Friday, March 13, 2015

Acerca del ciclo artúrico

Comprar en Kindle
Aunque lo normal es reconocer el origen históricamente romano de la figura del rey Arturo, esto mismo sería impreciso y ambiguo; ya que aunque de carácter románico, su consistencia misma es bárbara, como propia de la cultura románica en Britania. De este modo, Arturo sería la primera sincretización simbólica de las culturas bárbara y románica, impulsado en la voluntad de Uter Pendragon cuando seduce a la reina (madre); y dado a la realización de ese mundo ya sincrético, que para ello convoca a toda la tradición legendaria del mundo bárbaro. El mismo carácter heroico de Arturo estaría dado por la batalla en que derrota a un emperador romano, genéricamente conocido con el nombre de Lucius; significando esta segregación de un mundo singular en la cultura bárbara, si bien emparentado inevitablemente con la omnipresencia románica.

Así, la mayoría de los elementos formales de la saga del rey Arturo, incluida la identidad sus caballeros, son de origen celta; lo que se entiende, ya que los bárbaros son en realidad un sinnúmero de pueblos que se superponen al mundo celta, y que así lo suceden en la relación con Roma. Arturo es de esa forma la figura vicaria del Cristo, legitimado en su búsqueda incansable del grial; pero como un esfuerzo destinado a la frustración, ya que el modelo mismo de justicia artúrica sucumbe a la naturaleza irrefrenablemente humana de sus caballeros; en el pecado del mejor de ellos, Sir Lancelot du Lack, en sus amores con la reina Genoveva, que en su femineidad representa siempre la receptividad de la naturaleza; y que en conjunción con la voluntad activa del caballero, debería conducir a la realidad, en la realización del Ente, que es siempre concreto.

Comprar en Kindle
En este conflicto, el problema estaría dado por la rivalidad impensable entre Arturo y Lancelot, como disociación de las figuras de la legitimidad y la capacidad; y donde la naturaleza va siempre a la realización de lo posible, según la capacidad de la voluntad para realizarse, no de su legitimidad. El sentido de todo esto estaría dado por el ascendiente mismo de la reina Genoveva, dada como dote a Arturo en su coronación junto a la tabla redonda; como ese ideal de gobierno justo, a realizarse en una nueva naturaleza, conseguida por la unión de Arturo como voluntad y la perfección de la mesa, que es de juicio pero con valor simbólicamente eucarístico; y que ilustrativamente, no contó con el impulso mismo de la naturaleza, dada en Genoveva como en Eva, que va en busca de su propia realización.

Es en este sentido que la saga serviría como reordenamiento cosmológico del mundo, en función cristológica; incluso si eso es una facultad intrínseca a la naturaleza reflexiva del arte y no una intención discursiva del artista, que es sólo un fenómeno postmoderno. También ese sería el sentido, aún si la generalidad de los caballeros que conforman la mesa redonda son figuras originadas en el totemismo celta; ya que como substrato cultural, sería esta cultura la que como una compulsión mueve a la realización de los otros estratos culturales que se le superponen. El ejemplo de esto estaría en caracteres como Lohengrim, el caballero del cisne, que sería también de origen celta; pero que se dirigiría a la legitimación de Godofredo de Bouillón, duque de Lorraine y primer soberano cristiano de Jerusalem, en la toma por los cruzados.

Más libros en Kindle
Deberá recordarse al respecto la tremenda relevancia del cisne como símbolo totémico para la cultura celta, traspasado en ese mismo sentido a toda la germanía; hasta el punto de que las valquirias se transmutan en esta doble naturaleza, como ninfas guerreras y cisnes. Más aún en ese mismo sentido, el traspaso del simbolismo entre el pez (recurrente al cristianismo) y el cisne, recurrente al substrato celta; dado en el encuentro entre Percival, caballero al que se otorgará la custodia del Grial y que terminaría siendo el padre de Lohengrim, y el rey pescador; cuya semblanza a su vez unificaría la función crística del evangelismo cristiano con el pescador, y la de José de Arimatea como anciano custodio de la sangre de Cristo, que según la leyenda recaló en la Galia.

Saturday, February 28, 2015

El problema de Dios

Impertérrito el teólogo se niega a la contradicción y se contradice, porque así son las paradojas del Dios que adora; no —repite—, Dios no puede no existir, y no es eso una negación de su omnipotencia. En efecto, no es gratuito que el problema de Dios perdiera relevancia; de hecho no fue nunca el problema de Dios sino el de su comprensión por la soberbia que lo postulaba. La seguridad del teólogo descansa en la hierática belleza de la metafísica, que sin embargo camufla y no niega el drama en que se organizan las naturalezas; finta que pierde al teólogo, con la no vista obviedad de que el objeto de su meditación es sobrenatural. Nuevamente en efecto, la sobrenaturalidad de Dios es esa sobreposición en que es la determinación última y poderosa de lo natural; ¿cómo entonces someterlo a esa regla que depende de él y no a la inversa, sólo por la necesidad de una lógica que desconoce en su potestad?


La seguridad del teólogo es parmenídea, pero desconoce que el Ser al que se refiere no es al poder incomprendido de Dios; porque el Ser de Parménides, como el herácliteo, es uno de esos ensayos con los que el fisiologismo trató de contraer lo cognoscible a lo físico. Claro que si impertérrito es el teólogo, impertérrita es también la hortera que llevando pan a la mesa del teólogo minuciosamente desconoce semejante complejidad; resaltando esa paradoja en que la divinidad se adensa en su propia trascendencia. Al final, la venganza de Zeus se diluye en la terquedad del fisiologista, que sirve sin embargo al teólogo para su adoración; mientras la hortera va a la misa por otro concepto más práctico y sutil en su utilitarismo, que en definitiva el problema de Dios es del teólogo y no de Dios.

Thursday, February 26, 2015

Digresión generacional en el culto a Jorge Dalton

La generación cubana que hoy se acerca con curioso temor a los sesenta tiene varias peculiaridades, casi todas mitos que desarrollaron en sus vidas; lo que es comprensible, si vivieron en una mitología, en la que el concepto de heroísmo era un objeto dramático suficiente y atractivo, capaz de sostener una estética. Esa sería  quizás la singularidad mayor, como efecto del tiempo y circunstancia que dio lugar a esa generación; la estética, que era sin embargo ambigua más que claramente épica, porque a diferencia de la epopeya clásica envolvía más sentimentalismo que estoicismo. Así esa generación es prolífera en cultos espurios y excesivos, casi siempre alrededor de una personalidad; cuyo carisma es sin embargo innegable, aunque no así los valores que se le atribuyen, como las facetas en que los hombres desmiembran la unificiencia de su dios en varios.

Tal es el caso de Lichi Diego, cuya mejor virtud probablemente sea haber sido el delfín —es un decir— de la familia Diego; lo que quizás no la diga mucho a nadie, hasta que uno completa el nombre y deja claro que se trata del entorno idílico del notabilísimo Eliseo de Jesús de Diego y Fernández-Cuervo. Se trata entonces de uno de los autores más emblemáticos de uno de los fenómenos literarios más emblemáticos de ese emblema que es la literatura cubana; es decir, se trata de una prosapia, que se concretó en un tipo con mucha suerte a los ojos de muchos que no vivieron los problemas que tuvo. Igual, castas siempre hubo, en Cuba y en todas partes, y la de la familia Diego con razón y causa; sin embargo, el culto de Lichi es otra cosa, una experiencia sostenida en la tradición mítica cubana, con mucho de carabalí —padre macho y sangrón— y una pizquita de madre patria. Es un culto en el que se recitan los mantras con que se nombra la divinidad, pero no musitándolos sino a puro grito y con palmadas en la espalda; y que sin orden necesario, rezan más o menos hombre-amigo-duro-noble-generoso-cúmbila-… y escritor empinga’o.

Eso es curioso, porque es cierto que Lichi Diego escribía como los dioses, sin por alguna razón la fuerza misteriosa de su padre; es decir, era uno más de esa generación over educated, con un destino manifiesto en la literatura, en su caso hasta por herencia y genética. Un analista perspicaz caería en la cuenta de que no fue tan prolífico en la poesía como en la novela, y nada del mazazo paterno con el cuento; como un signo que un poco borgeanamente significaría ese esfuerzo espurio por tratar ser intelectual, que es la manera más patente de no serlo. Esa es otra característica de esa generación cubana, que incluso sólo acentuaría lo que ya iba siendo una tradición de la cultura revolucionaria; que antes del mito de Lichi Diego tuvo el de Luis Rogelio Nogueras, y hasta en la franca oposición y disidencia ofreció el de Reinaldo Arenas, también excesivos pero sin la prosapia.

Excepción —que siempre la hay— la de Jorge Dalton, puede que porque su experiencia fuera también más genuina; primero, por gozar de esa otra prosapia del prestigio intelectual de su padre, el poeta salvadoreño y mártir revolucionario Roque Dalton; pero además, porque eso lo insertaba más exactamente en ese contexto de épica revolucionaria y enaltecimiento romántico, que encuentra en la juventud su mejor expresión. Jorge Dalton, a diferencia del resto del santoral de esa generación cubana, aportaría esa singularidad de su propia ascendencia; junto a otra cosmología, como su procedencia del fuerte mundo indígena continental, que a los cubanos nos abruma un poco por sus dimensiones hasta poéticas. Jorge, también, y a diferencia del resto, optó por el cine y la televisión, lejos de los conflictos de sospecha por el género en los otros; quizás porque era más auténtico o lo era su experiencia, que así habrá sido también más controvertida y con un dramatismo distinto.

  ©Template by Dicas Blogger.

TOPO