Thursday, July 9, 2020

El perro Diógenes jugando con una toalla cansadamente abandonada

A Alfredo Triff

El argumento sobre la altura fálica de las edificaciones modernas pareciera excesivo, pero no lo es; en realidad, dado el profundo carácter sexual de las compulsiones, cualquier turgencia tendría esos alcances naturalmente. Otra cosa es el argumento acerca de su pertinencia, que también conllevaría la de esa reminiscencia que provoca; pues de todos es sabido que la analogía funciona por asociación de significados, en su propia proyección espontánea.

El problema con esta pertinencia o no radicaría en su funcionalidad, ya que en eso consiste la razón existencial; y de cierto, la construcción vertical tiene obviamente mayor eficiencia que la horizontal, con todo y sus repercusiones culturales. Otra cosa es si esta eficiencia mayor es en verdad imperativa y no accesoria, en el sentido diacrónico de sus muchas desventajas; vista la cultura mecanicista en que tiene lugar, reflejando las simplificaciones racional positivas —amén se otras reducciones— de la misma.

El mismo varón que ostenta el falo sería un mejoramiento reproductivo, porque multiplica el llamado pool biológico; por el simple pero brillante recurso del dimorfismo sexual, para mantener la fuerza genética de los individuos. Tamaña eficiencia no resta valor accesorio al varón, siempre amenazado por la ladina preservación del clítoris por si las moscas; teniendo en cuenta que en algún momento la cultura tendrá que atemperar esa turgencia suya, contrarrestando el mecanicismo lineal de los modernos.

En esta cuerda asociativa, cabría preguntarse por la sustancia funcionalmente reflejada en otra arquitectura; como la de unos vaginales edificios que se adentraran en la tierra, en vez de alzarse tan fálicos al cielo. ¿Será menos turgente esa cultura, con un sentido mayor del gozo y la gratuidad antes que de lo productivo y necesario?; la pregunta es interesante por lo que sugiere, en aquel mito de una mayor empatía en lo femenino, ya desmentido pero precisamente por la crítica virilidad modélica del feminismo.

Sunday, June 21, 2020

Búlgaros, de Nicolás Lara


Nicolas Lara no es un icono por gusto, sino porque materializa en tiempo concreto, que se manifiesta a su vez estéticamente; no sólo eso, sino que es además un tiempo en retirada, diluyendo su dignidad en la admiración de los que le conocen y comprenden. Un tiempo extraño por demás, en la extrema singularidad con que inserta mundos destinados en principio a la superposición; en una fatalidad rota por esa experiencia excepcional que los engarza en su extrañeza, como un cáñamo que une dos paños distintos.

En balde tradiciones absolutistas abjurarán del sincretismo, como las religiones hasta de juntar tejidos; el hombre es la suma de toda realidad, y en su facultad de nombrar las cosas también les otorga sentido. Nada más natural entonces que Búlgaros, un libro en que Lara dispensa su majestad, recreando su propio trabajo; y nada más natural tampoco que eso lo recoja una revista como Incubadora, en una de sus ediciones electrónicas.

Se trata obviamente de un fenómeno estético en su conjunto, como una gran performance coronada por el gesto displicente de Lara; al que una corte de ilustres de la cultura cubana en esa desesperación que es el exilio le rinde tributo con sus elogios. El libro comienza con la fanfarria de cuanto vale y brilla, en la reverencia del genio de su majestad el pintor; los nombres son preciosos como las cuentas de coral de un rosario, cada una con el peso de sus propias oraciones.

Francois Vallée, Frank Guiller, Ernesto Méndez-Conde, Idalia Morejón Arnaiz, Omar Pascual Castillo, Janet Batet, María Cristina Fernández, Rafael Díaz Casas, Alejandro Aguilera, Ana María Fernández y Kelly Martínez Grandall. Todos bajo la maestría ceremonial de Marta Limia, aportan algo más que una introducción con esos gestos ampulosos; en verdad se integran al libro, como otros dibujos más del propio Lara, que así se prodiga hasta en su interpretación por otros.

Búlgaros ofrece así una experiencia estética, la de esa digna transición del esplendor pasado a la inanición; que es lo que otorga congruencia al conjunto, en ese marco de Incubadora, que es la foto fija de ese tiempo que se va. Todos los que ahí hablan saben de lo que hablan, para que el mago que centra el misterio siga en lo suyo; que es precisamente el alargamiento del misterio, para que exista en esa gratuidad de la gracia, a donde puede ir cualquiera a alimentarse.

Thursday, June 18, 2020

Luna roja


Por Maria Eugenia Caseiro


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En este libro de Carmen Karin Aldrey, se dan cita elementos de verdadero encanto, que la autora dispone como un brindis dedicado a sus muertos y a los espíritus; quienes entre el celaje de una noche fantástica, se mezclan con las "brujas que bailan sobre el puente". Hay en este andar por los senderos mágicos de la autora, un tiempo de péndulo detenido que abre los ojos; escaleras de espiral que nos aguardan en el entronque de cada lapso para que la musa, que soñara un día con ser stripper y "disfrazada de gata legendaria como Halle Berry", fuese de una azotea a otra en la madrugada, subiendo altavoces para cautivar murciélagos. Es de tal manera que poco puede aspirar el verbo común, cuando la magia posee cuanto debe ser visto y escuchado. Así que la autora, quien confiesa a través del sujeto lírico no ser feliz en "esta vida de ganar espacios fugaces", se enrola en la ruta hacia otros espacios, donde reina la quietud del misterio en que fluye el hechizo de una voz iluminada por el halo escarlata de la luna embrujada.

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