María del Rosario García llega al arte con la ventaja
de su madurez, como otro signo de su plenitud existencial; es decir, no viciada
por esa formación profusa, que impulsa a los artistas a la trascendencia imposible,
sino feliz en su pureza. Pártase de que esa trascendencia es un objeto
imposible, puesto que es una condición propia de lo inmanente; que siendo a su
vez la condición del Ser, carece de consistencia propia como para comunicarla a
un objeto.
Tamaña contradicción será la que diluya al arte
contemporáneo, en sus sinsentidos y contradicciones profesionales; pero
guardando sus mejores frutos para el artista ingenuo (naif), como
intuyeron los surrealistas que comenzaron la debacle. Este es el caso de Chary,
que viene ya con su experiencia de la cocina, nada más y nada menos que la
española; en la que forma su sensibilidad especial para el constructivismo
formal, y sobre todo la mera alegría de ese formalismo.
Contrario a los debates teleológicos, el
constructivismo es práctico mezclando aromas y sabores en la cocina; esa es la
ventaja para el arte de una formación al margen del arte, para que este exprese
lo real y no sus conceptos. Esto es lo que distingue a María del Rosario entonces,
independiente de si se le pueden identificar influencias y otras presiones; más
allá, en sus imágenes se da la confluencia con el conceptismo profuso de
autores clásicos, sólo que en la espontaneidad en que los actualiza.
De este modo, esos autores incomprendidos cobran vida
a través de su sencillez, no menos efectiva por aparente; porque mejor que
cualquier profesor de artes, ella es el arte que los explica a todos, continuándose
en su propio gesto. Chary, según Chary misma, no quiere decir nada, y
probablemente sea por eso por lo que puede decir mucho; en tanto no se le traba
la lengua con conceptos engorrosos ni principios abstractos, sino que sólo
habla de su plenitud; que en tanto humana es de la especie toda, como un espejo
al que puede mirarse, no más se canse de tonterías abstrusas.
Bajo el nombre artístico de Mi-Cha, ella no discursa ni sobre la realidad ni su
expresión como naturaleza, sino que la ve y nos hace verla con ella; por eso
juega, reduciéndola al objeto ontológico que es, mejor que cualquier teólogo,
esteta o filósofo en general. Chary ni siquiera es excesiva en esta simpleza, que
la volvería tan retorcidamente intelectual como a un profesor; pero torciendo esa
imagen de lo real, en superposiciones y combinaciones continuas, que hacen del
gesto arte y no mero gesto.

Es ahí que aflora el magnífico instrumento constructivista
del inicio, en sus ojos felices que descubren lo real; pero ya como esencia más
que objeto mismo de eso real, sin caer en los ditirambos huecos del
subjetivismo. Hay que tener cuidado ahí —sobre todo tratándose de esta libertad
extrema de Chary García—, porque el sendero es complicado; en definitiva, el
subjetivismo es el subterfugio con que el arte puede reflexionar al Ente desde
el positivismo moderno; pero prestándose entonces a esas corrupciones subliminales
del seudo romanticismo, que se pierde en discusiones inútiles.
Después de todo también, los desarrollos son todos
residuales y no objetivos, sin lugar tampoco a esa subjetividad; porque la
antonimia es una ficción humana, minuciosamente desconocida en la naturaleza de
lo real, como muestra Chary. Es entonces esa singularidad en que las cosas se
estiran, como los mundos paralelos que el concepto no puede relatar; porque,
como potestad de la vida, afloran en la espontaneidad del gesto
descomprometido, feliz de cumplirse en sí mismo.