Gracias al exceso de Pitágoras tenemos las matemáticas modernas y la
ciencia, pero al costo de lo real mismo; al punto de justificar en Platón el
autoritarismo benevolente, en el corazón y eje original de la democracia
política. La lógica será implacable, partiendo de que lo real está escindido y
la verdad reside en la forma (Eidos) como el número; pues desde ahí, quien acceda
a esa abstracción posee el derecho a ordenar la polis, que es la realidad como
humana.
En la democracia ateniense, incluso imperfecta, el conflicto era material,
como negociación de fuerzas presentes; el eje pitagórico-platónico introduce el
Racionalismo Trascendente, donde la norma surge de una verdad externa e
inmutable. Aquí la política deja de ser morfodinámica —la forma emergiendo del
proceso— para convertirse en ingeniería; imponiendo la forma desde una élite
iluminada, que necesariamente desconoce los problemas prácticos e inmediatos.
Respecto a la ciencia, el costo de su apoteosis es la pérdida de esta objetividad
integral en su apoteosis moderna; en el rechazo de su elemento material por default,
construyéndose sobre un vacío ontológico que llena con abstracciones. Esto
explica por qué —incluso hoy— nos cuesta tanto entender la historia o la
cultura como procesos físicos; seguimos atrapados en la escisión pitagórica que
separa la ley como forma del suceso material que la expresa.
La tensión es entre el materialismo de Demócrito, residual desde el
formalismo de Pitágoras, y este como espiritual; Aristóteles lo soluciona
lógicamente —es decir como forma— en el substancialismo, ya neutralizado por el
dualismo. Este dualismo no es neutral, porta vicios como la metempsicosis
pitagórica, que es la mayor evidencia de la escisión; apuntando a un probable
entrelazamiento trascendental, pero sin una física cuántica, y por tanto resuelto
en el simbolismo religioso.

En el fisiologismo original, la psique como principio vital, parte de la
organización del fenómeno, no su determinación; con el pitagorismo, el alma se
convierte en una entidad matemática (formal) que entra y sale de sus
receptáculos materiales. Esto no es solo un dogma religioso, sino la base del formalismo
radical que informa a toda la tradición idealista; si la forma (alma/número) es
independiente del residuo (cuerpo/materia), entonces la realidad verdadera es
estructural y estática; mientras que el cambio —el flujo herácliteo— se degrada,
a la categoría de apariencia o imperfección, como caída.
Es la veneración de Platón por Parménides, mediada por el filtro
pitagórico, lo que termina por asfixiar la morfodinámica; pues al priorizar el límite
—el peras pitagórico— sobre lo ilimitado, la política y la cultura dejan
de ser procesos de adaptación; pasando a ser intentos de encajar la realidad en
moldes geométricos ideales, como la soteriología cristiana.
Aunque Platón comprenda el cambio herácliteo, su solución es siempre sobre el
control formal sobre lo real; la República es un intento de crear un
sistema tan estructurado (parmenídeo), que resulte inmune al tiempo. Esto es lo
que justifica el autoritarismo benévolo, con la estructura —la forma pitagórica—
como lo único real y estable; cuya desviación, en el flujo del desarrollo
histórico, es un error de la materia, no una evolución del sistema.
Como resultado, lo que la función religiosa de disociación que permitía la
cultura, deviene en herramienta de dominación; mediante la cual, la abstracción
de la verdad se impone sobre el proceso físico de la realidad, que es lo
social. Pitágoras no podía saber eso, ni siquiera podía saber lo que estaba
haciendo, como un niño rompiendo el juguete; en su afán por aislar el mecanismo
—la proporción, el número, la armonía—, desguaza la unidad del fisiologismo.

El problema es que, como el niño del juguete roto, Occidente decidió seguir
jugando con estas piezas sueltas; de modo que las formas puras —las
matemáticas, el espíritu separado— fueron más reales que el juguete funcional. Al romperlo, Pitágoras descubre la autonomía de las matemáticas, lo que es
un descubrimiento brillante y absoluto; pero al no ser integrado en la dinámica
de lo real, crea la ilusión de suficiencia en la forma, también absoluta. Como
él no comprende que está operando una mutilación ontológica, presenta el
resultado como una revelación; contraída así a su origen religioso, pero como
filosofía, adelantando la secularización cartesiana del problema religioso.
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