Sunday, November 19, 2017

Ray Loriga, premio Alfaguara 2017

Friday, November 10, 2017

Paradiso… otra vez, siempre!


A los escritores argentinos se les recomendaba que rechazaran la influencia borgiana, a los cubanos la lezamiana; se trata de una tradición del magisterio literario, tan puntual como los cultos que trata de combatir, y no menos ociosa. Sin embargo, el rechazo de un fenómeno podría estar ilustrando su pertinencia; ya que las razones de todo culto son siempre formales, como las liturgias que evocan una razón fundacional de las estructuras que adornan. El desarrollo de los fenómenos cultuales inspira el de sus condenas, no menos formales entonces que los fenómenos mismos; como en ese caso del vanguardismo surrealista —por ejemplo—, que en su anti clasicismo se ha asentado a sí mismo como otro clasicismo, ya ni siquiera alternative.
En el caso de Lezama Lima y Paradiso, ya no se trata ni siquiera —como se ha afirmado—  de si la novela es farragosa e innecesaria; todo arte es superfluo por definición, en esa misma condición formal suya, a menos que evoque otras trascendencias, como en los clásicos. Es otra paradoja, en las que la vida es abundante, porque retuerce el bucle del estilo hasta que este pierde ya su sentido; que es su belleza misma, pero ajada en la repetición, que le hace perder toda facultad reflexiva y descender a la banalidad. Volviendo a Paradiso y Lezama Lima, se trata como siempre de esa construcción del árbol; que crece añoso e imponente, y del que se aprecia distintamente la sombra recurrente, el follaje efímero o el tronco que adquiere anillos con los años. 
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El problema no es entonces Paradiso sino su culto, porque en su formalismo obvia la función que cumplía y en ello la necesidad que satisfizo; y que siendo mayor que su autor, se acomoda en la evolución de las artes, ocultada por su decadencia inevitable. Lezama Lima fue un pedante incorregible que escribió una novela imposible, esta novela sin embargo resolvía un problema fundamental; y que residiendo en su misma capacidad reflexiva —¿es forma, recuerdan?—, es una representación del cosmos en sus ocultas dinámicas. Sólo que para llegar a eso habría que partir de la literatura en su propia evolución, y el lugar específico de las Américas en Occidente; cosa que no atañe ni por asomo a los cultos, con sus madejas de monaguillos y viejas devotas con rosarios y pésimos coros que desconocen el peso del barroco en la liturgia católica. 
Paradiso es un tratado de ontología, que concilia el realismo aristotélico con el idealismo platónico; aportando con ello el vínculo que complementa la violencia estructural de agustinitas y aquinistas, con el ajuste epistémico de su función antropológica; en esa reconciliación de la negatividad de Foción por la positividad de Fronesis, en la conformación definitiva del hasta entonces proto dios local. Así de genial entonces, Paradiso no es rebumbio, ni el pene de Farraluque ni el mal gusto de una cena espantosa, a la que acuden fantasmales críticos en una fantasía gay; contiene elementos como la representación de lo sobrenatural en tanto determinación de la realidad en un maremoto, y la Amistad como nculo de estructuralidad .
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Antes de Lezama, eso lo intentó el no menos farragoso Herman Hesse, cuyo culto es aún autorizado; con esas reducciones platónicas que racionalizan la trascendencia, ignorando al Ente distinto de su abstracción (¿Dasein?). Lezama resuelve el problema del Dasein, al dar al Ente siempre como potencia (proto dios); en relación con su propia realización puntual, en la tensión de esas proyecciones formales de sus amigos. Por supuesto, asumir que Lezama Lima era consciente de todo esto y lo manejaba más allá de su vanidad es irrisorio; también creer que García Vega no pasa de ser un resentido, que desplaza el culto a su propia e inexistente originalidad.

En ese sentido, todas las enumeraciones homéricas —excepto la de los caballos en el viaje de Cortez a México por Bernal Díaz del Castillo— son banales y más tristes que las lezamianas; dígase el esplendor indudable y pulcro de Pablo de Cuba Soria, o el llamado beatnik naif de Legna Rodríguez Iglesias; también es ridículo y menor el trágico intercambio poético entre Casal y la Borrego, que hoy día es más juguete cómico que poético.  El padecimiento real de la literatura cubana no es entonces su propia tradición, como intentan los sísificos debates, sino la condición misma del arte literario; esa esclerosis en la contracción tecnológica postmoderna, en que la razón alcanza el esplendor intuitivo y la reflexión analógica ya es disfuncional e inoperante para otra cosa que la vanidad.

Thursday, November 9, 2017

Okantomí… Eduardo Rivero

En la década de 1970, al tiempo que estabilizaba el terror en las artes cubanas, también ocurría un oasis de respiro; como una de esas maniobras de tensión y balance, con las que Dios aprovecha para empujar su creación en una dialéctica evolutiva. En esa época terrible, el Conjunto de danza contemporánea de Cuba deslumbraba con el rescate de los elementos negroides de la cultura cubana; y estrenaba piezas como Sulkary y Okantomí, que recreaban estos elementos negroides, ajustando los recursos epistemológicos para mejorar nuestra reflexión ontológica. Eran idealizaciones, que mostraban el intento de vindicación trascendente de una cultura entonces marginal; que puestas en perspectiva, muestran la discordancia entre el uso de música de origen litúrgico con libretos que recreaban dramas y mitos no necesaria o directamente conexos.

Se trataba entonces de una priorización funcional del sonido sobre la exactitud del drama ilustrado, con su distorsión inevitable; pero sólo como principio, porque se trataría de un ajuste y sistematización general sobre el ser nacional y su determinación, no sobre sus orígenes. De hecho, todo habría comenzado con la transición del joven Ramiro Guerra, que culminaba su perfección evolutiva con el descubrimiento de la negritud cubana como motivo estético; con aquella pieza magistral de Suite Yoruba, que en su nombre dejaba ver su cualidad de base sobre la que construir todo ese catauro que poco a poco se destilaría con su reflexión danzaria. El mismo Ramiro maduraba estéticamente en la poética lorquiana, con el montaje pre revolucionario de Llanto por Ignacio Sánchez Mejía; encontrando la vibración de esta poética, que apenas había asomado los faldones en el colorismo de Nicolás Guillén.

Guerra, así, daba pie a Eduardo Rivero —el Oggún más hermoso del folklore cubano—, para que con su idealización comenzara la indagación poética; con aquel minimalismo no sólo escenográfico sino incluso figurativo, con el que sus bailarines emulaban figuras griegas en estelas egipcias. Obviamente, nada de aquello era africano, tampoco Cuba es africana, como no lo es la negritud cubana, que en África sólo tiene el origen pero no la realidad; de ahí que como los oráculos chinos del I-Ching —más propiamente que los de Ifá— se tratara de formas en la que abstraer las dinámicas en que se realiza esto real. Sólo el amor y no esta misma necesidad llevaría a Danza contemporánea de Cuba a recuperar este repertorio, tan mítico como su materia dramática; y por ello los resultados variarían, con versiones más cercanas a la teatralidad del güimelere que a la reflexividad del teatro.

Por supuesto, la Oshún que baila la última versión del Okantomí recrea el fenómeno religioso y no la formalidad del mito; su búsqueda, igual de teatral, tiene un sentido no exactamente artístico sino estrictamente antropológico. Lo mismo puede decirse de la última versión de Sulkary ambas en Youtube con fecha del 2014—, y así con todo aquello que sea una reproducción; porque la necesidad de la recreación no es nunca la misma de la versión original, que es puramente reflexiva. Queda entonces la gloria de haber visto aquellas versiones originales, que teatro al fin están sujetas a la puntualidad de la representación efímera; como los mandalas, que despliegan la belleza para que desaparezca en el cumplimiento de esa su naturaleza.

Es también, la evocación en el recuerdo de espíritus poéticos como aquel de Eduardo Rivero (epd. 2012) y Ramiro Guerra; que como titanes de una raza ajena tuvieron el corazón bastante grande como trabajar en las yuxtaposiciones que armaron al Ser nacional. Para siempre y gracias a ellos, la década terrible fue también de una transición gloriosa, como un sacrificio bestial con el que se diera pie a una nueva evolución; quizás perdida en el esfuerzo mismo, pero por siempre real en su propia consistencia, como un último verso con el que late el corazón.

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