Aquí entonces, Dios no funciona como explicación causal del mundo, pues el
mundo no sería un efecto suyo; sino que todo fenómeno constituye su
actualización puntual, con él como su campo de posibilidades y restricciones.
Esto lo diferencia del concepto clásico de Dios, pues no es la posibilidad
máxima, sino la totalidad de las posibilidades; incluso de las posibilidades
incompatibles, cuya incompatibilidad residiría justo en estas restricciones,
como formales.
De ese modo, la contradicción no obliga a eliminar una posibilidad del
campo divino, como los problemas lógicos; según los cuales Dios lo puede todo excepto
no existir, que se entiende como una restricción misma de su posibilidad. Vale
destacar que este concepto clásico es consistente, pues la condición de Poder
requiere la previa de existencia; pero es aún contradictorio en su
planteamiento, que es lo que adecúa su comprensión como conjunto de
posibilidades.

Esto también explica por qué lo divino no requiere el substancialismo, pues
basta un campo ilimitado de determinaciones; cuya totalidad es necesariamente
inaccesible desde cualquier posición determinada, como cambio de estatus. Como
ya se habría visto, esto responde al concepto de substancia como campo de
determinaciones externo al fenómeno; donde la substancia infinita del concepto
clásico, sería ese campo de restricciones de un fenómeno concreto; y lo divino
sería el campo entonces incomprensible, de todas las determinaciones posibles
de todos los fenómenos.
Esto replantea la contradicción de las escuelas menores, sobre la
indiferencia necesaria de los dioses o lo divino; que sólo representaría una
falta de voluntad, en que estas posibilidades se restringen más o menos unas a
otras. Eso explicaría el movimiento como dinámica, en tanto efecto de la
tensión en que estas posibilidades se relacionan entre sí; en lo que esa indiferencia
deja de significar falta de relación, para significar falta de voluntad
selectiva o intención.
En ese sentido, lo divino no elegiría entre posibilidades, ni intervendría
para producir unas en detrimento de otras; sino que las posibilidades se
restringen recíprocamente, por su propia estructura, en un esquema de
probabilidades. En esto, lo divino es pasivo pero no estático, en tanto lo que
no hay es una voluntad ajena al campo, que lo determine; y en lo que las
restricciones producen la tensión entre las posibilidades, modificándose entre
sí, como otras posibilidades.
Por tanto, ese campo de posibilidades no sería un inventario inmóvil, sino
una totalidad relacional, por su diferencia; en que la dinámica —como el
movimiento aristotélico— sería un efecto de esa tensión, en vez de una causa
motriz externa. El movimiento aparece así, cuando las posibilidades modifican
sus condiciones de realización, al restringirse mutuamente; generando otra
modificación continua de estas condiciones de realización, en su lógica de
realización continua.
Así, el movimiento no sería el indescriptible tránsito aristotélico, de la
potencia sustancial a un acto predeterminado; sino la redistribución continua
de restricciones, propia del campo de posibilidades del fenómeno, pero ajeno al
mismo. Lo llamativo es que la tensión —como función relacional— no necesita un sujeto
que la experimente ni voluntad que la resuelva; sino que puede ser enteramente
física —bien que extrapositiva como morfodinámica—, en su estructuralidad.
Eso hace que clinamen —contingencia, encuentro, desviación,
emergencia, etc.—, no sea una excepción del orden; sino la forma siempre local
de esa redistribución de posibilidades, como eventualidad, sin una determinación
puntual. Esto hace que la indiferencia de los dioses deje de ser un problema
teológico, para ser una intuición ontológica; en que lo divino no mueve las
cosas, sino que es la tensa relación entre sus probabilidades lo que las mueve
a su realización.
Esto resolvería el problema aristotélico de la substancia, como el campo de
determinaciones propio del fenómeno; explicando la falta de necesidad de un primer
motor inmóvil, que comunique el movimiento —como voluntad— a las cosas; ya que
este sería la propiedad —como dinámica— en que estas se organizan
fenoménicamente, en su realización. Resolviendo también el de la naturaleza de
Dios como propiamente física en vez de metafísica, sólo que extrapositiva; que
es además irrelevante a la inmediatez del fenómeno concreto, que lo actualiza
con su realización singular.