ontológico, por referirse a las necesidades del Ser; sobre todo la poesía femenina, que por la tradicional división de roles, habría tendido a un alcance más existencial que político. Por supuesto, ninguna línea demarcatoria es perfecta sino discontinua, y siempre demarca un cuerpo poroso; pero incluso las mujeres que escriben poesía contraviniendo los roles predispuestos para ellas llevan esta carga confrontacional, que remarca lo existencial en su discurso político. El problema, si alguno, sobreviene en el acercamiento al poema o al poeta en general; con lo que es siempre una lectura particular, que termina redefiniendo al autor como personaje él mismo.

Ese es el dilema con la poesía de Georgina Herrera, de la que ya se han presentado numerosos trabajos compilatorios; la mayoría, por enmarcarse en el ámbito académico, responden a ese interés político de las academias. Libros de la libélula nómada ofrece una aproximación menos interesada, dejando a la autora misma la selección; con lo que Georgina queda despojada de esos intereses políticos, que la han enmarcado últimamente en el discurso racial y de género. Está claro que este existencialismo fresco y poderoso de Herrera tiene amplias implicaciones políticas, justamente de raza y género; al fin y al cabo, es de ahí de donde sale la singularidad del drama existencial que reflexiona en su poesía; sólo que como siempre, ella es mucho más y más hondo que eso, en la delicadeza de la imagen con que consigue hablarnos en esta poesía suya.

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Esa es la distancia que hay de la última colección anterior a Estos ojos de mirarlo todo, la hondura existencial de una mujer; que más que negra y mujer es humanidad ella misma, y tiene sus propios ojos de mirarlo todo. Eso es posible por la esforzada independencia del sello, desvinculado de todo patrocinio en ese sentido; a pesar de que el descubrimiento se deba a la exposición académica de la prologuista, que aún expone este discurso en el libro —lo que es legítimo también—. No obstante, la curaduría es de la autora, y eso la pone al mismo nivel de independencia que el sello que la respalda; el resultado es un libro bello hasta en la sobriedad, con un diseño de lujo hasta en el interior, la maquetación y la tipografía —un magnífico regalo como los de antes—. Con este florilegio, Georgina nos da un retrato más exacto entonces de su trabajo en la poesía; y con eso pone un énfasis especial en ese valor ontológico y en ello trascendentalista de la poesía escrita por mujeres.

Es curioso que con ese marco, no haya en la poesía de Herrera los recursos ya manidos del erotismo sentimentalista; en cambio, hay un sentido profundo de la maternidad y del contexto referencial de su cultura. Puede decirse que esas son las dos referencias básicas de la reflexión existencial de Georgina Herrera, y por tanto de su poesía; más importante que eso es la belleza con que lo logra, porque esas en definitiva son las referencias existenciales de todo el mundo, y es la belleza lo que consigue comunicarlas. Este libro es también una entrada con pie tanteante al mercado europeo, en el momento en que declina la cultura del libro; pero se trata de España, que siempre ha sido la salvación del mundo en su propia existencia a contrapelo. Es por tanto y también, por esta originalidad, el marco adecuado para una presentación de esta poesía singular; que lo es porque desborda las elaboraciones discursivas, para replegarse en el poder reflexivo de lo que vive como lo que ve…. con estos ojos de mirarlo todo.

Monday, March 13, 2017

Grand Piano, perfection is overrated

Grand Piano is a 2013’s film with Elijah Wood, that is supposed to rum over a McGuffin; that's a plot that justify the drama, no matter its absurdity and relative small dimensions. This kind of work is part of a cult to Alfred Hitchcock, who is still the master of this dramatic technique; but here should be where the problem lays, in this cultic sense. Actually Hitchcock is still the master because he doesn't make a cult but a film, always a film; that's why its job is still perfect to the point to be a cult's object; contrary to its followers, who only actualize the cult but are incapables to stablish a new one.

We couldn't argue the plots on Hitchcock works, its sense is only to provoke the argument and not to sustain it; that's why no matter how absurd, it's always sufficient and artistic with only showing its magnificence. In Grand Piano is the other way around, because it's a cult and not an object worthy of cult; and that explain the weakness of the argument, with an absurdity after the another, while repeating operatic stereotypes. Critics mostly agree about this problem, though also coincides on its supposed mastery and stylish; just because Hitchcock, but If I were Hitchcock I'd curse all them.

The critics also coincides praising the performance of Elijah Wood, who’s character apparently sustain the plot; but this prize most go to the director and the camera, because poor Elijah only open his eyes to remember us his work in The Hobbit, that is. Is the camera what manages to retain people on the watch, because the vertigo of its panoramic; also recreating scenarios so majestic that remind us about the dramatic theatrical dramatically of the big aesthetics pretentions.

Also paradoxically, and more than that majestic photography is the music the real power behind the film; with the credit on Victor Reyes, a veteran in film music, and who wrote the musical piece that center the drama. The piece is named La cinquette, and is a pure mannerism to resemble a classic avant-garde; its references are the Rachmaninoff’s Piano concert no. 3, known as the infamous for its challenges. Part of the drama is the relation between the public, the masters and the music itself; that’s what make this piece so important, so magisterial that the music is sold by itself. Paradoxically, this could be the virtue of the film, although negative and in a twisted; because it proves perfection has nothing to do with the arts and snobbism may pay the bills, but overrating stuff.

Sunday, March 12, 2017

Sexo!

El grave problema con el desnudo es su explícita connotación sexual, que es lo que le confiere dramatismo; y eso en tanto transgresión de las convenciones morales, incluso en una postmodernidad en la que ya casi ni se anda vestido. Eso es curioso, porque el desnudo es tan habitual hoy día que hay que hacer un énfasis en la desnudez para que se la perciba; y aún así, a partir de ese momento en que ha logrado llamar la atención, recupera su carácter transgresor. Eso no es gratuito, esas convenciones morales son las que han estructurado a la cultura con una densidad suficiente como naturaleza; en la que el ser humano puede entonces realizarse como tal, en toda su singularidad, por esa sobreposición en que redetermina la realidad con su propio sentido. Esa es la razón de que aún la sexualidad retenga ese poder de transgresor, como primera convención; por la que entonces se organizaría la cultura, en la regulación de los actos básicos de lo humano en forma artificial.

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Eso se debe a que obviamente, la religión es el primer sistema de convenciones por el que se organiza la cultura; pero eso en tanto es el sistema que provee esas convenciones, en la redeterminación de la realidad; a la que atribuye un valor o sentido humano, como cultura, en el propósito divino que comprende en lo real como ley de la naturaleza. Eso tampoco es gratuito, se basa en esa bastedad animal del sexo como necesidad existencial, inmediatamente después de la alimentación; de lo que es sólo un ordenamiento lógico y no real, porque no puede separarse la compulsión sexual de la necesidad de alimento; siendo que estas se distinguen de otras necesidades básicas, como la respiración o las funciones orgánicas, por la participación de la conciencia.

Eso sería lo que otorgue prioridad a la compulsión sexual, por sobre la alimentación, aún si ambas comportan algún grado de conciencia; ya que la del alimento es una necesidad que se satisface individualmente, y sólo por su conveniencia impone un desarrollo comunitario; mientras que la compulsión del sexo exige desde un inicio la necesidad de interacción comunitaria, incluso si termina por realizarse en el solipsismo, por su frustración. De ahí que muy probablemente, en la cúspide del desarrollo humano, la sexualidad sea la última propiedad que pierda el ser humano; como ese último vestigio de su bestialidad, recluida a los museos para asombro de esas generaciones futuras, que probablemente ni lo comprendan. De ahí también, y por ello, que el desnudo adquiera hoy cualidades litúrgicas en esa ritualidad de la compulsión sexual; por la que aún lo humano se reconoce bestia, sabiendo ya sin embargo que ese es el Edén cuya pérdida puede terminar lamentando en su inteligencia.

El desnudo es así una catarsis, por la que el ser humano no necesariamente protesta pero se ofrece a sí mismo; en esa liturgia con que trata de retener el Paraíso de su bestialidad, sabiendo que inevitablemente va a perderlo. Es curioso que así sea el sexo la convención con su desnudez litúrgica que resguarde el equilibrio existencial; porque fue este mismo el tabú que sobrepuso al hombre entre las bestias puras, al regularlo en el valor político de la economía como convención religiosa. He ahí el misterioso significado del rechazo vicioso de esa bestialidad con que se relacionan Ares y Afrodita, por la magnificencia de Febo; donde el magnífico es ese esplendor futuro de la inteligencia, que se realiza desde la máxima potencia de Zeus; mientras Afrodita —que es una titánida— se regala en esa bestialidad de Ares, rechazada también por la árida Atenea que complementa a Febo.

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