Friday, November 6, 2026

¿Motivos de Proteo, qué es el Realismo trascendental?

Si no fuera por la esquizofrenia de esas múltiples personalidades que se contestan a sí mismas, uno confiaría; desgraciadamente, la experiencia impone sus cautelas, evitando las otras trampas del ego que recibe atención. Demasiado patética ha sido esa imagen de intelectuales reactivos, que suavizan la ira tras el beso de falso enamoramiento; por lo que la cautela no es resentimiento, pero sí cierto sentido de la dignidad, que no cree que todas las rosas sean rosas.

No obstante, ha de reconocerse el interés y su constancia, trascendiendo la intermitencia pedante, aún sin gracia; y en todo caso, vuelve uno a lamentarse del talento que se desborda sin sentido, tras ese fantasma del éxito. Como principio, esta lectura del Realismo Trascendental erraría como toda otra, en su pretensión de comprenderlo; pero ese error sería también del mismo Realismo, en su no menos pretencioso acercamiento a lo real. 

En el reconocimiento o no de esa falibilidad residiría la eficacia de una comprensión efectiva, que nunca será absoluta; pero que abre su propio camino en la mente del pensador, como Oggún desbrozando sinapsis por su poder de Shangó. Por esto no son discutibles las tesis de la crítica en que no se concuerda, pues suyas son en la libertad del consumidor; y tan legítimo es su acercamiento como la propuesta misma, en otro ejemplo de esa tensión en que se realiza lo real. Sólo, como gracia por la atención, ciertas adecuaciones del criterio, y con modestia antes que la soberbia de la ira; como que el Realismo Trascendental no es una sistematización abstracta sino práctica, destilada de la comprensión de la historia.

El Realismo Trascendental se organiza así, en la revisión crítica de personalidades controversiales, como Morúa Delgado; de la que parten sus criterios económicos, no en la negación sino otra comprensión de lo real como histórico. Igual, se organiza epistemológicamente en forma paulatina, con su actualización del fenómeno de la Negritud; que es lo que explica la recurrencia de Placide Tempels, por la de Senghor, y no por su inevitable insuficiencia.

No se trata entonces de una colección de principios para esa comprensión de lo histórico, que siempre es económica; sino destilada de esa comprensión previa, con valor referencial —y no dogmático— para toda otra. El principio aquí es la relatividad, en su negación de toda universalidad en las propiedades de lo real, como funciones; incluida la de esa misma relatividad, en la recurrencia —que no determinación— de sus recurrencias formales.

Es en ese mismo sentido que se desecha el dogmatismo kantiano de Martí, con el Bien histórico como necesario; prefiriendo el proteísmo de Rodó, como precursion ya realista, sin desvirtuarlo en la cortedad de que ambos participan. Martí sería el defecto que impone la contracción lezamiana, en un alcance metafísico de la sublimación ética, en lo patrio; pero sólo necesario para él, no para la proyección realista que sustenta en su puntualidad, local en el realismo.

No obstante, ese es tan sólo otro criterio, tan legítimo como el de la crítica, que sólo ofrece una perspectiva sobre otra; y nada de esto significa que se acepte una invitación al absurdo del debate, tras el otro absurdo de la pretensión del éxito. Lo que sí que se reconoce la deferencia, incluso si se sigue pensando que la filosofía no por gusto no es reseñable; esta, como otra forma de literatura, sería apenas una versión particular de lo real, en la peculiaridad de la experiencia.

Sólo la ficción moderna tiene absurdos como ese del éxito, alargado en debates para que alguien parezca inteligente; y el irrespeto como estrategia ha sido demasiado recurrente para negarle consistencia, explicando la desconfianza. No como ofensa irreparable, sino signo de mayor o menor inmadurez, que acentúa el sentido o no de un encuentro; porque, como símbolo inequívoco de potestad, todo intercambio ha de ser —primero que todo— interesante.

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