Wednesday, May 29, 2013

La crónica social



Recientemente ocurrió el debut de los últimos bailarines —no son los únicos— cubanos exiliados en Miami, en una gala de ballet clásico; y de veras, lo único que cabe desear es que eso no se convierta en el viaje a ninguna parte de unas carreras frustradas por el egocentrismo y el divismo ajeno, que sería lo normal. Difícil, desde que más que una propuesta estética lo que envuelve a las instituciones del exilio cubano es la retórica reivindicacionista de una cultura que nace en el éxodo del Mariel; donde lo que se hace es replicar a la Habana, trabando los desarrollos personales por esa incapacidad tan sospechosa y recurrente de vivir para sí mismos y agotar al mundo en ello. 

En verdad, la del Mariel parece una generación perdida que duda de sus propios éxitos no importa cuán alto los proclame; al menos no parece creerlos suficientes, y no pueden serlo, si en vez de exhibir un valor propio lo que hacen es inscribirse en el enfrentamiento ideológico con el país que supuestamente dejaron atrás pero tratan de reproducir enfermizamente. El ardid es el ya tan trajinado de la retórica nacionalista y belicosa, que vela incluso por la integración política y la pureza ideológica de los individuos; a los que como en Cuba condiciona el desarrollo, enmascarando el onanismo de una generación que ha sido incapaz de establecerse fuera del discurso político o sin recurrir al mismo. Por supuesto que la gloriosa excepción existe, y no está tan claro si confirma la regla pero sí que se reduce al esplendor de individualidades absolutas a las que se mira con suspicacia por su suficiencia; y que en todo caso no se han prestado al jueguito ese de sujetarse a la mezquindad política de un liderazgo artísticamente mediocre, que como la lechuza del cuento de Onelio Jorge Cardoso sólo grita: Vicaria! Vicaria!.

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