Ya queda claro que Plácide Tempels fracasa en su comprensión del África,
por la forma en que intenta comprenderla; que pertenece a la estructura
intelectual de la que pretende escapar, encerrado en una circularidad lógica,
que deviene semántica. Esta es la importancia en que el sentido, porque si el
valor reside en la experiencia, no hay necesidad de organizarlo como filosofía;
la experiencia posee su propia consistencia, sin que sea necesaria su
comprensión en términos convencionales
Eso también evita el error inverso, de atribuir al africano un conocimiento
intuitivo, que el europeo racionaliza; y que sería otra esencialización del
África, desconociendo las categorías y determinaciones propias de su
singularidad. Estas son las que provee la tradición mitológica, como
cosmología, con sus representaciones de lo divino; que serían de las funciones
en que se resuelve fenoménicamente lo real, y que eran comunes al Occidente
premoderno.
Por eso, no se trata de que el África no tenga ontología, sino que esta es
siempre práctica y funcional, no abstracta; aunque su representación imponga
algún tipo de principio abstractivo, que sin embargo no la afecta en esta
funcionalidad. Es por eso que esta ontología, en su sentido práctico y existencial
antes que político, se resuelve en la cosmología; como compresión local y siempre
flexible del cosmos, en esa función existencial, como en la Europa premoderna.
Esto no se reduce por tanto a una crítica sobre la Filosofía bantú de
Tempels, que es apenas el cordero sacrificial; como ejemplo perfecto de la
incomprensión moderna de lo real, que se extiende incluso a su propia realidad;
permaneciendo por sobre el racionalismo modero, en fenómenos como el
neopaganismo, el esteticismo, etc. Eso es grave por sus repercusiones,
cuestionando incluso la legitimidad existencial de fenómenos como el de la
Negritud; que Senghor basa en esta ontología africana de Tempels —no de un
africano—, afectando su consistencia política.
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Aquí, el problema romántico apunta a una necesidad real, pero lo resuelve
como una intuición, no efectivamente; y Tempels organiza esta intuición más
perfectamente todavía, pero aún insuficiente, y comunicando esa insuficiencia a
Senghor. Por eso, por ejemplo, y a pesar de su determinismo, la crítica de Franz
Fanon a Sedar Senghor es pertinente; no por su reducción de la cultura a su
expresión política (folklore), desconociendo su función ontológica sore lo
real; pero sí porque esa intuición sobre la cultura es todavía insuficiente, y
responde al determinismo que pretende superar.
Por supuesto, en el mismo ejemplo, Fanon también es presa de la
circularidad, por el determinismo político; en que desconoce esa función
ontológica de la cultura, reducido al trascendentalismo histórico de ese
determinismo. Bien visto, este es el mismo patrón de la crítica de Prince-Mars
al bovarismo, y la doble conciencia en Du Bois; que no son problemas exclusivos
de la integración racial, sino del elitismo intelectual moderno como seudo
aristocracia; que perpetúan la reacción romántica —por su necesidad existencial—
al reduccionismo político de la Razón moderna.

Eso es de hecho legítimo y racional, sólo que por eso mismo insuficiente,
en su racionalidad, como el bucle dialéctico; de donde se extrae una suerte de
patrón transversal, que permite identificar fenómenos que normalmente se ven
por separado. No se trata entonces de que esa reacción sea irracional, que no
lo es, sino de que esta racionalidad suya es insuficiente; y es el mismo patrón
con que San Agustín incorpora el maniqueísmo a la teología católica, en su
crítica al maniqueísmo; como Kant estabiliza el absolutismo de la Razón en su
crítica, y Sócrates la sofisticación (dialéctica) en su crítica del sofismo.
De ahí, no importa que Sócrates, Agustín, Kant y Tempels sean fenómenos históricos
completamente distintos; la recurrencia es de la función operacional, que alude
a una organización estructural, no de identidad histórica. Esta recurrencia
sería el sentido de la contradicción, como dificultad propia del fenómeno, en
su condicionamiento; impuesta por tanto por el mismo fenómeno, como
restricción, antes que por el entorno en que se realiza.
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