Monday, October 20, 2014

La isla de las mujeres tristes

Cuando se ha llegado al segundo tercio de La isla de las mujeres tristes, se comprende entonces la euforia del jurado del premio de novela Verbun 2014 por ese título; pero antes ha debido corregirse la perspectiva un par de veces, comenzando por la definición misma del género, que no es que sea errada pero sí bastante confusa. Entiéndase, difícilmente será este libro una novela en el sentido clásico del término, con una acción tan dilatada que se diluye; recuerda más bien aquel género efímero pero promisorio de la antinovela, con el que los simbolistas se negaron a todo acuerdo con el criticismo racional de los realistas; aunque, lo dicho, diluye las largas descripciones en unos parlamentos que califican al libro más como un drama elegíaco; con sucesivos solos, en que las Borrero acuden como ménades a destrozar el recuerdo de la que las condenó a la locura. Por supuesto, cuando se ha llegado ahí se está eufórico también, porque pocas veces la literatura cubana se ha atrevido a tanto; esto es, a una ficción desmesurada, que de histórica sólo tiene los personajes y alguna que otra referencia eventual, pero no precisamente el drama. Lo curioso es que a todas luces eso es lo que pretende, y a lo que por tanto se suelta como el aedo antiguo; sin más apoyo que el epíteto casual que aquel usara como recurso nemotécnico, pero para recrear las situaciones más escabrosas y delicadas, con esa misma languidez del modernismo excelente que retrata.

Vale la pena repetirlo, este título —no convengamos en el género— sólo tiene de histórico los personajes y alguna referencia; su valor por tanto es el de la ficción total, que así explica la probidad del premio, pero no su alcance verdaderamente literario. La isla de las mujeres tristes puede ser así la recuperación de una práctica tradicional a la literatura cubana, que mezclaba ficción y ensayo histórico antes del desastre reduccionista de sus instituciones; y llama la atención porque su autora, Elizabeth Mirabal no es literata de formación sino periodista, ajena por tanto —aunque sólo como principio— a esos meandros de la teoría y la especulación estética. Eso, junto a cierta inmadurez en las imágenes, anuncia que las mejores letras de la Mirabal están por venir y serán cierta y estrictamente literarias; probablemente (ojalá) ensayísticas, pero no en la árida investigación de archivos ajenos, sino en la creación de los propios. Respecto a la madurez de las imágenes, es contradictoria, pues usa una fraseología muy inteligente que acude al vuelo poético; pero acude también a recursos que la abaratan, como cierta profusión de intertextos, innecesarios en tanto carecen de valor referencial o paródico y son netamente formales.

No obstante, que eso ocurra en un momento dado del libro —junto a ciertos barroquismos visiblemente carpenterianos— y no a todo lo largo del mismo, permite la certeza de que se trata de la gestación de su propia madurez; que al fin y al cabo esta es una ópera prima, por muy premiada que sea, y no es precisamente que no merezca el premio, como una luz en la desolación de nuestro paraje literario contemporáneo. El libro es así magnífico y vital, recreando un drama inusitado, que molestará a buena parte de esa legión de cuidadores del museo de nuestra literatura; sobre todo por esa intrepidez —muy fina, por cierto— con que se atreve en sus elaboraciones, partiendo ya desde el matiz ligeramente erótico del encuentro entre Julián del Casal y el sagrado Antonio Maceo; pero llegando a una recreación abiertamente erótica —finísima también— entre Casal y el padre de las Borrero, un patriota suicida, atrevida aún si extraída de un panegírico amanerado pero por lo típicamente modernista.

Además de eso, para quien lo pueda leer —y no hay que tener un doctorado para eso— el libro abunda en un par de perversidades sobre nuestra contemporaneidad; en alusiones que por innecesarias abaratan lo que de otro modo hubiera sido un cristal labrado al estilo de los mismos que evoca, pero que igual provocan una malévola sonrisa en el lector, lo que nunca sobra. Eso sí, quien espere encontrarse aquí el panegírico de la virgen triste saldrá trasquilado como un lobo que se vistiera de oveja; porque aunque sólo revele el esfuerzo de su autora, este libro aspira a recuperar esa máxima madurez perdida de nuestros predios, y en eso es muy digna. La isla de las mujeres tristes evoca en sí misma una imagen de toda la literatura contemporánea, que en su vanguardia solía ser un rompehielos descubriendo la Antártida; pero que siendo hoy un bucólico paseo sobre nuestros lagos universitarios, en la seguridad de las barcas de nuestras cátedras (¿catedrales?), ignora el bullicio pútrido del herboso fondo, al que repentinamente se ha lanzado la Mirabal.

1 Comentário:

akeru said...

No sé por qué me acabo de acordar que dejé a medio leer, hace como dos meses esa novela, nada edificante,de Gabriel García Márquez, "Memorias de las putas tristes".

Deja ver si la termino entre esta noche y mañana.

Nada, cosas de la vejez.

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