Tuesday, June 16, 2026

La flecha del tiempo I

Si el tiempo es un efecto de la curva del espacio, entonces su movimiento adelante no es necesariamente recto; sino que bien puede ser orbital, con una trayectoria que posible y eventualmente se superponga a sí misma; o que hasta que se cruce consigo misma, dependiendo otras variables —no descartables por incomprensibles— en esa curva original. Como principio, eso desplazaría el problema de la flecha del tiempo, de una visión lineal (vectorial) a una topológica; aceptando que el tiempo no es una entidad independiente, sino una dimensión intrínsecamente ligada a la geometría del espacio; de modo que su flujo queda condicionado por la arquitectura de esa curva en sus variables, no una consistencia propia.

En la relatividad, los objetos siguen geodésicas, que son las trayectorias más rectas posibles en un espacio curvo; si el espacio-tiempo tiene una curvatura intrínseca, lo que se percibe como una línea recta podría ser, a gran escala, un arco. Si la curva es cerrada, esa flecha del tiempo no apuntaría hacia el infinito, sino que describe una trayectoria orbital; y si la trayectoria es orbital, se abren escenarios físicos no clásicos, racionales y predecibles, sino extraños y flexibles.

Uno de estos sería la Superposición o Recurrencia, en que el tiempo vuelve a pasar por las mismas coordenadas; no necesariamente como un retorno místico, sino en una propiedad por la dimensión se cierra sobre sí misma. Otro de estos sería el cruce (Nodos), en que la curva no es un círculo perfecto sino una espiral o un nudo complejo; permitiendo que eventos en puntos distantes de la línea temporal, estén físicamente cerca en el tejido del espacio; permitiendo transferencias de energía o información —en la dinámica de los gusanos—, sin recorrer toda la órbita.

Para que esa flecha se cruce o se superponga, necesitaría una configuración de momentum, que comprima la curva; lo que ya se explora teóricamente, con el fenómeno de las ilustradoramente llamadas curvas Temporales Cerradas (CTC). El hecho de que aún no se las haya detectado, no significa que la geometría del universo no las permita; al menos en escalas que aún resulten incomprensibles, como las de dimensiones extra, o en condiciones extremas de gravedad.

En esa lógica, la flecha no sería un proyectil en el vacío, sino más bien un satélite atrapado en la geometría de lo real; encajando el concepto de entropía en que, si el movimiento es orbital y se superpone, el desorden tendría que reiniciarse; explicando la transición de la tercera ley o condición de la termodinámica a la primera, en su misma superposición. Esto significaría una doble configuración de lo real como momentum, añadiendo singularidad al fenómeno concreto; ya que se trataría de una doble entropía, no coordinada (diacrónica) entre sí, afectando la coherencia de este.

Con esa segunda transición de la tercera a la primera condición[1], se describe una termodinámica de dos tiempos; como un doble bucle, que explica por qué la circularidad no rompe la física local, borrando mágicamente la entropía. En la termodinámica convencional, el camino pasa de la conservación a la disipación, y de ahí al reposo absoluto; es un viaje de una dirección, que es lo que da la lógica convencional —como atribución de consistencia— al tiempo. Sin embargo, una segunda transición de la tercera a la primera condición o ley, obliga al sistema a reiniciarse; como consecuencia, el proceso entrópico se multiplica, ya que la energía disipada no se pierde en el ambiente; sino que se utiliza como el combustible de torsión, forzando a los átomos a reorganizarse en el caos originario.

Bajo esta lógica la termodinámica ya no es lineal, sino un motor de combustión temporal, con dos zonas de fricción; la contradicción con la termodinámica local se disuelve, porque el sistema sí registra el proceso entrópico efectivo[2]; pero lo registra como una pérdida de fidelidad en el fenómeno local concreto en que se realiza fenoménicamente. De hecho, sería por esta continuidad que la realidad es una estructura en estado de reinicio perpetuo, como dinámica; si de hecho la energía y la información ni se crean ni se destruyen, sino que son percibidos como una flecha de tiempo; pero por observadores que participan del fenómeno mismo, y cuyo valor por tanto es convencional y sin consistencia propia.



[1] Es decir, del colapso del cero absoluto de vuelta a la conservación de la energía.

[2] De hecho, ya no se trata de un principio como abstracción convencional (entropía), sino de un proceso fenoménico.


Monday, June 8, 2026

De la exposición en Facebook

Cuando la enemistad de Heriberto Hernández (EPD), irracional y absurda como toda otra, él devino objeto de burla; pues en su prisa por restregarle a todos su éxito, no aprendió a leer sus estadísticas y establecer prioridades. Incluso como principio, un alto volumen que no se traduce en ventas es inútil, y uno bajo que sí lo hace es mucho mejor; y aun así, hay personas que, por no están dispuestas a pagar a 75 centavos el dólar, sino sólo a veinticinco.

Pra esas personas eso es riqueza, prosperidad y poder suficiente para justificarles la vida, que debe ser plena; y en esos términos, qué queda por agradecer de una exposición amplia pero vacía e improductiva, un boost al ego. Ese es el problema de esta gente, a la que es imposible tomar en serio, incluso si eventualmente te elogia; primero, porque ese elogio es parcial, además de vacío, y sobre todo condicionado por el irrespeto y la descalificación.

¡Y ese idiota pretendió alguna vez envolverme en un debate, sin antes hacérseme interesante!

Como se observa, mi índice de visitas no es bajo, y mejor aún, es fluido y constante, produciendo ventas orgánicas; fluctuando entre 1 y cuatro libros mensuales, con picos como este de 11, y alguno de hasta diecisiete. Y que conste, de estos once sólo tres fueron de esas bestias ensañosas, que son como buitres vueltos de pronto a la carne fresca. Como número, sobre todo por la constancia, eso es mejor comportamiento que el de muchos que te restriegan su éxito; teniendo en cuenta que la prioridad aquí son los libros y no el amarillismo seudo intelectual, o la falsa espiritualidad de Sandor Vega.

No se trata de predicar la pobreza, sino del poder de elección, incluso si parte de alguna deformación temprana; pues uno no puede fajarse con uno mismo, sino apenas hacerse la vida lo mejor posible, por sobre la estupidez ajena. La diferencia estriba en que no todo el mundo vive de los complejos cubanos, con sus ansiedades de período especial; sino que algunos se centran en su trabajo y no el ajeno, como una comprensión paulatina del mundo.

Nada de eso es necesariamente comprensible para todo el mundo, pero cada loco con su tema, y tampoco es necesario; pero es divertido que a algunas personas no les alcanza obviamente lo mucho que ganan, y tengan que andar baboseándote. Hacia el 2006 o 2008, un próspero comerciante me tiró su auto encima en la avenida 37, porque no podía con mi mediocridad; así que si estos brutos piensan que son lo peor que me haya encontrado, tienen zapatos muy grandes que calzar.

Saturday, June 6, 2026

De la crítica de sistemas filosóficos

No es extraño que no abunden reseñas críticas de sistemas filosóficos completos, pues la lectura es siempre parcial; puede tener sentido para un creador de contenido —esa superficialidad—, pero nada más allá de eso. El error -proviene del vicio consumista, que otorga su falta estabilidad al capitalismo en su fase corporativa; en la que nadie integra la lista de invitados sino la del menú, con el incentivo bien administrado del cash back.

Nada de eso sin embargo es la cultura, en su función onto-antropológica, sino que apenas es su expresión política; pero funciona en estos parámetros del arte contemporáneo, creando la ilusión de reflexión profunda, pero sólo eso. En ese sentido, es engañosa la creencia de que una mayor visibilidad se traduce en una mayor efectividad y alcance; pues esas cifras astronómicas son de gente inapetente y desinteresada, que sólo sirven al creador de contenido.

No que eso sea ilegítimo, sino que sólo aporta ruido, como el de la ménade corriendo a poner las cosas en su sitio; igual nada de eso es importante, pues se trata de esa misma superficialidad que disuelve a Occidente en su estructura. De rodas formas, nadie esperaría que un simple creador de contenido comprenda tan complejos temas; de igual modo que no lo esperaría de una ménade llorona, que corre a los pies de su pimp cuando le contestan.

A los locos se les deja con sus locuras, y uno se mantiene parte de sus dimes y diretes, contemplando la belleza; porque en su armonía trascendente y extraña, la realidad no se detiene por un par de llorones come candela. La sola idea de intentar una reseña de textos obscuros en dos días o semana y media, es escandalosa por lo absurda; invalidando la crítica por su falta de objetividad, que sólo llega con la calma de la ponderación… y cierta honestidad.

Friday, June 5, 2026

Conmigo no, con la IA que te parió

La lectura de este texto no deja lugar a dudas: se trata de una pieza de demolición retórica de alta intensidad, construida con las técnicas clásicas del debate académico y cultural… El autor del texto, Ulysses Álvarez Laviada, no utiliza una descalificación grosera o superficial; emplea un método más efectivo en el debate público: la validación previa (ujm!)

El crítico sostiene que la complejidad de la sintaxis no responde a la dificultad intrínseca del pensamiento, sino a una elección estilística que genera "opacidad"… Lo que para un autor es precisión conceptual, rigor terminológico y respeto por la complejidad de los procesos, para un detractor siempre será "oscuridad" o "barrera epistemológica". Es un juicio de valor sobre el estilo, no una refutación lógica.

El texto afirma que las herramientas conceptuales de la física, la mística judía y la historia china se aplican como "ornamento" o "vocabulario asignado"… El crítico exige un método monográfico tradicional (diálogo intertextual, notas bibliográficas exhaustivas, filiación académica). Sin embargo, un ensayo de interpretación histórica o un sistema filosófico propio opera bajo otra lógica: utiliza las categorías como operadores macro para vislumbrar constantes morfodinámicas, no para hacer filología o sinología de especialista. La confluencia de sistemas aparentemente inconmensurables es la base misma de cualquier propuesta de pensamiento original.

C. La acusación respecto a Gustavo Bueno

El crítico comete un error de asignación exclusiva. Si bien es cierto que la escuela de Oviedo (Bueno) estructuró una "morfodinámica de la cultura" frente al sustancialismo, el concepto de morfodinámica y morfogénesis tiene una genealogía más amplia que intersecta la teoría de sistemas, la termodinámica de procesos irreversibles y la topología (René Thom, Ilya Prigogine, e incluso derivaciones en la antropología estructural). El hecho de que usted coincida en el enfoque antisustancialista con Bueno no implica una deuda biográfica o una copia; la convergencia de conclusiones desde premisas distintas (en su caso, integrando la termodinámica y vectores cosmológicos no occidentales) es un fenómeno legítimo en la historia de las ideas.

La segunda mitad del texto deja en claro que el ensayo no es solo una evaluación de su libro, sino un ajuste de cuentas en un mapa cultural específico. Al rastrear el "archivo" de El Ciclón Invisible, el crítico busca exponer una contradicción interna en la recepción de su obra, utilizando el cambio de registro del reseñista (de la sátira en redes a la apología en la reseña) para descalificar la validez del elogio. Su libro termina siendo el terreno donde dos facciones o posturas críticas dirimen su propia disputa por la autoridad de lectura.

El caso Laviada:

La malevolencia sería el peor de los parámetros para una crítica, porque la invalida funcionalmente en la subjetividad; aun así, en el colmo de su arrogancia, este payaso insiste en que esta es la crítica real que ese libro u otro cualquiera) merece. Contra eso nada se puede, pero tampoco se necesita hacer algo, la gente tiene el derecho a ser todo lo mediocre y tonto que quiera; igual que el Sandor Vega, que vino a hacerse el espiritual dando lecciones y se fue con solo un poco de agua bendita. Aclaro, nada de esto me afecta, quien compita conmigo pierde por principio, porque yo no compito; y eso los sitúa siempre detrás de mí, pues yo sólo trabajo, y veo las cosas que me interesan de los demás, no las que no me interesan.

Por eso he dejado este desmontaje de su eficacia crítica a la propia Inteligencia Artificial que tanto alaba, y que merece mejor uso que el suyo; pero además para recordarle que yo he sido igualmente adorado y despreciado por figuras relevantes de verdad, desde la altanería de García Vega a la fascinación de Don Hilario González, el Musicólogo de Carpentier; incluso la innobleza de Heriberto Hernáandez (EPD), al regalarme el mote más maravilloso del mundo (el Manierista) con la idea de humillarme. Ha todos los he sobrevivido, sólo trabajando, y recordándolers que pierden el sueño por un simple lavaplatos de Miami. Como no puedo alegar angelicalismo, reconozco que todo esto alimenta mi ego, haciendo de ellos víctimas sacrificiales mías; y si les respondo siempre, es para que sepan —incluso los que los aplauden— que todos sabemos de su pobreza y mezquindad suicida.

Todavía el caso del Ciclonete es comprensible, vive obsesionado con sus seguidores y parece que cobra algún efectivo por esto; y eso tiene sentido, desagradable pero cierto y consistente, contraria esta furia de ménade desatada que es el Laviada. Asombra la arrogancia de asumir que un criterio tan obvia y sistemáticamente sesgado, sea... auyn respetable y a tener en cuenta.; ¿y sobre todo, con qué cuenta, qué grados da para requerir tanta atención? Supongo que sería divertido usar la cuenta de Patreón sólo para publicar su expediente innoble.

Thursday, May 28, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental IV (Final)

Ya se habría establecido el carácter epistemológico de la cuestión, como de la capacidad para entender a lo real; en el acercamiento de Newton al problema físico de la gravedad desde la matemática, y no desde su naturaleza física. Eso retrae la cuestión a su origen en Pitágoras, y su percepción de las recurrencias matemáticas como determinaciones; ya que en tanto formal —al darse en la organización de funciones relacionales—, la realidad sí estaría llena de estas recurrencias; pero cuyo valor —y función de hecho— es entonces referencial, no efectivamente determinantes.

Con ese sentido referencial habrían sido formulados los principios matemáticos en su origen religioso, en Babilonia; tal y como en Egipto, donde —al igual que en Babilonia— extendían este valor a la construcción y la función política. Sin embargo, la descontextualización pitagórica, al desarrollarlos como ciencia y seudo religiosidad, los distorsiona; atribuyéndoles una consistencia que originalmente provenía de lo divino, y no de alguna propiedad singular.

La física, al momento copernicano, imponía ya la flexibilidad de la observación sobre la pureza del principio abstracto; desde el giro de galileo al heliocentrismo, que es también el primer paso hacia la potestad de lo real sobre lo humano; tal y como antes la cuestión arriana fue el primer paso al humanismo, como derivación del teo al androcentrismo. Hay un paralelismo funcional en esta oposición teológico-física, entre San Agustín y Copérnico, apoteósica en Galileo; como base epistemológica de la emergencia post-postmoderna del Realismo, en la político-religiosa del Idealismo.

Eso requiere sin embargo una adecuación, porque la absolutización de las matemáticas por Pitágoras era necesaria; explicando su descontextualización primera, por una necesidad de referentes fijos, en el entorno caótico del Egeo. En este sentido, la tensión Galileo-Newtoniana es apenas una actualización de la otológica Heráclito-Parmenídea; sólo que ya en el ámbito puro de la fisiología misma como ciencia, y no de su contradicción política con la religión.

Desde ah además, el dogmatismo newtoniano provee salidas de control, para la adecuación necesaria del desarrollo; de modo que no habría sido una apoteosis real, sino una suerte de fotón, con el que medir la evolución, de Galileo —y en últimas Copérnico— a Einstein. Esto resolvería el problema de la adecuación epistemológica bajo el Realismo Trascendental, por tres razones fundamentales; la primera d las cuales, es la naturaleza tridimensional —en realidad cuatridimensional— de la mente humana; que necesita de estos referentes, existenciales y relativos pero fijos, para poder operar de forma organizada.

Es imposible percibir una función de onda sin arrojarle un fotón de prueba, e igual ocurriría en la historia de la cultura; en la que no es posible transitar de Copérnico a Einstein en el vacío absoluto, sin una estructura de control. Habría sido necesaria una interacción efectiva, que forzara a ese continuo de probabilidades formales a decantarse; de modo que se obtuviera una estructura fija y manejable, como de hecho es la partícula en la física cuántica

Ese impacto localizado y puntual es entonces la mecánica de Newton, como el fotón que permite medir a la ciencia; que en el estado puro abriría un tejido continuo y fluido de relaciones en sus probabilidades formales, con Copérnico y Galileo. Pero esto es como una función de onda conceptual, llena de esas posibilidades, pero difícil de asir para la lógica; como ejemplo, todavía Einstein —el sumun de esa inteligencia—, no comprende la dualidad de esta indeterminación primera.

Al introducir su cálculo y sus absolutos matemáticos, Newton actúa como el fotón que bombardea esta función; que al interactuar con el continuo galileano, lo colapsa en un punto y momento específicos, que es la física clásica. Esta partícula resultante, que es la mecánica newtoniana como particularidad, es una salida cerrada de la evolución; que en su rigidez ofrece la estadística, estableciendo las comparaciones con el desarrollo general de la ciencia.

 

Principios físicos del Realismo Trascendental IIII

Al trasladar el problema desde el mecanicismo ingenuo a la epistemología, se aclara la armazón de la física teórica; y por la que la realidad física, no es una colección de esencias materiales, sino un sistema formal de posibilidades y restricciones. En ese sentido, una partícula —o el complejo de cuerdas— no se desarrolla en un sentido, sino en todos las posibles; lo que determina que uno de esos infinitos desarrollos se realice o no, es la interferencia mutua de todas esas probabilidades; al chocar con las determinaciones puntuales, como el campo de fuerzas, la geometría del espacio o el propio acto de medición.


Al final, la trayectoria clásica que se observa en el macrocosmos, es sólo el orden en que se alinearon esas probabilidades; cancelando en esto todas las otras proyecciones, sin que accedan a realidad alguna, al carecer de estas determinaciones[1]
Aquí se observa que el problema básico es que aún estamos en estadio final de la transición desde la física clásica; que es en definitiva la que provee los referentes epistemológicos, con los que se puede comprender o no lo real. En ese sentido, cuando Newton lleva la física clásica a su apoteosis, ya Galileo la había socavado, con su relatividad; ese habría sido el comienzo de esta transición cosmo-epistemológica, que aún no habría concluido históricamente.

El verdadero origen de la fractura se sitúa entonces en Copérnico, al desmontar la narrativa lineal de la ciencia; pues si la tierra se mueve, el reposo absoluto desaparece, y un objeto que cae de una torre arrastra el movimiento de la tierra. En ese instante rudimentario nacería el principio de relatividad, que luego sería formalizado por Galileo y Einstein; y respecto al cual, Newton —salvar su majestuosa mecánica y mantener las ecuaciones legibles—, introduce un parche metafísico; postulando que el espacio y el tiempo eran absolutos, fijos e inmóviles, como un teatro en el que ocurre las cosas.

La física del siglo XX y XXI ha demolido los pilares de la ciencia moderna, sin embargo la transición no ha concluido; porque nuestro lenguaje y nuestra lógica siguen siendo newtonianos, y carece de referentes experienciales para otra cosa. Esto es importante, porque explica el valor de la deformación primera de la prácticas de conocimiento en Occidente[2]; al comprender la teoría de cuerdas, la mente —configurada tridimensionalmente y macroestructural— necesita la referencia formal; sólo que esta necesidad no es existencial, y la experiencia sólo ofrece referentes existenciales, no puramente formales.

El verdadero salto epistemológico, de alcances copernicanos, aceptar que la realidad no está hecha de cosas; sino que es un tejido —que replica el del espacio-tiempo— de estructuras formales, organizadas en funciones relacionales. En este sentido, el error estaría en el exceso de Pitágoras, pero es también operativo y lógico a su propio contexto; no sólo porque responde a las necesidades referenciales propia del Egeo, sino por la condición misma de lo real.

El problema es que, en tanto formal —por sus funciones—, la realidad sí estaría llena de recurrencias matemáticas; y el error habría estado en tomar esas recurrencias por determinaciones efectivas, y no en como valor referencial. La resistencia a aceptar esto, se debe a que seguimos en el estadio de transición final, como una turbulencia permanente; sólo superable con una adecuación epistemológica suficiente, que reconozca en el Realismo la potestad de lo real.

Esto es grave en sus implicaciones filosóficas, resolviendo por ejemplo la insuficiencia del materialismo histórico; al plantearse como alternativa al idealismo, al que sin embargo sólo adecúa, por su propia dependencia epistemológica. Eso también explica la actualidad del problema como epistemológico, en esa potestad que se atribuye a las matemáticas; cuyas contradicciones responden también necesariamente a la perspectiva, pues se trata siempre de una comprensión parcial. De no ser así —por ejemplo—, no se habría podido hallar ninguna solución matemática nueva desde Pitágoras; sí de hecho se poseería una exactitud absoluta y no relativa en su objetividad, no sujeta a desarrollo posterior.

Aquí, el materialismo histórico funciona como una perspectiva para explicar ciertos condicionamientos políticos; pero fracasa cuando se postula como una verdad metafísica última, distorsionando incluso la comprensión de la historia. Por su parte, si la materia misma no es algo unívoco, la infraestructura social tampoco puede ser un determinante; sino un sistema formal de relaciones y probabilidades, que colapsa también ante la determinación puntual.


[1] . Esto elimina la imagen popular de los mundos paralelos, en que los mismos fenómenos tienen desarrollos alteros; primero, al integrar las dimensiones como aspectos imperceptibles de lo real mismo, y luego cancelar las alternativas.  

[2] . Cf: CogiNganga, Ensayo de Occidente, etc.


Wednesday, May 27, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental II

La idea de que las dimensiones extra solo añaden perspectiva, se conoce como como la Dualidad T o Dualidad S; que alude a la confluencia de dos teorías matemáticas, con propiedades particulares, sobre un mismo fenómeno físico. Un ejemplo sería el Principio Holográfico, por el que un objeto de cinco dimensiones puede ser descrito como de cuatro[1]; siendo el mismo objeto, sólo que percibido con otras referencias, como las diferencias de resolución óptica.

Bajo este enfoque, el electrón que se detecta en el laboratorio no es un objeto pura o exactamente tridimensional; es ya un objeto multidimensional, que nuestra perspectiva macroestructural solo puede registrar como tridimensional. Queda incluso la paradoja de que para detectar un objeto tridimensional, ha sido necesaria una perspectiva cuatridimensional; de modo que la misma interacción a nivel macroestructural de la realidad es ya multidimensional de hecho.

Esto quiere decir que la teoría de cuerdas puede de hecho conciliar la física cuántica con la relatividad general; si el problema sólo aparece desde la perspectiva del comportamiento de las partículas, no del de las ondas. Todavía, la partícula podría ser un simple colapso (alteración) de la realidad por su percepción, que es fotónica; por lo que en realidad podría tratarse originalmente de un complejo de cuerdas, así compatible con la relatividad general.

Cuando la Relatividad calcula la gravedad entre partículas a una distancia de cero, las ecuaciones se dividen por cero; que es lo que produce infinitos absurdos, como singularidades, y significa que el tejido espacio-temporal se rompe. La teoría de cuerdas reconciliaría ambas perspectivas, precisamente eliminando el punto dado que es la partícula; pues al sustituir ese punto por una cuerda unidimensional, la interacción ya no ocurre en un punto de dimensión cero; sino que las cuerdas interactúan esparciéndose, en una región del espacio-tiempo, que elimina los infinitos de las ecuaciones. Esto permite que la gravedad —que es el problema de la Relatividad— funcione perfectamente a escala cuántica; la onda —el patrón de vibración de la cuerda— es lo primario, la partícula es solo su apariencia macroscópica.

En física cuántica, esto se conoce como la decoherencia cuántica, y su medida como el problema de la percepción; pues no se puede percibir una función de onda sin interactuar con ella, sin arrojarle un fotón, o cualquier otra partícula de prueba. En el estado fundamental, lo que existe es el complejo de cuerdas, en su estado puro de vibración ondulatoria; extendido e interconectado con la geometría del espacio-tiempo, en un continuo de posibilidades formales[2].

La percepción es así una interacción efectiva, en la que ese fotón enviado para medir altera todo ese complejo; forzando a la cuerda a transferir una cantidad fija de energía, en un punto y momento específicos. Ese intercambio de energía, localizado y puntual, es lo que los instrumentos registran y se entiende como partícula; que no es por tanto un objeto rígido, que está ahí y es susceptible de ser visto, sino que es esa interacción física.

En esta perspectiva, de lo real como tejido de cuerdas percibidas como partículas, la Relatividad se vuelve natural[3]; y de hecho, uno de los mayores triunfos de la teoría de cuerdas es que los físicos no forzaran la gravedad en sus ecuaciones. Esto resalta la naturaleza epistemológica del problema, ya que la historia es una secuencia infinita de probabilidades; que en tanto formales se realizan o no, según el conjunto específico de determinaciones puntuales a las que responden.



[1] . El ejemplo se refiere a un agujero negro de cinco dimensiones, que puede ser percibido en una zona fronteriza de cuatro; por lo que el modelo es más complejo que una simple ilustración, y aún se mantiene en el ámbito de la teoría matemática.

[2] . Esta es la base del probabilismo realista

[3] . Alude al descubrimiento del gravitón de Einstein, en los cálculos matemáticos de Joël Scherk, John H. Schwarz y Tamiaki Yoneya; cuando en forma parcialmente independiente tropezaron con problemas en el cálculo de la energía nuclear fuerte. El problema eventualmente los llevó a replantearse la ecuación desde otra perspectiva, revelando su naturaleza epistemológica y no efectiva. Cf: Dual Models for Nonhadrons, J. SCHERK and JOHN H. SCHWARZ California Institute of Technology, Pasadena, 1974.

Tuesday, May 26, 2026

Principios físicos del Realismo Trascendental I

La teoría de cuerdas requiere entre once y veintiséis dimensiones adicionales, por estricta necesidad matemática; en lo que es entonces una necesidad formal —y en ello aparente—, para evitar que la teoría colapse en su irracionalidad. Como principio, si se restringe esta teoría en la realidad cuatri dimensional, las ecuaciones arrojan resultados irracionales; pero la irracionalidad es una condición propia de lo real, en tanto sobrepuesto a su comprensión o incomprensión total.

En la física, estas contradicciones matemáticas ocurren cuando una de la física clásica se rompe al nivel cuántico; y en teoría de cuerdas, estas anomalías se traducen en la aparición de probabilidades infinitas o negativas. Es en eso que no tienen sentido físico, ya que la probabilidad máxima de que algo ocurra debe ser del 100%; y para cancelar estas anomalías, su generación se reduce a cero sólo añadiendo dimensiones extra a la ecuación.

Para explicar por qué solo percibimos cuatro dimensiones, los físicos recurren al mecanismo de la compactación; según la cual, las tres dimensiones espaciales —alto, ancho y profundidad— se harían expandido masivamente tras el Big Bang; mientras, las restantes seis o siete se habrían quedado plegadas en sí mismas, en escalas infinitamente pequeñas. Esas dimensiones no serían visibles, porque nuestra longitud de onda es demasiado grande para esos niveles formales; pero también puede tratarse de un error de expectativa, al esperar que una dimensión se comporte como la suma de las otras perceptibles.

De hecho, ninguna de las cuatro dimensiones convencionales puede ser conocida por separado, fuera de su interacción; de modo que no hay por qué esperar que otras dimensiones existentes sea reconocida en sí misma, objetivamente. Eso es un sesgo de aditividad, como esa expectativa de que una dimensión sea una extensión de las que ya conocidas; operando bajo las mismas reglas y con la misma independencia, cuando realmente tendría funciones singulares.

La Relatividad Especial demostró que el espacio-tiempo es un tejido único e indisoluble, sin una posición absoluta; ni tampoco existe algo como el tiempo separado del movimiento en el espacio, ni ninguna puede separarse de la velocidad. Las dimensiones no son así líneas independientes, que se pegan o superponen unas a otras como palillos de dientes; sino que son proyecciones de una estructura geométrica global, como coordenadas para la identificación de los fenómenos.

Esperar que otra dimensión aparezca como un eje limpio, ignora la condición misma del espacio-tiempo actual; ya que se trata de un bloque interdependiente, al que no se añaden las nuevas, alterando la naturaleza del conjunto. Incluso, hay casos como el modelo original de Kaluza-Klein, que añade una quinta dimensión a la relatividad de Einstein; y que no aparece como espacio, sino que emerge matemáticamente como electromagnetismo y carga eléctrica. El error de expectativa radica en tratar la dimensión como un contenedor vacío en lugar de una propiedad estructurante; si las dimensiones extra existen, no actúan como una habitación más, construida con el mismo ladrillo que las cuatro anteriores; sino que sólo modificarían las reglas de las partículas en las cuatro dimensiones visibles, revelando otras propiedades.

Lo que llamamos masa, carga o espín de un electrón, podría ser el reflejo tridimensional de esa interacción dimensional; que por definición no admiten ser separadas del tejido total, independiente de que se la entienda o no. Aquí, debe retornarse al problema original de la irracionalidad, que en matemática sólo alude a otra racionalidad; pero que en su sentido propio alude a la eventual incomprensión del fenómeno, incluso total y no sólo parcial.

De hecho, en la realidad tridimensional, los objetos no se comportan igual en dimensiones cuánticas o macroestructurales; por lo que otras dimensiones sólo añadirían perspectiva a los mismos objetos reales, sin alterarlos en su constitución. Por tanto, esperar que una dimensión a escala cuántica funcione como las macroestructurales, es un error de categoría; pues en esa escala infrapositiva, la dimensión extra es una propiedad geométrica, que sólo altera a la partícula.


Friday, May 22, 2026

De los cultos extraños

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Existen vicios innobles, como el ofuscarse con autores que aparentemente no te interesan ni atraen en modo alguno; pero estos vicios en realidad revelan la secreta envidia, por el puesto que endorsan a esos autores tan poco interesantes. Se trata de esa admiración rabiosa de la envidia, que rodea a estos autores con esos extraños cultos, en un ritual perverso; ejecutado por adoradores que no entienden su trabajo, pero sí el brillo que despliega, haciéndolos ofensivos y odiosos.

Por eso, estos extraños cultores no entienden las ascendencias reales de esos objetos de culto que los enceguecen; y sacralizan las palabras de sus dioses, como cuando icen —o creen— ser seguidores de García Vega, por ejemplo. Estos sacerdotes se ofenden de una lealtad que creen inmerecida, revelando sus expectativas sobre sus dioses; y sin que se les ocurra siquiera que esa lealtad sea una ficción satisfactoria e individual, como la del amor romántico.

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En verdad, para que alguien entienda a García Vega tiene que estar muy por encima suyo, aunque no lo sepa; y lo que hace es entonces una apropiación utilitaria, más o menos sublimada, pero sin que eso sea importante. Es como el ascendiente que reclama el Orfismo en los cultos de Eleusis, redimensionándolos en su apropiación; mostrando su propia suficiencia, no importa si encuentra su materia en el culto mismo y no en el objeto de este.

De eso se trata el carácter mistérico del arte, como una axialidad (filorreligiosa) propia, en su carácter reflexivo; que toma sin dudas de su origen religioso, pero ya volcado en la secularidad de la existencia, no su sentido posible. En su casualidad formal, puede tomarse cualquier nombre de ese culto, que no por gusto es aún lezamiano; no garcíavegano, aunque encuentra en este un imaginario eventual, sin dudas aún insuficiente, como variante del anterior.

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En verdad, que García Vega merezca o no las reverencias que recibe es tan banal como esas reverencias mismas; y el arte es lo que las realiza y no lo que las motiva, y la poética están en la elusiva relación entrambas. García Vega es apenas un motivo recurrente, que sostiene estas otras vidas —con más o menos suerte— con la suya; y criticarlo es hoy otro lugar común de la literatura cubana, de hecho menor que su elogio, aún si inmerecido.

Criticar a García Vega es otra forma de aferrarse al mismo barco que se hunde, con el recha además de la marinería; como los pobres diablos de tercera de aquel insumergible que fue el Titanic, que es hoy la literatura cubana. Recuérdese que desde la tercera década del siglo XX, la idea no era ya la experiencia sino venderla en su apariencia; ya la literatura, como género moderno, había cumplido más de doscientos años desde el siglo XVI; y no hay formalismo que sobreviva ese tiempo en su elusividad fantasmal, siempre como gloria de otros tiempos.

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La virtud alquímica está en ese residuo, sobre el que se levantan los humos de nuevas derivaciones poéticas; y por eso, estos suspiros son siempre plausibles, como nuevas posibilidades, que se realizan o no pero puntualmente. Por eso también, no importa sí para denostarlos en su perversión, esos endiosados deberían asumir su divinidad; porque un culto es un culto, no importa la liturgia en que se ejecuta, y es además siempre inmerecido.

En todo caso, estos cultos rabiosos les dicen hasta dónde han conseguido ser visibles e inevitables a estos sacerdotes; que no pueden ignorarlos ni siquiera en la mediocridad con que los juzgan, y eso no es poco en un mundo que vive de ser visible. Sobre todo por esos que rabiosos no pueden contener su admiración por ellos, y que ellos deberían agradecer modestos; devolviendo su superioridad, con ese gesto displicente de quien reconoce la plebe que le enjuga la frente victoriosa.

Friday, May 15, 2026

De lo negro en Cuba

Hay un error en el acercamiento a lo negro en Cuba, que lo reduce pernicioso al pernicioso resentimiento político; lo que es apenas natural, ya que es el resentimiento lo que lo distancia y le da valor objetivo, pero en lo histórico. Esto no significa por tanto que este resentimiento sea subjetivo, sino que es la materia que le da contorno; y surge por su contracción, también lógica, ante la provocación racial con que Marcus Garvey desembarca en Cuba.

El problema es que ya no se maneja ese dato del desembarco de Garvey en Cuba, apenas cinco años tras 1912; explicando la rispidez de una integración, ya estancada como una fatalidad política, en esa categoría falaz del mestizaje. Más allá de todo eso, lo negro existe en Cuba como una singularidad existencial, aunque no exactamente étnica; lo que no le quita la dimensión étnica, sino que la reconoce en su función referencial y no determinante.

Lo negro en Cuba se distingue por la precariedad, no tanto económica como política, que es decir en su cultura; bullendo en su vitalidad —que no es inconformidad— bajo esa fijeza categorial de lo mestizo, como una tensión. Esta precariedad es lo que emana de solares y casas de vecindad, ennegreciendo a una sociedad que aspira a lo blanco; y que ante la imposibilidad de conseguirlo consiente en su mestización, pero aterrada no más allá de esta seguridad.

Es esta precariedad la que da consistencia entonces a lo negro, atravesando los más disímiles tonos de piel en Cuba; condicionando con ello toda expresión en el comportamiento, como más o menos negro, no más o menos blanco. Lo negro es así el punto de referencia, que guía la convencionalidad de lo blanco en la cultura a lo largo de la isla; incluso si se resuelve de modo distinto en cada una de sus zonas culturales, evadiendo en todas lo taíno.

Esta precariedad es lo que hace precioso y único al arte negro, pero en tanto negro y no convencional, en su existencia; porque es en ella que emula la de la realidad misma, en un caso excepcional de axialidad de la cultura en lo político. Lo blanco carece de esa densidad, en lo convencional de su formalismo puro, que vacía sus ditirambos experimentales; aunque —habrá que reconocerlo— autores hay que ascienden a esa falacia martiana del universalismo, en la gracia.

Este es el caso, por ejemplo, de Pablo de Cuba Soria, que asciende fatigado los escalones de la falacia martiana; bien que por defecto, como decantación crítica, y no cumplimiento positivo de la postulación, lo que es importante. El caso de Soria es relevante por lo probablemente único, en esa gratuidad con que no requiere sentido; porque como lo negro él es el sentido, aunque más allá del color, como la poética de Lezama más allá de la razón.

Pero su caso esplende por la soledad, que probablemente él ignore —pero a quién le importa?— en su gratuidad; que es la extraña razón por la que no requiere otro sentido que el suyo mismo, en un caso de hedonismo brutal. Incluso los dioses a los que él pone ofrendas han de devolverle la ofrenda han de devolverle la ofrenda avergonzados; aunque esa no es la materia sino sólo el ejemplo, de este torcido acercamiento a lo negro en Cuba, como categoría especial.

Eso negro es así una fuerza especializada, no natural sino políticamente, que alcanza madurez política en lo estético; por eso su belleza es intrínseca, puede que incomprendida pero innegable, como la de los mendigos silenciosos. No todo negro es lo suficientemente negro para exhibir esa categoría, pero —como principio— ningún blanco lo es; a lo más que puede aspirar el cara pálida, o el mulato que investiga su ascendencia, es a esa difícil universalidad de Soria; que como la poética de Lezama Lima, está más acá —no más allá— de la razón, escondida en los pies descalzos.

No hay secreto, la reflexividad de lo negro reside en el ritmo, que es más elusivo que la rotunda ligereza de una rumba; porque se refiere a superposición de estados, que no es inexplicable sino sólo el colapso de lo real en su flujo. Por eso, la reducción de lo negro al folklore es ofensiva, como triquiñuela de blanco en la categorización del mestizo; cuando esa ficción de lo político se resuelve en Cuba con la tensión dialéctica del comportamiento, como lo uno o lo otro.

La excepcionalidad cubana

Hay un prejuicio persistente contra la excepcionalidad, que provendría sin dudas del universalismo cristiano; pero cuando este es una ficción filosófica —ni siquiera religiosa—, incorporada con el falso helenismo apostólico. El problema es que toda realidad es puntual, y por ello extremadamente singular y única, hasta lo excepcional; pues los universales son abstracciones convencionales, tomando consistencia de esa convencionalidad, no otra cosa.

De ahí la aversión enfermiza del socialismo contra lo individual, a lo que acusa de individualista por la mera existencia; como si el colectivismo no fuera esa coerción odiosa de la persona —que siempre es concreta— a la estructura política. En ese sentido, Cuba —como Estados Unidos y todo otro país— sería una realidad única, con todo y su multiplicidad; porque en esa superposición de estados —que ni siquiera dualidad— es que se constituye lo real, en su estructura.

Lo que sí será sin dudas excesivo, es atribuir algún sentido trascendente a esa excepcionalidad, que sería casual; porque como estructurado, lo real sólo alcanza una estabilidad temporal, en la sincronía de sus determinaciones. Esto es —ni tan paradójicamente— una suerte de permanencia, en esa precariedad del equilibrio perpetuo; pero es como se resuelve también esa excepcionalidad, trascendente incluso, aunque —de nuevo la paradoja— por su inmanencia.

Descreer de la excepcionalidad cubana es así otro lugar común, como el prejuicio contra el destino manifiesto; que es la manera en que la realidad se resuelve a sí misma como morfodinámica, pero desde la axialidad de la cultura. Sin embargo, ni la axialidad ni la morfodinámica —como la trialéctica— son términos de lectura fácil en su obviedad; porque aluden a las funciones relacionales en que se estructura lo real, en una compresión ontológica de sus fenómenos.

Pero otra vez, relativo a la naturaleza del Ser (Ente), la ontología no se refiere a la mera identidad de lo político; que es la expresión en que se realiza, no esta serie de determinaciones complejas que resuelven esa expresión. Sin dudas, en Cuba hay ontología, pero no es la miríada de fracasos existenciales de sus intelectuales pretenciosos; sino que está en la serie de condiciones materiales e históricas que sedimentan lo cubano, más allá de estas ansiedades.

Por eso la ontología cubana permanece en sus prácticas religiosas, que retienen la materia reflexiva sobre el cosmos; pero aún no es su pretensión etnográfica, que no pasa de ser otra triquiñuela, en un equilibrio más precario que el de la realidad. Tampoco es literaria esta otología, que es la pretensión mayor y más absurda, por intelectualista, mostrado su decadencia; y menos aún —hasta lo irrisorio— en su literatura política, que es la peor de sus indeterminaciones existenciales.

Lenta, como el mulo de la rapsodia, la ontología cubana es reflexionada en su literatura, aunque no por literaria; sino por la fusión sutil de una literatura en específico, que logra la refundación epistemológica de Occidente. De hecho, es otra una tradición alterna, que surge en la tensión entre Morúa Delgado y Cirilo Villaverde; como la de Occidente entre Heráclito y Parménides, en ora suerte de fisiología, esta vez referida a la de la existencia.

La solución, imperfecta en su platonismo fatal, es la síntesis lezamiana, que se apega a Villaverde en la incomprensión; pues no rechaza la de Morúa Delgado —como no rechaza Platón a Heráclito—, sino que la subordina en el dualismo. La virtud de Lezama Lima, como la de Platón sobre los fisiólogos, es que fija una hermenéutica, con su orden epistemológico; que aunque aún inconvencional, prepara las vías del Realismo Trascendental, a usurpar por un oscuro monje agustino.

No importa lo que todo esto parezca, la turbulencia es como la que rodeara a Hegel, rebajándolo al hegelianismo; como el intelectualismo cubano —esa fatalidad ontológica— rebaja al patriarca al Lezamismo, bajo el seno agustino del vitierismo. Fuera de todos ellos e ignorándolos por entero, el Ser nacional pasea su ambigüedad, como el río herácliteo; que no es inaprehensible, en esa continuidad que escapa incluso a lo parmenídeo.

El detalle es que es en esta excepcionalidad que resulta inaprehensible, pues la aprehensión es en lo universal; y sólo la estética consigue retraerse lo suficiente para ello, en la función de su capacidad reflexiva como existencial. De ahí que la genealogía nazca en la madurez distinta de Villaverde y Morúa Delgado, resolviéndose en Lezama; como síntesis que en lo formal es de morfodinámica, incluso si —no hay que olvidarlo— todavía imperfecta.

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