Saturday, December 31, 2022

El enigma Ratzinger

La elección de Benedicto XVI el 2005 fue sorpresiva por más de una razón, pero la mayor fue su papabilidad; es decir, la posibilidad misma de ser elegido papa, que hace a los cardenales susceptibles a presiones extra eclesiásticas. Por supuesto, ni el más modesto cura de pueblo es invulnerable a las presiones extra eclesiásticas; pero la tradición idealista que mueve a Occidente insiste en su ética de base abstracta, y así le va.

Lo cierto es que, aparte de su conservadurismo —más visible que efectivo— el cardenal Ratzinger era una garantía; pero no de probidad —tampoco nadie esperaba eso— sino de tiempo y compromiso, en una época álgida y peligrosa. Ese debe haber sido el argumento capaz de ganar al jerarca, que disfrutaba del inmenso poder tras el trono; y que tenía suficiente experiencia como para saber que la cátedra de San Pedro es un símbolo, pero no tiene poder real.

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Los papas, como los presidentes de los países, son elegidos entre una aristocracia tradicional y establecida; que no será guerrera como la medieval, pero que su especialidad política prepara como pura burocracia. Son siempre los intereses externos los que guían esas elecciones, moviendo alfiles, torres y caballos, aparte de peones; y habría sido el estancamiento de esos intereses, en sus propias contradicciones, lo que habría exigido el compromiso de Ratzinger.

Un estancamiento que se refería a la organización política del mundo, con China como carta triunfal del corporativismo; teniendo que contrarrestar el triunfalismo pro capitalista, que prevaleció en la Guerra Fría, como escenario de esta reorganización. La soberbia intelectualista de este elitismo sería lo que llevara al fracaso de Hillary Clinton en Estados Unidos; pero no cuando la debacle con Trump, sino mucho antes, cuando la sonrisa hipócrita de Obama le quitó la nominación, en el 2008.

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Esa era la situación tras la muerte de Juan Pablo II (2005), sentada con la transición mediocre de Clinton a Busch (2009); en un impase que retenía mucho del triunfalismo liberal, sobre los hombros del corporativismo económico. Ratzinger era entonces la única solución, en el sentido de ganar tiempo para una compleja negociación; en la que quedara claro que cualquier avance de la izquierda quedaba condicionado por las posibilidades de la derecha.

En definitiva, lo que es triste es que el mundo sea un tablero de ajedrez, resuelto en la alternancia bicolor; por la que todas las piezas juegan el mismo papel de funcionarios mediocres, no importa ni el color ni la posición. Las únicas manos que importan son las que juegan, no sus piezas primorosamente modeladas y sin manos; como la razón por la que el emérito pasará a la historia como un funcionarillo mediocre, sin siquiera e esplendor de su cátedra.


Saturday, December 24, 2022

De la relación entre partícula y peculiaridad

La relación de los conceptos de Partícula y Peculiaridad no es como un faso cognado ni de raí etimológica; sino de orden ideológico, al poder describir con una (Peculiaridad) a la otra (Partícula), como parte de un todo. En ese sentido, plantea a la partícula como una expresión singular de la onda, en tanto estado propio de esta; asumido al momento de una observación específica, determinada por los medios de esa observación, y no del objeto mismo.

De los problemas en la comprensión profunda de la realidad

El problema con los debates de la física cuántica no es el bizantinismo, natural a su nivel de hiper especialización; sino la excelencia retórica, como la de San Agustín enfrentando al maniqueísmo, e introduciéndolo así en el catolicismo. Quizás deba completarse el ejemplo con el hecho de que San Agustín no era filósofo ni teólogo, sino abogado; que es por lo que sus argumentos contra el maniqueísmo eran retóricos (ideológicos) y morales —con su referencia a la tradición—, no filosóficos ni teológicos.

A diferencia de San Agustín, los científicos que debaten la física cuántica sí son físicos y no meros abogados; pero igual que los economistas del siglo XIX, dirigen sus argumentos a la demostración de sus tesis, no a contrastarlas en la crítica. Es en esto en lo que dichos argumentos devienen retóricos y de valor ideológico, como los de San Agustín; demostrando, en el alud impenetrable del bizantinismo, que son ellos y no el contrario quien tiene la razón.

A diferencia de los tiempos del catolicismo álgido, estos de la ciencia álgida carecen de un emperador al que convencer; por lo que la autoridad se rota entre ellos mismos, concediéndose los premios según la terna en el podio. Los congresos científicos son así como reuniones de comadres, aplicándose mutuamente champú y tinte; sin que se pueda confiar mucho en ninguno, aunque no tanto por la falta de consistencia en sus argumentos como por la obstinación que los distorsiona.

No es gratuito que los debates científicos semejen los económicos, y que ambos semejan a  los teológicos; de hecho, todos semejan a la decadencia sofista de la antigüedad, y justo por ese valor retórico e ideológico. Se trata de la distorsión natural, en que las personas no pueden superar sus propias referencias, dándoles valor absoluto; lo que ocurre porque no se las asume en su función propia, que es referencial, y por la que serían de valor relativo en el alcance.

El problema es que esta inmersión voluntaria obedece a los intereses de la especialización, no sus objetos; y por los que esos especialistas se establecen como una clase, con intereses propios e igual de especiales. Son esos intereses los que ya tienen poco que ver con lo real, en el sentido de la realidad primera que proveyó esos objetos; alrededor de los cuales han creado entonces sus propias realidades, por esos intereses creados como proyección de los mismos.

Entender esto daría acceso a la comprensión mayor de la naturaleza humana, asumiéndola en toda su inmanencia; que es la única forma en que de hecho trasciende, incluso como corrupción recurrente de toda salvación. Lo curioso es que este estancamiento reproduce —como el sofístico— el de la escolástica, al momento de Descartes; por lo que es dable el surgimiento de una personalidad suficiente, que en cerca de un siglo destrabe la situación.

Curiosamente también, contrario a Descartes, esta persona debería carecer de medios que le faciliten la formación; porque es en la formación que se introducen los vicios, por los que la ciencia se estanca en su pernicioso dogmatismo. Por supuesto, en tiempos de Descartes esa formación convencional era imprescindible, no habiendo otro acceso al conocimiento organizado; pero esa es la contradicción, por la que al final el mismo Descartes reproduciría los vicios (escolasticistas) que corregía, inducidos en esa formación suya.

Contrario a esos tiempos, hoy día hay accesos alternos a ese conocimiento, que permiten una formación singular; por la que al fin pueda al científico sobreponerse a los vicios de la formación convencional, a salvo de la corrupción dogmaticista. Es difícil, esa alternativa viene junto a otro alud de intereses, capaces de distraer a los mismos monjes fanáticos de San Basilio; cuanto más podrán con la debilidad introducida por el humanismo moderno, aunque eso no justifique los estropicios de su institucionalismo.

De la comprensión de lo real III

El big ban es una teoría que explica en términos científicos una metáfora religiosa, como la de la creación; y como tal se ha mantenido, en tanto referencia estable para la comprensión del universo, en esos mismos términos. Sólo recientemente ha mostrado ciertas inconsistencias, sobre la base de esos mismos datos científicos que aporta; lo que no alcanza a negarla, sino que la solo reduciría al valor relativo (referencial) que siempre debió haber tenido.

Igual que el Big ban, la objetividad de lo real se hace relativa respecto a su determinación a nivel de partículas; pero eso no alcanzaría a negarla, ya que en definitiva se trataría de un parámetro para su misma comprensión. Así, lo real es independiente de su representación, aún si esta representación es una extensión suya; ya que dicha representación no tiene un vínculo directo con esa realidad, sino a través del sujeto que la comprende y como una propiedad de este.

La diferencia estribaría en la consistencia misma del objeto, en tanto real y en sí, o cognitivo y propio del sujeto; ya que en un caso tendría una consistencia propia —que le hace objetivo—, siquiera relativamente; mientras que en el otro esa consistencia la toma del sujeto de conocimiento sería propia de este, aunque igual de relativa. Como la del Big ban y la creación, la metáfora recurrente aquí sería la del nombrar las cosas por Adán (el hombre); en el sentido de otorgarles en ello una función —como capacidad relacional—, dentro del espectro de la cultura como realidad.

En términos puntuales, eso quiere decir que un objeto (como el color rojo) sí tiene valor objetivo propio; aunque los límites que lo definen sean porosos y ambiguos (inexactos), como un valor aproximado. Es decir, a grandes rasgos, la percepción del color puede diferir de una persona a otra solo en grados; partiendo del parámetro más o menos común de la percepción del color en las personas, teniendo en cuenta su sensibilidad peculiar al respecto.

Lo que es absurdo es atribuir valor absoluto a esa objetividad, como inalterable para todo sujeto de observación; que divergiendo, desde una simple anomalía óptica en un ser humano, incluye la distinta sensibilidad de otros seres no humanos. Esta objetividad se debe a que los atributos que hacen al color son propios de la cosa que lo emite, siquiera en su relación con la que lo percibe; y es esta relación peculiar, incluso como convención, la que establece esta objetividad suya, siquiera relativa.

Al respecto, el mismo concepto de localidad es ambiguo, no teniendo en cuenta el carácter superpuesto de la realidad; que como estado, hace de ella un fenómeno siempre local (puntual) y específico. Esto se cumpliría, incluso si afectado por otros fenómenos a considerable distancia, como más allá del segundo-luz; ya que lo que se interpone entre un fenómeno local y un evento distante es la locación, superable o no por ese evento, según sus propias condiciones, y no por el fenómeno local.

Por ejemplo, es poco probable que el aletear de una mariposa se sobreponga al Monte Fuji, afectando a los fenómenos de su ladera opuesta; porque en términos estrictamente físicos, la turbulencia provocada por ese aleteo es absorbida por su propio entorno, que la sobrepasa en su propia objetividad. No sería ese el caso tratándose de eventos cuánticos, que ocurriendo a nivel de determinaciones de lo real —y como lo real en sí— tiene otro tipo de proyección; en la que no intervienen las dimensiones físicas (espaciales), que sí afectan al aleteo de la mariposa por su carácter dimensional.

La teoría del caos es algo mucho más profundo, aludiendo al principio de indeterminación de lo real; que siendo también real en sí mismo, lo es en otra dimensión distinta de la física (positiva), como metafísica (negativa) o extrapositiva. Aquí radica la importancia de la base hermenéutica de los clásicos, e incluso del orden etimológico en los conceptos; que ordenándolos funcionalmente —como en los clásicos— permite esa comprensión ordenada de sus objetos, sin afectarlos en su realidad. De ese modo, la metafísica posibilitaría (siquiera como principio) esa disociación de funciones físicas (positivas); permitiendo la comprensión de objetos y fenómenos metafísicos como extrapositivos, más efectivamente que la simple distinción de grado que supone la física cuántica.

Wednesday, December 21, 2022

De la comprensión de lo real II

La realidad como expresión de relaciones particulares a nivel subatómico, podría explicar el fenómeno del entrelazamiento; en tanto las partículas supuestamente entrelazadas podrían muy bien ser solo una, medida en diferentes ángulos de realidad. Por supuesto, eso tendría que ser comprobado con experimentos capaces de establecer esta identidad; pero si —como expresión de funciones relacionales—, la realidad es un estado, bien podría reflejar dichas partículas en más de un ángulo.

En otro supuesto, para que esto sea posible, esa extensión de la realidad tendría que ser curva y no plana; lo que de hecho tiene sentido, al resolver en ello el otro problema del volumen y las dimensiones físicas. En cualquier caso, debe quedar claro que el concepto de quantum se refiere a cantidad, ya de suyo medida; mientras que el de partícula se referiría al de peculiaridad (particularidad), propia de la honda expresada en esa cantidad.

Al respecto, el problema del determinismo e indeterminismo de la realidad (lo real) sería un falso problema; ya que se referiría a distintos estados (superpuestos) de esta, y por tanto posibles como propiedades suyas. En este sentido, el problema provendría de englobar toda la ciencia en el concepto único de física; que en realidad sólo podría describir las propiedades y fenómenos de nuestra realidad inmediata y propia, como naturaleza externa (physis).

Por supuesto también, los conceptos de naturaleza y externalidad serían relativos, en tanto propios nuestros; permitiendo la comprensión de todo aquello que exceda esta naturaleza, como su estructura interna (hipóstasis). Eso, como la substancia, se referiría al conjunto todo de lo real en estado de indeterminación; contrastando con lo determinado como positivo, en una condición propia de extrapositividad.

Todavía aquí hay un problema, dado que la substancia es simple —como realidad indeterminada— y no compleja; mientras que la hipóstasis se plantea como estructura interna, y por tanto no es simple sino compleja. Por supuesto el problema es artificial, y en ello de naturaleza ambigua, no exactamente consistente; ya que la substancia es de suyo una materia inteligida de la realidad concreta de las cosas, incluso si expresada en estas.

De ese modo, la substancia sería a la vez simple y compleja, dependiendo de la profundidad en que se la comprende; bien inmediatamente en la determinación del fenómeno físico, o en su indeterminación metafísica, como estados de suyo superpuestos. En cualquier caso, sería esta la que en su representación —como funcionalmente contraria a lo positivo—, se exprese como negativa; no porque sea posible un valor efectivamente negativo —lo que es un contra sentido—, sino para esta simple representación funcional.

Es aquí donde recurre el término de metafísica, como concepto más eficiente y descriptivo que el de física cuántica; al establecerla como un campo separado, que respondiendo a sus propios parámetros, no distorsiona al objeto con su observación. Mientras, el término de física cuántica plantea este objeto como extensión natural —y propia— de la física; distorsionando su comprensión posible, con su atribución de parámetros propios de la física (positiva), como negativos.

Igualmente, siendo la física una ciencia de micro y macro fenómenos, también sería sobrepasada por la astrofísica; que como ciencia de fenómenos hiper macro físicos, requeriría su propio set de parámetros. No obstante, estas proyecciones conceptuales partirían de la realidad histórica de lo físico, y pueden ser erróneas; el mismo concepto original de la metafísica respondería aún a conceptos físicos, induciendo los mismos errores de perspectiva.

De ahí la necesidad de una hipermetafísica, una intuición literaria de la misa época del apogeo de la física cuántica; estribando la diferencia en esa de que la metafísica lidiaría aún con la determinación de lo físico, en su trascendencia. La hipermetafísica, contrario a la metafísica —como propiedad de la física— comprendería a los fenómenos en su excepcionalidad; lo que se referiría —pues era una intuición literaria propia de su época— a una comprensión especial de estas determinaciones suyas, pero en sí mismas.

Contrario al hipotético caso de una hiper macro física, esto sería posible, porque se referiría a una condición interna; que en tanto propia de lo real en su expresión primera, permitiría esta comprensión desde su expresión posterior. En ese hipotético caso de una hiper macro física esto sería imposible, dada la falta de referencias objetivas últimas para dicha comprensión; permaneciendo siempre en el terreno especulativo, aún si abierta a un desarrollo posterior, dada la expansión continua de los instrumentos de conocimiento.

Debe recordarse que, en todo caso, los problemas para el conocimiento de las cosas son propios de sus instrumentos; que son los que brindan las referencias objetivas, como parámetros para dicha comprensión, en su sistematicidad. Téngase por ejemplo los avances en este sentido de la física cartesiana, a pesar de reproducir los problemas de la platónica; corregidos ya —en principio— por Aristóteles, pero deficientes aún por esa falta de especialización que corrigiera Descartes; corregible a su vez, a partir del uso de estos mismos instrumentos hermenéuticos suyos, con los parámetros originales de Aristóteles.


Tuesday, December 20, 2022

Nota a la ontología negativa de Patterson en La soledad histórica

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Hay un problema grave con la ontología negativa, que usa Patterson como referente sobre La soledad histórica; y es que no expresa al Ser concreto así determinado por el entorno, atribuyéndole caracteres de este. Es decir, uno negro (por ejemplo) no es un no blanco, porque tampoco es un mulato, y eso no especifica edad o género; el Ser precisa entonces ser definido por características propias, no derivadas de la determinación del entorno; pues de hecho, no es un vacío modelado en esa presión, sino un cuerpo concreto, adaptado en la misma.

Monday, December 19, 2022

Para una comprensión profunda de lo real (conciliación)

La geografía ptolemaica se basa en las cosmografías de Platón y Aristóteles, en las que la tierra no centra el universo; el avance ptolemaico consistió en darle sentido práctico e inmediato, introduciendo el método de coordenadas. Desde ahí, lo que se entiende por defecto ptolemaico, haciendo de la tierra el centro del universo, quizás no sea tal; sino que parece más bien una atribución de valor absoluto a lo que sólo tenía valor relativo, al centrarse en la tierra como objeto.

Ese problema es común, y puede aplicarse a la comprensión de lo real, más allá de los esquemas primarios; en que planteado como naturaleza, se desconoce el carácter abstracto (y relativo) de su objetividad. Así, el problema primero sería plantearse a la realidad como naturaleza, como extensión en que se realizan los fenómenos como reales; ya que lo real sólo existiría en la misma realización de esos fenómenos, y no fuera de estos.

Eso no quiere decir que, como naturaleza, la realidad carezca de valor objetivo, sino que ese valor sería relativo; al consistir en una serie de características propias y comunes a los fenómenos reales, susceptibles de sistematización. Lo que esto significa entonces, es que lo real existe en sí mismo, por su propia realidad o consistencia; y que como naturaleza sólo es comprensible para sus fenómenos mismos, como propia.

Desde ahí, el conjunto de los fenómenos reales sólo tiene sentido como de sus relaciones entre sí, en esa naturaleza; que además, en su valor propio sería caótica, ordenándose sólo en esta comprensión, como este sentido propio. Eso sería su condición objetiva, por supuesto y obviamente relativa, no absoluta; medible por los parámetros que se puedan establecer como propiedades suyas, y sin otro sentido que este.

Eso permitiría conciliar lo real y su comprensión, en parámetros de la física clásica (moderna) y cuántica (postmoderna); en tanto la primera es la comprensión de su estado último y apoteósico (determinado) y la otra de sus principios e indeterminación. El problema ahí es plantearse a lo real como una cosa u otra, y no en esta bivalencia, por su incomprensión; como una superposición de estados, en que lo real existe como expresión de sus mismas determinaciones, en esos estados.

Ya los maestros árabes, que dieron lugar al medievo, tuvieron ese problema con el realismo aristotélico; al tratar de entender la determinación de la sustancia como proceso lógico, y no simple expresión de estados. Es decir, que lo real existiría en la relación misma de sus determinaciones, y no como producto de estas; respondiendo incluso al problema de la indeterminación de la substancia, pero como condición básica de lo real.

Así, lo real sería siempre local, existiendo desde su misma determinación, sobrepuesta entonces a esta; al estar dada por su conjunto, desde el estado primero —como Potencia— y hasta su apoteosis, como Acto. Todo esto se entiende desde la física de partículas, si se le aplica una fórmula de lo trascendente, como matemática; comenzando por la substancia como potencia, con su propia conjugación exponencial, en la afectación de la cantidad (quanto).

En este sentido, la relación de las partículas no tiene valor para lo real en su apoteosis (Acto), en tanto Potencia; pero sí gnoseológico (referencial), siendo esta diferencia la que permita su comprensión funcional, en estas determinaciones suyas. Como fórmula, el conjunto de partículas (peculiaridades) sólo puede alcanzar tres veces su cantidad (quanto) inicial; porque luego de estas habrá creado una nueva dimensión (estado), con el que pasa a relacionarse, creando en ello un plus (+).

Ese plus sería la base de una nueva dimensión (estado), en tanto expresión del anterior, como conjunto; que se relaciona con cualquier otra forma equivalente y paralela, generada por ese mismo conjunto; con los que forma entonces otra tríada (quántica), y por tanto otro estado o dimensión, igual superpuesto. Sería así que se realicen los sucesivos estados, no como determinaciones de lo real sino realidades cada uno en sí; como un conjunto continuo de dimensiones, relacionadas a su vez entre sí, en otra dimensión de lo real, como realidad.

El monstruoso conjunto total de todas estas dimensiones sería así la realidad (lo real), desde su misma determinación; comprensible en la representación de la espiral helicoide, pero sin que pierda nunca su propio carácter caótico; al referirse a la determinación de las cantidades como su propia determinación, en la relación de estas entre sí. De este modo, no habría objetiva diferencia entre un átomo, una partícula, una persona y una galaxia; porque todos y cada uno de estos sería la expresión última de lo real, eruptado en el caos.

Esto permitiría de hecho comprender el problema del espíritu en todas sus instancias, como real en sí mismo; como expresión de algún estado de la materia, que se mantiene como propiedad suya, en su determinación. Eso incluye la disociación eventual del fenómeno concreto que expresa, sin que deje de ser su propiedad; en el mismo fenómeno del entrelazamiento (no sólo quántico), como otro fenómeno de lo real, y real en sí, que así lo expresa.

Enrique Patterson y la soledad histórica IV (Final)

“El negro es (… ) una identidad nueva, en el marco de una situación impuesta con los retazos de una identidad tachada” [p 182]. Cuando en la soledad histórica Patterson postula esta realidad, está hablando de un acto de violencia existencial; pero más o menos como todo parto, en el que se trae a una persona —con personalidad informe— al mundo, sin contar con su voluntad. El hecho concreto es que a partir de ahí la persona existe, y por ello recorre el agónico camino de su existencia; eventualmente —si tiene suerte— madura, y aún joven tiene que asumir responsabilidades inevitables, que nunca pidió.

En una alegoría más o menos desagradable, esto puede explicar la situación no tan agradable del negro cubano; aunque estancado —porque todo proceso es peculiar y tiene su tempo— en la adolescencia, desde la que reclama por la torpeza de sus poco amorosos padres.  Hay que partir de un hecho concreto, y es que La soledad histórica tiene alcances filosóficos pero no es filosofía; le falta la propuesta ontológica, como le faltó a Sócrates, que es sólo la base de Platón.

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El marxismo también carece de ontología, pero se apropia funcionalmente de la kantiano hegeliana; no es el caso de Patterson, reduciéndose a un principio mayéutico, en que cuestiona la tradición anterior. Ese esfuerzo es menos glamoroso, como el de los matemáticos sobre los que Newton revolucionó las ciencias; o el mismo Sócrates, que sólo pervive en la interpretación platónica, y alguna otra referencia bajo la historia de Occidente.

Sin Sócrates Platón habría carecido de referencias, y sin matemática Newton no habría podido hacer sus cálculos; de modo que el problema aquí sería dejar de querer hacer filosofía, y asumirla efectivamente, como objeto final y definitivo. En este sentido, El lugar del otro funciona como una ontología negativa, describiendo las determinaciones políticas del Ser nacional; sólo que está demasiado condicionada por su inmanentismo excesivo, partiendo de esa condición del Ser nacional y su naturaleza política.

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El problema ahí sería que no plantea —ni se interesa en— una comprensión del Ser como ser, sólo en su dificultad; de la que resulta negativa, como aplicación en definitiva del principio ontológico, pero en este sentido negativo. Como insuficiencia, eso se debería sólo al desinterés en una teoría de este tipo, lo cual es muy legítimo; aunque también, con toda esa legitimidad, lo limita a la insuficiencia del mero alcance filosófico.

Esto, como dificultad, es comprensible, el autor no solo es solo un profesor de filosofía en vez de un filósofo; sino que además lo fue en el contexto hiper dogmático del marxismo cubano, que es lo que la catequesis a la teología. Esto conlleva a reducciones excesivas, como atribuir la práctica religiosa a una necesidad de acompañamiento; que ya pasa de lo psicológico a lo literario, sin una explicación a tan extraño vínculo, en el trabajo que da título al libro.

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Por el contexto, esto puede pasar desapercibido, pero no a la argumentación minuciosa que exige como exceso; pues la religión, desde la mera práctica a su institucionalidad política, admite explicaciones más simples y eficaces (Occan’s razor). Entre estas, por ejemplo, la simple sistematización del conjunto de determinaciones trascendentes de lo real; sujetas para su comprensión a la naturaleza representacional del pensamiento, como práctica propia de la cultura.

A la afirmación le surge entonces la pregunta —igual de apodíctica— de por qué necesitan compañía los hombres; sobre todo, qué relación tiene eso con el proceso de que “sus relaciones son más complejas”. La idea misma de La soledad es una intuición interesante como principio ontológico, pero demasiado literaria; precisaría un tratamiento más objetivo y lógico, incluso si debe recurrir a toda la complejidad sintáctica que admita el español.

Para esto, el autor podría  desentenderse de las reducciones típicas, en que la dialéctica deviene mera contradicción; debidas a la incomprensión primera del maniqueísmo de las tradiciones dualistas, en el rigorismo moral judaico. La postmodernidad, como superación definitiva de la apoteosis moderna, ofrece esta oportunidad de desarrollo; y nadie mejor equipado para ello que el negro cubano, con su acceso directo a una cosmología (hermenéutica) activa, en la práctica popular.


Enrique Patterson y la soledad histórica III

En este libro, Patterson recuerda que sólo las sociedades negras fueron prohibidas por la nueva política institucional; mientras que las otras sobrevivieron, languideciendo sólo por la misma precariedad del entorno. La sutileza en que pone el énfasis el autor, está en los objetivos propios que distinguían a estas sociedades negras de las otras; y que consistiendo en reivindicaciones políticas puntuales, exigían un entorno democrático para su desarrollo.

Esta habría sido entonces la proyección por la que las sociedades negras son clausuradas, con la nueva institucionalidad[1]; algo que en todo caso, el gobierno revolucionario no lo ejecuta en solitario, sino no en connivencia tácita con el elitismo del movimiento negro en general; tanto en Harlem como en el de la Negritude en general, a través de las presiones políticas del liberalismo. Eso quiere decir que en el entramado de la cultural del país, sólo los negros destacaban como problema potencial; engarzando la cultura política revolucionaria con la misma tradición autoritaria republicana que desembocara en lo de 1912.

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Eso es importante, porque explica la decepción de Juan René Betancourt luego de su fe en el espíritu revolucionario[2]; con el que —a la vez— reconcilia a la institución con el distanciamiento anterior de Miguel Ángel Céspedes, respecto a la propuesta garveyista. Eso es pertinente, porque es la proyección intelectualista rechaza el procapitalismo sindicalista de Garvey; igual que la NAACP surge en contradicción con el industrialismo de Tuskegee y Booker T. Washington, en el antagonismo de Du Bois.

Hay que destacar que, aunque democrático como principio, el la tradición republicana fue siempre débil en Cuba; coqueteando con el autoritarismo desde el proceso independentista, con las contradicciones de Maceo, Gómez y Martí. En ese sentido, como la democracia primitiva griega, la cubana no era abierta a todos sus participantes activos; a los condicionamientos tradicionales, añadía la marginación racial, legitimada en la distribución desigual de los recursos en que nació la república.

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A su vez, esto se entiende en su descripción de la misma falacia sobre la construcción del mestizaje cubano; que no es una síntesis en la que se funden las razas negra y blanca, como el ideal republicano de Nicolás Guillén. Contrario a eso, en una fórmula de Arango y Parreño, es un blanqueamiento artificial del negro, con la política migratoria; de donde que sea entonces una estrategia política, a partir de la manipulación demográfica.

Esta es la contradicción que estalla en 1912, ante la negativa republicana a negociar un acuerdo político efectivo[3]; escondida en la falsa integración del ideal de mestizaje criollo, como parte de la inmadurez política del país. Por eso, los sucesos de 1912 se mantienen acallados, incluso en la tensa negociación entre Céspedes y Garvey en 1920; aflorando sólo en la escolástica revolucionaria, en función de legitimar su propio mito fundacional; curiosamente, con una supresión incruenta pero tan radical, efectiva y metódica como la de 1912.

Debe destacarse que eso “que los negros pudieron haber logrado por sí mismos” no es un potencial inexplorado; sino que  se trata de proyectos concretos, como el industrialismo de Tuskegee, atractivo para figuras como Juan Gualberto Gómez[4]; pero curiosamente ya rechazados antes, no por los blancos sino por las mismas pretensiones elitistas de los negros, con aquel intercambio entre Céspedes y Garvey. Un fenómeno extremadamente complejo, porque se refiere a una proyección incluso ideológica sobre el individualismo moderno; algo que permite entrever y comprender las tremendas posibilidades —todavía vigentes— de lo negro en Cuba, inclusive como reservorio del humanismo en Occidente.



[1] . Esto también requiere de algún contraste referencial, pues entre los argumentos esgrimidos para la intervención está la inactividad de al menos una de estas sociedades (Atenas), en estado de relativo abandono y sin abono de membresía.// Cf: EL CLUB ATENAS: CONTEXTO Y PROPÓSITOS. Carmen Montejo Arrechea. Centro de Investigaciones de la Cultura Cubana "Juan Marinello". Ministerio de Cultura. Cuba.

[2] . Último presidente del club Atenea, se refiere a su artículo Fidel Castro y el negro cubano, publicado en el periódico La Crisis, de la NAACP, en 1961.

[3] . En esto recuerda incluso la base de la protesta de Baraguá, en que Antonio Maceo condicionaba la paz a la emancipación de los negros.

[4] . En efecto, Juan Gualberto Gómez no sólo sostuvo una correspondencia registrada con Booker T. Washington, sino que incluso le da la tutela de su propio hijo, al tiempo que ayuda a reclutar estudiantes para Tuskegee.


Saturday, December 17, 2022

Tren bala: Tarantino estuvo aquí

Tren bala (Bullet train) pudiera ser interesante, si no fuera porque es como un Tarantino de muy baja calidad; que recurre a los clichés más obvios del género, y los malgasta como si no hubiera mañana, ni razón para la medida. De hecho, el filme comete el error de creer (aparentemente) que la estética de Tarantino radica en la violencia; cuando realmente radicaría en la desmesura, normalmente violenta, pero entre otras cosas, incluido el dramatismo.

Esta película carece de dramatismo, incluso resulta en una extraña y desgraciada mezcla de violencia y humor; pero un humor pesado, de abusador de colegio que se cree sus propios chistes, y no sabe que apenas se le aguanta. De ahí que recurra a todos los excesos típicos de Hollywood, pero inflándolos más en ese esteticismo; sólo que mientras los originales se resolvían con un poco de fe poética, estos exigen el franco fanatismo.

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No vale la pena enumerar los trucos, pues la película misma es sólo el hilo que los engarza en secuencia interminable; explicando esa falta de dramatismo con que resulta plano, sin la fascinante profundidad de un verdadero Tarantino. Pero sí vale la pena pormenorizar sus desiguales actuaciones, encabezadas por un Brad Pitt igual de genérico que el filme; puede que porque el director no esperaba otra cosa de él, como un simple rostro que garantiza taquilla y dinero fácil.

Lo que sí resulta maravilloso, es que en tanta falta de brillo resplandezcan figuras como Aaron Taylor-Johnson; que junto a Brian Tyree Henry ofrece una clase magistral de actuación, no importa el desguace de guion que les presenten. Junto a ellos, las actuaciones regulares de Hiroyuki Sanada y Andrew Koji, con el otro mito de la actuación nipona; que con su referencia tradicional al No, contrasta en su representacionismo con el también mito del método occidental.

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Deberían mencionarse las actuaciones de Sandra Bullock y Joey King, pero la primera es tan gratuita que se le puede ignorar; la segunda, semejando otra tarantinada, no llega ni siquiera al nivel de cliché, con todo y su gratuito giro psicológico. Igual puede destacarse al efímero Conejo Malo (Bad Buny), movido al nivel de Tyree Henry y Taylor-Johnson; no porque su personaje sea más profundo, sino porque en su superficialidad consigue esa extraña simbiosis estética.

Junto a todo eso, como todo no puede ser terrible, una fotografía más o menos espectacular en su teatralidad; aunque ya todos los clichés de la plástica nipona han sido recorridos desde Kurosawa, y no hay modo de conseguir un fotograma original. La película se alarga así innecesariamente, por más de dos horas, que dejan el sabor amargo de la banalidad; como un producto más bien mediocre, propio de los tiempos de la cinematografía YouTube, el modelaje Instagram, y el periodismo Twitter.

No es que este fracaso no fuera previsible, sino que demuestra las bajas expectativas de la producción contemporánea; pues quien pueda esperar más de un director como David Leitch, es intelectualmente irrespetuoso hasta consigo mismo. Leitch es conocido por moverse del doblaje de acción a la dirección, parece que sin distinguir mucho entre una y otra; demostrando que en Hollywood vale más la red de contactos que el talento real, como la cultura a la que en definitiva responde.


Thursday, December 15, 2022

Enrique Patterson y la soledad histórica II

Entre los problemas de la cultura negra, Patterson señala la imposibilidad de cultivar el pensamiento abstracto; refiriéndose con ello al desarrollo de una ilustración convencional, en los términos tradicionales de Occidente. El problema con este planteamiento es el exceso, y con ello las distorsiones que introduce inevitablemente; ya que esa tradición ilustrada convencional sería precisamente una de las falencias de Occidente, produciendo los problemas de su modernidad.

Esto probablemente se deba a la propia filiación del autor, miembro por derecho de la intelligentsia nacional; pero eso le haría participar justo de los mismos problemas que critica, en el uróboros de la cultura moderna. El mismo caso se vería en los Estados Unidos, con W.E.B. Du Bois, el ícono indiscutible de la ilustración negra; que terminaría confrontando todo desarrollo original de la negritud, subordinándolo a esa tradición liberal de Occidente.

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En realidad, la marginalidad de los negros habría impedido efectivamente ese cultivo de una ilustración convencional; pero no del pensamiento abstracto, porque esta facultad es propia del arte, del que la habría derivado la filosofía. Eso es lo que habría ocurrido en los inicios históricos de la cultura occidental, como principio todavía vigente; y será por esa característica que el arte retenga esta capacidad, como reserva que permite revolucionar las convenciones cognitivas.

De hecho, eso es lo que habría ocurrido a lo largo el racionalismo moderno, por su reducción inmanentista; compensada por esa capacidad trascendentalista del arte, que provee así una reflexión suficiente en su función existencial. Habría sido así que esa divergencia —entre el arte y la filosofía— incida en esta marginalidad del pensamiento negro; pero con la misma recurrencia sistemática de los místicos ante el dogmatismo escolástico, y del irracionalismo (alemán) contra el racionalismo (francés); mediados estos, curiosamente, por la derivación inglesa del simbolismo, cuya mejor virtud sería el non-sense.

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Es eso, por tanto lo que explica el esfuerzo de Senghor por crear una filosofía africana, centrada en el arte; frustrada por su misma subordinación a la tradición liberal, al acudir a esta para su legitimación, en el convencionalismo. Esa dinámica es la que preside sobre el Orfeo negro, el prólogo de esa tradición (Sartre) sobre ese arte —de Senghor en la Antología de la poesía negra y malgache—; como la misma convencionalidad que critica Patterson, cuando resiente el paternalismo innegable de la ilustración cubana.

La soledad histórica puede devenir así en ese impase histórico, en que el negro cubano se vuelca sobre sí mismo; un momento dramático, como el del Nuevo Negro que diera inicio al Renacimiento de Harlem, esta vez desde Miami; y desde el que retomar la tradición truncada en 1959, cuando el patético gesto de Walterio Carbonell a la revolución. Ese es el contraste entre estos dos esfuerzos, como la voluntad genuina del primero, tratando de establecer el mito fundacional; y la dignidad del segundo, recogiendo sus fueros ante el desdén hipócrita de esa especialización racializada de Occidente.

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Para eso, no obstante, el negro cubano tendría que dejar de desear el juguete del niño blanco, y descubrir su libertad; que construyendo sus propios instrumentos directamente del barro de la realidad, provea otros regocijos que los ya conocidos. Eso exige confianza y fe, pero estos son inevitables en la madurez que contiene la mirada crítica de este libro; en realidad, esa imposibilidad primera sólo habría establecido la marginalidad del negro, desde la que puede proyectarse en un liberalismo nuevo y efectivo.

Se trata de que, por las leyes mismas de la dialéctica, la tradición liberal deviene inevitablemente neo conservadora; estableciendo su propia proyección como el nuevo canon político, con su propio espectro hermenéutico como ideología. Es en ello que le resulte natural la subordinación de todas las sub estructuras de la sociedad, en tanto propias de esta; y que sólo las originalmente marginales tengan entonces la capacidad de complementación, como regalo mejor de lo negro a Occidente, en su nueva intelectualidad.


Wednesday, December 14, 2022

Enrique Patterson y la soledad histórica I

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Borges achacaba la superioridad del Quijote a su capacidad para superar las falaces traducciones y la peor edición; y ese es el caso de este libro, que impone su belleza a una edición desastrosa, mereciendo mejor destino que el de su contexto. La soledad histórica tiene la extraña eficacia de su ambigüedad estilística, entre el ensayo filosófico y el literario; requiriendo así, para completarse, un lector inteligente, como los que dejaron de producirse con el tercer cuarto del siglo XX.

Ese es el problema y la virtud de este libro, que rezuma inteligencia e imaginación en su poder; confirmando lo que prometía el autor con snobismo, ahora todo en un libro, como contundente realidad. El volumen resulta extemporáneo, descubriendo ese tipo ya pasado de preciosa intelectualidad; pero gracias a eso consigue un nivel de síntesis, que le permite jugar con los elementos de la cultura cubana, como en un cubo de Rubik.

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El libro se ha presentado como un ensayo sobre la negritud, pero esa descripción es un slogan comercial; es, mejor que eso, una serie de ensayos literarios con densidad filosófica, sobre los mil temas que hacen a la cultura. De ahí esa inteligencia profunda con que se acerca a sus objetos, entre los que destaca el problema racial; pero solo entre otros, y cada uno de estos desarrollando un universo epistemológico, capaz de cubrir el conjunto móvil y general de la cultura.

En ese rosario, actualiza el caso Padilla con una frescura singular, desmenuzándolo en una exégesis concienzuda; y se atreve con el buda incomprensible de nuestra literatura, José Lezama Lima, al que revela y contextualiza con gracia. Por supuesto, su objeto central es ese de la soledad histórica del negro cubano, que da título al libro; consiguiendo exponerlo en toda su complejidad política, aunque no llegue a percibirlo en su poder ontológico. Eso no es grave, primero hay que ser negro para llegar a pensar como negro, en la madurez del proceso; y esta conciencia de negritud sólo la brinda el contraste ríspido con el entorno, que justifica la singularidad.

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En la contraportada, Carlos Moore vincula este libro al esfuerzo de Walterio Carbonell, con su mitología fundacional; pero es mejor que eso, incluso por la falta de un propósito desmesurado como ese mito que perseguía Carbonell. Quizás, esto de Moore se deba al mimetismo convencional, que reproduce el ilustracionismo seudo humanista blanco; pero esa sería precisamente la falencia del Occidente cristiano, al que ofrecer el arcoíris (Depestre) de la reconvención.

Ese esfuerzo, comenzado por Depestre con la Negritude, es el que puede culminar Patterson en este gesto; estableciendo una primera síntesis, como culmen de la tradición efectiva de pensamiento negro en Cuba. Entre los logros de este libro en ese sentido, sobresale la crítica del primer Fernando Ortiz; que como fundamento —todavía vigente— de la antropología nacional, no permite la superación del paternalismo ilustrado.

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La detención pormenorizada —con una nota marginal— en el criterio de Ortiz es aquí más pertinente que osada; porque aunque no avanza una antropología propiamente negra, sí prepara las bases para su desarrollo efectivo. Su error en este sentido, sería el de enzarzarse en una justificación de los elementos a los que se ha reducido lo negro; que siendo moral revela su futilidad, como un rezago del de cualquier modo comprensible —pero improductivo— resentimiento

Así, sobre los problemas del pensamiento en Cuba, Patterson cumple la función que Sócrates —no Platón— en Grecia; y que es resumir, en una sistematización negativa, toda esa tradición, para fundar e impulsar el nuevo desarrollo. Con eso, sin proponérselo quizás por el enormismo, supera aquel esfuerzo de Carbonell, ineficiente en la manipulación; porque no deteniéndose en la justificación histórica, apela a la lógica funcional de la estructura misma en que se organiza la cultura.

Quien no sepa cuán importante es eso, válgale saber que esta es la sociedad como el conjunto de relaciones políticas; y que esta es a su vez la misma realidad en cuanto humana, emergiendo de ese amasijo de determinaciones. El libro, en esta densidad, merece una segunda vida, que en formato electrónico lo haga más visible y útil en la visibilidad; sobre todo porque toda esa densidad está naturalmente dirigida —por difícil que sea— a la cultura popular, no al convencionalismo moral académico.

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