Monday, March 13, 2017

Grand Piano, perfection is overrated

Grand Piano is a 2013’s film with Elijah Wood, that is supposed to rum over a McGuffin; that's a plot that justify the drama, no matter its absurdity and relative small dimensions. This kind of work is part of a cult to Alfred Hitchcock, who is still the master of this dramatic technique; but here should be where the problem lays, in this cultic sense. Actually Hitchcock is still the master because he doesn't make a cult but a film, always a film; that's why its job is still perfect to the point to be a cult's object; contrary to its followers, who only actualize the cult but are incapables to stablish a new one.

We couldn't argue the plots on Hitchcock works, its sense is only to provoke the argument and not to sustain it; that's why no matter how absurd, it's always sufficient and artistic with only showing its magnificence. In Grand Piano is the other way around, because it's a cult and not an object worthy of cult; and that explain the weakness of the argument, with an absurdity after the another, while repeating operatic stereotypes. Critics mostly agree about this problem, though also coincides on its supposed mastery and stylish; just because Hitchcock, but If I were Hitchcock I'd curse all them.

The critics also coincides praising the performance of Elijah Wood, who’s character apparently sustain the plot; but this prize most go to the director and the camera, because poor Elijah only open his eyes to remember us his work in The Hobbit, that is. Is the camera what manages to retain people on the watch, because the vertigo of its panoramic; also recreating scenarios so majestic that remind us about the dramatic theatrical dramatically of the big aesthetics pretentions.

Also paradoxically, and more than that majestic photography is the music the real power behind the film; with the credit on Victor Reyes, a veteran in film music, and who wrote the musical piece that center the drama. The piece is named La cinquette, and is a pure mannerism to resemble a classic avant-garde; its references are the Rachmaninoff’s Piano concert no. 3, known as the infamous for its challenges. Part of the drama is the relation between the public, the masters and the music itself; that’s what make this piece so important, so magisterial that the music is sold by itself. Paradoxically, this could be the virtue of the film, although negative and in a twisted; because it proves perfection has nothing to do with the arts and snobbism may pay the bills, but overrating stuff.

Sunday, March 12, 2017

Sexo!

El grave problema con el desnudo es su explícita connotación sexual, que es lo que le confiere dramatismo; y eso en tanto transgresión de las convenciones morales, incluso en una postmodernidad en la que ya casi ni se anda vestido. Eso es curioso, porque el desnudo es tan habitual hoy día que hay que hacer un énfasis en la desnudez para que se la perciba; y aún así, a partir de ese momento en que ha logrado llamar la atención, recupera su carácter transgresor. Eso no es gratuito, esas convenciones morales son las que han estructurado a la cultura con una densidad suficiente como naturaleza; en la que el ser humano puede entonces realizarse como tal, en toda su singularidad, por esa sobreposición en que redetermina la realidad con su propio sentido. Esa es la razón de que aún la sexualidad retenga ese poder de transgresor, como primera convención; por la que entonces se organizaría la cultura, en la regulación de los actos básicos de lo humano en forma artificial.

Comprar en Kindle
Eso se debe a que obviamente, la religión es el primer sistema de convenciones por el que se organiza la cultura; pero eso en tanto es el sistema que provee esas convenciones, en la redeterminación de la realidad; a la que atribuye un valor o sentido humano, como cultura, en el propósito divino que comprende en lo real como ley de la naturaleza. Eso tampoco es gratuito, se basa en esa bastedad animal del sexo como necesidad existencial, inmediatamente después de la alimentación; de lo que es sólo un ordenamiento lógico y no real, porque no puede separarse la compulsión sexual de la necesidad de alimento; siendo que estas se distinguen de otras necesidades básicas, como la respiración o las funciones orgánicas, por la participación de la conciencia.

Eso sería lo que otorgue prioridad a la compulsión sexual, por sobre la alimentación, aún si ambas comportan algún grado de conciencia; ya que la del alimento es una necesidad que se satisface individualmente, y sólo por su conveniencia impone un desarrollo comunitario; mientras que la compulsión del sexo exige desde un inicio la necesidad de interacción comunitaria, incluso si termina por realizarse en el solipsismo, por su frustración. De ahí que muy probablemente, en la cúspide del desarrollo humano, la sexualidad sea la última propiedad que pierda el ser humano; como ese último vestigio de su bestialidad, recluida a los museos para asombro de esas generaciones futuras, que probablemente ni lo comprendan. De ahí también, y por ello, que el desnudo adquiera hoy cualidades litúrgicas en esa ritualidad de la compulsión sexual; por la que aún lo humano se reconoce bestia, sabiendo ya sin embargo que ese es el Edén cuya pérdida puede terminar lamentando en su inteligencia.

El desnudo es así una catarsis, por la que el ser humano no necesariamente protesta pero se ofrece a sí mismo; en esa liturgia con que trata de retener el Paraíso de su bestialidad, sabiendo que inevitablemente va a perderlo. Es curioso que así sea el sexo la convención con su desnudez litúrgica que resguarde el equilibrio existencial; porque fue este mismo el tabú que sobrepuso al hombre entre las bestias puras, al regularlo en el valor político de la economía como convención religiosa. He ahí el misterioso significado del rechazo vicioso de esa bestialidad con que se relacionan Ares y Afrodita, por la magnificencia de Febo; donde el magnífico es ese esplendor futuro de la inteligencia, que se realiza desde la máxima potencia de Zeus; mientras Afrodita —que es una titánida— se regala en esa bestialidad de Ares, rechazada también por la árida Atenea que complementa a Febo.

Peripatos, nueva sistematización de la filosofía en su relevancia!

Comprar en Kindle
Puede afirmarse que Atenas es el primer hito cultural, lo suficientemente sólido como para convertirse en la base fundacional de Occidente; no que sea el primero, pero sí el que tuviera esa consistencia propia y suficiente para ello, completando el ciclo comenzado en Creta. De ahí que la mayoría de los fenómenos y dinámicas estructurales de la civilización occidental se originaran en esta ciudad, hasta el punto de la metáfora; no ya propósitos de carácter meramente histórico, que se revierten en una nueva determinación ontológica de la cultura occidental, sino incluso su más perfecta imagen poética. 

Este libro es o pretende un ajuste epistemológico de las contradicciones aparentes de la filosofía, a partir de una antropología del pensamiento; de modo que estructurando los espectros en que se ha tratado de comprender lo real, los organiza en su complementariedad funcional. Peripatos se plantea así desde la conciliación puntual de la dialéctica hegeliana y el Órganon aristotélico, a la hipermetafísica postulada por el Surrealismo; para hacerlo confluir todo en el trascendentalismo científico, que se ha confundido con neo religiosidad sólo por su omisión de la filosofía. Este libro pretende eso, justo desde la singularidad de una reflexión sobre la trascendencia que corrija los vicios del inmanentismo moderno; recuperando con ello la relevancia de la filosofía, que habría perdido desde el apogeo de la Postmodernidad.

Debe destacarse quizás que se trata de la relevancia y no de la pertinencia, pues pertinencia tiene todo en su mero hecho de Ser; sólo que esta pertinencia puede ser incomprendida, como un vestido fuera de moda o una construcción no habitual en el paisaje; cuando el paisaje es una figura más o menos retórica para aludir a la cultura, como el espacio propio de lo humano, su naturaleza peculiar. La filosofía pues trae de su exilio a sus sobrinas, las musas que la alimentaran durante el destierro; para que sentadas todas alrededor de los nuevos sacerdotes de las ciencias, que despliegan ante ellas la liturgia de los misterios cuánticos, puedan rehacer sus gozosos cánticos.

Friday, March 3, 2017

Get out!

Justo a tono con las últimas polémicas de la cultura cubana en el exilio, Estados Unidos estrena con éxito Get Out; una película de horror, que parodiando la racionalidad liberal de Guess who is coming to diner, se atreve a una metáfora retorcida como la realidad que representa. La película es sorprendente por varios detalles, y el primero es la serie de clichés en que se resuelve como cine del género; pero más asombroso es ese aire de parodia medio cómica, por el que sin embargo no pierde ni un gramo de horror ni dramatismo. Lo paródico es tal que las escenas llegan a hacerse predecibles, sin que —como ya se dijo— pierdan impacto por ello; pero en conjunto tal parece como hecho a propósito, en una espeie de tratamiento de farsa, que con ello pone el énfasis en su sarcasmo. Obviamente, en su momento Guess who… fue una propuesta atrevida justo en su racionalidad; con esa ingenuidad de cuando el liberalismo era liberal y se enfrentaba abiertamente al conservadurismo tradicional de la cultura. Hoy día esa película es ingenua y aburrida, no sólo por esa racionalidad ineficiente, sino hasta por el descafeinamiento en general; del que ya mucha gente ha llamado la atención, con ese ícono ideológico de Sidney Poitier, tan inofensivo como Barack Obama o Alden Knigth en Cuba.

Eso no debería ser peyorativo, es esa gente —como el buttler de la película con ese nombre— la que sienta la avanzada del progreso; justo por su capacidad de conciliación, como el espacio neutro que se necesita para negociar, que es de lo que se trata luego de la agresividad militante. Pero nada de eso lo hay en Get Out, que con su estilo de freak es una mirada dura sobre la realidad de la integración racial; y de cierto, si la película no hubiera acudido a tanto cliché, es muy probable que hubiera diluido su dramaturgia poderosa. En Get Out, de lo que se trata es de la vida vicaria del liberalismo blanco, que zombifica la vitalidad negra que envidia; en un momento de la película se argumenta esa dialéctica tan retorcida, por la que —por ejemplo— Elvis Presley se apropiara de la tradición musical negra norteamericana. Eso es un ejemplo, que no por lo radical será exagerado, ni acude al reivindicacionismo o al discurso ideológico; pero lo cierto es que con un par de saltos a las figuras más absurdas, este cineasta nos recuerda que la realidad es más compleja de lo que muestra.

Es difícil explicar ese proceso sin adelantar una trama que bien vale la pena descubrir en las dosis en que se suministra; pero se puede recordar que el arte tiene una facultad reflexiva, por la que funciona como un realismo efectivo justo en sus propuestas más burdas. Get Out nos muestra también la madurez de una cultura como la norteamericana, que puede darse el lujo de asomarse a su propio espejo sin complejos; cuenta con los recursos para ello en su propia densidad histórica, a diferencia de esa debilidad intrínseca por la que lo cubano sólo se sostiene en el abuso. Técnicamente la película es decente, con una buena fotografía, que recrea los clichés dramáticos en el personaje protagónico; una banda sonora que contribuye al ambiente de horror, con algo de sinfonía salpicada de picardía infantil. Las actuaciones, como el resto, buenas sin ser glamorosas, pero tendiendo al buen arte; lo mejor sigue siendo el guión, con esa dramaturgia que reserva el espanto para sui alcance intelectual sin gastarlo en las escenas horrorosas.

Tuesday, February 7, 2017

In Moonlight Black Boys Look Blue

El título original de Moonlight se mantiene como el sentido mismo del filme, como un guiño a la función de esa tradición en la cultura negra norteamericana; pero que nadie se llame a engaño, el blues no es una tradición romántica en ese sentido meloso en que ha decaído el romanticismo; y para confirmarlo, un adagio musical afirma que el blues es el llanto de un hombre que ha perdido a la mujer, con ese machismo feroz de la negritud estadounidense. Para corregirlo, en este filme todo negro tendría adentro un niño que llora y sólo quiere ser calmado; un perfil que retrata la extrema marginalidad del negro homosexual y abusado, en una cultura que no le permite ni siquiera camuflarse en la relativa tolerancia integracionista. Todo eso bulle dentro de esta película, haciendo de ella un drama inusitadamente bello y denso en su humanidad; apelando a la precariedad de esas vidas que tienen que armarse al margen, independiente de si despiertan compasión alguna o comprensión.

A pesar de que su romanticismo no es de estereotipos, este filme es sin embargo profundamente étnico; pudiendo despertar compasión en personas apartadas por un ápice de su extrema singularidad, que no lo comprenderían. Ese es el dilema que hace más singular y extraño todavía a este filme, cada vez más difícil de comprender en su hermetismo; esa universalidad del más profundo valor existencial, con una narrativa enclaustrada en la más pura ontología del negro norteamericano. Por Moonlight desfilan los esperpentos del gueto negro, desde el dealer paternal a la madre desnaturalizada; todos con su propio problema, que es el de su humanidad, trenzada por sus múltiples contradicciones.

Comprar en Kindle
El héroe de esta película consigue ser ese niño que permanece intocado en su estupor y lloroso, mientras se hace un hombre duro; y que guarda como su tesoro más profundo el amor, aunque nuevamente sin idealismo, como esa experiencia sexual que lo redime en su esperanza. Todos los personajes se redimen en esta película, como en cualquier drama que se respete, pero sin dañar sus respectivas humanidades; en eso reside la pericia del guionista y el director, acompañados por una cámara magistral en su desempeño. En el aspecto técnico, quizás lo más deslumbrante sea ese trabajo de cámara; que no rehúye los reflejos de la luz ni el movimiento defectuoso, pero se atreve a planos de vértigo y los consigue; además de una agilidad que impone el tono dramático cuando hace falta, y con una textura de cinta analógica en los tiempos del ultra high definition.

Las actuaciones son todas loables, pero aunque la crítica coincide en decir que son deslumbrantes son más bien regulares; eso sí, cada quien en lo suyo, serio y armónico, en función del guion principal hasta en los solos. Por supuesto, la belleza étnica está expuesta en todo su esplendor, pero nuevamente no por romanticismo; los negros aparecen bellos porque lo son, y estos son artistas bien cuidados, no crecidos en el gueto, no importa la caracterización. No obstante, está en todos esa ferocidad de la selva que es el medio en que viven y del que todos son fruto; el peligro de la fiera que vive en guardia y muestra los dientes y despliega las uñas, que tiene que marcar su terreno como una fatalidad. En una escena de plena tensión —sexual además, que es más violenta—, el héroe se ríe y muestra los dientes enchapados en oro; recuerda la descripción de The man from Dahomey, y aquella tradición en que se limaban los dientes en punta. 

  ©Template by Dicas Blogger.

TOPO