Saturday, July 8, 2017

Zoé!


Wednesday, July 5, 2017

Generación, las claves!

Monday, June 26, 2017

Sangre azul, nuevamente Zoé Valdés


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La cresta de toda ola es inestable y efímera, más aún que la misma ola, porque es su cumplimiento mejor; pero ese destino, que es incluso fútil como destino, es precisamente lo que la distingue y da carácter. Ese movimiento, que va de lo sinuoso a la violencia, es la dinámica de los desarrollos estéticos; cuyos fenómenos tienen un lugar muy específico en el tiempo, incluso en esa forma lineal que tiene para los modernos. Tan enrevesada introducción debería ser innecesaria para una novela, ese gesto tan común de la literatura contemporánea; pero no en el caso específico de Zoé Valdés, y menos en el más específico todavía de su novela Sangre azul. Esta novela fue finalista del concurso La sonrisa vertical, y finalmente publicada por Emecé editores; que es lo que explica la complejidad de ese contexto, que la podría hacer incomprensible en esa feria de vanidades del mercado literario actual. 
Eso quiere decir que Valdés, la autora, pertenece a la última hornada de esa generación estética de la que participa Vargas Llosa; aunque a diferencia de este, ella se acomoda con dignidad en ese mercado, y no se frustra ni contradice ese pasado glorioso. Es curioso, porque La sonrisa vertical fue una propuesta marcada por Elogio de la madrastra, de Vargas Llosa; un libro que como una colección de tarjetas ilustradas, es el canon que debía marcar el curso de la literatura erótica como una estética suficiente y particular en ese momento. En Sangre azul se encuentran ecos y texturas de esa época grandiosa, desde la Rosario Castellanos hasta de la antinovela francesa; no ya en la copia ociosa que hizo decaer a ese tiempo en el mercantilismo, y ni siquiera sintetizado como el Faulkner del Realismo Mágico; sino con esa suficiencia de la madurez original, que reclama un espacio propio para ella entre los muy buenos de entonces. 
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A diferencia de todos ellos, y como en eslabón para los posteriores, en Valdés en general —y aquí en particular— hay más mundo interior que interacción; de modo que la historia, aunque basada en esta interacción, se dirige al modo en que se sedimenta como una personalidad. Con un estilo denso que sorprende, Sangre azul tienta todos los bordes y se recrea en sentimientos ambiguos; que hoy día ya no tienen el mismo dramatismo, perdida la misma ambigüedad. Es por todo eso una novela extraña, nuevamente sorprendente y hace añorar aquella literatura; pero por lo mismo, quien quiera leerla debe hacerlo sobre aviso, como quien va a un culto un poco freak, no como tomando un helado.

Con una trama más bien lineal, la prosa es sin embargo circular y densa, cerrada en imágenes concéntricas y de belleza exhibicionista; es en esa familiaridad con la poesía que recuerda los experimentos de la antinovela francesa, con un como dejo de Nerval y Valery. La mención de Nerval no es gratuita, sino que explica la contradicción de esta novela en los derroteros de un concurso de literatura erótica; porque Sangre azul no es una novela erótica sino simbolista, aunque ese simbolismo radique en una sexualidad profusa. La diferencia puede parecer sutil, pero se entiende si se observa la ausencia de pasajes estrictamente sensuales; en cambio, esa profusa sexualidad se expresa en imágenes complejas y densas, a veces incluso abstrusas; incluso en los momentos más descriptivos, y aunque la autora utilice todos los términos relativos al sexo. 
Aunque la predicción es la forma más garantizada del ridículo, tienta la pregunta de qué pasará cuando se calmen las aguas de la literatura cubana; dígase, lo que será Sangre azul a esa tradición de la literatura cubana contemporánea, que va de Carpentier a Cabrera Infante. Queda la salvedad de que esa calma sea siquiera posible o tenga sentido, condicionando ese destino; teniendo en cuenta que esa cúspide anterior puede haber sido la que culmine la evolución del arte en su función propia. 

Tuesday, June 20, 2017

Entre mentiras de aquí y de allá

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Entre los méritos que aunque dudosos no dejan de serlo, está el de no haber regresado nunca a Cuba; que es dudoso porque conoce el titubeo antes que la decisión vertical, pero que aun así es consistente. Sin familia en el extranjero y rechazado y humillado por el exilio, el retorno parcial ha sido siempre una posibilidad; el recuerdo de la presión existencial por la que dejé el país, más que propiamente política, ha sido siempre un buen detente. Ante cada invitación, vuelve la imagen del policía que sacia su cripto racismo en los negros marginales; que no entrando por el aro de la carrera en letras, la danza o el look de falso cimarrón, se da el lujo de proyectarse con suficiencia. Siempre es motivo de asombro la voluntad de la gente para someterse libremente al chantaje gubernamental, sólo por esa debilidad de la familia; que más que un carácter ante la mezquindad de ese gobierno, parece más bien un mito al que aferrarse como clavo caliente.
Por eso, el aperturismo de Obama pareció esperanzador y valioso, funcional y efectivo en su cambio de dinámica; lo que fue un error, porque el acercamiento a Cuba no era una estrategia política sino económica. El acercamiento a Cuba fue fraguado a escondidas, y ya eso debió servir de aviso sobre su objetivo y su efecto real; la clase que lo diseñó y ejecutó, fue la misma élite que manipuló al sanderismo en las primarias demócratas con su corporativismo corrupto. La acción de Trump es burlesca, porque dice revertir cuando en realidad reafirma el diseño y la manipulación política; porque no se trata de que los Estados Unidos resuelvan el problema cubano, sino de que deje de manipularlo.
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Las amenazas de Trump, que no tocan los puntos clave del aperturismo de Obama, nos recuerda que a Obama se le permitió pasearse por La Habana; que el gobierno lanzó una aparatosa operación para contrarrestarlo, pero en lo que no fue sino otra manipulación mediática, porque siempre han estado de acuerdo. La oposición efectiva cubana no existe, porque el gobierno norteamericano se encargó de deshabilitarla, con los acuerdos de Jrushchov y Kennedy; no sería casual que el enfrentamiento de Bahía de Cochinos resultara en un fracaso en 1961, ni que el remanente fuera corrompido con una cultura presupuestaria. Es por eso que el aperturismo de Obama resulta tan hiriente a tan corto plazo, porque le quita al gobierno la máscara hipócrita; y a cambio de las mismas humillaciones de parte del gobierno cubano, hemos tenido que soportar su presencia innoble en las únicas calles en que los cubanos han sido libres.
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Entre las razones por las que he rechazado invitaciones formales a Cuba, está el pudor y la consideración por los artistas y escritores cubanos; no me atrevía a exhibir el poder logístico y ejecutivo de mi salario de lavaplatos, que me hacía más efectivo que cualquier funcionario de cultura; porque con esa miseria podía publicar, editar, promover y adquirir más y mejor tecnología cada vez, sin comprometer mi individualidad. A cambio del respeto y la solidaridad, he tenido que soportar la soberbia de esos mismos a los que he considerado; que vienen patrocinados por los costos obscenos de las universidades de aquí, a exhibirse en conferencias que sólo les importan a ellos. Está claro que el arte oficial cubano sí es representativo de su cultura, especializada en el jineteo y el pinguerismo; y ante realidad tan cínica, sólo queda corroborar que la libertad está siempre en el solipsismo, es propia e individual.

Saturday, June 17, 2017

Maceo manierista


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Con el desenfado de siempre, Zoé Valdés ensaya en un giro salvaje el encuentro entre el héroe de bronce y el poeta pálido; quizás sea un repentino pudor, una conciencia de límites tácitos o un improbable prurito histórico, lo insinuado no se materializa. Valdés es una escritora con suficiente sensatez como para saber cuándo un atrevimiento se desgasta en desabrido cliché; un desliz que con un olfato bien trabajado no se permite, o al menos no más allá del juego mismo de la insinuación. Eso no es lo importante de ese encuentro, tan casual como ficticio, lo es el alcance de su representación; porque hay algo en el divismo de la estatua de bronce, que va muy acorde con los convencionalismos de la época acerca de lo masculino; que sin embargo, más sutiles que la racionalidad legal hoy día, no desconocen la ambigüedad.
En verdad, nada hay más ambiguo que ese culto de lo masculino que es el machismo, suerte de narcisismo; que más allá de sus determinaciones primarias en las relaciones económicas, degenera inevitablemente en amaneramiento. Como mismo los vástagos de los aristócratas se diferencian de sus padres, en el vicio que dilapida el patrimonio y hasta la prosapia; así mismo los héroes modernos tienen la cabeza de hierro pero las piernas de barro, en esa consistencia en que todo lo abandonan por el amor de la idea. Peor aún, que esa idea sea comúnmente la idea de sí mismos, en quien materializan la generalidad del mundo a quien dicen servir; y por el que entonces hablan, sin medir las consecuencias de esos actos suyos en todas esas vidas ajenas a las que afectan.

Maceo, el titán de bronce, era un hombre de su época, pero el poeta que palidecería ante su presencia era de otra carne; más universal en la delicadeza del gesto literario, Julián del Casal representa sin dudas el espíritu que observaba al héroe en su propia inmolación. Con más suerte que el apóstol, en tanto menos ambiguo en su amaneramiento, Casal puede darse el lujo de representar a la naturaleza; casal es un pajarito vulgar, cuya única gracia es la divinidad de su letra, hasta el punto de ahorrarse el criterio —él, que en todo se metía— sobre el verso libertino del apóstol, que sí lo reverenció a él. No hay dudas de que Casal puede haber sido más atractivo que Martí para el macho que poblaba tantas noches particulares de la Habana; Martí ni siquiera era homosexual, con un machismo de cuerpo enclenque, que ni se prestaba al avance de la soldadesca.
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La insinuación de Zoé Valdés no es sino la imagen pizpireta que a más de uno se le debe haber ocurrido en medio de la retórica del heroicismo; no importa que sólo tense el arco y no deje escapar la flecha, porque todo el mundo sabe que del arquero zen lo que importa es la mirada interior. Zoé Valdés nos redirige entonces, con gesto salvaje aunque comedido, al placer, el único espacio donde habitará la reconciliación; como esa imagen en la mente del poeta, que termina los gestos bruscos —e interrumpidos— del héroe con su propia imaginación. Nada hay más teatral que aquella cita del héroe, a pedido de los periodistas para contarles su historia en el hotel Inglaterra; en la que simplemente mostrara el torso desnudo y curtido a sabiendas de lo provocativo, no puede haber sido tan ingenuo para que no.

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