Saturday, March 3, 2018

Para matar a Robin Hood, NDDV o la parábola perfecta


En su naturaleza histórica, la revolución cubana es un fenómeno más estético que político; la incomprensión de esa extrañeza sería el secreto de su persistencia, como la enigmática esfinge en espera de Edipo, que será culpable. Como fenómeno estético entonces, la revolución cubana tiene una prole inmensa; que se extiende además por la bastardía de los que la rechazaron en algún momento de sus vidas, pero no pueden renunciar a su sangre.

Ese es el caso de Néstor Díaz de Villegas (NDDV), que no es único pero sí emblemático en su excelencia; un escritor tan pródigo como performático, haciendo de su existencia el estilo que marca su escritura. De ahí ese valor emblemático suyo, como una estrella que esplende su patetismo contra la noche; porque se trata del tiempo interminable —como el último suspiro de Roldán— en que transita el arte hacia la nada.

Para matar a Robin Hood es un libro, en el que NDDV compendia sus críticas de cine; desde el inicio aclara los dos nortes entre los que se mueve, diciendo que el suyo es René Jordán y no Cabrera Infante. En realidad, y hasta por su misma existencia performática o estilo, NDDV sigue la estela de Caín y no la de Jordán; aunque sólo fuera porque Jordán no fue performático —casi que ni escritor—, sino de una sobriedad racional y metódica, lejana a ese snobismo existencial que es el estilo.

En esa contradicción radicaría el atractivo indiscutible de Villegas, no en su crítica de cine; si de hecho, como en Cabrera Infante, la crítica en él es apenas una justificación para su performance, que es así la de una apropiación. Eso sí, qué arabescos y agudezas, qué derroche de elegancia y elitismo, cuánta cultura sintetizada; después de todo, lo suyo es el estilo, que lo es todo en literatura, incluso si se trata de crítica de cine.

Asombrosamente en consecuencia con este precepto, Para matar a Robin Hood es entonces un hecho estético absoluto; que exhibe su bastardía revolucionaria —y con razón— como su mejor atributo. También después de todo, una revolución no es sino una reacción puritana y revivalista, alzada contra la corrupción de las convenciones; que establece consigo su propia convencionalidad, y se dirige presurosa a su también propia corrupción.

De ahí que el estado de iluminación sea esa contradicción permanente de la bastardía; sobre todo si esta naturaleza estética se fija con la elipsis perfecta del título, empujando a un segundo lugar el valor crítico de las críticas. Por sobre todo, NDDV pertenece a una generación de epígonos; cuya única originalidad posible reside en la retorcedura freudiana de amar a la madre matando al padre, que es Robin Hood —y también Guillermo Tell—.

Eso no es desdoro, aunque sí más litúrgico que ritual en el estilismo; pero también en definitiva, todo el mundo recuerda la majestad de las misas barrocas, no la modestia de las primeras conmemoraciones. Es bueno así que alguien nos recuerde cómo se era Caín, en medio de tanta pobreza; que es quizás la parábola verdadera y perfecta, con la que a pesar del tiempo se logra matar a Robin Hood.

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