Tuesday, July 15, 2014

Conversación en la catedral

Una cocina no tiene nada que ver con esas historias románticas sobre cheff milagrosos, unos tipos casi magos que hacen alquimias con las especias; una cocina es una estancia del infierno, y un cheff es el demonio encargado de regirla, sobre todo si es francés. No es que el mito no tenga su substancia, después de todo las hierbas de Provence son famosas; incluso después del descubrimiento de las Indias Occidentales, que ya es mucho decir, y eso aparte del enorme recetario que blanden incluso en la cara de los pobres catalanes. Lo cierto es que, de cualquier forma, si uno es cocinero busca trabajo en las cocinas; aún a sabiendas de que son el infierno, sobre todo si están comandadas por un gabacho. Tampoco es que uno tenga mucho prejuicio contra los gabachos, si en realidad se trata de lo contrario; porque, imagino que sea una cuestión genética, de falta de anticuerpos, yo en lo particular carezco de ellos, soy extremadamente débil y sensible a lo adjetivos combinados de francés y varón.

Esta vez se trataba de conseguir trabajo en un restaurantucho francés, lo que no era muy preocupante; en estos tiempos globalizados, un restaurante francés puede ser regentado por un albano, uno chino por un holandés, y así infinitamente. Entonces, esta catedral —fue el apóstol el que habló de que el cuerpo era el templo del espíritu, y en aquellos tiempos el sacerdocio era pontificio, no presbiteriano; así que sin muchas sutilezas se supone que el cuerpo es la catedral, que el espíritu la divinidad que lo habita, y la persona el sacerdote a cargo—; como decía, esta catedral llegó al restaurantucho, y fue entonces que ocurrió el diálogo interior, que así es obvio que ocurrió en la catedral.

Alertando al pobre obispo de esta catedral, se oyó claramente la voz del angelito guardián, que advertía: “Es francés”, y acto seguido el acento dulzón del demonio particular que susurraba: ¿Te imaginas, es francés?; seguro que su cuerpo huele a hierbas de Provence y seguro se sabe las sagas de Brenan. El angelito, sin perder la compostura, echó mano a otro recurso: “Es el cheff”, dijo con severidad; pero ahí mismo el maldito demonio hecho mano a una nota más dulce aún, y susurró: “¿Qué te parece?, es francés, y además es el cheff”. Un santo corrió en ayuda del angelito gritando: “¡Pero es heterosexual!”; y el demonio que enumeraba parsimonioso y dulce en su tentación consecutiva: “¡Es francés, es el cheff.... y además heterosexual!”. “¡Pero es casado!”, se escandalizaba en vano el pobre ángel”; “¿Viste?, además es casado —repitió inalterable el demonio—; no sólo es francés, el cheff y heterosexual, también es casado”.

—¡Basta! —ese fue el grito que resonando en los espacios del presbiterio interno diluyó la discusión, dándole espacio a la trémula voz de este obispo—; bon jour, monsieur, may you need a help in your kitchen?

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