Wednesday, August 19, 2015

Réquiem por Daguerre

Por Ignacio T. Granados Herrera
Un 19 de Agosto nació Louis Daguerre, y por eso esta fecha se celebra como el día de los fotógrafos y la fotografía; pero más importante quizás sea la contradicción flagrante, de que esta celebración marcaría al arte como ya convencional, puede que agotado. No se trataría de otra diatriba a propósito de la decadencia del arte, aunque la contenga; sino de cómo y por qué ocurre esa decadencia, respondiendo a la evolución natural de la cultura, como otra expresión suya que es. Difícil que algún fotógrafo acepte nunca esta decadencia de su arte, que es en definitiva su modo de vida; pero sería justo en este falso trascendentalismo —tan común al arte postmoderno— que se verifique el convencionalismo, haciéndola intrascendente como arte.

Ilustrativamente, la fotografía fue incorporada como arte desde la inclusión del cine como su sucedáneo natural; ya cuando culminando su propia apoteosis en el siglo XIX, la Modernidad se apresta a esta decadencia funcional suya; que en tanto era o etapa en un proceso, es así un objeto funcional en la estructura sistemática de la cultura como naturaleza. El mismo Daguerre habría usurpado las glorias de un verdadero inventor de lo que terminaría siendo el daguerrotipo, Joseph Nicéfore Niépce; puede que como marca de Caín, protegido del dios Mamón por esa muerte de Abel que fue la usurpación,  condenándolo al mercantilismo. Desde entonces ha sido también el arte más superficial, refocilado en la venialidad, y también más técnicamente accesible; lo que debió convertirlo en el arte más popular, apelando a la espontaneidad en que se realiza lo real como naturaleza; pero en cambio devino en populista y grandilocuente, como su propia época, a la que retrata en su banalidad de falso intelectualismo.

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Eso podría explicar cómo ese arte se agotaría a la altura de la mitad del siglo XX, justo cuando las otras artes comienzan su propia decadencia; pero encabezadas por esta, que siendo la más nueva no consigue encarnar el espíritu primigenio, como en aquellos misterios que explican la permanencia de Afrodita. La diosa, aclarando el contraste, pervive en todo panteón que se imponga por su funcionalidad; la fotografía en cambio sólo se repite a sí misma desde la justa mitad del siglo XX, como una vieja que insiste en sus afeites.

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