Saturday, December 24, 2022

De los problemas en la comprensión profunda de la realidad

El problema con los debates de la física cuántica no es el bizantinismo, natural a su nivel de hiper especialización; sino la excelencia retórica, como la de San Agustín enfrentando al maniqueísmo, e introduciéndolo así en el catolicismo. Quizás deba completarse el ejemplo con el hecho de que San Agustín no era filósofo ni teólogo, sino abogado; que es por lo que sus argumentos contra el maniqueísmo eran retóricos (ideológicos) y morales —con su referencia a la tradición—, no filosóficos ni teológicos.

A diferencia de San Agustín, los científicos que debaten la física cuántica sí son físicos y no meros abogados; pero igual que los economistas del siglo XIX, dirigen sus argumentos a la demostración de sus tesis, no a contrastarlas en la crítica. Es en esto en lo que dichos argumentos devienen retóricos y de valor ideológico, como los de San Agustín; demostrando, en el alud impenetrable del bizantinismo, que son ellos y no el contrario quien tiene la razón.

A diferencia de los tiempos del catolicismo álgido, estos de la ciencia álgida carecen de un emperador al que convencer; por lo que la autoridad se rota entre ellos mismos, concediéndose los premios según la terna en el podio. Los congresos científicos son así como reuniones de comadres, aplicándose mutuamente champú y tinte; sin que se pueda confiar mucho en ninguno, aunque no tanto por la falta de consistencia en sus argumentos como por la obstinación que los distorsiona.

No es gratuito que los debates científicos semejen los económicos, y que ambos semejan a  los teológicos; de hecho, todos semejan a la decadencia sofista de la antigüedad, y justo por ese valor retórico e ideológico. Se trata de la distorsión natural, en que las personas no pueden superar sus propias referencias, dándoles valor absoluto; lo que ocurre porque no se las asume en su función propia, que es referencial, y por la que serían de valor relativo en el alcance.

El problema es que esta inmersión voluntaria obedece a los intereses de la especialización, no sus objetos; y por los que esos especialistas se establecen como una clase, con intereses propios e igual de especiales. Son esos intereses los que ya tienen poco que ver con lo real, en el sentido de la realidad primera que proveyó esos objetos; alrededor de los cuales han creado entonces sus propias realidades, por esos intereses creados como proyección de los mismos.

Entender esto daría acceso a la comprensión mayor de la naturaleza humana, asumiéndola en toda su inmanencia; que es la única forma en que de hecho trasciende, incluso como corrupción recurrente de toda salvación. Lo curioso es que este estancamiento reproduce —como el sofístico— el de la escolástica, al momento de Descartes; por lo que es dable el surgimiento de una personalidad suficiente, que en cerca de un siglo destrabe la situación.

Curiosamente también, contrario a Descartes, esta persona debería carecer de medios que le faciliten la formación; porque es en la formación que se introducen los vicios, por los que la ciencia se estanca en su pernicioso dogmatismo. Por supuesto, en tiempos de Descartes esa formación convencional era imprescindible, no habiendo otro acceso al conocimiento organizado; pero esa es la contradicción, por la que al final el mismo Descartes reproduciría los vicios (escolasticistas) que corregía, inducidos en esa formación suya.

Contrario a esos tiempos, hoy día hay accesos alternos a ese conocimiento, que permiten una formación singular; por la que al fin pueda al científico sobreponerse a los vicios de la formación convencional, a salvo de la corrupción dogmaticista. Es difícil, esa alternativa viene junto a otro alud de intereses, capaces de distraer a los mismos monjes fanáticos de San Basilio; cuanto más podrán con la debilidad introducida por el humanismo moderno, aunque eso no justifique los estropicios de su institucionalismo.

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