Al trasladar el problema desde el mecanicismo ingenuo a la epistemología, se aclara la armazón de la física teórica; y por la que la realidad física, no es una colección de esencias materiales, sino un sistema formal de posibilidades y restricciones. En ese sentido, una partícula —o el complejo de cuerdas— no se desarrolla en un sentido, sino en todos las posibles; lo que determina que uno de esos infinitos desarrollos se realice o no, es la interferencia mutua de todas esas probabilidades; al chocar con las determinaciones puntuales, como el campo de fuerzas, la geometría del espacio o el propio acto de medición.
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Al final, la trayectoria clásica que se observa en el macrocosmos,
es sólo el orden en que se alinearon esas probabilidades; cancelando en esto
todas las otras proyecciones, sin que accedan a realidad alguna, al carecer de
estas determinaciones. Aquí se observa que el problema básico es que aún estamos en estadio final
de la transición desde la física clásica; que es en definitiva la que provee
los referentes epistemológicos, con los que se puede comprender o no lo real.
En ese sentido, cuando Newton lleva la física clásica a su apoteosis, ya
Galileo la había socavado, con su relatividad; ese habría sido el comienzo de
esta transición cosmo-epistemológica, que aún no habría concluido
históricamente.

El verdadero origen de la fractura se sitúa entonces en Copérnico, al desmontar
la narrativa lineal de la ciencia; pues si la tierra se mueve, el reposo
absoluto desaparece, y un objeto que cae de una torre arrastra el movimiento de
la tierra. En ese instante rudimentario nacería el principio de relatividad,
que luego sería formalizado por Galileo y Einstein; y respecto al cual, Newton —salvar
su majestuosa mecánica y mantener las ecuaciones legibles—, introduce un parche
metafísico; postulando que el espacio y el tiempo eran absolutos, fijos e
inmóviles, como un teatro en el que ocurre las cosas.

La física del siglo XX y XXI ha demolido los pilares de la ciencia moderna,
sin embargo la transición no ha concluido; porque nuestro lenguaje y nuestra
lógica siguen siendo newtonianos, y carece de referentes experienciales para
otra cosa. Esto es importante, porque explica el valor de la deformación
primera de la prácticas de conocimiento en Occidente; al comprender la teoría
de cuerdas, la mente —configurada tridimensionalmente y macroestructural— necesita
la referencia formal; sólo que esta necesidad no es existencial, y la
experiencia sólo ofrece referentes existenciales, no puramente formales.
El verdadero salto epistemológico, de alcances copernicanos, aceptar que la
realidad no está hecha de cosas; sino que es un tejido —que replica el del
espacio-tiempo— de estructuras formales, organizadas en funciones relacionales.
En este sentido, el error estaría en el exceso de Pitágoras, pero es también
operativo y lógico a su propio contexto; no sólo porque responde a las
necesidades referenciales propia del Egeo, sino por la condición misma de lo
real.
El problema es que, en tanto formal —por sus funciones—, la realidad sí
estaría llena de recurrencias matemáticas; y el error habría estado en tomar
esas recurrencias por determinaciones efectivas, y no en como valor
referencial. La resistencia a aceptar esto, se debe a que seguimos en el
estadio de transición final, como una turbulencia permanente; sólo superable
con una adecuación epistemológica suficiente, que reconozca en el Realismo la
potestad de lo real.
Esto es grave en sus implicaciones filosóficas, resolviendo por ejemplo la
insuficiencia del materialismo histórico; al plantearse como alternativa al
idealismo, al que sin embargo sólo adecúa, por su propia dependencia
epistemológica. Eso también explica la actualidad del problema como
epistemológico, en esa potestad que se atribuye a las matemáticas; cuyas
contradicciones responden también necesariamente a la perspectiva, pues se
trata siempre de una comprensión parcial. De no ser así —por ejemplo—, no se
habría podido hallar ninguna solución matemática nueva desde Pitágoras; sí de
hecho se poseería una exactitud absoluta y no relativa en su objetividad, no
sujeta a desarrollo posterior.

Aquí, el materialismo histórico funciona como una perspectiva para explicar
ciertos condicionamientos políticos; pero fracasa cuando se postula como una
verdad metafísica última, distorsionando incluso la comprensión de la historia.
Por su parte, si la materia misma no es algo unívoco, la infraestructura social
tampoco puede ser un determinante; sino un sistema formal de relaciones y
probabilidades, que colapsa también ante la determinación puntual.
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