Lezama Lima y la ontología cubana
Por eso
natural que América no pueda fundar escuelas originales de filosofía al modo
occidental, que serían repetitivas; y se sabe que lo real —incluso en tanto
humana— no soporta la repetición innecesaria, que deviene disfuncional. Por
eso, en las Américas apenas han florecido escuelas locales de filosofía ya
tradicional, pero no originales; y esa especialización profesional,
intrínsecamente improductiva, es la que puede no comprender esta singularidad.
Recuérdese,
la tradición de ontología propiamente dicho murió con Hegel, y su compleja fenomenología
del espíritu; al punto de que el mismo Marx no postula una alternativa, sino
que se atiene a la hegeliana en su dependencia epistemológica. La ontología
lezamiana no puede por tanto residir en lo histórico, que sólo puede organizarse
ideológicamente; dando lugar a esa falsa ontología del determinismo político,
como fatalidad a que nos condenara Kant con su imperativo.
Recuérdese
aquí que el simbolismo fue la racionalización de la imagen romántica, con su atribución
de sentido; que así se hizo recto, desplazando su naturaleza analógica, ahora
en la convención de la metáfora, que es ya racional. En esto, los parnasianos serían
sólo el residuo, dejado atrás por esa contracción tremenda de la razón poética;
defendiendo una gratuidad que nunca fue efectiva sino aparente, y con lo que obedecían
esa racionalización de los simbolistas.
Del
mismo modo, Lezama transmuta la imagen de los simbolistas en función hermenéutica,
y organiza una epistemología; que asume la materia nacional por fatalidad
histórica como objeto eventual y no necesario, porque es sobre el Ser en sí. La
ontología de Lezama Lima no es entonces ni histórica ni sobre lo histórico, o
no sería de ningún modo ontología; aunque tampoco desconozca está naturaleza,
como expresión propia y natural en que se realizan esas determinaciones.
En ese
mismo ejemplo, Lezama no es barroco sino desorganizado como no es el estilo, ni
tampoco lo es Sarduy; de modo que se trata de una cadena de convencionalismos y
trampas de mercado, que imponen la misma lectura. El Realismo Trascendental no
fue así la invención de un oscuro monje, que sólo descifró los pergaminos; y más
allá de esa razón, Paradiso ofrece su sentido trascendente, en una fundación
que excede incluso la de su ontología; porque es la de un orden epistemológico,
como la saeta que dispara un hombre a otro agazapado a un tiro de flecha.





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