Todo lo anterior permite entender la relatividad del Bien, sin que por ello
caiga en un relativismo moral o trivial; ya que es relativo a la determinación
funcional del fenómeno, no al arbitrio del fenómeno mismo, o de un observador. Aquí,
incluso la noción religiosa del pecado funciona como una convención, que estabiliza
la efectividad del Bien; en tanto identifica y codifica todo aquello que
contradice su realización, determinada en la consistencia del fenómeno.
El Bien es positivo porque realiza una función, y el mal es negativo porque
señala convencionalmente su contradicción; sin que por ello adquiera
consistencia, pues sólo se refiere a la estructura misma del Bien, no a una
propia. Incluso la privación del bien agustiniana, es reinterpretada aquí como inconsistencia
de una determinación consigo misma; al perder la función que la hacía positiva,
haciendo del pecado —error vicio, mal, etc.—, codificaciones de esa
inconsistencia.
En ese sentido, el problema de la Voluntad en Schopenhauer y Nietzsche, es
que insisten en un análisis moral; incluso si se postulan como amorales, porque
en realidad apelan a una moral trascendente, como el irracionalismo sobre la
razón. El objeto de Schopenhauer y Nietzsche es contradictorio, porque es toda
la negatividad moral segregada por el Idealismo; organizada negativamente por
el imperativo Kantiano, como se ve en que su preocupación sea el problema del
Mal.
Ellos otorgan consistencia al Mal con su racionalización, que no existe,
porque que carece de consistencia suficiente; inteligible en una aplicación de
las leyes de la mecánica, imposible a ellos, pero no a Santo Tomás ni a la
Casuística. Este es entonces el problema de principio, creado con la aceptación
de lo político como máximo horizonte de lo humano; en vez de establecer este
horizonte en la realidad, como si lo humano no fuera real, y en ello
subordinado a esta.
En Schopenhauer, la Voluntad es el fondo metafísico de lo real, pero
se determina en como problema moral; y Nietzsche no elimina el Bien y el Mal,
sino que los invierte genealógicamente y propone su transvaloración. Sin
embargo, para que haya transvaloración, tiene que conservarse el espacio
estructural del valor, la decadencia, etc.; por lo que sigue teniendo al Bien y
al Mal como referentes siquiera negativos, es decir, de positividad derivada.
Así habló Zaratustra puede declarar la superación de la moral, pero su
arquitectura valorativa sigue siendo moral; y aquí, si el mal carece de
positividad ontológica, postularlo como principio de lo real sólo produce una
inversión sustancialista. La voluntad entonces explica la contradicción, cuando
la contradicción sólo describe la relación entre determinaciones; que es donde
entra la mecánica, pues este principio es lo que impediría la sustancialización
de esa negatividad.
La mecánica no necesita postular un Mal, para explicar que un sistema
pierda una determinada configuración; ni una Voluntad, para explicar que las
determinaciones produzcan conflicto con su relación entre sí, como cancelación
mutua. Tiene categorías suficientes, como fuerzas, restricciones, condiciones,
transferencias, estabilidad, ruptura de equilibrio, etc.; y por las que
entonces, aquello que la metafísica moral llama mal, sería sólo una
incompatibilidad funcional.
Es ahí que se hace pertinente esta fijación de lo político, como el
horizonte máximo de lo humano, respecto a lo real; desinteresándose de las
determinaciones que producen una realización dada, para interesarse en lo que
debe ser. Este desplazamiento es decisivo, porque el deber supone un
sujeto frente a un orden realizado, que debe conservarse; y el problema
político deviene entonces en ontológico, desplazando a la cultura en esta
función existencial.
Kant lo formaliza en el imperativo, Schopenhauer lo invierte en la negación
de la voluntad, y Nietzsche lo subvierte; mediante la afirmación de la voluntad
de poder, que de algún modo responde o actualiza al Espíritu hegeliano. Todos
sin embargo siguen trabajando el mismo problema, de cómo debe determinarse la
voluntad humana; que en definitiva no es potestad de lo humano, pues se
resuelve desde la cultura, por su valor existencial, no político.
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