Hay un error en el acercamiento a lo negro en Cuba, que lo reduce pernicioso
al pernicioso resentimiento político; lo que es apenas natural, ya que es el
resentimiento lo que lo distancia y le da valor objetivo, pero en lo histórico.
Esto no significa por tanto que este resentimiento sea subjetivo, sino que es
la materia que le da contorno; y surge por su contracción, también lógica, ante
la provocación racial con que Marcus Garvey desembarca en Cuba.
El problema es que ya no se maneja ese dato del desembarco de Garvey en
Cuba, apenas cinco años tras 1912; explicando la rispidez de una integración,
ya estancada como una fatalidad política, en esa categoría falaz del mestizaje.
Más allá de todo eso, lo negro existe en Cuba como una singularidad
existencial, aunque no exactamente étnica; lo que no le quita la dimensión étnica,
sino que la reconoce en su función referencial y no determinante.
Lo negro en Cuba se distingue por la precariedad, no tanto económica como
política, que es decir en su cultura; bullendo en su vitalidad —que no es
inconformidad— bajo esa fijeza categorial de lo mestizo, como una tensión. Esta
precariedad es lo que emana de solares y casas de vecindad, ennegreciendo a una
sociedad que aspira a lo blanco; y que ante la imposibilidad de conseguirlo consiente
en su mestización, pero aterrada no más allá de esta seguridad.
Es esta precariedad la que da consistencia entonces a lo negro, atravesando
los más disímiles tonos de piel en Cuba; condicionando con ello toda expresión
en el comportamiento, como más o menos negro, no más o menos blanco. Lo negro
es así el punto de referencia, que guía la convencionalidad de lo blanco en la
cultura a lo largo de la isla; incluso si se resuelve de modo distinto en cada
una de sus zonas culturales, evadiendo en todas lo taíno.
Esta precariedad es lo que hace precioso y único al arte negro, pero en
tanto negro y no convencional, en su existencia; porque es en ella que emula la
de la realidad misma, en un caso excepcional de axialidad de la cultura en lo político.
Lo blanco carece de esa densidad, en lo convencional de su formalismo puro, que
vacía sus ditirambos experimentales; aunque —habrá que reconocerlo— autores hay
que ascienden a esa falacia martiana del universalismo, en la gracia.
Este es el caso, por ejemplo, de Pablo de Cuba Soria, que asciende fatigado
los escalones de la falacia martiana; bien que por defecto, como decantación
crítica, y no cumplimiento positivo de la postulación, lo que es importante. El
caso de Soria es relevante por lo probablemente único, en esa gratuidad con que
no requiere sentido; porque como lo negro él es el sentido, aunque más allá del
color, como la poética de Lezama más allá de la razón.
Pero su caso esplende por la soledad, que probablemente él ignore —pero a
quién le importa?— en su gratuidad; que es la extraña razón por la que no
requiere otro sentido que el suyo mismo, en un caso de hedonismo brutal. Incluso
los dioses a los que él pone ofrendas han de devolverle la ofrenda han de
devolverle la ofrenda avergonzados; aunque esa no es la materia sino sólo el
ejemplo, de este torcido acercamiento a lo negro en Cuba, como categoría
especial.
Eso negro es así una fuerza especializada, no natural sino políticamente,
que alcanza madurez política en lo estético; por eso su belleza es intrínseca,
puede que incomprendida pero innegable, como la de los mendigos silenciosos. No
todo negro es lo suficientemente negro para exhibir esa categoría, pero —como
principio— ningún blanco lo es; a lo más que puede aspirar el cara pálida, o el
mulato que investiga su ascendencia, es a esa difícil universalidad de
Soria; que como la poética de Lezama Lima, está más acá —no más allá— de la
razón, escondida en los pies descalzos.

No hay secreto, la reflexividad de lo negro reside en el ritmo, que es más
elusivo que la rotunda ligereza de una rumba; porque se refiere a superposición
de estados, que no es inexplicable sino sólo el colapso de lo real en su flujo.
Por eso, la reducción de lo negro al folklore es ofensiva, como triquiñuela de
blanco en la categorización del mestizo; cuando esa ficción de lo político se
resuelve en Cuba con la tensión dialéctica del comportamiento, como lo uno o lo
otro.
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