El problema con el determinismo político, es que distorsiona la función ontológica
de la cultura, que es existencial; en la provisión de sus determinaciones como ideológicas,
que así dejan de ser existenciales, como propiamente políticas. De ahí el
trascendentalismo histórico, en esa suerte de romanticismo político, proveniente
de la tradición idealista; apelando a un comunitarismo arcádico en las sociedades
primitivas, que obvia el motivo de la función económica.
Sin embargo, la realidad es puntual e inmediata, con una trascendencia
propia de su misma condición inmanente; que es incluso por lo que se reduce a histórica
desde el Materialismo Dialectico, sin que aun así pueda evitar el maniqueísmo. Ese
es el problema de la reivindicación racial en el trascendentalismo histórico,
que es político en vez de existencial; apelando a una trascendencia de la
cultura original, que es imposible tras el trauma de su redeterminaciones económicas;
que en el caso específicamente africano, incluyen un alto componente político,
en la reestructuración de la sociedad.

El problema mas grave aquí, seria ese romanticismo político, respondiendo a
la ficción también política de la ideología; como una tensión artificial y no orgánica,
en la crisis del absolutismo europeo, que diera lugar a la revolución moderna. No
es por gusto entonces la centralidad de la contradicción francesa, reptando
incluso a través de la ideología alemana; para redeterminar la estructura
cultural desde la epistemología de su tradición idealista, con la dialéctica como
canon.
Ya eso es disfuncional, en su misma naturaleza epistemológica, reduciendo
la realidad a sus tensiones dicotómicas; postulada así como su misma determinación
política, cuando la política es solo la expresión en que se realiza; no su determinación,
que en tanto ontológica es estructural, y proviene entonces de la cultura, no de
la sociedad. En eso consiste la distorsión, que subordina al individuo en el
imperativo kantiano, ordenando esa tradición idealista; en una redeterminación que
reduce lo cosmológico a ideológico, y con ello a la función existencial como política.

De ahi que todo esto se resuelva como una cuestión moral, y en ello
neoconservadora, desplazando las funciones; que como ya se habrá visto, pasan
de ser existenciales a políticas, subordinando al individuo en el
trascendentalismo. A su vez, proviene de la reversión cartesiana, con su secularización
del problema religioso, como moral en vez de cosmológico; no expresamente pero
ya en la base epistemológica, sobre la que posteriormente postula Kant sus
imperativos.
Todo esto explica la naturaleza puramente occidental, racialmente definida
como blanca, del conflicto contemporáneo; que no es meramente político, sino
que se expresa como tal, pero ontológicamente determinado en la cultura. De ahí
la falsedad de esos arcaísmos reivindicacionistas, que manipulan las tensiones
raciales como políticas; cuando su determinación es racialmente definida por su
europeidad, aunque se postulen como universales.
De hecho, esa pretensión de universalidad proviene del humanismo cristiano,
que es también europeo y academicista; en la misma base del ilustracionismo
moderno, culminando esta distorsión de la cultura en general, con la de la
europea. No obstante, todo eso —incluso si artificial en su intelectualismo—fue
posible porque era creíble en su circunstancia; y eso sería lo que ha cambiado
en al menos trescientos años desde esa apoteosis, con la crisis postmoderna de la
cultura.
El problema sin embargo es de blancos, entre blancos y para los blancos,
que solo manipulan la tensión racial; sacando beneficios aun luego de abolida
la esclavitud, con el mismo desplazamiento de la función política; que pasa de económica,
con el auge industrial, a propiamente política, en la expresión con que se
realiza la sociedad. No por gusto, la manipulación atraviesa las elites
intelectualmente especializadas, asumiendo la representación delo popular; que
es posible solo en la convención del trascendentalismo histórico, careciendo de
consistencia existencial.