Saturday, August 3, 2024

Bienvenida de vuelta a la Negritud

El conflicto que enfrentó el Capitán general O’Donnell en Cuba no era de rebelión efectiva, sino de negrización; como un peligro que emanando de la reciente república haitiana, brindaba un paradigma a los negros cubanos. Eso no se traduce en alzamientos peligrosos, que la geografía del país hubiera permitido controlar con facilidad; pero sí la formación de un foco ilustrado en Santiago de Cuba, que dificultara la primacía de la sacarocracia blanca.

No es casual que los Independientes de Color se alzaran en Santiago, ni el ascendiente haitiano de sus líderes; tampoco que ese mismo fuera el ascendiente de Rómulo Lachatañeré, el antropólogo negro que cuestionara a Ortiz. Santiago de Cuba era sin dudas un foco de nueva hermenéutica, surgida de los conflictos de haitianos y dominicanos; que recalando allí con sus problemas, incluso de identidad, se enfrascaban en sus discusiones ajenas a La Habana.

La referencia es fuerte, con un Antenor Firmin que desafía en Francia al fundador de la antropología francesa; y un Joseph Janvier que rescata la disciplina a su valor propio sobre la humanidad, desde las reducciones etnológicas. La tensión negra es fuerte en Cuba, con un Occidente amenazado por dos frentes, no sólo el oriental; también está el del comercio con la Luisiana, a donde han huido haitianos y franceses, mezclados en sus desavenencias.

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Mientras tanto en Cuba, lo más que puede hacerse es lanzar esa paloma de vuelo intelectual del mestizaje; que se postula como pura necesidad lógica, pero de difícil realidad en esa ficción del sincretismo político. En definitiva, el mestizaje es una categoría no sólo abstracta y convencional, sino de suyo condicionada a su subordinación; mientras las personas se comportan como negros o como blancos, relativa pero también firmemente.

El mestizaje no puede acceder a los intríngulis de la política, que reacciona airada cada vez que se rompe la regla; eso es lo que no le perdonó la burguesía a Batista, justificando la violencia en contra suya como revolucionaria. Tras Batista estaba la amplia ala del conservadurismo negro, que tenía aspiraciones burguesas en su carácter proletario; y eso era impensable, como esa amenaza constante que emanó del Caribe, hasta que la revolución pudo controlarlo.

En eso consiste el trabajo de René Depestre, con un título tan ilustrativo como Bienvenida y adiós a la negritud; pero tan minucioso que recoge y organiza hasta sus propias falencias políticas, con las que disuelve el movimiento. Este libro de Depestre emula la disolución del Movimiento del Niágara, por W.E.B. Du Bois, en Norteamérica; subordinando toda la posible negritud estadounidense a la estrategia política del liberalismo, que es ideológico y blanco.

La crítica de Depestre se centra en el culturalismo del movimiento, como esfuerzo de una nueva ontología; sin ver que se trataba de recuperar la ontología original del ancestralismo negro, adecuando los defectos de la occidental. No pudo comprenderlo —como no puede comprenderse todavía— porque el problema no es sólo ontológico; es de hecho hermenéutico, en esa dependencia hermenéutica del Marxismo de la tradición Idealista en que nace; y cuyo trascendentalismo deriva a lo histórico, tratando de resolverle algún inmanentismo, pero infructuosamente.

La negritud ofrece todavía y sin embargo esa capacidad de renovación para todo Occidente, que se niega terco; no por perverso sino infantil en la terquedad, dada esa insuficiencia en que no puede comprender esa falencia suya. El Nuevo Pensamiento Negro, reorganizando el fenómeno, puede suplir esta carencia, que es hermenéutica; y que debida al exceso ilustrado de la modernidad, ha precipitado incontenido toda su civilización a la entropía; lo que no es grave, si después de todo ahí está Haití, dispuesta con su ilustración, dándole la bienvenida de nuevo a la Negritud.

Wednesday, July 31, 2024

René Depestre, o el comunismo contra la Negritud

Jean Prince-Mars resuelve en su antropología la contradicción haitiana, lógica en su surgimiento de la crisis francesa; apostando por un mestizaje político, que no respondía ni con mucho a su realidad cultural, como tampoco en Cuba. Como todo el mundo reconoce, en su naturaleza cultural, eso es la base de la Negritud como proyección política; y su consistencia es peligrosa como alternativa al desarrollo entrópico de Occidente, dirigiéndose a su propia apoteosis.

Desde este punto de vista, la Negritud haitiana es un fenómeno políticamente apropiado por el liberalismo occidental; no nacido de este, como en el caso norteamericano, que responde al mismo determinismo político de esta entropía; o en el caso de su extensión africana, donde se apoya en el pensamiento anticolonial de ese liberalismo. Por eso también esa peligrosidad y mayor eficacia suya, respondiendo a sus propias contradicciones y no externas; o la segunda vertiente del caso norteamericao[1], en el que sólo es una alternativa —sin dudas más pragmática— al idealismo original.

Hay un error cuando Depestre cita a Fanón, y probablemente de Fanón en su definición original de la Negritud; que para Fanón era la reacción del hombre negro ante su ostracismo por el blanco, cantándose y admirándose a sí mismo[2]. Eso puede formar parte precisamente del Bovarismo que denuncia Mars, pero tiene todavía un profundo sentido; sólo que existencial, porque resuelve en la reflexión estética su comprensión singular de la realidad, como cultura.

No se trata de una extensión de ese Bovarismo, sino del espacio lógico creado por este, en su función reflexivo; de modo que Mars —y la Negritud como su espacio— no es un genio sino una apoteosis lógica de lo negro americano. Eso es lo que escapa a Depestre, que se adentra así en las dificultades del país ajeno como propio, en la condición proletaria; pero cuando él mismo no es un proletario, sino que participa del elitismo intelectual que usurpa esa representación del proletariado; y peor aún, porque deviene en la máscara negra que asume el espíritu blanco, en esa expansión de su entropía.

La ilusión de que el negro esté dotado de una naturaleza particular, se referiría primero a su marginalidad política; e inmediatamente ahí, a esta como reservorio de su singularidad cosmológica, definida por el contraste. Este es el suplemento espiritual que necesita ese Occidente, como el arcoíris de su propia poética[3], aunque lo desconozca; sólo que no en esa inconsistencia del bucle dialéctico que es el paraíso proletario, distópico cono toda utopía forzada en la historia.

Lo que ocurre ahí es la divergencia de interese y sentido, entre el liberalismo y la negritud, que explican a cada uno; pero que ya estaba expuesta por Sartre en el Orfeo negro, y que era lógico en su blanquitud, pero que ahora asumido por el negro. El conflicto es siempre de esa ontología defectuosa, sólo que ahora más ríspido en su incomprensión de la burguesía; pero por ese defecto onto hermenéutico del Idealismo Trascendental en que nace el liberalismo, incluso en su teoría marxista.

El defecto, proveniente de la dialéctica, consiste en el determinismo económico, reduciendo la cultura a lo social; pero en lo que se subordina la potestad individual al colectivo, desde el imperativo kantiano a la dialéctica hegeliana. La cultura como realidad histórica y en tanto humana, trasciende este determinismo en las relaciones funcionales con que se estructura; y el capital no es sólo financiero sino también espiritual, como el conjunto de recursos con que se resuelve la existencia.

Eso es lo que hace al defecto de occidente ontológico hermenéutico, propio de su comprensión de lo real; y eso es lo que puede suplir el desarrollo alternativo de la Negritud como referente político, en su espiritualidad. La restauración de la cultura, de ese desastre antropológico provocado por la apoteosis humanista, corrigiendo ese defecto; como de hecho lo postula la belga Liyan Kestekoot —citada por el mismo Depestre[4]—, aludiendo a ese mismo restauracionismo.


[1] . Se refiere a la estrategia de acomodamiento de Booker t. Washington, en su Compromiso de  Atlanta.
[2] . Cf: René Depestre, Bienvenida y adios a la negritud, Op. Cit., p 40.
[3] . Se refiere a su obra de teatro Un arcoíris para el occidente cristiano, Premio Casa de las Américas.
[4] . Cf: René Depestre, Op. Cit., p 41.

Saturday, July 27, 2024

El Gabo Cárdenas o la esperanza del cancionero cubano

Los que crecimos en la sobriedad revolucionaria teníamos graves problemas con el sentido del espectáculo; nada podía sobrepasar el anquilosamiento escenográfico de los grandes concursos y su convencionalidad. No era extraño eso al horror a la individualidad pregonada por la revolución, condenándonos a la sobriedad; mientras todos perdíamos el pudor con lo que significaba la Fornés, aunque lo negáramos hipócritas y ambiguos.

Es esa misma hipocresía, obviamente institucional, la que nos encandiló con un sentido del producto; que es lo que es Cimafunk, cumpliendo las promesas de la tercera generación de la Nueva Trova, con sus negros fabulosos. Sólo que Cimafunk ya es de hecho demasiado elaborado en el snobismo, sobre producido para el exterior; dejando ese vacío de figuras internas, barridas por aquel culto a la sobriedad, que no contaba con la falta de divisas.

Ese vacío era imposible de llenar, porque era de figuras orgánicas, evolucionadas directamente desde el filín; no de la falta de divisas del país, apresurado a fabricar figuras según el gusto extranjero, sino salidas de la tierra. Eso es lo que es Juan Gabriel Cárdenas Urrutia, voz líder de Vitakará, con su estética que sintetiza el pasado; porque lo importante de esa organicidad suya es que se recupera aquella estética interrumpida de cultura zafia y refinada.

Si algo contradice a la cultura en Cuba, es la vulgaridad que se hace llamar hoy farándula y monopoliza su sentido; porque lo popular en Cuba no fue nunca vulgar sino refinadísimo, en una tradición que pudo alimentar al cine de oro en México. Cierto que nuestras vedettes podían destrozarle la cara a cualquiera, pero por lo general no tenían que hacerlo; bastaba la presencia imponente, y la veneración que provocaban en un pueblo que no era en modo alguno inculto.

Probablemente, lo mejor del Gabo Cárdenas sea esa disciplina con que es la voz de Vitakará y no un solo escénico; no porque eso sea malo, sino porque en estos momentos no hay forma de que sea auténtico, como se ve en su ligereza. Eso, la poca pretensión de una complejidad que parece simple pero porque oculta sus mecanismos; eso es lo que le da la mesura en el gesto, haciéndolo adecuado, aguantador de cámara pero no para la televisión.

De hecho, no hay dudas de que la mejor experiencia de Vitakará está en el concierto pequeño, de bar o restaurante; no la multitud de la que extraer apresurados dólares en un concierto gigantesco, ni el attrezzo televisivo. No porque no los soporte, y hasta que eventualmente los incorpore, modificándolos en su propia proyección; sino porque como aquella cultura de tríos y cuartetos entre telas y luces de ensueño del Cabaret, es una experiencia de cuerpo a cuerpo.

A cada movimiento del Gabo Cárdenas debe haber un respingo en el cielo, lo mismo de la Lupe que de Portillo; la multitud dispersa de las D’Aida deben aglomerarse asomando entre las nubes para verlo, empujando a la Mendoza; Pacho Alonso, Barbarito y el Bárbaro —perdonen las omisiones sacrílegas e inevitables—, todos deben estar exultantes. No es para menos, el Gabo Cárdenas viene a mostrar que hay recuperación, no sólo operaciones y estrategias de venta; que aunque legítimas —y que él hará bien en incorporar— carecen de esa frescura excelente suya en la cultura cubana.

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