No habría una extraña coincidencia entre el absolutismo imperial chino y el
comunismo como modelo político; habría una misma configuración cultural, que
difiere en cerca de dos milenios, pero no en su organización. Como el
comunismo, el absolutismo imperial chino surge de una tradición ilustrada, que
funda el academicismo; a diferencia del comunismo, el absolutismo imperial
chino no es populista, como de hecho sí lo es su comunismo final; pero eso se
debe a su diferente estratificación de la sociedad, con énfasis en el
campesinado y no el obrerismo urbano.
Sin embargo, en una convergencia cultural, parte de la decadencia
preimperial se resuelve en China con el academicismo; en lo que se conoce como
el período de las cien escuelas, en que proliferaron las tendencias
filosóficas. Sólo que a diferencia de Occidente, la filosofía en China no era
una cultura de pensamiento abstracto; sino una suerte de especialización
práctica en la política, más parecida a lo que en Occidente fue la sofística.
Esta no era además una práctica privada, sino que debía su carácter
especializado a la función del gobierno; que promovía esta suerte de
ilustración como especialidad de clase, de la que nutría a su funcionariado. El
período de las cien escuelas fue de proliferación de estas prácticas, en
respuesta a la independencia de los estados; desprendiéndose de la centralidad
de a dinastía Zhou en ducados, que luego se proclamaban reinos independientes.
De la competencia entre estos estados nacientes, combatiendo entre sí por
la hegemonía, surge esta necesidad; y con ello la sobreposición eventual de una
escuela sobre otras, en el llamado Legalismo, del estado de Wei. Esta hegemonía
el legalismo sería sobre todo circunstancial, pero significó un triunfo de la
cultura ilustrada en China; comenzando sus reformas en el 359 (a.c.), pero
radicalizándolas a lo largo de diez años, bajo el duque Xiao d Quin.
Esto es importante, porque el hecho equivale al triunfo de toda la
Ilustración Europa durante los siglos XVII-XIX; impulsada además por un estado
comprometido con su implementación, e incluso en su carácter ilustrado. De ahí
proviene la convergencia funcional con el comunismo occidental, reimportado
incluso más tarde a China; como una reconfiguración de la estructura social, ya
desde el determinismo político en su desplazamiento del cultural.
Por supuesto, China no pudo implementar de modo efectivo ese nivel de
reforma —que es cultural— en diez años; y el impulso político del duque Xiao
sufriría reveses graves, que llegarían a la ejecución del reformista Wei Yan.
Más allá de ese patrón, de incorruptibles devorados por el monstruo que
alimentan, la constante es la misma; en esa convencionalidad moral del objeto
político —¡oh, Kant!— como escolástica, con el determinismo político.
Obviamente, el problema en ambos casos es que el determinismo político
tiene su objeto en sí mismo, no en la existencia; a la que desplaza en esta
reorganización de la sociedad, con la política en la función ontológica de la
cultura. Hay variantes que explican la dificultad de ese proceso en Occidente,
como la potenciación económica del individuo; como un problema desconocido por
la cultura china, desde su configuración política en el período predinástico.
En todo caso, el absolutismo es la tendencia natural de las estructuras
políticas, en su organización de la sociedad; más o menos dificultado en un
caso u otro, según las condiciones particulares en que desarrollan sus
procesos. Incluso la negación aparente de este absolutismo, en el capitalismo
moderno, no sería sino su confirmación; por ese estadio superior suyo como
corporativo, en que emula la estructura misma del socialismo, como capitalismo
de estado; que llega a su apoteosis en la postmodernidad, pero se gesta en el
Banco de Inglaterra, con el ascenso de la casa de Orange.

Ese estadio superior como corporativo, sería el que la teoría comunista
identifica como imperialista, por su estructura; que de hecho reproduce la
subordinación del comercio al determinismo político, como en la etapa imperial
china. No se trata entonces de coincidencia nunca, sino de predeterminación,
como morfodinámica de la realidad; que incluso en la cultura es sólo su
especialización humana, no una reconfiguración humana de esa realidad.
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