Sunday, April 5, 2026

Sobre el Nuevo Pacto de los intelectuales cubanos

Como todos los graves problemas políticos de la humanidad, el de la insolución de Cuba muere en la retórica; y al escepticismo practico de Julio Lorente, sobre la intelectualidad del Pacto Político, responde la retórica de Faciel Iglesias. No es que la diferencia entre Pacto y contrato no exista, sino que esta es meramente retórica y no efectiva; como la sutileza litúrgica entre la latería y la dulía, que solo es comprensible para el teólogo, no el practicante.

Como principio, incluso la violencia a que apela Lorente sería inútil, porque no hay con qué construir de nuevo; pero al menos apunta a esa imposibilidad primera con el fatalismo dialéctico de la violencia, que es política. Lo que sí es imperdonable es esa insistencia intelectualoide, como de vampiros que se niegan a la muerte definitiva; apelando a esa retórica que los hace tan desconfiables, sin que puedan percibir esa desconfianza ni su causa.

Los intelectuales cubanos son jóvenes eternos, intentando dirigir un país envejecido en la experiencia, que ya sabe; por eso es reluctante y sólo quiere que lo dejen en paz, si en definitiva sólo participa del menú y no de la cena. Que el señor Faciel Iglesias persista en su retórica es comprensible, porque al fin y al cabo es un político; que de intelectual sólo tiene la naturaleza y no los instrumentos lógicos, y por eso apela a tradiciones vetustas. Pero que esos dichos intelectuales le sigan es por lo menos asombroso, a menos que tampoco sean tan intelectuales; sino que sólo exhiban el mismo pretensionismo del político, mostrado la vaciedad de ese pretencioso intelectualismo.

Desgraciadamente, en Cuba ni la violencia ofrece ya salida, porque el daño es estructural, es el moho de sus edificios; que se ha acumulado desde los horrores y errores de su republicanismo, sobre la base falsa de su identidad nacional. La brutalidad de Quintín Banderas está cruzada de brazos sobre toda posibilidad, mirándolos desdeñosos a todos; porque mientras el país no reconozca su crimen e hipocresía, no importa si inevitables en 1912, no habrá solución.

La diferencia retórica pretende la contracción del contrato al pacto, como de Rosseau a Thomas Hobbes y Von Pufendorf; pero no puede sobrepasar su naturaleza retórica, porque perpetúa las manipulaciones de siempre, sin ir a lo real. Se necesitaría una que compense efectivamente los errores de base, como un despeldañamiento de José Martí; en una modesta vindicación al pragmatismo de Doña Carmen Zayas-Bazán e Hidalgo, como primera dama de esta historia.

Si no pasa por ahí, en un feminismo profundo y consistente, tampoco podrá ser políticamente armónico; que es lo que permite desgracias perpetuas, como esa del racismo, solapado en la retórica folclorista del mestizaje. Esto no es para corregir nada, sino el por qué todo ese embrollo es incorregible, explicando la terquedad lorentina; ante cuya seriedad vale la pena detenerse un poco, siquiera por esa naturaleza sospechosa del político Faisel.

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