El problema de Dios IV (Final)
Esto evita el dilema, tanto de ética absoluta como de un relativismo también
total, en una organización económica; adecuando con esto —en vez de negar— el
imperativo kantiano, que sigue siendo normativo, sólo que ya no categórico; en tanto
esa normatividad es relativa a las condiciones morfodinámicas de realización
del fenómeno, como real. De hecho entonces, la pretensión universal del
imperativo sería la abstracción cultural de una recurrencia funcional; que Kant
asumiría como determinación política, en tanto para el Idealismo la política es
el horizonte último de lo humano.
Kant, paradójicamente, gestionaría un neorrealismo efectivo[1], al descentrar la
sustancia aristotélica en el trascendentalismo; por lo que ya la cosa no es
comprendida apelando a una sustancia, que porte sus determinaciones como
fundamento último. Para eso no se interesa en esa substancia, sino que la
desplaza como objeto filosófico, con supuesto valor ontológico; para
concentrarse en las relaciones en que se estructura lo real, todavía con base
en el Idealismo, pero ya trascendental.
En este secuencia, el Realismo no necesita regresar a Aristóteles para
superar el Idealismo, al que sólo adecua; en una secuencia por la que la
sustancia garantiza la consistencia del fenómeno en Aristóteles, como un
referente formal. Desde ahí, las categorías —que son aristotélicas— garantizan
la determinabilidad del fenómeno, desplazando la sustancia; desde donde estas,
como determinaciones relacionales, garantizan la consistencia funcional del
fenómeno por sí mismas.
[1] . Esto alude al neorrealismo de Jackes
Maritain, como más propiamente idealista, al determinarse como su reacción; mientras
que el Idealismo kantiano significaría una contracción del aristotélico, al
realismo funcional de Platón.




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