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Thursday, July 23, 2026

San Isidro, o el fin de los duendes de Bohemia

Si algo llama la atención del Movimiento San Isidro, fue su espectacular singularidad, y la belleza de su juventud; sobre todo porque se organizó alrededor de dos personalidades, no de relación improbable pero sí con poco en común. La dupla de Alcántara y Osorbo se formó en los mismos acontecimientos, casi por inercia, como el acontecimiento mismo; y esa espontaneidad y frescura le dio los alcances que nunca pretendieron, pero que asumieron con el valor de su juventud.

Sería por eso que fueran tan efectivos, sacando de paso a una represión acostumbrada a la estrategia y el ladinismo; porque si algo habría hecho ineficaz a la disidencia clásica en Cuba, sería precisamente su falta de espontaneidad. No es extraño que San Isidro llamara la atención de esa disidencia dispersa y estratégica, ya no tan clásica; que aferrándose a ese insólito carácter popular del arte en San Isidro, trató de legitimar su intelectualismo.

No es un imposible juego de mentes perversas, sino de la ingenuidad de todas las partes, incluido San Isidro; porque aún en su naturaleza popular, dirigieron su barco a los cantos de sirena de ese intelectualismo disidente. Puede que fuera por la visibilidad inmediata que recibían, a la que nadie es inmune, y que alimentó su frescura; pero fue a cambio de un compromiso subrepticio e ineluctable, alrededor de los cultos absurdos de la inteligencia personal.

No es broma, no se trata del carisma innegable y la nobleza de sus protagonistas, sino de la mediocridad que los rodeó; pasando por la precariedad de San Isidro, como celebrities por las alfombras rojas del artivismo, porque todo era performance. Eso subordina la función estructural de la ideología —ya excesiva— a la caducidad de la catarsis inmediata; con lo que sin embargo no se recupera la función original de la cultura, sino se la diluye en la meta estabilidad del mercado.

De ahí la necesidad perenne de heroísmos, con que alimentar esa voracidad institucional, con becas y premios; y si no que lo diga Wey Wey —hechos y no justificaciones—, cuya legitimidad se ha disuelto en la irrelevancia. Por eso, los invisibles de siempre, se tomaban su tiempo para darse su bañito de pueblo y legitimarse a sí mismos; no mucho, no con los negros de verdad de San Isidro, que no se vienen porque pongan m antes de b y p, sino el Luisma.

Es el caso de Carlos Manuel, que ahora se desgreña en la invisibilidad de su elitismo, con el mérito de su brillantez; que no pasa de un pajeo colectivo y furibundo, dándose champú unos a otros como si no hubiera un mañana. Igual que el caso de Carlos Manuel es el del Cocho, que ha desperdigado por Estados Unidos el prestigio que ganó; y que vislumbra esta posibilidad de ahora, sin darse cuenta de que el paisaje no es el mismo, y no vive de catarsis.

A Luis Manuel la seguridad no tuvo que acabarlo, sino sólo aislarlo como a un virus, hasta soltárselo a estas alimañas; que se amontonan en el bote de la performance libertaria, no importa que se hunda, porque es con ellos o con ellos. Todos rasgándose las vestiduras porque si a Luisma le dicen esto y aquello, como si no le hubieran hecho cosas peores; cosas que él siempre aguantó con dignidad y gracia, como el hombre que es, alimentando esperanzas a pura personalidad.

Desgraciadamente, San Isidro está en la Habana y no en Miami, y el estado cubano consiguió rebajarlo a performance; Luis Manuel deberá reconocer la diferencia, y saber que la alegre ambigüedad del arte ya no es suficiente. Es una pena, pero eso es el artivismo, y tontos los que crean que alimentan otra cosa que el ego de una élite intelectual; incluso el Luisma, como el carnero de este sacrificio pagano que es la política post-postmoderna, con sus becas y sus premios.


Sunday, May 10, 2026

Ensayo de Occidente I & II

Se trata de una sistematización de la cultura occidental, desde la función ontológica de la cultura y no sólo su historia; es así de valor tanto antropológico como histórico, en su aplicación de los principios del Realismo Trascendental. Contiene conceptos ya elaborados, como la autopoiesis de Maturana y Varela, así como su comprensión por Niklas Luhmann; otro concepto original es la morfodinámica, como disociación de las determinaciones formales de lo real en sus fenómenos naturales; en una aplicación de los principios de la termodinámica a la cultura, como organización transhistórica de lo real.

El Ensayo… es así un acercamiento a lo real en sus múltiples aspectos, que sin embargo no se considera interdisciplinario; ya que en realidad sintetiza las formas tradicionales de conocimiento, en una organización última del Realismo Trascendental. En ese sentido, establece a la cultura como especialización propia de lo real, en vez de propiamente humana; con lo que trasciende el antropocentrismo que distorsiona su comprensión, en una superación de los problemas epistemológicos del Idealismo.

La primera parte está dedicada a la decadencia de la cultura occidental, pero no moralmente sino como disfunción; que siendo propia de su estructura cultural —en función ontológica—, se expresa pero no se determina políticamente. Esto aplica de los principios epistemológicos del Realismo Trascendental a la historia, no de la tradición idealista; que es el problema distorsionando aproximaciones seudo realistas, como el materialismo histórico o dialéctico.

La segunda parte está dedicada a la corrección de la disfunción estructural ya vista, con la llamada emergencia neoafricana; que no alude a una reivindicación política o histórica de lo africano, sino a la corrección existencial del determinismo político. No obstante, a pesar de no tener carácter de reivindicación política o histórica, parte de experiencias en este sentido; que organizadas desde el fenómeno de la Negritud, soluciona sus contradicciones históricas y epistemológicas.

El estilo es extremadamente complejo, encabalgado y circular, sin responder a una racionalidad lineal en su lógica; como resolución de esta multiplicidad de aspectos, que sintetiza en vez de sumar las diversas especializaciones del conocimiento. Las referencias epistemológicas propias de este Ensayo… están organizadas en Fundamentos del Realismo Trascendental; y sus referencias históricas están mayormente desarrolladas en Kongo Bonito, la serie sobre Morúa Delgado y La CogiNganga.

Sunday, April 26, 2026

Julio Lorente y la filosofía en Cuba, segundo elogio

Obnubilado por la profesionalidad del título, el público cubano desdeña los problemas reales de la filosofía; permanece así en la espiral idealista, entre Hegel y Marx, y cita a Heidegger para confirmar su supremacía sapiencial. No parece ser este el caso de Julio Lorente, formado más en el conservadurismo funcional de la cultura católica; como un nicho de resistencia efectiva, rescatando esa función conservadora de la cultura de su reducción ideológica.

Se trata de que el conservadurismo no es una ideología, sino una función cultural, en su propia función ontológica; por la que lo real se especializa a sí mismo como humano —no a la inversa—, en su realización, morfodinámica. Es la floración artificial del liberalismo, entre las contradicciones del absolutismo francés, lo que lo reduce a lo ideológico; determinándolo desde su naturaleza política y no cultural, invirtiendo el objeto de la estructura, como político.

De ahí la singularidad del catolicismo cubano, ante la hiper ideologización postmoderna de la religión en lo político; como entorno en que se realiza Lorente, de intuición en intuición, para sobreponerse a la fatalidad idealista. Nada de esto es consciente de modo necesario, y aún se restringe a un interés en lo nacional y la filosofía política; las dos fatalidades en que se escurre la tradición idealista desde Kant —ese imperativo—, produciendo contradicciones.

No obstante eso es mucho para un entorno como el cubano, que carece de referentes suficientes, incluso postmodernos; y esta singularidad suya le permite incursiones atrevidas, más allá del idealismo, que permea incluso al realismo tomista. Como la fatalidad del determinismo político, esto aflora desde la defensa de Maritain con el neotomismo; porque se determina en las críticas del materialismo, que así lo determina en su misma y propia naturaleza idealista.

Esto se debe a que el problema es epistemológico, crítico en Marx, pero introducido por el formalismo pitagórico; como la primera determinación de ese formalismo ideológico, apoteósico en Descartes, pero organizado en Platón. Lorente mismo descubre que el problema es epistemológico, porque surge de esa reducción desde la cosmología; pero falta explicar el proceso en que eso ocurre, y que no es detectable en la contradicción política cubana.

Entre los hallazgos interesantes de Lorente, está el concepto casi imperceptible de falsa ontología, por ejemplo; que el Realismo Trascendental resuelve en el determinismo político, con su desplazamiento del original en la religión. La clave estaría en la función axial de la morfodinámica, ejercida por la praxis religiosa como política; que resulta apropiada por ese alcance político, cuando cobra consistencia suficiente para independizarse.

Eso es algo que requiere también explicación pormenorizada, como por qué esa ontología que provee es falsa; algo que no queda claro en su postulación, aunque algún privilegiado —Realismo Trascendental— pueda entenderlo. El problema trasciende de ese modo a lo nacional, como propio de Occidente, algo que Lorente reconoce siempre; pero que como su interés es político antes que antropológico, lo dirige al problema concreto de lo nacional.

Eso no significa que ignore la antropología, si de hecho reconoce la misma naturaleza ontológica del problema; pero sí que este no es su objeto, inmerso entonces en esa turbulencia post-postmoderna de la fricción política. Quizás el problema —epistemológico al fin— resida en el entorno que lo interpela, con ese lenguaje del idealismo; al que él tendría que sobreponerse, como a la nacional en lo humano, y en esto como trascendental, en su inmanencia.

No obstante, es —como se dijo— muchísimo para un entorno como el cubano, dado a la esterilidad del exhibicionismo; y su incursión lateral en un realismo no tomista —escandalosa para un católico—, es al menos esperanzadora. Será este sin dudas un caso interesante en su evolución posterior, que rescate a la filosofía cubana del sopor ético; al que la condena el matiz varelista, como a la nación su perversión martiana, y a todos el exhibicionismo.

Monday, April 6, 2026

Otra vez el pacto

La beligerancia del Pacto Digital firmado por llamados intelectuales cubanos, es suficiente para dudar de su eficacia; pero esto no hace sino mostrar sus inconsistencias, desconociendo en su retórica su carácter epistemológico. Esa contradicción lo hace sin embargo incólume a toda respuesta mesurada inteligente, acudiendo a su supremacía moral; como ante el caso de Julio Lorente, que opone al problema una perspectiva antropológica de la historia, que nuca se observa.

Desgraciadamente, desde esa supremacía moral de la razón, la política es sólo una ficción idealista, por naturaleza; y estos intentos se explican en su vaciedad, como obstinación de una clase que no percibe su inconsistencia. El liberalismo, como naturaleza, expresa en sus contradicciones este carácter ficcional, idealista e inoperante; por eso apela siempre a un trascendentalismo histórico, que no es si no repetir los errores de base, también históricos.

Sin embargo, está claro que mientras las fórmulas respondían a ese determinismo política, conducirán a lo mismo; e incluso su contradicción conservadora, como en este mismo caso de Lorente, está determinada por esa misma función. Esto se debe a que accede a resolverse como ideología, cuando su naturaleza es práctica, como función de la cultura; como conservación de recursos políticos y existenciales, pero negada en esa supremacía moral del humanismo.

Reducir el problema al constitucionalismo norteamericano (agramontino) y la contractualidad rousiana, es otra ficción; desconociendo el socavamiento de ese constitucionalismo, con la profesionalización de la clase política en su seudo intelectualidad. De hecho, ni Cuba ni Haití son singularidades escandalosas, de esa racionalidad del humanismo occidental; sino que son sólo los aspectos más débiles de esa proyección, que así canaliza sus incongruencias estructurales.

A esa ficción responde la potenciación digital de la ciudadanía, sin otro respaldo que esa supremacía moral de la razón; pues la única fuerza capaz de potenciar al ciudadano es la economía, como orden interno (oiko nomós) de la estructura social. Ese fue el valor del calvinismo, funcionando como ideología mínima, al organizar un fenómeno el norteamericano; pero esto ni siquiera como principio, sino en la especificidad del mercantilismo holandés, y su horror de la maquinaria esclavista.

De ahí la legitimidad moral del liberalismo norteamericano, desplazando a la burguesía por la clase media profesional; que en su elitismo simbiótico político-intelectual, proyecta sus intereses de clase sobre el proletariado. Sin embargo es insuficiente, porque es el principio intelectual mismo de lo político lo que es disfuncional; que en su dependencia presupuestaria, carece de esa consistencia inicial de la otra simbiosis, burgués-popular.

Nada de esto será comprensible o siquiera moralmente aceptable, para una clase que se niega a desaparecer; acudiendo a esa simbiosis original que torciera el sistema, en la alianza perversa del elitismo intelectual y la clase media. Eso es de todas formas irrelevante, pues la realidad impone su dinámica de vida y muerte, no la pretensión política; y estos gestos de patetismo sólo muestran su debilidad creciente, ante el gesto helado de la indiferencia popular


Wednesday, April 1, 2026

La historia como tecnología de lo real, morfodinámica de la Nueva África

El estudio de la modernidad suele estar viciado por una dramatización moral que busca héroes, villanos y voluntades; sin embargo, desde el Realismo Trascendental, la historia debería abordarse con objetividad mecánica. Se trataría entonces como una secuencia de desplazamientos estructurales, en que la cultura no es producto de la conciencia; sino una funcional axial, que disocia las determinaciones físicas como formales, realizándose en una expresión política.

Paralelamente, la tecnología del azúcar en el Pernambuco holandés (1630-1654) no sería una anomalía biográfica; sino una singularidad técnica, producida por la convergencia de vectores del capital calvinista y la técnica sefardí. La emergencia del sistema plantacionista en Brasil, no responderá entonces a una invención ex nihilo, sino a una evolución; que fusiona lógicamente necesidades estructurales, en una contracción mecánica, y en ello transhistórica.

La expulsión de los judíos de la Península Ibérica, funcionaría como una eyección de capital humano especializado; los sefardíes operaron como maestros de azúcar, portando la tecnología mediterránea de la irrigación, y la química del refinado. Este desplazamiento encuentra un sustrato para su expansión, con el vector financiero del calvinismo holandés; que aportó la ideología mínima, reduciendo a praxis de la existencia el ruido dogmático, como ética de eficiencia y ahorro.

Esto permitirá que el capital fluyera sin fricciones morales, con Ámsterdam proveyendo justo la estructura logística; por la que esa técnica preexistente se escala a nivel de comercio internacional, retroalimentando su capacidad tecnológica. Aquí surgiría una clara evidencia de la estructuralidad de lo real, en la aparente involución tecnológica en Brasil; pues mientras la tecnología era hidráulica originalmente, aquí se produce una contracción funcional al trapiche, de tracción animal y humana.


Paradójicamente, esta no habría sido una pérdida de conocimiento, sino sólo una respuesta mecánica a la geografía; que en Brasil consistía en ríos de llanura, y a la disponibilidad de máquina biológica alternativa, en el trabajo el esclavo. De este modo, el sistema se repliega a lo biológico, para ganar en ubicuidad y control, con una expansión orgánica; que en su doble sentido, asegura una acumulación de capital, que la rígida ingeniería hidráulica no permitía en territorio selvático.

Esta mecanicidad de la economía como reorganización histórica, sería lo que explique la emergencia neoafricana; que surge no como un acto de voluntad política, en el idealismo romántico, sino como una reacción morfodinámica. Al ser despojado de sus instituciones, el sujeto africano se contrae culturalmente a sus funciones existenciales básicas; y esta compresión no destruye la estructura, sino que la densifica, y de hecho la repotencia, en una nueva proyección.

En este automatismo cultural, la persistencia de cosmologías africanas en Brasil o el Caribe opera como un mecanismo; por el que la cultura actúa con la misma inconsciencia y eficiencia del engranaje del ingenio para producir azúcar. Por tanto, se trata de una inercia funcional, que reconstituye la realidad bajo una presión extrema, en su renovación; con Pernambuco mostrando a la cultura operador estructural, que da coherencia a un sistema de fuerzas en conflicto.

Al despojar a la historia de su ropaje moral, se observa que Occidente no es una progresión ética, sino una arquitectura; que articula realidad y posibilidad, como la caña y el capital, en una secuencia mecánica, por necesidad funcional. El Realismo Trascendental permite finalmente entender que la realidad no se piensa ni se siente, sino que se ejecuta; con los individuos como fenómenos puntuales de esa realización en tanto política, como esa secuencia de lo real en su estructuralidad.

El salto cuántico aquí sería la morfodinámica, como axialidad de la cultura, disociando las determinaciones físicas; que pasan de termodinámicas a la resolución formal de se realiza lo humano, como propiamente políticas. Lo fascinante de este salto, como colapso en esta formalidad, de su naturaleza de honda, para mostrarse como partícula; pero continuando, en esa subrepticiedad de la cultura como naturaleza, en una apariencia de entrelazamiento. Hasta ese punto llega la fractalidad de lo morfodinámico, como propiedad que da coherencia a la estructura de lo real; incluso en su apoteosis culminante de lo humano, que nadie ha probado aún que sea la definitiva… by the way

 

Tuesday, December 16, 2025

La Ilustración haitiana

El fenómeno de la ilustración haitiana se armaría en el eje de Antenor Firmin a Jean Price-Mars y Francois Duvalier; culminando en este, con su torsión en el Negrismo, que no tiene nada que ver con el folclorismo estético del Caribe. En este sentido, no es simplemente una adaptación periférica de la europea, sino un laboratorio epistémico singular suyo; en el que el fenómeno original se desfasa y queda desalineado de sus matrices europeas, en un ajuste crítico.

Se trata de que su mismo desface histórico reformula críticamente al fenómeno original, en un proto realismo; que epistémico y político antes que metafísico, adelanta las funciones del realismo en su emergencia post-postmoderna. La diferencia es en sí misma funcional, porque parte de una base ético-política y etnohistórica, como práctica no filosófica; frente al abstraccionismo con que Hegel —por ejemplo— lo descontextualiza, justificando su propia teoría.

Esto parte entonces de Antenor Firmín, como origen de una epistemología no reconocida y por eso incomprensible; cuando, en De l’égalité des races humaines (1885), no solo protesta el racismo científico, sino que acude a una operación más profunda. Con este libro, Firmín se apropia del positivismo metodológico europeo, y demuestra que no es intrínsecamente racial; con lo que introduce una crítica inmanente al método, que aplicado sin sesgo colonial niega las conclusiones europeas.

Independiente de la factibilidad o no del positivismo, eso lo refiere a un criterio no políticamente subordinado; que es en lo que funciona como un ajuste crítico, incluso de principios por su largo alcance gnoseológico. Aquí, Jean Prince-Mars no solo reivindica lo africano, sino que formula un principio antropológico básico; estableciendo la equivalencia epistemológica entre las diversas culturas, sin caer en un relativismo absoluto, lo que es crucial.

Mars también reintroduce un fondo humano común, que opera como realismo mínimo y universalismo funcional; más cercano a un realismo crítico —en ese universalismo— que al nacionalismo identitario al que se le reduce. De este modo, Prince Mars provee la proyección filosófica de esa antropología de Firmín, en un alcance otológico; que se organiza como una ontología social —no una simple sociología—, por el valor existencial de la cultura.

Con Mars aparece el cierre de Duvalier, con el estancamiento aparente del Negrismo como proyecto político; que paradójicamente preserva una singularidad —incluso como ontología—, a pesar de su incomprensión por el medio. Eso es contraintuitivo, pues el Duvalierismo reduce la riqueza epistemológica del Negrismo a un dispositivo identitario; pero con eso cristaliza una singularidad política, que pone en tensión directa a la Ilustración misma y el Humanismo.

Decir que Firmin prepara —como si anticipara— el realismo post-postmoderno, puede parecer de hecho anacrónico; pero no si se trata de que su operación cumple las condiciones estructurales análogas a esa emergencia realista. E igualmente, la singularidad histórica haitiana no provendría de su relativa pureza étnica, sino de otra excepcionalidad; referida a los vectores europeos, africanos y americanos, que vincula en condiciones de máxima fricción política.

Retornando al origen en Firmín, la Ilustración haitiana no sólo es culturalmente ilustrada, sino que también es excéntrica; ya que, al operar por apropiación crítica de la antropología francesa, la desvía y resemantiza, funcionando por disfunción. A partir de él, la realidad ya no es metafísica o histórica sino étnico-política, obligando a una renovación epistémica; a la que Occidente es particularmente reacio, por la convencionalidad en que sostiene su legitimidad institucional.

Esto explica la función catalizadora de la realidad haitiana al centro de Occidente, como un estado de violencia; que es no sólo fundamental sino de suyo fundacional, en tanto referida a esa emergencia de un nuevo estadio cultural. A su vez, eso puede generar malentendidos, en que la historia haitiana tiende naturalmente a la distorsión duvalierista; o que la proyección intelectual de Firmín y Prince Mars emerge como sublimación romántica de la irracionalidad.

Pero esa violencia se refiere a la función de Haití en el marco de desarrollo de Occidente, rompiendo su estancamiento; creado en la institucionalidad moderna desde los pactos de Westfalia, como un sistema europeo de hecho. Ese estancamiento es el marco de la crisis de la revolución francesa, exponiéndola al quiebre político haitiano; que es una crisis oportunista, derivada de la institucional propia de Francia, como parte de ese sistema europeo.

Thursday, December 4, 2025

Del determinismo económico como absoluto

La racionalidad de la evolución política de Occidente, no sería un atributo intrínseco o espontáneo a su estructura; sino que respondería a una configuración estructural, derivada de determinaciones económicas subinmediatas; introducidas durante la expansión del mercantilismo fenicio, en su afectación de la estructura natural en el Egeo arcaico. Fenicia no constituye así un origen civilizatorio de Occidente, pero sí provee un metacódigo económico-operacional; consistente en la abstracción del valor, la equivalencia métrica, la contabilidad, la alfabetización funcional y las redes marítimas. 

Todo eso operaría como fundamento técnico de larga duración (metacódigo), de naturaleza artificial y no identitaria; estableciendo la base para una racionalización progresiva de la práctica social, en la estructura política resultante. Grecia inserta sobre ese metacódigo un régimen de abstracción formal, superponiendo su propia tradición cultural; en que la ontología, la geometría y la argumentación, articulan una razón especulativa y de hecho sistemática. No se trata de una evolución lineal desde Fenicia, sino de una apropiación diferencial por la misma región egea; que transforma una racionalidad práctica, proveniente de la transacción mercantil, en una formalización conceptual del mundo.  

Roma convierte finalmente ese doble origen, en infraestructura institucional singular y sintética, de valor político; con el derecho, la administración, vectores de territorialización, fiscalidad y un aparato político de escala imperial. La triada Fenicia-Grecia-Roma produce así el núcleo estructural de Occidente, capaz de ciclos de acumulación; que por su dinamismo se resuelven como de expansión y agotamiento, generando una periodicidad histórica reconocible; que consiste en desarrollos de más o menos medio hacia la apoteosis política, y otro igual de reflujo o decadencia. 

Por contraste, el judaísmo no participa de este metacódigo, sino que su racionalidad es teológico-axial, no económica; su cultura se sostiene en la alianza, la narrativa profética —como el mito en la Grecia arcaica— y la normatividad ritual. No desarrolla imperios, abstracciones económicas ni territorialidad expansiva, como el estructuralismo político romano; su economía es local, agraria y templaria, emergiendo apenas de la función de supervivencia 

Así, la cultura judía no genera ciclos civilizatorios, ni determinaciones subinmediatas como la periodicidad occidental; su historia se organiza en metamorfosis teológicas y no en ritmos estructurales, típicas de las estructuras arcaicas. La confluencia judía y romano-helénica en la formación del cristianismo, no proviene de una simetría o paralelismo estructural; sino que es un evento de singularidad axial, en que el sistema simbólico semítico es absorbido por la superestructura heleno-romana; ya dotada esta del metacódigo fenicio, al que por tanto somete la tradición judía, redundando en esa singularidad 

La tradición judía aporta densidad escatológica y narrativa, pero la civilización resultante es romano-helénica; como base para esa proyección posterior que es la estructura occidental, funcionando y en su dinámica y periodicidad. Así, el judaísmo opera como exponente simbólico incorporado, no como motor causal ni como un ciclo paralelo; y la periodicidad occidental emerge, como determinismo económico absoluto aunque indirecto, como expresión política.  

Ahora bien, como política, esta expresión de la cultura es siempre y exclusivamente de la triada básica de Occidente; en el mercantilismo fenicio, el abstraccionismo griego y el institucionalismo romano, que producen esta singularidad occidental. El error, en la comprensión de este determinismo, estaría en asumirlo como directo, por su naturaleza política; como exceso en que cae el idealismo, con su síntesis —epistemológicamente idealista— en el Materialismo Dialéctico; y que es la insuficiencia prevista por Feuerbach en su antropología, aún con esa limitante epistemológica del Idealismo. 

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