Por supuesto, cuando tomé los hábitos católicos, no
podía ser en una orden normalita, de plena comunión con Roma; sino en una tan
marginal que todavía condicionaba su integración a la Sociedad San Pío X, ya
amenazante con el cisma. La orden era tan marginal, que en la precariedad de su
voluntarismo no sobrevivió a la muerte de su fundador; pero esto dio un
testimonio sobre la futilidad de nuestras pretensiones, ilegítimas todas, y fundadas
en el pecado.
Lo cierto es que la Sociedad San Pío X sólo expone la soberbia
política de Roma, actualizando el cisma ortodoxo; que no fue nunca sobre dogma
y legitimidad —como no lo es ahora—, sino de jurisdicción, político. Entonces como ahora, fue Roma la que
capitalizó la leyenda establecida sobre la silla de Pedro como fuente de
autoridad; pero distorsionando en ello la autoridad verdadera del sacramento,
situada en el Sínodo episcopal, no un papado.
Habrá que recordar que la máxima autoridad sacerdotal
es el obispado, ni siquiera la convención arzobispal; que es apenas una
cuestión de primacía entre iguales, en una dinámica de hegemonía política como
doctrinal. En ese sentido, Roma era sólo
un patriarcado, como los demás, y es la astucia lo que argumenta la primacía de
Pedro; que no era histórica relativa al carácter, no a la persona, ya
distorsionado en esto por la retórica por su interés pastoral.
Al respecto, ni el San Agustín que culmina la
patrística se atrevió a argumentar a favor de esa primacía de Roma; puede que
porque era abogado y no teólogo, conociendo los problemas políticos de la
exaltación del poder en la filosofía. No es que la situación actual no sea
extraña y paradójica, en el fin de una transición política del catolicismo; que
curiosamente coincide con el auge transnacional del capitalismo postmoderno, con
todo y su socialismo encubierto. Se trata sino que esa extrañaba apunta a una continua
excepcionalidad, en que lo real sólo se continúa s sí mismo; resolviendo su
propia función ontológica como cultura, ya abocada a la expresión política en
que se realiza.

Como ejemplo, la Sociedad San Pío X lo que defiende es
precisamente la supremacía papal sobre el sínodo de obispos; pero lo hace desde
un sínodo de obispos, y justo contra esa autoridad del papa, que enmascara al imperialismo
socialista. Lo cierto es que la situación creada desde el Concilio Vaticano I
es excepcional, desde su misma naturaleza pastoral; que es lo que se revierte
sobre la doctrina, debilitando el dogma, en vez de consolidar la pastoral en su
interpretación.
Esta sutileza es la excepcionalidad aludida por la Sociedad
San pío X, como legitimidad de su misma contradicción; pero con todo y sutil es
consistente, como lo fue la respuesta de los patriarcados orientales a la soberbia
romana. Todo esto es reducible a la típica teoría conspirativa, que asola a la
modernidad en su decadencia desde el inicio; cuando el Libro de los Sabios de Sion
ya tiñó de duda toda proyección política, por el dinero que la potencia.
Podrá argüirse la legitimidad del cambio, sobre esa
base creada en el Concilio de Trento, en la infalibilidad papal; pero esta es referida
a problemas de fe y moral, no liturgia, cuando la ejerce desde la silla papal y
no estrategia cultural. Esto se basa en la interpretación de la Biblia por la
Tradición, como los dos pilares en que se sostiene la iglesia; y uno de los
cuales es el que se retira con el Concilio Vaticano I, sustituyendo a la
tradición por el colegio concilial.
Es raro defender o criticar a la doctrina católica sin
que se la profese, pero no desde la experiencia que la conoce; pudiendo contrastar
sus problemas en sus respectivas convenciones, con el tránsito del nuevo al viejo
orden. En ese sentido, la curiosidad es objetiva, sobre el catolicismo como un
proceso de catalización, que reorganiza a Occidente; proveyendo sus
determinaciones, en tensión con el intelectualismo liberal, del que siempre
sospechó como Modernismo. Créase o no, hay además más humildad en el boato de la
misa tradicional que la falsa sobriedad de los modernistas; insistiendo con su
exhibicionismo en la superioridad de lo humano como centro del universo, no en
la de Dios. Créase o no, hay además más humildad en el boato de la
misa tradicional que la falsa sobriedad de los modernistas; insistiendo con su
exhibicionismo en la superioridad de lo humano como centro del universo, no en
la de Dios.