En Osha, las historias o patakíes no son para tomar partido
por uno u otro orisha, que de echo no lo necesita; sino sólo para explicar dinámicas
en que se realiza la realidad, que es siempre puntual, y a eso remiten su
significado. Eso lo sabe cualquier santero, que no acude a consulta para saber
si tiene razón, sino cómo resolver un problema; y que por eso no toma partido —¡Dios
lo libre!— en la historia que le cuentan, sino que sólo trata de entenderla.
Eso sin embargo lo desconoce el folclorista, que va dando
lecciones de la sabiduría popular, con la suya libresca; y que curiosamente es
blanco o educado por blancos, en esa naturaleza informada y no experiencial de
su conocimiento. En esto sobresale el cuidado folklore cubano, institucionalizado
en su representación del pueblo, pero por intelectuales; que así dictan al
pueblo qué es lo popular, para que pueda mantener su identidad, cuidada en el
folklore.
Curioso que, tratándose de una élite intelectual, esta es
también blanca o formada por blancos en esa intelectualidad; de modo que
siempre se trata también de una representación, no de una participación directa
de esa clase popular. Además, como en eso sobresale el folklore cubano, también
sobresale su insistencia en doblar la historia origina; que ahora tiene un
sentido revolucionario, impuesto por ese elitismo blanco, incluso si blackfaced
en su representación.

Eso se refiere al tratamiento revolucionario de los patakíes,
en que indefectiblemente Shangó es vencido por Oggún; que resalta no porque en
los originales sea siempre a la inversa, sino porque a veces sí y a veces no,
como la vida. La peculiaridad estribaría en ese simbolismo atributivo, que hace
a los orishas representaciones ideológicas; no proyecciones formales sobre las dinámicas
en que se realiza lo real, sino ideas en función moral sobre eso real; como
unas determinaciones así políticas, y en esto superpuestas a la función ontológica
original, como culturales.

Ningún santero en su sano juicio se atrevería a semejante
sacrilegio, que no es contra un dogma sino algo peor; porque es la soberbia que
niega la determinación propia de lo real, como morfodinámica, con la humana.
Bien visto, eso es hasta un patakí, en que Shangó pierde el poder jugando con
el rayo, que da el fuego y con este la vida; encaminándose a la muerte por suicidio
—de su propia mano—, por esa soberbia prometeica de cara pálida.
El problema es que el cuidado del folklore —en general y
no sólo el cubano— es ilustrado e intelectualista, histórico; busca la identidad,
pero no como órgano de realización existencial, sino legitimidad en la
trascendencia histórica. Por eso, su comprensión de lo real es dialéctica, desconociendo
que la voluntad de Shangó se cumple en Oggún; no paradójica sino trialécticamente,
en la tensión en que lo real se realiza como Acto, actualizando su Potencia.
Igual, por ejemplo, la naturaleza de Oggún la cumple la voluntad de Shangó,
como el reverso de la misma forma; que es lo que revelan ikines y chamalongos,
según la cara que muestren cuando saltan, recitando el patakí.

Este es entonces el problema de la politización de lo
religioso, en ese recurso ya manudo por político de la identidad; que pierde
sentido en su imposibilidad misma, porque toda continuidad posible ha sido rota
en sus redeterminaciones. De cierto, las religiones afroatlánticas son de
ascendencia africana, pero ya no africanas en esa africanidad atlántica; porque
esa extensión del océano traicionero y misterioso a jugado su redeterminación,
de lo económico a lo político.
El secreto de Osa —y el Voudu, y el Myal, y el Obea, y el
Candomble— sigue así intacto, como el canto que lo expresa; porque se ha
perdido en la traducción, que reduce a formalismo simbólico lo que es dinámica
de la energía vital. En eso reside la morfodinámica, que no por gusto ocurre
como desubstancialización de lo físico en su naturaleza; para resolverse desde
esa axialidad de la cultura como cultura, con sentido político pero propio, en
su expresión. Por supuesto, habrá que agradecer a esos blancos y blackfaced el
archivismo, con el que preservaron formas huecas; porque eso las resubstancia,
en una nueva comprensión de lo real, que restaure las funciones básicas de lo
real.
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