Tuesday, May 12, 2026

Manifiesto

Un fantasma recurre el intelectualismo, el fantasma del Neobarroco, y las inteligencias se apresuran a reconocerlo; pareciera una santa alianza, presta a legitimarse a sí misma en ese fantasma, que es tenue en su inmaterialidad. ¿Quién no ha sido calificado de neobarroco por sus adláteres? ¿quién no ha calificado a su vez a los suyos de neobarroco?; pues el Neobarroco es apenas una estrategia de mercadeo, con menos substancia formal que la de Realismo Mágico.

El Realismo Mágico exhibía al menos cierta unidad efectiva atravesando autores, en la sensibilidad común de su tiempo; el Neobarroco en cambio alinea figuras dispares, restringidas a las reconocidas por la crítica convencional del periodismo. El Realismo Mágico acoge en cambio a escritores sin suerte, porque no legitima ni mercadea, sino que sólo reconoce; no importa si surge como otra etiqueta de mercadeo, que trasciende sin embargo esa condición espuria, en lo espontáneo.

De entrada, para que un fenómeno sea nuevo tiene que refundar el estilo originario, en una nueva función formal; pero nada de eso se cumple en el Neobarroco, menos aún en el patriarca al que se acude en busca de esa legitimidad. A diferencia del Barrroco, Lezama es chapucero y descuidado en su sintaxis, como no lo fue ni por asomo el estilo; como no lo fue tampoco el Severo Sarduy que acude desesperado a poner velas al santo, por la desolación del mercado.

Eso es comprensible, y más literario en lo trágico que el aceite de serpiente que se insiste en vender como literatura; porque Sarduy fue un hombre extrapolado de su circunstancia, y su misma formación era parte de esa decadencia. Por eso Sarduy es complejo pero cuidado, como rosetón que culmina el tránsito desde el gótico, en la Italia del XVIII; pero es extemporáneo y no nuevo en su barroquismo, o hasta clasicista —aún no neoclásico— en esa excelencia estudiada.

Carpentier es también barroco, más lento que una rapsodia sobre un burro, porque es el desiderátum de un milenio; pero nada de eso es Lezama, demasiado apurado tras los elusivos conceptos que transmuta en imágenes. Lezama plantea una síntesis más radical aún que el Neoclásico estirado desde el Barroco, y por eso no atiende a detalles; quien busque orden en esa profusión, sólo recibirá un pagaré que reza enfebrecido “más allá de la razón”.

Esa salvación sin embargo, como la del Cristo, exige más fe de la que proveen los turbulentos tiempos que la reclaman; recuérdese, esa generación no quiso hacer literatura —como los escritores de antes— sino triunfar vendiéndola; sólo que tan topes en su mercadeo, que la vendieron como de su genio, no como probabilidad propia de la forma. Esto es lo que hace espurio a ese mercadeo, a diferencia de la pureza virginal de los románticos, trágicos en su aspiración; porque ellos no eran afectados, en la falsa gitanería —esa bohemia— de los simbolistas, sino mártires de su trascendencia.

Pero Villón no es crístico sino irresponsable, y el simbolismo sólo aprovecha el residuo de sublimidad de los románticos; y sin dios que lo substancie, no hay culto que sostenga el hieratismo funcional de su liturgia, diluyéndose en el patetismo. Por eso los destinos de la literatura no se discuten en las calles como entonces, sino en los institutos, con sus proliferaciones; y esta participa de esa turbulencia, como un espacio en el que puede emerger otra cosa, pero ella sólo puede morir.

Pero los literatos viven de esa muerte, no mueren en ella, como nuevos cristianos de un cristo que es verdadero; que viene del pasionario de sus experiencias y no de sus experimentos formales, como trucos de vendedores. Los literatos no tienen nada que perder sino las cadenas de librerías, ya derrumbadas en el anacronismo económico; tienen en cambio mucho que ganar, en la fluidez horizontal de los nuevos medios, que niegan sin embargo los laureles

 

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