Monday, December 21, 2015

El maravilloso cuanto

Por Ignacio T. Granados Herrera

La afirmación de que la literatura suplía una reflexión necesaria sobre la determinación trascendente de la realidad, es por lo menos compleja; se refiere al otro problema del inmanentismo moderno, que resolviendo a la filosofía en escuelas racional positivas, sólo accede a una comprensión parcial de la realidad; naturalmente complementaria al trascendentalismo premoderno, resuelto por lo general en filosofías religiosas o de la religión. La literatura así habría llenado el vacío reflexivo de la Modernidad, al resolverse en una suerte de realismo trascendental; que obviamente opuesto al idealismo filosófico era así capaz de complementarlo, en esa dicotomía habitual de razón y sensibilidad. Claro está, si la naturaleza reflexiva de la ficción literaria era un realismo trascendental, su mejor cumplimiento habría sido el llamado realismo mágico; ya que ese elemento mágico habría sido la capacidad figurativa adecuada para representar el sinnúmero de determinaciones con que la trascendencia acudía a lo real, en la realización de sus fenómenos.

Eso hace comprensible la otra afirmación de que los avances científicos habrían hecho obsoleta la reflexión literaria; ya que la ficción no sería más un soporte necesario para comprender esa minuciosa y compleja determinación de lo real. De cierto, no hay ficción que pueda superar el vértigo de la continuidad espacio temporal, ni la formulación matemática de los problemas físicos; que es por su parte una de las conciliaciones más importantes de la historia de las prácticas reflexivas, desde que Aristóteles disintiera del abstraccionismo pitagórico de Platón; ya que fue esa atracción suya por la física la que lo conciliara con las búsquedas originales del fisiologismo, interrumpidas por el orientalismo religioso de Pitágoras. No obstante, esta otra afirmación es peligrosa en su sutileza, además de compleja, sugiriendo el equívoco de una equivalencia excesiva; en que como representación de lo trascendente de la realidad,  lo mágico se correspondería con la otra complejidad de lo cuántico, relativo en definitiva a las primeras determinaciones de lo físico.

No es que no sea así,  sino que la equivalencia no sería puntual y exacta sino sólo de principios, ya que al fin y al cabo se trata de una representación;  que en realidad se refiere a la función reflexiva, resuelta primeramente en las prácticas religiosas, que serían las que se relacionen con lo cuántico como metafísica. Está claro que al referirse a los fenómenos sobrenaturales, la metafísica se refiere a las determinaciones de la naturaleza; que por ello le estarían sobrepuestas, aunque sea como principios suyos, sólo separados o abstraídos de la misma en su reflexión. El problema es que la literatura sólo tiene valor reflexivo por defecto, en su propio carácter formal; y con ello la capacidad de representación, según un imaginario recurrente, sugerido o determinado por la cultura como su entorno peculiar. Sin embargo, en el caso moderno, esa capacidad formal estaría subordinada al individualismo también moderno; que la derivaría en discursiva antes que en reflexiva propiamente dicho, aunque por sobre la conciencia con que el individuo establece su discurso se encuentre el subconsciente, más objetivo en su propia comprensión de la realidad.

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Es decir, es posible establecer una conciliación cosmológica en todas las tradiciones literarias premodernas; que en definitiva son aplicaciones dramáticas de sus respectivas doctrinas religiosas como racionalizaciones más o menos excelentes del universo humano; pero no es posible hacerlo con las literaturas modernas, que sólo tendrán alcance universal pero no ese valor inmediato, y de hecho lo contradirían de continuo. El valor del realismo mágico habría sido entonces precisamente haber derivado su representación a la cultura en su determinación como su objeto propio; de ahí la eficacia, justo por coincidir con las doctrinas religiosas premodernas, y por estas tangencialmente con el mundo cuántico. Por supuesto, es igualmente temerario asumir que las cosmologías son intuiciones más o menos acertadas acerca del universo cuántico; muy a pesar de que la primera traslación de una cosmología al interés en la naturaleza externa de las cosas resultara en el atomismo, tan pronto como en los presocráticos. Sin embargo, lo atinado o no de semejante formación es otro problema, muy distinto al de una equivalencia entre la ficción literaria y la física cuántica; que no es que no ocurra, sino que su recurrencia sería demasiado puntual —y condicionada— para ser sistemática y en ello interesante como objeto de conocimiento. 

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