Tuesday, June 7, 2022

Marian Hernández y el íntimo esplendor de la poesía

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Ángela de Mela

Para la gracia de las afinidades y de sus honduras, el acontecimiento de la mera apariencia de las cosas resulta inútil, baldío el campo que no secuestre la sutil esencia que hace y detiene ante nosotros, y de la poesía, su vivo esplendor.

Entonces existir para ella y con ella, es ir a ese más allá donde para guardar el muestrario de mundo que nos compete; hemos de colocarnos en el centro de su piel y en ese curso del tiempo para sí, desde cuya emoción sumamos ese muy poco común estro; pues no es lo fácil o la convención de gustos a la usanza de esta u otra corriente lo que se busca aquí, sino lo sostenido por aquel crisol personalísimo, que alcanza diferente cenit, distinto y distintivo, tal vez, sin proponérselo. Este es el camino escogido por Marian Hernández, camino que nos demuestra hasta qué punto hoy, la poesía escrita por mujeres, es robusta y singular.

Confieso renovada mi fe en la fortuna de la poesía actual, gracias a la lectura de Todo lo guardo en los ojos, el más reciente poemario de esta autora. El suceso, el viaje de introspección que sus páginas propone, es despertar, difuso aún el fin, para el deslumbramiento de lo que antes de ser se era; y que ha contado con lo propio, con la sustancia y la verdad que ha de sumar una auténtica lírica.

La mejor canción entonces, la hondura del mar, su olor, su vastedad, lo que avistamos, porque es horizonte de mil lenguas lo ignoto. A esta región sumergida que despierta cuasi alada, pertenece este libro, le constituye su estallido de bruma, que no espera el agrado persé, la aprobación de algo o de alguien, porque ello, resultaría añadidura a su primordial existencia.

La observación honrada es su alimento mejor, su Dorado vastísimo, dispuesto , para que el ojo premioso, llegue, solitaria la mirada, a penetrar con delicadeza, pero también con acerada voluntad, el insondable pálpito. No cabría asir de otro modo, esta ínsula diferente y de difícil sencillez.

"La rosa de entrepáginas era soledad/ le hubiera gustado tapizar las paredes" dice Marian; observemos el traslado de significados de un verso a otro, la sugerencia; utilizadas las variables del signo remático, en este caso rosa y soledad como opuestos que se alcanzan compatibles en ese, "le hubiera gustado”.

Asombra la manera de expresarlo, la visión que descubrimos

"subo a un tren que me lleva al amanecer y allí/ me quedo quieta e inmensa", de inmediato suponemos que se trata del sueño, pero de cuál, podríamos preguntar. Estupenda manera de alistar la imaginación dejando senderos abiertos, derroteros que haremos nuestros, en cuyo caso será invitación a aquello que Marian guarda en sus ojos.

Resonancia en estos versos magníficos:

"Miniaturas suaves como violetas/ en esta página de cuna"

Lo no nacido cuenta para nacer con nuestra lectura, pero he aquí que nos lo dice esquivando el lugar común, sorprendiendo con dulzura, sin brusquedades , como es de esperar a todo nacimiento afortunado.

La inmensidad ella la quiere íntima y, cuando afirma sobre la inmensidad del océano, agrega " exigo ese todo cubierto de intimidad"

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Marian Hernández es una poeta de excelencias raras, virtuosa en la parquedad y en el modo de "derribar indicios"; una manera propia de someter el verso a la observación constante, meticulosa también —por qué no— articulada en recursos lingüísticos, los justos y apropiados a su discurso, los que me han hecho recordar más de una vez, las voces de otras grandes poetas como Emily Dickinson, Elizabeth Barrett, o Alejandra Pizarnik.

De esta última parece deudora y más, cuando apunta:

"No se te ocurra llorar; sé integra, no lo olvides"

Hay una oblicuidad análoga al mensaje que se define y se defiende por su naturaleza.

" Compro pan, entro en casa/ y soy dueña de mi duda"

Ese ser de su duda nos pone ante el natural destino que todo poeta verdadero ha de llevar grabado en la frente como estrella de luz, cómo no dudar de todo, hasta encontrar la belleza, infusa aún en nuestro ser, guardada en nuestra mirada.

Y si no es, tanto mejor porque se pregunta ella

"qué demonios tengo que ver con esto"

Para después agregar sin más, que es,

"dueña de sus asombros"

Solo que, en este caso, querida Marian, creo saber que te equivocas, tus asombros son ya los nuestros por el espléndido libro que nos regalas, dentro de tus ojos, y más allá de lo que en ellos guardas, para vernos.

17 de mayo de 2022


Monday, May 30, 2022

Morúa Delgado y Juan Gualberto Gómez, la encrucijada negra de Cuba

 "A menudo, cuando algo comienza por algún motivo en una generación y llega a la tercera, las personas han olvidado por qué comenzaron a hacerlo, y queda inculcado en los rituales de la vida. Ahí es donde estamos como negros".

William Graham Sumner

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Como en Du Bois y Washington, Morúa Delgado y Juan Gualberto Gómez nunca se enfrentaron directamente; antes bien, es la historia la que los ha enfrentado, a partir de sus respectivos desarrollos políticos, ciertamente contrastables. No obstante, el hecho de que siendo contemporáneos no se enfrentaran nunca, significa que estas posiciones suyas no eran mutuamente excluyentes; lo que es grave, porque en esta exclusión a partir de mitos históricos, los negros cubanos han perdido un gran referente, también histórico.

La alusión a mítica no es gratuita, se refiere a la historia de los cien años de lucha de la revolución cubana; que es la leyenda dorada con que esta se justifica a sí misma, apropiándose de ese pasado heroico y fundacional. El problema no es el mito, sino su efecto sobre los negros, como sector entero de la cultura y la sociedad nacional; pues ha eliminado ese referente magnífico que es Morúa Delgado, como base para una tradición de pensamiento negro.

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Primero, la leyenda de los cien años de lucha es un mito, porque la guerra de independencia terminó en 1998; no importa cual fuera su resultado final, incluso el interregno de la primera república, bajo ocupación norteamericana. El salto de la caída de Santiago de Cuba a la generación del centenario es una manipulación, incluso típica; parecida en ese sentido a la  de la Libertad guiando al pueblo en la segunda comuna, con los símbolos de la primera.

Igual, eso es materia propia de la historia nacional, no de la escisión que lastra la integración racial en Cuba; un fenómeno ya complejo de por sí, por cuanto no ocurre en las formas virulentas del segregacionismo norteamericano; pero que no obstante es hasta más efectivo en el caso cubano, porque consigue condicionar definitivamente esa integración. Eso es lo que ocurre con la masacre de 1912, disolviendo en una supuesta culpa histórica la figura magnífica de Morúa Delgado; que como Booker T. Washington en los Estados Unidos, sólo propugnaba un mayor pragmatismo político.

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La mitología nacional es tan sinuosa, que tampoco contrasta las figuras de Morúa y Juan Gualberto directamente; sino sólo ensalzando la del último junto a la de Estenoz, que es la que contradice a la de Morúa, con el alzamiento. Curiosamente la figura de Estenoz, como la de todo negro que integra el panteón cubano, es un arquetipo tradicional de heroísmo; que junto a la revolución haitiana se alza como determinación última y condicionamiento, para todo intento de legitimación política.

Falta aún esclarecer el significado y alcance de esa enmienda en la historia de Cuba, más allá de su manipulación interesada; ese tampoco es el problema aquí, sino la eliminación —cualquiera que sea el motivo— del pilar y base misma de una tradición de pensamiento negro. No es casual que, en contraste con cualquier otro negro del panteón cubano, Morúa no es primeramente un héroe clásico; sino que, a pesar incluso de un intenso activismo en el movimiento independentista, es sobre todo un político y un pensador.

Se trata quizás del único caso de un negro que descuella como pensador y político, no en base a un pasado heroico; incluso si posee ese pasado, en forma al menos suficiente sino descollante, ante los titanes que lo acompañaban. Los negros cubanos no pueden darse el lujo de esta carencia, porque —como se ha visto— no han podido suplirla con nada; pues Morúa es el padre iniciático de esa tradición, que clama aún desde su potencia absoluta, llorando por los enfrentamientos que la realicen.

Digresiones del modernismo y el naturalismo inglés

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El modernismo mostró la madurez de una tradición literaria ya americana, pero a una España desfasada de Europa; algo que comenzaría por la conversión distinta de los godos al arrianismo y catolicismo, pero reforzada por el muro alto de los pirineos. Por eso, aunque no como causal, el progreso del modernismo europeo no respondía a problemas españoles; que eran distintos de los europeos, por más que envolvieran también el romanticismo y la ilustración.

No sólo los pirineos imponían otra dinámica, el canal de la mancha era también un muro muy alto; y tras este, lejos incluso de los excesos franceses de tras los pirineos, el romanticismo se aquietaba. Este aquietamiento era sin dudas otro modernismo, aunque no nacido de los tormentos románticos; sino que surgido directamente del naturalismo que diera base a ese romanticismo, tenía otra materia.

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Hay que tener en cuenta que en su evolución los estilos favorecen unas formas sobre otras, y ofrecen especialidades; como fuerzas enemigas que negocian áreas de influencia, más o menos como ocurriera políticamente en Yalta. El Manierismo se dio en la pintura, como el naturalismo inglés, y el Barroco sobre todo en la arquitectura; pero el neoclasicismo avanzó sus fuerzas en la literatura del Barroco, y no dio chance literario a la torcedura rocambolesca del rococó.

Así, la narrativa inglesa puede haber funcionado como la distención de sus tensiones románticas; que escapaban de este modo al dramatismo intenso de la Germanía y sus contradicciones civiles. En cualquier caso, el aquietamiento inglés de la narrativa avanzaría los objetivos del postmodernismo americano; cuando la poesía femenina esquiva la retórica masculina y se hace realista en sus propósitos, con la urgencia sexual como ficción objetiva.

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En la Inglaterra victoriana, donde el clima es otro, ya estaba incluso el precedente de Jane Austen; que es la gema más preciosa de su corona, pero no la única, como cimiento de toda una tradición. Sir Walter Scott reina en el drama histórico, como los modernistas americanos en el heroísmo y el carácter nacional; junto a Austen, Susan Ferrier, Frances Burney y otras aportan una perspectiva femenina a la reflexión existencial que resuelve la literatura.

En ese medio surgen las hermanas Brontë, culminando una tradición que era madura desde el nacimiento; pero dando forma a algo que, aunque retiene la compulsión romántica del momento, no es propiamente romántico. La literatura de las Brontë posee un orden y sentido tan fuertes, que se plantearía como naturalista antes que romántica; no importa que mantenga el caudal, porque de eso es de lo que se trata una eficacia realista, no en la pretensión histórica sino en el encausamiento de ese caudal.

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En este naturalismo, los temas son románticos, como el caudal de que en definitiva se trata como la vida; pero es en el tratamiento en lo que se distingue, en esa superación constante de la contradicción antes que en la fatalidad con que esta se imponga. Esa es la diferencia y no es poca, porque ese tremendismo de los alemanes surge del exceso de los franceses; cuyo realismo es otra pretensión, imposible de alcanzar en la ineficiencia del drama histórico al que se sujeta.

Esto es importante, pues ese es el momento culminante de la estructura social en sus protocolos funcionales; cuyos excesos provocarán la rebelión de género en el siglo XX, pero como un proceso comenzado en la apoteosis del XVIII. Esas mujeres, como las modernistas americanas, se rebelarán a la marcialidad masculina y hablarán del mundo real; que se diferencia del de esa marcialidad por el reconocimiento del carácter compulsivo de los actos humanos, en la urgencia sexual.

Ese sería el aporte de los románticos alemanes, con su salvajismo aparente, que en verdad era amanerado; porque los alemanes se enfrentaban al no menos aparente pragmatismo de los realistas franceses, con su interés neoclásico en lo histórico. Ese no era el caso en Inglaterra ni en España, donde el romanticismo tuvo otros derroteros y hasta decadencia; pero como un conflicto que sólo aflorará con cierta demora en las Américas, y eso en las hispánicas; porque responde a ese desfase extraño, que introdujo la alucinación de un monje ante las pretensiones políticas del catolicismo.

 

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