Del movimiento a la ética
De lo anterior, se entiende etonces que el movimiento no necesita ser
producido fuera del movimiento mismo; lo que necesita es una estructura de
relaciones funcionales, en que cada determinación modifica otras
determinaciones. El movimiento es así una propiedad del campo relacional, no
transferida de un agente a otro, y menos aún por un medio; conectando con el
concepto de Dios, como conjunto total de las posibilidades, con sus respectivas
restricciones.
Paradójicamente, con esto se conserva la imagen aristotélica del primer motor
inmóvil, pero como una intuición; no como una ontología efectiva de la realidad
con valores universales, sino una descripción objetiva y convencional; que se
refiere a una propiedad de ese campo de posibilidades, igual que la de Dios
sobre ese mismo campo. No se trata por tanto de una substancia, ni mucho menos
separada, que impone el problema de la doble forma; en tanto el concepto de
substancia supone una forma substancial, siquiera como convención
epistemológica.

El movimiento no es aquello que algo recibe, sino aquello que algo es en la
organización dinámica de sus determinaciones; por lo que la morfodinámica no es
una analogía de la termodinámica, sino la forma en que lo posible se concreta como
fenómeno. Lo divino no es por tanto algo que mueva a lo real, sino la totalidad
de condiciones, por las que lo real acontece; conciliando desde el
estructuralismo estático de Parménides y el movimiento perpetuo de Heráclito,
al mítico caos primigenio y el cuántico.
Dios deja de ser así una excepción metafísica al mundo, y deviene el límite
trascendente de inteligibilidad de este; mientras que el movimiento permanece
en la inmanencia, tan absoluto en su relatividad como esa trascendencia. Esto
implica que, como límite de lo real, lo divino sí es inteligible, sólo que
irrelevante a la inmediatez del fenómeno; de hecho ha sido explicado, pero sin
que esa explicación sea necesaria, más que como objeto mismo del realismo.
Fuera de este, lo importante es la ética en que se resuelve lo humano, como
la expresión política en que se realiza; y que dependerá de la medida en que
consiga esta comprensión, más o menos perfectamente, en su eventualidad. Esto
es importante, porque elimina la restricción política en la relación con lo
divino, relegándola a su funcionalidad; de modo que la ética no impone una
determinación de lo real como político, sino la expresión en que se realiza.
Eso significa que la sociedad puede organizar religiosamente su experiencia
de lo divino, produciendo sus instituciones; la ética es esta expresión
política, y lo divino funciona dentro de esa ética, pero no la determinarla
desde fuera. Por eso la política queda liberada de una restricción teológica,
sin que tenga que caer en la negación de lo divino; por eso también, no habría
categorías universales, sino relaciones funcionales y concretas, que lo hacen
funcional.
Ahí se produce una separación de la ontología, la ética y la política, sin
separarlas artificial o convencionalmente; pues lo ontológico condiciona el
campo, lo ético lo regula humanamente, y lo político lo realiza en su eventualidad.
El problema ético se resuelve entonces, en tanto sus cuestiones responden a
reflexiones sobre relaciones morfodinámicas; que es en lo que no son
universales en su puntualidad, pero sí recurrentes en su estructuralidad, por condición
formal.
Esas relaciones responden a las funciones en que se organiza la cultura,
como la expresión política en que se realiza; es decir, como lógica relacional,
que igual responde a la función de la elegancia matemática y la armonía
estética. No obstante, su carácter de aplicación práctica y no de mera
reflexión, también la expone más a la contradicción; en esa realización, que como
acto culmina sus determinaciones ontológicas, en la actualización de su
potencia.
En todo esto, la consistencia de la ética —como de todo producto cultural—
no desaparece por esta relatividad; lo que desaparece es su pretensión de
consistencia sustancial, autónoma y universal, como regulación de lo divino. La
cultura no produce sustancias, sino determinaciones relativamente consistentes
de lo real, y la ética es una de ellas; y esto como sedimentación funcional de
recurrencias morfodinámicas, de valor referencial, como principio regulativo.
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