La beligerancia del Pacto Digital firmado por llamados intelectuales cubanos,
es suficiente para dudar de su eficacia; pero esto no hace sino mostrar sus
inconsistencias, desconociendo en su retórica su carácter epistemológico. Esa
contradicción lo hace sin embargo incólume a toda respuesta mesurada inteligente,
acudiendo a su supremacía moral; como ante el caso de
Julio
Lorente, que opone al problema una perspectiva antropológica de la historia,
que nuca se observa.
Desgraciadamente, desde esa supremacía moral de la razón, la política es sólo
una ficción idealista, por naturaleza; y estos intentos se explican en su
vaciedad, como obstinación de una clase que no percibe su inconsistencia. El
liberalismo, como naturaleza, expresa en sus contradicciones este carácter
ficcional, idealista e inoperante; por eso apela siempre a un trascendentalismo
histórico, que no es si no repetir los errores de base, también históricos.
Sin embargo, está claro que mientras las fórmulas respondían a ese determinismo
política, conducirán a lo mismo; e incluso su contradicción conservadora, como
en este mismo caso de Lorente, está determinada por esa misma función. Esto se
debe a que accede a resolverse como ideología, cuando su naturaleza es práctica,
como función de la cultura; como conservación de recursos políticos y
existenciales, pero negada en esa supremacía moral del humanismo.
Reducir el problema al constitucionalismo norteamericano (agramontino) y la
contractualidad rousiana, es otra ficción; desconociendo el socavamiento de ese
constitucionalismo, con la profesionalización de la clase política en su seudo
intelectualidad. De hecho, ni Cuba ni Haití son singularidades escandalosas, de
esa racionalidad del humanismo occidental; sino que son sólo los aspectos más débiles
de esa proyección, que así canaliza sus incongruencias estructurales.
A esa ficción responde la potenciación digital de la ciudadanía, sin otro
respaldo que esa supremacía moral de la razón; pues la única fuerza capaz de
potenciar al ciudadano es la economía, como orden interno (oiko nomós) de la
estructura social. Ese fue el valor del calvinismo, funcionando como ideología
mínima, al organizar un fenómeno el norteamericano; pero esto ni siquiera como
principio, sino en la especificidad del mercantilismo holandés, y su horror de
la maquinaria esclavista.
De ahí la legitimidad moral del liberalismo norteamericano, desplazando a
la burguesía por la clase media profesional; que en su elitismo simbiótico
político-intelectual, proyecta sus intereses de clase sobre el proletariado. Sin
embargo es insuficiente, porque es el principio intelectual mismo de lo
político lo que es disfuncional; que en su dependencia presupuestaria, carece
de esa consistencia inicial de la otra simbiosis, burgués-popular.
Nada de esto será comprensible o siquiera moralmente aceptable, para una
clase que se niega a desaparecer; acudiendo a esa simbiosis original que
torciera el sistema, en la alianza perversa del elitismo intelectual y la clase
media. Eso es de todas formas irrelevante, pues la realidad impone su dinámica
de vida y muerte, no la pretensión política; y estos gestos de patetismo sólo
muestran su debilidad creciente, ante el gesto helado de la indiferencia
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