De los cultos de Lezama Lima y su legitimidad y suficiencia
En ese sentido, toda cultura tiene especializaciones, del sacerdocio que
cuida los cultos, al filósofo que los critica; sin darse cuenta de que es esa actualización,
en los ritos sacramentales, lo que le permite la impertinencia. De hecho, hay
un exceso tremendo en ese reconocimiento del crítico como filósofo, cuando no
trata sobre principios; pues en realidad se trata siempre de un forcejeo de
egos, en que se disfruta del mero vencimiento del oponente; y si algo ha
alejado de la filosofía, es esa cultura de mezquindades gratuitas e insidia,
permanente y amarillista.
No todo el Lezamismo fue cultista, sino que mucho fue curiosidad ante su
capacidad sistémica, consciente o no; otra cosa es reducir toda inteligencia a
esa banalidad del culto personalista, también legítimo pero no lo único. En ese
sentido, la originalidad de Lezama no es sólo biográfica, como incluso la del fontanero
con su historia familiar; sino que tiene también otros alcances, ignorables en
la ignorancia, pero no por ello menos consistentes.
Una maniobra comercial fallida, como la publicación de Diván de Lezama
Lima, suele incluirse en ese afán cultista; cuando se basaba en una
sistematización teórica con otros intereses, desde el puramente comercial al
ontológico. Eso difícilmente puede ser clasificado de culto, pero la ignorancia
suele recrearse en sí misma, como el cerdo en el fango; y de nuevo, nada que
hacer ante esa vocación tan pobre, que continua al vergonzoso intelectualismo
cubano.



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