En un tiempo de falsa
representación e inclusividad, Netflix ofrece un acercamiento al cine literario
africano; que no necesitando los afeites de la retórica convencional, recrea lo
africano en todo su esplendor y dignidad. No se trata de temas folclóricos, que
perpetúen los clichés tradicionales acerca de la relación con la naturaleza y
el colorido; sino de una literatura madura y contemporánea, que puede acudir a
sus tradiciones populares, sin perder un ápice de esta contemporaneidad.
No es que eso sea nuevo o extraño,
en un continente que de hecho ha aportado clásicos a la literatura universal;
pero sí ha carecido de justa representación, como una falta ahora compensada,
para mayor alegría de todos. Cuentos populares africanos reúne entonces una
serie de cuentos no exactamente folclóricos, sino muy literarios; quizás deba a
esto su eficacia dramatúrgica, que no sacude a discursos sociológicos, sino a
la complejidad misma de lo real.
Quizás entonces esto sea una
prerrogativa cultural del continente madre, en el que el pasado no desaparece;
sino que sonríe en cualquier esquina, manteniendo la savia que da sentido a su
arte, no corrompido aún con entreveros conceptuales. África es así un
continente exótico, no por la fauna que se ve en cualquier zoológico, ni la
ropa que importa el resto de Occidente; sino por esta facultad de una cultura
todavía humana, que resuelve su dramatismo existencial en la vida de la gente y
no en discursos.
Eso es lo que sin dudas alimenta a
su arte maravilloso, en esta serie que además trae rostros frescos a la pantalla;
aparte de una cinematografía espectacular, apoyada en la belleza y grandiosa
inmensidad del continente. Para dar una idea —si eso fuera posible— estos cuentos
recuerdan a aquellos de la Malá Straná, incluso en su extraña contemporaneidad;
todo en un lenguaje visual que no se acompleja de los contrastes sociales pero
tampoco los sobreexplota, porque es arte y no discurso.
Si algún negro quiete sentirse
representado, que mire entonces a la belleza de su continente madre, que ahí
está; en vez de embutirse en sedas ajenas y pelucas empolvadas, que deberían
avergonzarlo como un viejo minstral. Cuentos populares africanos no es un producto
enteramente comercial, sino de colaboración entre la UNESCO y NETFLIX; así que
se trata de otro proyecto de subvención de la cultura, que sin embargo —en este
caso— sobresale por su eficiencia.
Probablemente eso se deba a que
surge en esa estrecha franja en que la cultura popular carece de recursos para especializarse;
muy distinta de aquella de la cultura popular ya desaparece corrompiéndose en
su corrupción, vendiéndose como lo que no es. En cualquier caso, es eficiente
en esa vitalidad literaria de su cinematografía, desaparecida ya para el resto
de Occidente; puede que por esa precariedad tan poco romántica de su entorno,
que es el que sostiene su arte, con su lenta y difícil integración en el orbe.
Por supuesto, siendo de Netflix hay
toda una sección de cine y series africanas, que conoce la gloria y la deshonra;
pero en un mercado saturado por la bagatela carísima de Black panther, sobresale
también la serie de acción y fantasía Los valientes. Lo interesante de
esta es la autenticidad de su africanía, no desprendida de la tradición del
cómic de super héroes; por lo que cuenta con un amplísimo bagaje de tradiciones
sobrenaturales, a las que acude en su valor práctico, no de horror y misterio.
Como defecto, únicamente técnico, su
cinematografía abusa del filtro teal & orange, que ya va siendo universal;
pero salvado este escoyo, todo es fiesta en una dramaturgia bien pulsada y
experimentada, que juega con sus clímax y anti clímax. De hecho no se trata de
un simple enfrentamiento entre el Bien y el Mal, como es típico de las series
de super héroes; sino que es una trama compleja, con toda la humanidad que acostumbraban
los mitos antiguos, además de su magia.