Thursday, April 23, 2020

Angela de Mela y el don de lo bello.


Angela de Mela nació con un masa de dichas y desdichas, en equilibrio más pesado que cualquier exceso; por parte de la dichas, una personalidad única y relumbrante, y con ello las experiencias que ello le depara; por parte de las desdichas, esa misma singularidad, que de tan extrema la hace solitaria y extraña. Todavía ahí se entrelazan los dedos dichas y desdichas, porque esa extrañeza y esas experiencias devienen versos de oro; pero que florecen en medio de tanta profusión, que no importa su brillo no consigue resaltar en su justa medida.

No es una deficiencia sino una desdicha, porque la poesía es completa; se compone de imágenes tan perfectas que parecen medidas, no de retruécanos que se hacen los listos en lo torcido. Eso se vuelve más extraño aún, y solitario en esa extrema singularidad, porque retoma al propósito poético; abandonado casi que en su mismo nacimiento, cuando la vanguardia se negó a la imagen, y obligó al sentido recto.

Eso es paradójico, pues pareciera que el surrealismo se daba al poder analógico de la figura poética; pero en verdad reducía la forma a su más estricto sentido recto, que trasladaba así su peso al concepto. Sería por eso por lo que la poesía se perdiera en el bosque ni tan espeso de la postmodernidad, languideciendo en sus palenques; cuando el modernismo se aislara ante la soberbia europea, que no admitió ese poder indiano que la renovaba.

Claro que morir no es morir sino tener otra vida, es otra dimensión en que todo se aclara; que es por donde puede ser rescatado ese cadáver excelso y fulgente de la poesía, en el lindero de la modernidad; y es así como puede entenderse la poesía de Angela de Mela, como cánticos que trasuntan exaltación en la modestia. Nadie se llame a engaño sin embargo, esa modestia es la de las buenas maneras, la de la elegancia; la de quien sabe su poder, que como recuerda el I-Ching, las mangas de la concubina han de ser grandes y brillantes, las de la esposa no.

La poesía de Mela es poderosa, porque retiene ese poder de la alegría que sólo suscita la belleza, y es el mismo siempre; sus versos recuerdan muchachas recogiendo flores de romerillo, en prados extensos bajo el sol; novias de Cristo que lo reciben en la soledad de sus celdas, con ángeles que les arrancan sonrisas equívocas, con flechas también ambiguas. Son versos que tienden a la brevedad, haciendo del poema más bien largo lo que fue la antología para los antiguos; pero donde entonces cada poema es una antología, y se debe entonces parar y beber un sorbo de agua tras de cada uno, porque ha sido suficiente.

Es una pena, desdicha sin dudas, que tanto poder reluzca en medio de tanta construcción mediocre; porque lo que se pierde es la perspectiva en que se la puede apreciar, que es lo grave del momento. No que naciera en tiempo equivocado, sino que posee ese destino, y que probablemente ese sea su sentido; como un poema suyo ella misma, como el Cristo entonces que se ofrece en su propia experiencia, con el don de lo bello.

Wednesday, April 22, 2020

Del realismo en la literatura cubana


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El Realismo, como toda propuesta formal, es un estilo legítimo, por más que controversial; ya desde que los incisivos franceses postularon la crítica social como un objeto literario suficiente. Como fruto de ese tiempo, el estilo retiene muchas de las cualidades de ese entorno; el afán confrontacional, el suprematismo ético, la fausticidad del espíritu ilustrado, y también su elitismo. 

Pero la realidad no es lineal, como demostraron los dialécticos, afectando a la evolución darwinista; y por eso retiene vericuetos que la hacen incomprensible y paradójica. Lo que hizo valiosa a la propuesta no puede haber sido su supremacía moral, como demostrarían otros estilos no menos incisivos; objeto de arte al fin y al cabo, y modo de reflexión siquiera estética, el estilo sólo se habría aprovechado del dramatismo inherente a su confrontación.
Su valor sería entonces relativo, con apogeos y depresiones como cualquier; es decir, aquel momento, grandioso por su grandiosa epaté, ofrecía la experiencia que posibilita una reflexión existencial. La pretensión del realismo socialista no tendría que ser menos, aunque padezca lo efímero de esa realidad; como las epopeyas, aprovechaba la épica revolucionaria en catarsis ontológicas, como lo mejor de la preceptiva aristotélica, no la brechtiana.
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Ahí nacerían también sus problemas, cuando la propuesta socialista pierde su naturaleza épica; deviniendo en otra burguesía, con la inevitable institucionalidad que la corrompe. Ahí, contrario a lo pretendido, desplaza el valor dramático de la catarsis a la figuración; que entonces debe transgredir las barreras políticas si quiere conseguir esa catarsis. Como de santos y héroes los escritores sólo tienen la pretensión, no es extraño que disientan del compromiso; que se acomoden a la bucólica en que decae la epopeya, con narrativas banales, que ni siquiera cuentan con el concurso extraño de lo sobrenatural. 
No es que la novela revolucionaria esté mal escrita, la de la revolución mexicana es ejemplar; sino que sólo está bien escrita, desde la prosa funcional que privilegia un drama supuestamente épico; cuando eso épico es la regularidad en que el heroe se aviene a la convención vigilante. Es por eso que la novela revolucionaria cubana es realista pero menor, carece de la intensidad estoica de sus innombrables; y la emigración a los Estados Unidos, desde la crisis de 1980, parecía que salvaba eso, pero nadie contó con la astucia de Dios; ah, esa paradoja de duros dedos escudo de su victoria, ese exilio se había formado bajo esos parámetros de la épica revolucionaria.
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El exilio sólo pudo persistir en ese bucolismo del realismo banal, ahora incluso en quejumbroso victimismo; que no es que fuera ilegítimo, sino que su legitimidad no era literaria, y no era por tanto suficiente. El mismo Reinaldo Arenas, que prometió tanto con su primera novela, era ahora un acomodamiento realista; sólo en burbujas estrictament tópicas y no de prosa volvió al extrañamiento, y entonces era maravilloso. Aún así, en la mayor parte Arenas tiende al realismo y tiene que hacerse menor; lo que tiene que ver con las imágenes que trabaja y la sintaxis con que las busca, no con sus tópicos, de forzada surrealidad. 
El único caso en que este realismo no desciende a banal a pesar de bucólico, es en el de Cabrera Infante; pero porque Infante no transforma lo bucólico en épico, sino que se contrae al dramatismo de esa relación con la realidad; que se hace melancólico al escindirla de la realidad en sí y recrearla como propia, ontológica. Desgraciadamente, ese nivel de complejidad no es común al realismo cubano —ni siquiera al de su exilio— desde 1959; lo más lejos que habría podido llegar, en este bucolicismo, es a una propuesta extraña como Las eras imaginarias, de René Vázquez Díaz; y justo a partir de las retorcidas referencias, estrictamente librescas, en que el autor retoma un tema lezamiano para su desarrollo. 
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Ese es un caso curioso, raro como una jugarreta de la paradoja que escuda a la Victoria zéuca; pues ni siquiera se refiere al teorema mismo de las Eras imaginarias de Lima, y que es todo un tratado estético; sino que se concentra en un trabajillo periférico y fruto de la manipulación, en que el obeso de Trocadero identifica a la Revolución como una nueva era. Es claro que, aunque en tono menor, esa es una victoria inevitablemente zéuca, por lo paradójico de su realismo; donde sin discurso, por primera vez en su estilo, el bucolismo rezuma rencoroso escepticismo, suficiente y brutal como hacía tiempo no era ya el realismo cubano.

Tuesday, April 21, 2020

De la Cultura Cubana


Una joven negra camina con el escritor negro Manuel Granados por una callejuela de la Habana Vieja, en una noche de luna llena; la joven entorna los ojos y suspira con ensoñación “Te imaginas, Manuel —dijo—, tú y yo, en esta hermosa ciudad, en el siglo XVIII o el XIX”; “Sí —responde él con desdén—, tú estarías cocinando o lavando para tus amos y yo cimarroneando, pues no soporto la esclavitud”. Igual que esa joven negra, la cultura cubana tiende al autoengaño pertinaz, y a perderse en la mitología común y pobre; todos los escritores cubanos reconocen la decadencia de la literatura contemporánea, mas no en la pequeñez de la literatura cubana. 
La ruptura que significó el triunfo revolucionario de 1959 es un desgarrón profundo y eficaz; pero semejante enormidad carece de significado real para los intelectuales cubanos, que asumen alguna continuidad de la tradición. Hay una conjunción funesta por lo inevitable y sus consecuencias, la de una juventud talentosa y vanguardista con el espíritu revolucionario y su estética; que era legítima, pero moldeó las nuevas instituciones con el perfil policíaco de los comisarios, clientelistas como en el capitalismo pero mediocres. 
Marx criticó el carácter utópico de las teorías sociales, encandiló y aún encandila al mundo con el furor profético de su discurso; es como San Pablo apocalíptico ante el estupor y la doblez de Pedro, que todo se lo tomó con mayor calma y pragmatismo. Así se unieron en una sola generación la soberbia y el oportunismo, y se acabó con el arte; y no sólo eso, sino también con la posibilidad de recuperación, porque el daño fue estructural, profundo, se lo infligieron a sí mismos. 
Esa generación creó adefesios como los talleres literarios y el concepto imposible del asere intelectual; atacó al grupo editorial El Puente y fue el grupo editorial El Puente, atacó a Lunes de Revolución y fue Lunes de Revolución; también Pensamiento Crítico y su víctima, todos iconos de la época y en ello capaces de exlicarla. No se trata de si la tradición cubana es más o menos extensa, valiosa y prestigiosa, probablemente lo sea; pero los funcionarios que se comisionaron, de sólida formación, identificaron la arrogancia de su snobismo con las necesidades políticas de un utopismo bárbaro. 
No se trata tampoco de las mezquindades con que cada quien integró la infraestructura, impenetrable de otro modo; es que imperceptiblemente dieron forma a ese realismo seco y naturalista, que se enseñorea insobornable, destrozando las prosas. El estilo, proveniente del apogeo literario francés, es tan legítimo y suficiente como cualquier otro estilo; pero cuando su austeridad tomó visos de trascendencia y se hizo no ya naturalista sino natural como la fe, quebró con su fuerza la fragilidad de la literatura. 
Un ejemplo de esa crisis sería la simplicidad sintáctica, con la que ese realismo naturalista rehuye las fabricaciones complejas; pero si la complejdad gramatical acude gozosa a la edad de las lenguas, es porque facilita la sutileza en que éstas se hacen más eficientes y expresivas. No es un fenómeno positivo sino bastante subjetivo, y por eso carece de racionalidad evidente; pero esa dificultad no es propia del arte; y evitar la complejidad sintáctica es entonces como retornar a los mugidos entrecortados del protolenguaje.
En eso consiste la disolución torpe del arte, en una realidad que se niega a la perspectiva sutil y la fábrica inteligente; cuando el hombre fue así de simple era como la bestia, y su entorno era igualmente adverso para ambos; cuando el esplendor del período minoico se perdió así, fue sólo por el alfabeto que comerciaron los fenicios que se conoció la epopeya clásica, la cólera increíble de Aquiles. Ya no es posible trazar coordenadas sutiles y complejas, como las que separan a Carpentier y Lezama Lima, Piñera y Cabrera Infante; la curva está trazada, pero es entre Orígenes, en la que colaborara Macedonio Fernández, y El Caimán Barbudo, y el abismo es espeluznante. 

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