En el Realismo Trascendental, el problema de Dios
se resuelve al comprenderlo como el conjunto de todas las posibilidades; que
dadas en sus respectivas restricciones —como valor negativo—, en principio son incomprensibles.
Eso no lo hace metafísico sino extrapositivo, en tano ese conjunto total de
posibilidades es todavía físico; sólo que resolviéndose en un grado de
positividad no medible, dado ese valor negativo de sus restricciones.
Aquí hay una diferencia importante en la que casi
nunca se repara, en el planteamiento filosófico acerca de lo divino; que suele
plantear el problema de lo divino de modo genérico, reproduciendo la
abstracción absoluta del monoteísmo. Desde el monoteísmo, un concepto de Dios
como totalidad de posibilidades es fácilmente comprensible y racional; pero el
politeísmo las diferenciaría como funciones, relacionadas entre sí sus
respectivas restricciones formales.

En la cosmología, como espectro epistemológico en
función existencial, eso da lugar incluso a ambigüedades transitivas; como en
el caso del monoteísmo judío en la tradición elohista del Génesis, que se
refiere a Dios como plural (Eloím). Esto último no se refiere a una origen
específicamente politeísta del término elohista, sino a su peculiaridad
idiomática; por la que es una forma plural, pero que admite concordancia como
singular, resultando en esa ambigüedad práctica. En este caso específico, es
notable que las tradiciones Yavista y Eloísta puedan coexistir sin
contradicción práctica; ya que la función representacional nunca es la
representación misma, sino la función que representa, como resolución de lo
real.
Se trata por tanto del monoteísmo como
organización culminante de esa totalidad, como principio en su representación;
que es distinta de la de los dioses, como descripción más puntual de esa
totalidad en sus distintas funciones. Esto es importante, porque en el
politeísmo esa diferencia se refiere al momentum o excitación de cada función específica;
mientras que el monoteísmo ya abstrae el conjunto como totalidad orgánica, sin
distinguir entre estas funciones.
En el politeísmo, cada dios no representaría una
parte o faceta de Dios, sino una actualización o función puntual; como la
figura —recurrente al monoteísmo— del ángel, como manifestación de Dios
adecuada a una situación dada. Por eso, los dioses del panteón politeísta no
serían sólo conceptos parciales de una divinidad aún no unificada; sino que
expresan determinaciones funcionales y concretas de lo divino, como organización
particular de posibilidades, en sus restricciones.
El monoteísmo hace algo diferente, al abstraer la
totalidad de estas excitaciones, convertidas en un principio indiferenciado; por el
que Dios deja de ser la descripción de una función particular de lo divino, como
su misma totalidad unificada. Como consecuencia, no se trata de que uno tenga
muchos dioses y el otro sólo uno, sino de una función hermenéutica; en dos operaciones
epistemológico-fenomenológicas diferentes, sobre la misma totalidad objetiva de
lo real.
En ese sentido, tampoco se trataría por tanto de
una substancia, como una causa primera en ese sentido metafísico; ni de un
sujeto que contenga en sí todas las posibilidades, sino esa cantidad de
posibilidades en sí misma. Esto no significa que estas posibilidades puedan
realizarse de modo simultáneo, pues cada una tiene sus restricciones; que no
provienen de fuera de ellas mismas, sino que son propias de cada una, como
campo de determinaciones.
Lo divino es así incomprensible en principio,
pero no porque sea misterioso en el sentido convencional de la religión; sino
porque ningún fenómeno o concepto puede totalizar el conjunto, del que él mismo
es apenas una determinación. Esto proviene de la relación entre trascendencia e
inmanencia, en que la trascendencia es la condición primera de lo inmanente;
pero lo trascendente no constituye otra realidad fuera de lo real, sino eso
real mismo, en sus determinaciones inmanentes.
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