Manifiesto
El Realismo Mágico exhibía al menos cierta unidad
efectiva atravesando autores, en la sensibilidad común de su tiempo; el
Neobarroco en cambio alinea figuras dispares, restringidas a las reconocidas
por la crítica convencional del periodismo. El Realismo Mágico acoge en cambio a
escritores sin suerte, porque no legitima ni mercadea, sino que sólo reconoce;
no importa si surge como otra etiqueta de mercadeo, que trasciende sin embargo
esa condición espuria, en lo espontáneo.
Eso es comprensible, y más literario en lo trágico que
el aceite de serpiente que se insiste en vender como literatura; porque Sarduy
fue un hombre extrapolado de su circunstancia, y su misma formación era parte
de esa decadencia. Por eso Sarduy es complejo pero cuidado, como rosetón que
culmina el tránsito desde el gótico, en la Italia del XVIII; pero es
extemporáneo y no nuevo en su barroquismo, o hasta clasicista —aún no
neoclásico— en esa excelencia estudiada.
Esa salvación sin embargo, como la del Cristo, exige
más fe de la que proveen los turbulentos tiempos que la reclaman; recuérdese,
esa generación no quiso hacer literatura —como los escritores de antes— sino
triunfar vendiéndola; sólo que tan topes en su mercadeo, que la vendieron como
de su genio, no como probabilidad propia de la forma. Esto es lo que hace
espurio a ese mercadeo, a diferencia de la pureza virginal de los románticos,
trágicos en su aspiración; porque ellos no eran afectados, en la falsa
gitanería —esa bohemia— de los simbolistas, sino mártires de su trascendencia.
Pero los literatos viven de esa muerte, no mueren en
ella, como nuevos cristianos de un cristo que es verdadero; que viene del
pasionario de sus experiencias y no de sus experimentos formales, como trucos
de vendedores. Los literatos no tienen nada que perder sino las cadenas de
librerías, ya derrumbadas en el anacronismo económico; tienen en cambio mucho
que ganar, en la fluidez horizontal de los nuevos medios, que niegan sin embargo
los laureles




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