La historia como tecnología de lo real, morfodinámica de la Nueva África
Paralelamente, la tecnología del azúcar en el Pernambuco holandés
(1630-1654) no sería una anomalía biográfica; sino una singularidad técnica,
producida por la convergencia de vectores del capital calvinista y la técnica
sefardí. La emergencia del sistema plantacionista en Brasil, no responderá
entonces a una invención ex nihilo, sino a una evolución; que fusiona lógicamente
necesidades estructurales, en una contracción mecánica, y en ello
transhistórica.
La expulsión de los judíos de la Península Ibérica, funcionaría como una eyección de capital humano especializado; los sefardíes operaron como maestros de azúcar, portando la tecnología mediterránea de la irrigación, y la química del refinado. Este desplazamiento encuentra un sustrato para su expansión, con el vector financiero del calvinismo holandés; que aportó la ideología mínima, reduciendo a praxis de la existencia el ruido dogmático, como ética de eficiencia y ahorro.
Esto permitirá que el capital fluyera sin fricciones morales, con Ámsterdam proveyendo justo la estructura logística; por la que esa técnica preexistente se escala a nivel de comercio internacional, retroalimentando su capacidad tecnológica. Aquí surgiría una clara evidencia de la estructuralidad de lo real, en la aparente involución tecnológica en Brasil; pues mientras la tecnología era hidráulica originalmente, aquí se produce una contracción funcional al trapiche, de tracción animal y humana.
Esta mecanicidad de la economía como reorganización histórica, sería lo que
explique la emergencia neoafricana; que surge no como un acto de voluntad política,
en el idealismo romántico, sino como una reacción morfodinámica. Al ser despojado
de sus instituciones, el sujeto africano se contrae culturalmente a sus
funciones existenciales básicas; y esta compresión no destruye la estructura,
sino que la densifica, y de hecho la repotencia, en una nueva proyección.
Al despojar a la historia de su ropaje moral, se observa que Occidente no
es una progresión ética, sino una arquitectura; que articula realidad y
posibilidad, como la caña y el capital, en una secuencia mecánica, por
necesidad funcional. El Realismo Trascendental permite finalmente entender que
la realidad no se piensa ni se siente, sino que se ejecuta; con los individuos
como fenómenos puntuales de esa realización en tanto política, como esa
secuencia de lo real en su estructuralidad.





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