La excepcionalidad cubana
De ahí la aversión enfermiza del socialismo contra lo individual, a lo que
acusa de individualista por la mera existencia; como si el colectivismo no
fuera esa coerción odiosa de la persona —que siempre es concreta— a la
estructura política. En ese sentido, Cuba —como Estados Unidos y todo otro país—
sería una realidad única, con todo y su multiplicidad; porque en esa
superposición de estados —que ni siquiera dualidad— es que se constituye lo
real, en su estructura.
Descreer de la excepcionalidad cubana es así otro lugar común, como el
prejuicio contra el destino manifiesto; que es la manera en que la realidad se
resuelve a sí misma como morfodinámica, pero desde la axialidad de la cultura.
Sin embargo, ni la axialidad ni la morfodinámica —como la trialéctica— son términos
de lectura fácil en su obviedad; porque aluden a las funciones relacionales en
que se estructura lo real, en una compresión ontológica de sus fenómenos.
Por eso la ontología cubana permanece en sus prácticas religiosas, que retienen
la materia reflexiva sobre el cosmos; pero aún no es su pretensión etnográfica,
que no pasa de ser otra triquiñuela, en un equilibrio más precario que el de la
realidad. Tampoco es literaria esta otología, que es la pretensión mayor y más
absurda, por intelectualista, mostrado su decadencia; y menos aún —hasta lo
irrisorio— en su literatura política, que es la peor de sus indeterminaciones
existenciales.
La solución, imperfecta en su platonismo fatal, es la síntesis lezamiana,
que se apega a Villaverde en la incomprensión; pues no rechaza la de Morúa
Delgado —como no rechaza Platón a Heráclito—, sino que la subordina en el
dualismo. La virtud de Lezama Lima, como la de Platón sobre los fisiólogos, es
que fija una hermenéutica, con su orden epistemológico; que aunque aún inconvencional,
prepara las vías del Realismo Trascendental, a usurpar por un oscuro monje agustino.
El detalle es que es en esta excepcionalidad que resulta inaprehensible,
pues la aprehensión es en lo universal; y sólo la estética consigue retraerse
lo suficiente para ello, en la función de su capacidad reflexiva como
existencial. De ahí que la genealogía nazca en la madurez distinta de
Villaverde y Morúa Delgado, resolviéndose en Lezama; como síntesis que en lo
formal es de morfodinámica, incluso si —no hay que olvidarlo— todavía imperfecta.





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