Saturday, July 10, 2021

Lecciones haitianas para la historia de Cuba

La violenta muerte del presidente Jovenel Moïse ha desatado muchas polémicas, sobre todo por la sorpresa; porque hay que reconocerlo, algo muy bien tiene que haber estado haciendo, cuando Haití ya no era noticia política. Eso quizás sea lo peor de esta violencia, no ya el asesinato en sí —que ya es grave— sino lo que anuncia; es decir, la reacción de unas fuerzas políticas, negadas al desarrollo y estructuración definitiva del país.

Entre las cosas que esto ha sacado a la luz, está la probable culpa de Jovenel tratando de perpetuarse en el poder; que si bien es un pecado casi endémico de la cultura política latinoamericana, no lo es de la anglo o la franco caribeña. Igual, es un problema recurrente en Haití, pero aún así sería el menor de los males que afectan la estabilidad del país; que está tan depauperado desde tan temprano en la historia de su independencia, que es absurdo pedirle madurez y sabiduría política.

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Para entender las contradicciones políticas haitianas hay que entender su historia, y ponerlas en perspectiva; porque Haití comenzó su independencia como un país económicamente exhausto, y con el futuro comprometido. Primero, no fue sólo la emigración masiva de los hacendados como clase productiva, sino la pérdida de sus mercados; porque esos hacendados eran los que poseían la posibilidad de colocar la producción haitiana en el mundo, y se la llevaron.

Eso precisamente habría exacerbado las exigencias autonómicas en Cuba, alimentando el contrabando oriental; que junto al desarrollo industrial de Occidente, por la relativamente reciente ocupación inglesa de la capital, definitivamente desplaza a Haití del horizonte. Eso, junto a un acuerdo de reparación impuesto por Francia a la inexperiencia en política internacional y su voluntad de terminar el conflicto; destinando los recursos al chantaje político de la antigua metrópoli, que ya había degradado la calidad de la tierra con sus técnicas exhaustivas de agricultura.

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Esperar que, desde la caída de Duvalier a la presidencia de Jovenel, el país adquiriera madurez política, es ingenuo; y esa lección es buena para las esperanzas de democracia para Cuba, con los ojos puestos en la excelencia política de Occidente. Primero, no puede esperarse de un país así la solidez de países como Suecia o Alemania; que los mismos Estados Unidos y Francia han mostrado dificultades para mantener, aparte de su suficiencia económica.

En Cuba, esa pretensión de excelencia ante la incapacidad de Estrada Palma, no tuvo en cuenta el conflicto del que nacía; y cambió administrador honesto por una turbamulta política, hasta la apoteosis de Gerardo Machado. Eso sentaría las bases para una tradición de violencia política y corrupción, que sólo se solucionaría con la revolución; un proceso tan violento y sistemáticamente corrupto, que terminaría por desestructurar al país, casi a los niveles de la independencia haitiana.

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Pensar que eso se solucionará con una transición de cuatro años, que concilien la beligerancia de su disidencia, es absurdo; más aún que ingenuo, haciendo más grave la culpa cubana —contrario al caso de Haití—, por la obstinación. Sin embargo, Cuba no va a aprender esta lección, sumida como está en la actualidad de su tragedia; sin pensar que ni es un caso único ni el más escandaloso, atrayendo resentimiento y cansancio antes que comprensión y solidaridad.

Un poco menos de soberbia nos enseñaría mucho, no sólo haciéndonos mejores por la compasión al prójimo; también porque nos permitiría comprenderles la historia, y poner la nuestra propia en perspectiva, enmendando errores. La inmadurez política no proviene sólo de la desestructuración económica del país, por grave que esta sea; también se forma en esa obstinación, que se niega a verse en ese espejo que es siempre la historia ajena, como en este caso de la muerte de Jovenel.



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