La crítica a la Ontología bantú de Plácide Tempels, se
sustenta en su oposición de sentimiento (africano) y razón; en tanto el valor
del conocimiento, como experiencial en vez de racional o intelectual, sería de
sentido en vez de sentimiento. Esto se debe a que el de sentimiento es aún un
concepto intelectualmente elaborado, sujeto al tamiz de la Razón; mientras que
el sentido no requiere ni siquiera comprensión, en tanto el valor permanece en
la experiencia misma, como su consistencia.
El problema es que el sentimiento ya supone que
la experiencia ha sido definida, como un tipo de experiencia; que en ello es
que contradice al pensamiento, incluso cuando se lo representa como irracional
o afectivo. Por tanto, afirmar “el africano conoce por sentimiento y no por
razón” reproduciría la operación que pretende superar; en cambio el sentido
se entiende como la consistencia efectiva de la experiencia, sin convertirla en
valor intelectual.
Así, no hace falta que el sujeto comprenda lo
que experimenta, para que la experiencia tenga valor determinativo; y el
sentido no sería una interpretación extraída de la experiencia, sino la
experiencia misma como determinación. El problema no sería que Tempels
sustituya la razón por el sentimiento, sino que conserva su estructura
epistemológica; que necesita oponer razón y afectividad, como dos formas
conceptualmente reconocibles de conocimiento.
Eso explicaría por qué su solución sigue siendo
intelectualista, convirtiendo al africano de ser racional en sentimental;
pues ambos términos pertenecen todavía al mismo espacio clasificatorio de la
razón, en su determinación de la cultura. El realismo Trascendental rompe esa
oposición, porque el sentido no es una facultad alternativa a la razón; sino
que es la misma consistencia experiencial, independiente de que sea o no comprendida
en su racionalización.
Tempels intenta desintelectualizar la cultura africana,
pero lo hace intelectualmente, sustituyendo razón por sentimiento; el sentido no
es en cambio lo contrario a la razón, sino la consistencia misma, que precede
tanto a la razón como al sentimiento. En esto radica la sospecha sobre la Filosofía
Bantu, aunque que el error no estaría en atribuir sentimiento al
africano; sino en creer que haya que escapar a la Razón y no a su determinismo,
y que eso se haga en una función opuesta.
Tempels no es un africanista —que tenga al África como
objeto— sino un romántico, cuyo objeto es aún Occidente; su estructura es por
tanto una reacción a la Razón moderna, en el mismo trascendentalismo romántico.
Eso es lógico además, porque Tempels no es un ente universal y descontaminado
en su comprensión del África; sino que es incluso objetivamente occidental en
su sensibilidad, y sólo puede traducir su experiencia a esos términos.
La Filosofía bantú de Tempels no fracasa entonces porque
no comprenda al África, sino por la forma en que lo intenta; en tanto esta pertenece
a la misma estructura intelectual que pretende superar, en el bucle lógico de
la dialéctica. El romanticismo es justamente eso, reaccionando a la Razón
moderna, en busca un acceso más inmediato a lo real; pero esta búsqueda de
inmediatez —como sentido—, es ya una reacción históricamente determinada por la
propia Razón.
Por esto, en las culturas africanas no se elabora una
ontología, no por incapacidad sino irrelevancia de lo intelectual; que
careciendo de sentido práctico en lo existencial, sólo puede revertirse en una
distorsión de la estructura misma. Eso no significa que no exista una ontología
propiamente africana, sino que esta está dada en el sentido práctico; en las
referencias de su cosmología, de hecho comunes a la del Occidente premoderno,
en su irracionalidad aparente; que apunta a la misma razón trascendente del
romanticismo, pero insuficiente en este por su determinación racionalista.

Esto es comprensible en Tempels, que no es un ente
universal contemplando al África desde ninguna parte; es un europeo, cristiano,
moderno, romántico y misionero, y su experiencia está necesariamente mediada
por esa posición. Por eso es más preciso llamarlo romántico en vez de africanista,
cuya estructura intelectual toma África como objeto; pero sin que consiga convertirla
en solución a la crisis de Occidente, que es el dilema del cristianismo, no
africano.
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