Ya se habría establecido el carácter epistemológico de la cuestión, como de
la capacidad para entender a lo real; en el acercamiento de Newton al problema
físico de la gravedad desde la matemática, y no desde su naturaleza física. Eso
retrae la cuestión a su origen en Pitágoras, y su percepción de las
recurrencias matemáticas como determinaciones; ya que en tanto formal —al darse
en la organización de funciones relacionales—, la realidad sí estaría llena de
estas recurrencias; pero cuyo valor —y función de hecho— es entonces
referencial, no efectivamente determinantes.
Con ese sentido referencial habrían sido formulados los principios
matemáticos en su origen religioso, en Babilonia; tal y como en Egipto, donde
—al igual que en Babilonia— extendían este valor a la construcción y la función
política. Sin embargo, la descontextualización pitagórica, al desarrollarlos
como ciencia y seudo religiosidad, los distorsiona; atribuyéndoles una
consistencia que originalmente provenía de lo divino, y no de alguna propiedad
singular.

La física, al momento copernicano, imponía ya la flexibilidad de la
observación sobre la pureza del principio abstracto; desde el giro de galileo
al heliocentrismo, que es también el primer paso hacia la potestad de lo real
sobre lo humano; tal y como antes la cuestión arriana fue el primer paso al
humanismo, como derivación del teo al androcentrismo. Hay un paralelismo
funcional en esta oposición teológico-física, entre San Agustín y Copérnico,
apoteósica en Galileo; como base epistemológica de la emergencia
post-postmoderna del Realismo, en la político-religiosa del Idealismo.
Eso requiere sin embargo una adecuación, porque la absolutización de las
matemáticas por Pitágoras era necesaria; explicando su descontextualización
primera, por una necesidad de referentes fijos, en el entorno caótico del Egeo.
En este sentido, la tensión Galileo-Newtoniana es apenas una actualización de
la otológica Heráclito-Parmenídea; sólo que ya en el ámbito puro de la
fisiología misma como ciencia, y no de su contradicción política con la
religión.

Desde ah además, el dogmatismo newtoniano provee salidas de control, para
la adecuación necesaria del desarrollo; de modo que no habría sido una
apoteosis real, sino una suerte de fotón, con el que medir la evolución, de
Galileo —y en últimas Copérnico— a Einstein. Esto resolvería el problema de la
adecuación epistemológica bajo el Realismo Trascendental, por tres razones
fundamentales; la primera d las cuales, es la naturaleza tridimensional —en
realidad cuatridimensional— de la mente humana; que necesita de estos
referentes, existenciales y relativos pero fijos, para poder operar de forma
organizada.
Es imposible percibir una función de onda sin arrojarle un fotón de prueba,
e igual ocurriría en la historia de la cultura; en la que no es posible
transitar de Copérnico a Einstein en el vacío absoluto, sin una estructura de
control. Habría sido necesaria una interacción efectiva, que forzara a ese
continuo de probabilidades formales a decantarse; de modo que se obtuviera una
estructura fija y manejable, como de hecho es la partícula en la física
cuántica
Ese impacto localizado y puntual es entonces la mecánica de Newton, como el
fotón que permite medir a la ciencia; que en el estado puro abriría un tejido
continuo y fluido de relaciones en sus probabilidades formales, con Copérnico y
Galileo. Pero esto es como una función de onda conceptual, llena de esas
posibilidades, pero difícil de asir para la lógica; como ejemplo, todavía
Einstein —el sumun de esa inteligencia—, no comprende la dualidad de esta
indeterminación primera.
Al introducir su cálculo y sus absolutos matemáticos, Newton actúa como el
fotón que bombardea esta función; que al interactuar con el continuo galileano,
lo colapsa en un punto y momento específicos, que es la física clásica. Esta
partícula resultante, que es la mecánica newtoniana como particularidad, es una
salida cerrada de la evolución; que en su rigidez ofrece la estadística,
estableciendo las comparaciones con el desarrollo general de la ciencia.
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