Wednesday, April 22, 2026

Antología mínima de la poesía negra femenina en Cuba

Leopold Sedar Senghor publica la Antología de la poesía negra y malgache en 1948, como madurez de la cultura negra; un signo que es reconocible en Occidente, donde la madurez de las culturas está marcada por la de su literatura. Desde la Grecia y Roma clásicas con Homero y Virgilio, a Italia con Dante a Inglaterra con Shakespeare y España con Cervantes; e igual ahora la afrocubana con Georgina Herrera, que debuta en 1952 y no en la década del 60’s, con el rechazo de la crítica.

Aún, el esfuerzo de Senghor no se justificaba en la suficiencia de la poesía, el arte o la literatura, como expresión; sino en la originalidad de la cultura negra, con su prioridad en la sensibilidad —no el sentido— sobre el conocimiento. Senghor partía de la Ontología bantú, establecida por Placide Tempels, explicando los mil malentendidos que le siguen; reduciendo lo negro a la mera sensualidad del ritmo, por sobre el sentido mismo de su experiencia existencial.

Ese sería el malentendido básico, que se pretende corregir con esta otra antología, mínima en su falta de pretensiones; porque la vastedad del proyecto de Senghor padece la determinación insuficiente del universalismo cristiano. Es esa pretensión lo que frustra al humanismo, desde que surge en el conflicto cristológico del cristianismo; desconociendo todo pragmatismo, escurrido en las necesidades inmediatas de toda existencia, no de la política.

Por eso, la antología de Senghor se postulaba sobre la sensibilidad de lo negro, pero mostraba poder intelectual; resolviéndose no en un lirismo formal, por el que la literatura revela la capacidad de las cosmologías para expresarse; sino en la agudeza intelectual de sus analogías, para mostrar que el negro era tan político como el blanco. Toda esa contradicción superpuesta, como el tirabuzón dialéctico sobre sí mismo, es el por qué la frustración de esa antología; que reluce hoy como las joyas de cualquier corona clásica, sin mayor sentido que el de su misma exhibición de poder.

De ahí la ira más popular —no populista en el intelectualismo— de Franz Fanon, aunque con otras distorsiones; porque Fanon nace también del apogeo culminante del pensamiento dialéctico, en que las cosas son o no son. Esta antología mínima de poesía negra y femenina en Cuba tiene otro sentido, en la corrección de todo eso; primero apelando verdaderamente a la sensibilidad, no al intelecto disfrazado de sensibilidad, en lo femenino.

Por supuesto, esta comprensión de lo femenino es problemática, como el extraño feminismo de Georgina Herrera; que no por gusto es el canon desde el que se traza este esfuerzo mínimo, con la experiencia como objeto mismo. De todas formas, es la realidad misma lo que es problemático, en su realización propia, con la agencia de lo humano; no a la inversa, como comprende el humanismo, en tanto primer momento de reflexión centrada en lo humano.

Esta antología es pues un homenaje a Georgina Herrera, por esa suficiencia con que corrige los discursos vastos; porque como la tierra que fue, puede disciplinar la adolescencia perpetua de sus hijos, llámense Sedar Senghor o W.E.B. Du Bois. Herrera marca así la madurez de la cultura afrocubana, como uno de los ejes básicos del neoafricanismo caribeño; disparando sus coordenadas al enclave Gullah Geechee y el peligro negro de la expansión haitiana, en la triangulación.

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