San Isidro, o el fin de los duendes de Bohemia
Sería por eso que fueran tan efectivos, sacando de paso a
una represión acostumbrada a la estrategia y el ladinismo; porque si algo
habría hecho ineficaz a la disidencia clásica en Cuba, sería precisamente su
falta de espontaneidad. No es extraño que San Isidro llamara la atención de esa
disidencia dispersa y estratégica, ya no tan clásica; que aferrándose a ese insólito
carácter popular del arte en San Isidro, trató de legitimar su intelectualismo.
No es broma, no se trata del carisma innegable y la nobleza
de sus protagonistas, sino de la mediocridad que los rodeó; pasando por la
precariedad de San Isidro, como celebrities por las alfombras rojas del artivismo,
porque todo era performance. Eso subordina la función estructural de la
ideología —ya excesiva— a la caducidad de la catarsis inmediata; con lo que sin
embargo no se recupera la función original de la cultura, sino se la diluye en
la meta estabilidad del mercado.
Es el caso de Carlos Manuel, que ahora se desgreña en la
invisibilidad de su elitismo, con el mérito de su brillantez; que no pasa de un
pajeo colectivo y furibundo, dándose champú unos a otros como si no hubiera un
mañana. Igual que el caso de Carlos Manuel es el del Cocho, que ha desperdigado
por Estados Unidos el prestigio que ganó; y que vislumbra esta posibilidad de
ahora, sin darse cuenta de que el paisaje no es el mismo, y no vive de
catarsis.
Desgraciadamente, San Isidro está en la Habana y no en
Miami, y el estado cubano consiguió rebajarlo a performance; Luis Manuel deberá
reconocer la diferencia, y saber que la alegre ambigüedad del arte ya no es
suficiente. Es una pena, pero eso es el artivismo, y tontos los que crean que
alimentan otra cosa que el ego de una élite intelectual; incluso el Luisma, como
el carnero de este sacrificio pagano que es la política post-postmoderna, con sus
becas y sus premios.




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