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Monday, May 11, 2026

Lezama Lima y la ontología cubana

La idea de que no hay una ontología cubana es demasiado rotunda para ser posible, sí de hecho hay un ser nacional; que puede ser incomprensible, en esa organizada del pensamiento que es la filosofía, pero no negable por ello. Por otra parte, América tiene apenas 600 años desde su establecimiento como parte en que se extiende esa cultura; por lo que no cumple una función fundacional sino extensiva en su estructura cultural, con otros elementos propios.

Por eso natural que América no pueda fundar escuelas originales de filosofía al modo occidental, que serían repetitivas; y se sabe que lo real —incluso en tanto humana— no soporta la repetición innecesaria, que deviene disfuncional. Por eso, en las Américas apenas han florecido escuelas locales de filosofía ya tradicional, pero no originales; y esa especialización profesional, intrínsecamente improductiva, es la que puede no comprender esta singularidad.

Este ser nacional cubano es entonces obviamente elusivo, y los acercamientos a su persona difieren en eficacia; pero una de las más eficientes en esa organización es la de Lezama Lima, aunque igual de elusiva que su objeto filosófico. Como se habría visto, el problema no es de Lezama Lima, sino del acercamiento a su trabajo, obsesionados con lo histórico; y acumulando en ello los defectos lógicos a ese tipo de acercamiento, que suelen desconocer la ontología.

Recuérdese, la tradición de ontología propiamente dicho murió con Hegel, y su compleja fenomenología del espíritu; al punto de que el mismo Marx no postula una alternativa, sino que se atiene a la hegeliana en su dependencia epistemológica. La ontología lezamiana no puede por tanto residir en lo histórico, que sólo puede organizarse ideológicamente; dando lugar a esa falsa ontología del determinismo político, como fatalidad a que nos condenara Kant con su imperativo.

Eso mismo hace que esta ontología lezamiana pase desapercibida, en el convencionalismo político de lo histórico; cuando su trabajo es hermenéutico, con la adecuación sutilísima del imaginario poético, en función realista. Esto no consiste en ese lugar común del simbolismo, que vuelve a resolverse en lo histórico, como ideología; sino de la capacidad reflexiva de la imagen, madurada a su excelencia en este sentido con los simbolistas.

Recuérdese aquí que el simbolismo fue la racionalización de la imagen romántica, con su atribución de sentido; que así se hizo recto, desplazando su naturaleza analógica, ahora en la convención de la metáfora, que es ya racional. En esto, los parnasianos serían sólo el residuo, dejado atrás por esa contracción tremenda de la razón poética; defendiendo una gratuidad que nunca fue efectiva sino aparente, y con lo que obedecían esa racionalización de los simbolistas.

Lo importante en esa tensión, insoluble en lo dialéctico, es la excelencia de la imagen, en su capacidad reflexiva; que es como los trascendentalistas pueden ofrecer una hermenéutica a Charles S. Peirce, que la organiza en una epistemología. Obsérvese que, por esa fatalidad del entorno, lo que se conoce de Peirce es la semiótica, no la epistemología; en cuya originalidad construye el Pragmatismo norteamericano, como esa suerte de realismo trascendental.

Del mismo modo, Lezama transmuta la imagen de los simbolistas en función hermenéutica, y organiza una epistemología; que asume la materia nacional por fatalidad histórica como objeto eventual y no necesario, porque es sobre el Ser en sí. La ontología de Lezama Lima no es entonces ni histórica ni sobre lo histórico, o no sería de ningún modo ontología; aunque tampoco desconozca está naturaleza, como expresión propia y natural en que se realizan esas determinaciones.

El elitismo cubano el que no lo comprende, hasta el desespero en que promete ser comprensible más allá de la razón; pero esa razón es la expansión indetenible del universo kantiano, desde aquella explosión primera de Descartes. Como ejemplo de esta fatalidad, Sarduy lo sumerge en el truco del neobarroquismo, legitimándose comercialmente; cuando lo nuevo no puede actuar como actualización del origen, que así se continuaría en vez de refundarse.

En ese mismo ejemplo, Lezama no es barroco sino desorganizado como no es el estilo, ni tampoco lo es Sarduy; de modo que se trata de una cadena de convencionalismos y trampas de mercado, que imponen la misma lectura. El Realismo Trascendental no fue así la invención de un oscuro monje, que sólo descifró los pergaminos; y más allá de esa razón, Paradiso ofrece su sentido trascendente, en una fundación que excede incluso la de su ontología; porque es la de un orden epistemológico, como la saeta que dispara un hombre a otro agazapado a un tiro de flecha.

Wednesday, May 6, 2026

Lorente y la evolución del pensamiento filosófico

El caso del pensamiento de Julio Lorente es singular, más allá de la crítica o el elogio, en todo caso igual eventuales; incluso si es obviamente difícil de mapear, pues hunde sus raíces en sabe Dios qué experiencia y tiene sabe Dios qué objeto. Lo que se ve aquí es el cuerpo orgánico, que va de su libro con Antonio Correa Iglesias a sus exposiciones públicas en Facebook; y que como marco general pasa por alto otras publicaciones suyas, porque usa estas como ejes de desarrollo.

En ese sentido, el libro con Correa tiene múltiples problemas, ya debidamente expuestos en trabajos anteriores; pero marca también un propósito de sistematización, que no se circunscribe a las autoridades habituales. En ese mismo sentido, y por la misma razón, puede considerarse que su base es errónea, como ya se ha resaltado; pero permitiéndole una organización, susceptible de adecuación de esos errores, con su perspectiva personal.

Por la formación de su coautor, es probable que los errores iniciales sean de perspectiva e influencia, no propios; lo que es lógico, en un ambiente de dispersión inevitable como el entorno político cubano, que no admite la individualidad. Su propia formación es a todas luces autodidacta, y es también lógico que se acerque a autoridades establecidas; pero como un margen experiencial, desde el que establecer sus propias referencias, como de interés objetivo.

No hay dudas tampoco de que estos intereses son tan peculiares como él mismo, y no tienen que ser compartidos; y para muchos pueden suscitar cierta desconfianza hermenéutica, por la primacía del objeto político, por ejemplo. Eso es también natural y lógico, y en eso consiste la naturaleza anti escolástica del pensamiento, como práctica existencial; no importa si en afán de protagonismo, la mediocridad ambiente reproduce las mismas cortapisas que critica.

Incluso en ese extraño sentido, la evolución de Lorente es singular, como adecuación definitiva del objeto político; al que no se puede negar la naturaleza sino la prioridad, pero es bueno que alguien la fije, dándole esa prioridad. Es aquí donde el ascendiente católico de Lorente se hace llamativo, como emergencia del conservadurismo cubano; disuelto con las escuelas religiosas al triunfo de la revolución, pero sin dudas importante al pensamiento nacional.

Conviene por supuesto volver sobre ese conservadurismo relativo de la identidad católica en Cuba, que es funcional; porque no es doctrinario, sino relativo a la axialidad religiosa, como función ontológica de la cultura. Esto es de naturaleza entonces cultural antes que política, aunque su expresión natural sea política, en tanto histórica; como susceptibilidad, en que esa expresión política desplaza a la determinación cultural, en su función ontológica.

Este es uno de los conceptos desarrollados por Lorente, y que apuntan a la emergencia de un realismo post-postmoderno; ya organizado de forma paralela en los fundamentos del Realismo Trascendental, pero aún original en su perspectiva. Esto se debe a que él parte del mismo determinismo político, aunque como desarrollo negativo (crítico) y no positivo; de modo que no se trata de un tribalismo hermenéutico, sino del simple marcador cultural de una emergencia.

Lo interesante es que él llegue a esta emergencia por la vía negativa, en la crítica de ese determinismo político; y que es en lo que ese conservadurismo funcional de la identidad católica, le sirve como base hermenéutica. De nuevo sobre este conservadurismo, se refiere a la recuperación de su función cultural y no de carácter ideológico; al que habría sido reducida por la tensión en que nace el liberalismo moderno, con la supremacía moral de la razón.

Se trata por tanto de una evolución orgánica, que sirve de laboratorio incluso sobre la de la cultura nacional; y todo en el simple hecho de aislarse en un pensamiento autónomo, como parte de su propia madurez existencial. En esta singularidad, sin dudas funcional, se hace llamativo e interesante, por su alta entropía como nivel de posibilidad; frente al estancamiento que lo rodea, de una cultura presta a la precipitación, por su acercamiento al cero absoluto.

Sunday, April 26, 2026

Julio Lorente y la filosofía en Cuba, segundo elogio

Obnubilado por la profesionalidad del título, el público cubano desdeña los problemas reales de la filosofía; permanece así en la espiral idealista, entre Hegel y Marx, y cita a Heidegger para confirmar su supremacía sapiencial. No parece ser este el caso de Julio Lorente, formado más en el conservadurismo funcional de la cultura católica; como un nicho de resistencia efectiva, rescatando esa función conservadora de la cultura de su reducción ideológica.

Se trata de que el conservadurismo no es una ideología, sino una función cultural, en su propia función ontológica; por la que lo real se especializa a sí mismo como humano —no a la inversa—, en su realización, morfodinámica. Es la floración artificial del liberalismo, entre las contradicciones del absolutismo francés, lo que lo reduce a lo ideológico; determinándolo desde su naturaleza política y no cultural, invirtiendo el objeto de la estructura, como político.

De ahí la singularidad del catolicismo cubano, ante la hiper ideologización postmoderna de la religión en lo político; como entorno en que se realiza Lorente, de intuición en intuición, para sobreponerse a la fatalidad idealista. Nada de esto es consciente de modo necesario, y aún se restringe a un interés en lo nacional y la filosofía política; las dos fatalidades en que se escurre la tradición idealista desde Kant —ese imperativo—, produciendo contradicciones.

No obstante eso es mucho para un entorno como el cubano, que carece de referentes suficientes, incluso postmodernos; y esta singularidad suya le permite incursiones atrevidas, más allá del idealismo, que permea incluso al realismo tomista. Como la fatalidad del determinismo político, esto aflora desde la defensa de Maritain con el neotomismo; porque se determina en las críticas del materialismo, que así lo determina en su misma y propia naturaleza idealista.

Esto se debe a que el problema es epistemológico, crítico en Marx, pero introducido por el formalismo pitagórico; como la primera determinación de ese formalismo ideológico, apoteósico en Descartes, pero organizado en Platón. Lorente mismo descubre que el problema es epistemológico, porque surge de esa reducción desde la cosmología; pero falta explicar el proceso en que eso ocurre, y que no es detectable en la contradicción política cubana.

Entre los hallazgos interesantes de Lorente, está el concepto casi imperceptible de falsa ontología, por ejemplo; que el Realismo Trascendental resuelve en el determinismo político, con su desplazamiento del original en la religión. La clave estaría en la función axial de la morfodinámica, ejercida por la praxis religiosa como política; que resulta apropiada por ese alcance político, cuando cobra consistencia suficiente para independizarse.

Eso es algo que requiere también explicación pormenorizada, como por qué esa ontología que provee es falsa; algo que no queda claro en su postulación, aunque algún privilegiado —Realismo Trascendental— pueda entenderlo. El problema trasciende de ese modo a lo nacional, como propio de Occidente, algo que Lorente reconoce siempre; pero que como su interés es político antes que antropológico, lo dirige al problema concreto de lo nacional.

Eso no significa que ignore la antropología, si de hecho reconoce la misma naturaleza ontológica del problema; pero sí que este no es su objeto, inmerso entonces en esa turbulencia post-postmoderna de la fricción política. Quizás el problema —epistemológico al fin— resida en el entorno que lo interpela, con ese lenguaje del idealismo; al que él tendría que sobreponerse, como a la nacional en lo humano, y en esto como trascendental, en su inmanencia.

No obstante, es —como se dijo— muchísimo para un entorno como el cubano, dado a la esterilidad del exhibicionismo; y su incursión lateral en un realismo no tomista —escandalosa para un católico—, es al menos esperanzadora. Será este sin dudas un caso interesante en su evolución posterior, que rescate a la filosofía cubana del sopor ético; al que la condena el matiz varelista, como a la nación su perversión martiana, y a todos el exhibicionismo.

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